El cepillo de dientes extra CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

«La gala»

Octavia entra con su llave a las seis y cuarto de la tarde del duodécimo día, y lo primero que hace es dejarme un vestido encima de la isla.

—Pruébatelo.

—Hola, Octavia.

—Hola, cariño. Pruébatelo.

Es un vestido largo, de un azul que no me favorece, con la etiqueta de una tienda del centro que cerró hace mucho. Lo cojo. Miro la talla.

—Es una cuarenta y dos.

—Tú eres una cuarenta.

—Soy una cuarenta y dos desde los treinta.

—Pues entonces te va a quedar perfecto. —Deja el bolso en la encimera, encima de mi libreta, igual que la otra vez—. La gala es a las nueve. Vengo a recogerte. Galo no puede.

—Galo está en el estudio.

—Galo tiene cosas. —Se sienta en un taburete y cruza las piernas—. ¿Tienes zapatos?

—Tengo unos.

—¿De tacón?

—De tacón.

—¿Te los has puesto este año?

No contesto. Me llevo doce días en zapatillas y antes de eso un año en unos mocasines planos que me compré porque estuve de pie diez horas al día durante seis años de mi vida y aprendí lo que vale un talón.

—Póntelos en el coche —dice Octavia—. Y no cojas nada, que allí hay de todo. Los canapés los hacen el mismo día, ¿sabes? Mucha gente cree que los hacen el día antes y no. Se hacen por la mañana. Y luego los cobran a sesenta euros la bandeja.

Eso es mentira y lo sé. Los canapés de una gala de trescientas personas se montan la víspera y se regeneran en horno de convección a las cuatro de la tarde. Lo sé porque hice el catering de la boda de la hija de unos mayoristas en dos mil catorce y estuve en la cocina. Pero no la corrijo.

—Gracias —digo.

—No me des las gracias. Cógete el pelo.

· · ·

Me pruebo el vestido en el baño de invitados. El único de la casa que no huele a nada. La cremallera sube. Eso es lo primero que me sorprende, y lo segundo que me sorprende es que me sorprenda.

Me peino recogiéndome el pelo bajo, con dos horquillas que estaban en un cajón desde la mudanza y que siguen en su blíster.

Los zapatos me quedan medio número pequeños y tengo una tirita en el talón izquierdo desde el segundo día, de una ampolla que me hizo la barra de hierro del paragüero, que pesa tres kilos y hay que agarrarla fuerte.

Bajo. Octavia está en el porche hablando por teléfono y hace un gesto con la mano para que espere.

Pasa una cosa. La verja está abierta. No entreabierta: abierta. Los dos batientes plegados contra el muro. El coche de Octavia en la grava con el motor al ralentí.

Más allá de la verja, la carretera. Y más allá, el pueblo. Y más allá, cuarenta minutos subiendo hasta la ciudad, donde hay un piso alquilado a mi nombre con una caja de cartón sin abrir y una libreta con cuatro hojas arrancadas.

Llevo doce días sin poder salir. He probado un teclado que no funciona, una línea que miente y un interfono que se descuelga y no habla. También una verja con un sensor que apunta a la casa y un ventanal de tres metros que aguanta más que la pared.

Ahora la verja está abierta y hay un coche con el motor puesto.

Octavia cuelga y me mira.

—¿Vienes o te quedas ahí todo el rato mirando la calle?

—Voy.

—Pues date prisa, cariño, que aparco en la puerta y me multan.

Subo al coche. Me pongo los zapatos. Y durante los nueve minutos que tardamos en bajar al pueblo no digo nada, porque estoy haciendo una cuenta.

Puedo no volver.

Puedo decirle que pare en la farmacia y bajarme.

Andar seiscientos metros hasta la parada del autobús de línea.

A las doce y veinte de la noche hay uno que va a la ciudad y llega a la una y cinco.

Tengo doscientos cuarenta euros en efectivo en el cajón de la ropa interior.

Tengo el carné de identidad a nombre de Vera Salaverría y un carné viejo a nombre de Inés Vega Ortiz caducado desde hace tres años, en la caja precintada, debajo del armario.

Puedo no volver.

Lo pienso de verdad. Lo pienso con los zapatos puestos y las manos en el regazo y la ventanilla bajada, y el aire de marzo huele a pino seco hasta el kilómetro seis, y me lo pienso durante nueve minutos enteros.

Lo que me hace no hacerlo no es ninguna de las razones nobles.

Si no vuelvo, la mujer que está debajo del suelo se queda sin nadie que la saque. Y yo ya hice eso una vez. Lo hice durante siete días. No pienso volver a hacerlo ni un minuto más.

—¿Estás bien? —dice Octavia.

—Estoy bien.

—Vas muy callada.

—Estoy pensando en el discurso.

—¿Qué discurso?

—El que voy a dar.

Octavia se ríe. Se ríe con la cabeza hacia atrás y una mano en el salpicadero, y se ríe tanto que tiene que limpiarse el ojo con el dorso de la mano.

—Ay, cariño. Tú no vas a dar ningún discurso.

—Ya lo veremos.

· · ·

La gala es en el hotel del pueblo, en el salón de los espejos, y es a beneficio de la Fundación Nido. Una fundación de apoyo a familias de personas con enfermedad mental.

Lo leo en el cartel de la entrada y me quedo tres segundos parada delante del cartel.

Octavia Salaverría es vocal de la junta desde hace nueve años. Nueve años recaudando dinero para familias que tienen a alguien encerrado en una habitación, y no lo digo como metáfora.

—Vamos, que empiezan los parlamentos.

El salón tiene ciento ochenta personas, mesas de diez, y un estrado con un micrófono de los de pie, de los que hay que bajar con la mano. Hay una banda de tres músicos tocando estándares y un hombre con una pajarita subastando una escapada a la Toscana.

Me sientan en la mesa dos, con la alcaldesa, un notario, dos empresarios y una mujer que se llama Cuca y que lleva cuarenta minutos hablándome de su labrador.

Octavia sube al estrado a las diez y veinte.

—Buenas noches. Antes de empezar con la subasta quiero dar las gracias, en nombre de la junta, a las ciento ochenta personas que habéis llenado este salón un sábado por la noche.

—Aplausos—. Y quiero presentaros a alguien. Ella no necesita presentación, pero yo se la voy a hacer igual, porque para eso soy vocal.

Se ríe de su propio chiste. Ciento ochenta personas se ríen.

—Desde hace nueve años, esta fundación hace lo que hace gracias a un grupo muy pequeño de familias que entiende una cosa muy sencilla: que tener a alguien enfermo en casa no es una vergüenza, es un trabajo. Y que ese trabajo no se hace solo.

Se le humedece un poco la voz. Lo hace muy bien. Lo lleva haciendo nueve años.

—Este año quiero dar las gracias a una familia en concreto. La familia Salaverría. —Aplausos—. Y en particular a mi hijo Galo, que no ha podido venir porque está terminando un proyecto, y a su mujer, que es nueva en este pueblo y que está allí, en la mesa dos.

Me busca con el foco. Ciento ochenta cabezas se giran.

—La nueva mujercita de Galo. Levántate, cariño, que te vean.

Me levanto. Los zapatos me aprietan. La tirita del talón izquierdo se ha movido y noto el borde enrollado contra la piel.

Mientras camino hacia el estrado entre doscientas manos pienso en esa tirita y en nada más, porque si pienso en otra cosa me tiemblan las piernas.

Octavia me cede el micrófono con las dos manos, como se entrega un ramo.

—Di algo bonito.

Bajo el micrófono con la mano. Lo bajo mucho, porque mido uno sesenta y tres y Octavia mide uno setenta y ocho con los tacones.

—Buenas noches. Me llamo Vera Salaverría.

Silencio educado.

—Hace trece días que vivo en este pueblo, así que no conozco a casi nadie, y los que me conocen me conocen de podar el seto de al lado. —Risas—. Voy a ser breve. Que luego hay que saludar a todos y se hace tarde.

Miro a la mesa presidencial. Miro a la alcaldesa. Y luego miro a Octavia, que está a mi derecha, un paso por detrás, sonriendo con la cabeza un poco ladeada.

—Quiero dar las gracias a mi suegra. De verdad. Porque esta noche, antes de venir, me ha dicho una frase que no se me va a olvidar.

Octavia inclina la cabeza, encantada.

—Me ha dicho «tú no vas a dar ningún discurso».

Risas. Ciento ochenta personas. Octavia se ríe también, porque tiene oficio y porque todavía no sabe.

—Y tiene razón en una cosa. Yo no he venido a dar un discurso. He venido a hacer una pregunta, y es una pregunta que me parece que encaja mucho con el objeto de esta fundación.

Bajo un poco más el micrófono. El salón se calla del todo.

—La Fundación Nido recauda dinero para familias que tienen a alguien enfermo en casa. Nueve años. Dos millones cuatrocientos mil euros, según la memoria que está colgada en la web y que me he leído esta tarde entera, porque no podía dormir.

Octavia deja de sonreír. Muy despacio, como se apaga una luz.

—De esos dos millones cuatrocientos mil, la familia Salaverría ha aportado trescientos diez mil. Es la tercera aportación más grande de la historia de la fundación y está en la página doce de la memoria, así que cualquiera puede comprobarlo.

Aplausos. Octavia los recibe con la barbilla alta.

—Lo que no está en la memoria —digo, y espero a que los aplausos se apaguen del todo— es que esas aportaciones no salen de España.

Silencio.

—Salen de una sociedad que se llama Almendro Holding. Domiciliada en George Town, Gran Caimán. Número catorce de Shedden Road, en el edificio que hay encima de la tienda de buceo.

Su administrador único es Octavia Salaverría Ibáñez. Y la sociedad tiene dos objetos sociales declarados: la tenencia de participaciones y, cito textualmente del registro, «el sostenimiento de inmuebles de uso residencial».

El salón entero se ha quedado muy quieto.

—Inmuebles. En plural. —Miro a la alcaldesa, que ha dejado la copa en la mesa—.

Uno de esos inmuebles está en la urbanización Los Almendros.

Es una casa de trescientos sesenta metros, con trece ventanas y un rectángulo de ladrillo visto en la fachada norte a la altura del suelo, donde iba una ventana y ya no va.

Octavia da un paso hacia el micrófono.

—Vera, cariño.

—La fundación se llama Nido —digo—. Me pareció que la casa también debía tener nombre, y en el registro no tiene, así que he pensado que podemos llamarla así. El nido. Y que a lo mejor este año la subasta va para eso: para las familias que tienen a alguien en casa y no pueden decirlo.

Suelto el micrófono.

No lo dejo en el pie. Lo suelto. El pie se cae hacia delante y golpea la madera del estrado, y el golpe suena en los ciento ochenta altavoces del salón como un disparo en un gimnasio.

Bajo los tres escalones. Cojo mi copa de la mesa dos. Me la bebo entera, de pie, delante de Cuca y del labrador.

En el estrado, Octavia Salaverría dice «bueno, bueno, muchas gracias, vamos con la subasta» con una voz que no le he oído en la vida.

· · ·

En el coche, de vuelta, no dice nada durante seis minutos.

Yo me quito los zapatos en el primer semáforo y me miro el talón izquierdo. La tirita se ha caído y la ampolla se ha abierto y tengo el zapato manchado.

—Para en la farmacia —dice al fin.

—Está cerrada.

—Para en la farmacia, Vera.

Para delante de la cruz de neón verde. La cruz parpadea. Cuatro encendidos largos, uno corto, y el brazo izquierdo se va medio segundo y vuelve. No apaga el motor.

—¿De dónde has sacado eso?

—Del registro mercantil. Es público.

—No es público.

—Es público desde el martes. Lo digitalizaron entonces. Cualquiera puede pedirlo. Cuesta cuatro euros con cincuenta y se paga con tarjeta.

Se queda mirando la cruz de neón.

—Galo sabe lo que hay en esa carpeta.

—Sí.

—Y tú has entrado en su caja fuerte.

—Estaba abierta.

—Estaba abierta. —Se ríe, y es una risa seca y corta, de una nota—. Claro. Estaba abierta.

—Un milímetro.

—Un milímetro. —Se gira y me mira. Lleva seis minutos sin hacerlo—. ¿Tú sabes lo que acabas de hacer?

—Sí.

—No lo sabes. —Vuelve a la cruz—. No tienes ni idea. Acabas de poner el nombre de mi familia en boca de ciento ochenta personas de este pueblo, y la mitad son clientes de la otra mitad, y mañana a las nueve de la mañana lo sabe el cura. Esto no ha terminado, zorra.

—Sí ha terminado.

—Que no, cariño. Que no.

—Que sí. —Me pongo los zapatos. Me duele—. Pero no ha terminado como tú crees.

—¿Y cómo ha terminado?

—Ha terminado con que tú vas a seguir siendo vocal nueve años más, porque si dejas de serlo la gente va a preguntar por qué.

Y con que la fundación va a recibir este año la mayor donación de su historia, de una sociedad en Gran Caimán, porque si no la recibe la gente va a preguntar por qué.

Y con que yo voy a estar en la foto de la entrega.

Octavia se queda muy quieta.

—¿Y qué vas a sacar tú de eso?

—Nada.

—Nadie hace esto por nada.

—No es por nada. —Abro la puerta del coche—. Es por una mujer que lleva mil noventa y cuatro días en un sótano. Y tú vas a ayudarme a sacarla. Porque a partir de mañana eres la única persona de este pueblo que tiene un motivo para no querer que yo hable otra vez en público.

Me bajo. La verja de mi casa está abierta y las luces del porche están encendidas, y eso no lo he dejado yo así.

En el felpudo de la puerta de servicio hay una caja de cartón pequeña, sin remitente, con mi nombre escrito a mano en una etiqueta de impresora térmica.