CAPÍTULO 17
«La réplica»
La caja lleva mi nombre escrito a mano en una etiqueta de impresora térmica.
La etiqueta tiene ese punto cuadradito de un píxel en vez de redondo que ya he visto dos veces en esta casa: una pegado a la base de un teléfono fijo y otro a una maceta del salón.
Dentro hay una tarjeta. Blanca. Con la banda magnética clonada y los cuatro dígitos estampados en caliente, igual que la de Galo, y una nota impresa de la tienda que dice GRACIAS POR SU CONFIANZA y un número de pedido.
La cojo con dos dedos. Pesa cuatro gramos. Ciento ochenta euros y cuatro gramos de plástico, y es lo más pesado que he cogido en doce días.
Subo a dejar los zapatos en el dormitorio, porque tengo el talón izquierdo en carne viva y no pienso bajar cinco peldaños con unos zapatos que me aprietan medio número.
Y en el dormitorio hago lo que no estaba previsto.
Abro el armario, me arrodillo y saco la caja de cartón pequeña precintada con cinta marrón.
La tengo en la falda. No la abro. Llevo doce días sin abrirla y no la voy a abrir hoy, porque hoy ya hay bastante.
La devuelvo a su sitio, contra la pared, donde nadie mira, porque nadie se agacha.
· · ·
La puerta catorce no hace ruido al abrirse. Pasa la tarjeta por la ranura. Suena un relé pequeño. El paño de pared entero se mueve hacia dentro y hacia la izquierda, sobre un carro de rodamientos que debe de costar más que mi coche. Detrás hay un hueco con luz propia.
Una luz cálida, de dos mil setecientos kelvin, de las que se ponen en los sitios donde alguien va a estar mucho tiempo.
Cinco peldaños.
Los bajo contándolos, porque cuento todo. Y en el tercero hay un cambio. Los dos primeros y los dos últimos son de la misma losa gris que el suelo del pasillo. El tercero es de otra cosa: más clara, con una veta, y un milímetro más bajo.
Alguien lo cambió. Y quien lo cambió no lo hizo bien.
Abajo hay un rellano de dos metros por dos, con una bombilla en una jaula de alambre, y al fondo una puerta de madera.
De madera. En esta casa las trece puertas son de laca blanca con herraje oculto y la catorce es un carro de rodamientos. La del fondo es de madera maciza. Con cuatro bisagras vistas, un cerrojo de los de toda la vida y un pomo de latón viejo.
Colgado de un clavo, al lado de la puerta, un calendario de una ferretería de la comarca. Del año pasado. Con el teléfono de un fontanero escrito a boli en el margen de marzo y una raya debajo del número.
Como si alguien lo hubiera subrayado dos veces y luego hubiera decidido no llamar. No significa nada. Es un calendario viejo en un clavo. Lo miro diez segundos y luego llamo a la puerta con los nudillos. Dos golpes.
Silencio.
—¿Marga?
Silencio.
Una voz. Baja, raspada, de las que llevan mucho tiempo sin usarse en voz alta y solo se han usado para contar.
—Ya te dije que no eres Vera.
Me quedo con el puño a un palmo de la madera.
—Soy Inés.
Tres segundos.
—Inés está muerta.
—No lo estoy.
—Inés está muerta. Galo me enseñó la foto del funeral.
Salía la iglesia del pueblo y salía un ataúd y salía yo de luto, y no salía nadie más, porque no había nadie más.
—Una pausa—. Me la enseñó por la placa, impresa, en color.
Y la guarda en una funda de plástico, dentro de la carpeta azul, y yo sé en qué cajón está esa carpeta.
Se me enfría la espalda.
En la carpeta azul hay una fotografía en una funda de plástico. Es de una mujer sentada en el borde de una cama sin hacer, con el pelo sucio y las uñas mordidas y un jersey azul. No es una foto de un funeral.
—Esa foto no es de un funeral —digo.
—Es la que él me enseñó.
—Marga. Esa foto eres tú.
Silencio.
—¿Qué?
—Es una foto tuya. De noche, con flash, desde arriba y un poco de lado. Estás sentada en el borde de una cama. Detrás hay una pared blanca con marcas. Y en la mano derecha, medio tapada por el muslo, tienes un cepillo de dientes azul.
El silencio dura tanto que apoyo la palma abierta en la madera, y la madera está caliente, porque al otro lado hay una persona de pie a veinte centímetros.
—En el dorso pone DÍA 412 —digo—. Y MEJORA. Y un nombre tachado con una raya tan fuerte que rompe el papel en dos sitios. Son cinco letras y la última tiene una barriga redonda abajo.
—Para.
—Marga.
—Que pares.
—Esa foto no la hizo Galo para enseñártela. La hizo para mirarla él. Y tú llevas no sé cuánto tiempo creyendo que estuve en mi propio funeral.
—Inés está muerta —dice, y la voz se le rompe, y lo que sale no es rabia—.
Inés está muerta y yo llevo años diciéndole a un hombre que no quiero ver a mi hermana.
Y él me dice que no puedo verla porque está muerta.
Y yo le digo que quiero ir al cementerio.
Y él me dice que no hay cementerio porque no hay cuerpo porque fue una incineración.
Se le corta la respiración. La oigo cortarse a través de cuatro centímetros de madera maciza.
—Y yo me lo creí. Durante dos años. Porque era más fácil que la otra cosa.
—¿Qué otra cosa?
—Que me hubieras abandonado.
Me apoyo en la puerta con las dos manos. La placa de la puerta se abre desde dentro. No la puerta: la placa, la trampilla de treinta por veinte a la altura del pecho por la que entran las bandejas.
Sale una mano. Fina. Muy blanca. Con las uñas mordidas hasta la carne y una cicatriz antigua en el dorso, de medio centímetro, blanca y fina como un hilo. Me deja un papel en la palma. En ese momento arranca el riego de la urbanización.
Todas las noches a las diez. Nueve minutos. Los seis aspersores del parterre comunitario, que sé que son seis porque desde la ventana del baño se ve el arco del agua cruzando la calle.
Golpean la fachada norte con un sonido de arena contra un cristal. El agua entra por la décima rejilla, la que está detrás del boj, y baja por el conducto. Y el conducto hace un ruido hueco y constante que llena el hueco de la escalera entero.
Ninguna de las dos dice nada durante los primeros dos minutos. No porque no queramos. Porque no se puede.
—Léelo —dice al fin, y tiene que levantar la voz por encima del agua.
Lo leo.
No busques más. Vete.
Él no te encerró. Te encerraste tú.
La misma letra temblorosa de las otras dos. La misma mancha en la esquina, del tamaño de una lenteja, seca en escama.
—Ya me has dejado dos —digo.
—Te he dejado tres.
—He recibido dos.
Silencio. Y el agua.
—El tercero te lo dejé el martes, debajo de la puerta de servicio, y decía «no te quedes». —La mano sale otra vez por la placa, con la palma hacia arriba—. Dámelo.
Busco en el bolsillo del vestido azul de la talla cuarenta y dos. No está.
Lo dejé en la libreta. En la isla de la cocina. Arriba.
—No lo tengo encima.
La mano se queda abierta, en el aire, con la palma hacia arriba, durante seis segundos.
La placa se cierra. Y la madera dice, desde el otro lado, en un tono que ya no es bajo ni raspado ni cuenta nada:
—TÚ me encerraste.
—Marga.
—TÚ giraste la llave.
—Marga, escúchame.
—¡SIETE DÍAS, INÉS!
El grito rebota en el hueco de dos metros por dos y me da en la cara, literalmente, porque el aire se mueve.
—¡SIETE DÍAS EN EL SÓTANO DE MAMÁ CON UNA VENTANA ALTA POR LA QUE ENTRABA UNA RAYA DE SOL Y YO LE DECÍA A LA RAYA QUE ESPERARA! ¡Y AL SÉPTIMO DÍA PUSIERON UNAS TABLAS Y YA NO VOLVIÓ A ENTRAR!
—Marga.
—¡Y TÚ TE FUISTE! ¡TE FUISTE Y CAMBIASTE DE NOMbrE Y TE CASASTE CON MI MÉDICO Y VINISTE A VIVIR ENCIMA DE MÍ!
—Marga, no me acuerdo.
El agua sigue. Los aspersores siguen. Faltan cuatro minutos.
—¿Qué?
—Que no me acuerdo. —Y lo digo apoyada en la puerta, con la palma abierta en la madera caliente, y me doy cuenta de que es la primera vez en todo este tiempo que se lo digo a alguien que estaba allí—.
No me acuerdo de esa noche. Me acuerdo de la cena.
Me acuerdo del tenedor. Y luego hay nueve horas que no están.
Silencio.
—Eso no es verdad.
—Es verdad.
—No es verdad, Inés. Me acuerdo de tu cara cuando cerraste.
—La voz le baja otra vez, y eso es peor que el grito—. Te acuerdas de todo. Lo que pasa es que escribiste una nota y luego intentaste quemarla, y yo te la quité de la mano. Y lleva mil noventa y cuatro días debajo de mi colchón.
Se me doblan las rodillas. Me tengo que sentar en el tercer peldaño, el que es de otra losa y está un milímetro más bajo.
Me siento ahí, en el suelo de un hueco de escalera, con un vestido azul de una tienda que cerró hace tres años y el talón izquierdo en carne viva.
Mis manos hacen la cosa.
Las dos manos. Arriba. Abajo. Un círculo corto. Tres veces.
No lo decido. Lo he hecho cinco veces en doce días y esta es la primera que lo veo venir y no puedo pararlo, y me quedo mirándome las manos abiertas sobre las rodillas, unas manos que no reconozco.
Marga lo ve por la placa. La placa sigue abierta.
—Ahí estás —dice.
—¿Qué?
—Ahí. Ahí es donde estás tú. —Y en doce días es la primera vez que le oigo algo en la voz que no es rabia ni paciencia—. Cada vez que no puedes más haces eso. Lo hacías a los nueve años. Lo hacías cuando papá gritaba. Y mamá te decía «Inés, para, que te vas a dejar las encías».
Se me seca la boca.
—¿Cómo sabes tú que lo hacía a los nueve años?
—Porque yo te lo enseñé.
El riego se corta. Los nueve minutos exactos. Y el silencio que viene detrás es el silencio más grande que he oído en doce días, porque es un silencio que ya no tapa nada.
—Marga.
—Dime.
—¿Qué hice?
La placa no se cierra. Nadie me contesta con una mentira.
—Mañana —dice—. Mañana te lo cuento entero. Pero no aquí, y no a través de una puerta, y no con él encima.
—¿Dónde?
—Arriba. En la segunda cama. Que lleva un año hecha para ti y yo llevo un año alisándola todas las mañanas.
—Marga.
—Dime.
—¿Y si no quiero oírlo?
Cuatro segundos.
—Entonces habrás venido hasta aquí para nada, hermana. Y no será la primera vez.