CAPÍTULO 15
«La tarjeta»
La plastilina es del pueblo, de la papelería de la plaza.
La compré hace nueve días, junto con la cinta métrica y un cuaderno de cuadrícula que no necesito.
Cuatro barras: una azul, una roja, una verde y una blanca.
Pedí las cuatro porque no sabía de qué color era la tarjeta y porque en esta casa he aprendido que preguntar por una cosa concreta es una manera de anunciarla.
Espera blanca. La tarjeta de Galo es blanca.
Llevo cuatro días averiguando a qué hora duerme.
No es difícil: la raya de luz de debajo de la puerta del estudio se corta por la mitad cuando se levanta de la silla, y deja de cortarse cuando se tumba en el sofá.
Se tumba a las dos y cuarenta. Lo he cronometrado tres noches con el reloj del horno, que sigue siendo lo único de esta casa que no está conectado a nada.
Hoy es la cuarta. A las dos y cuarenta y seis la raya deja de cortarse.
Espero nueve minutos más. A las dos y cincuenta y tres arranca el frigorífico y dura catorce minutos. Catorce minutos de frigorífico tapan muchas cosas. Por ejemplo, una puerta abriéndose con una ganzúa de dos clips y un trozo de plástico recortado de una tarjeta de fidelización del supermercado.
Tardo ocho segundos. Lo sé porque los cuento.
El estudio huele a papel caliente y a la colonia que Galo no se pone. Y ahora, a las tres de la mañana, huele también a otra cosa: a hombre dormido. A la manta del sofá. A los cinco días.
Está tumbado de lado, con la chaqueta y los zapatos puestos.
Respira hondo y limpio. Tiene la mano derecha fuera de la manta, cerrada floja, como duermen los hombres que no se han quitado nada en cinco días.
La tarjeta está en el bolsillo interior de la chaqueta.
La saco con dos dedos. Tengo que ir al baño.
No es nerviosismo. Llevo bebiendo agua desde las ocho para no hacer ruido al abrir la nevera.
Son las tres y diez. El baño principal está a cuatro metros de la puerta del estudio y el de invitados está en la planta baja, y bajar doce peldaños con una tarjeta clonada en la mano es una decisión que no quiero tomar.
Aguanto.
Aguanto seis minutos, que son los seis minutos más largos de los doce días que llevo en esta casa, apretando la plastilina blanca contra la tarjeta con las dos manos y contando los segundos para no pensar en otra cosa.
Cuarenta y dos pasadas. Le doy cuarenta y dos pasadas por cada cara, presionando con el canto de una cuchara de plástico. La plastilina coge el relieve de la banda y los cuatro dígitos estampados en caliente.
Cuando la separo tengo un molde perfecto. Y las manos temblando. Y no me he movido de la silla.
Devuelvo la tarjeta al bolsillo interior. La dejo con la esquina asomando dos milímetros. Como estaba.
Salgo. Cierro. La raya de luz vuelve a cortarse por la mitad cuando me alejo, y no, no vuelve: la raya sigue entera, porque él no se ha movido.
Bajo a la cocina y me quedo de pie delante del fregadero cuatro minutos, con las manos apoyadas en el mármol y la frente apoyada en las manos.
· · ·
La réplica la encargo a las cuatro y veinte de la madrugada desde el portátil de la isla. A una web que se llama ClonCard y que tiene una fotografía de stock de un hombre sonriendo con una tarjeta en blanco en la mano.
No me fío de esa web. La fotografía es de un banco de imágenes americano. El hombre lleva una camisa de un azul que no se vende en Europa.
Además ponen «envío en 48 h», y las cuarenta y ocho horas en esta urbanización son mentira. Los jueves no reparten aquí. La furgoneta grande no cabe por la rotonda de la entrada y tienen que venir con la pequeña, y la pequeña solo viene los martes.
Lo sé porque lo pregunté el jueves al chico del otro paquete. Me equivoqué: los jueves sí reparten.
Pido la urgente. Ciento ochenta euros con el envío. Son las cuatro y veinte de la madrugada y la web tiene un chat en vivo con un botón naranja que dice CHATEA CON NOSOTROS. Pincho. Llevo doce días sin hablar con nadie que no sea mi marido a través de una puerta.
Se abre una ventanita.
CLONCARD · Marta · 04:23 — ¡Buenos días! ¿En qué puedo ayudarte?
Me quedo mirando la pantalla hasta que se apaga sola.
—Buenos días —escribo.
Marta — Cuéntame, ¿qué necesitas clonar?
—Una tarjeta de proximidad de cuatro dígitos. Tengo el molde en plastilina.
Está tumbado de lado, con la chaqueta y los zapatos puestos.
Respira hondo y limpio. Tiene la mano derecha fuera de la manta, cerrada floja, como duermen los hombres que no se han quitado nada en cinco días.
La tarjeta está en el bolsillo interior de la chaqueta.
La saco con dos dedos. Tengo que ir al baño.
—De un vestidor.
Marta — Vale. ¿Y la original la tienes tú?
Ahí está. Ahí me doy cuenta de que una persona normal no puede contestar esa pregunta. Una persona normal que tiene la tarjeta original en la mano no necesita clonarla a las cuatro de la madrugada con un molde de plastilina.
—No —escribo—. La tiene mi marido.
Marta — Ah, vale. ¿Y él está de acuerdo?
Cinco segundos de los tres puntos suspensivos de que está escribiendo.
Marta — Es que nos lo pregunta mucha gente y no juzgamos, de verdad. Solo que si es un tema de pareja a veces sale mejor hablarlo antes.
—Está dormido.
Marta — Ah.
Marta — Vale, te paso el pedido a urgente. Ciento ochenta con el envío. ¿Nombre para la entrega?
Escribo el nombre. El de los dos apellidos. El del registro.
Marta — Perfecto, guapa. Que descanses.
Cierro la ventanita.
Pago. Y mientras se procesa el pago hago la cuenta de lo que acabo de hacer.
He entrado en el despacho de mi marido con una ganzúa de clips. He clonado su tarjeta. He gastado ciento ochenta euros de una cuenta conjunta en un delito. Y lo he hecho todo en cuarenta minutos, sin temblar, y después me he quedado de pie delante del fregadero y no he vomitado.
El jueves vomité agua por romper un cristal con una barra de hierro.
Hoy no.
· · ·
El tubo de los planos está detrás de la puerta del despacho, de pie, sujeto con una goma, con las cuatro etiquetas blancas mirando a la izquierda.
Lo saqué ayer por la tarde, cuando Galo llevaba dos días sin moverse del sofá, y lo volví a poner exactamente igual. No lo volví a sacar. No hizo falta: me acuerdo de todo. PLANTA BAJA. PLANTA PRIMERA. CUBIERTA. SÓTANO — INSTALACIONES.
El pasillo de la planta primera mide, en el papel, doce metros cuarenta. El sótano tiene cuatro recuadros: caldera, depuradora, cuarto de contadores y trastero. Los cuatro suman nueve metros diez.
Faltan tres metros treinta.
Debajo del final de mi pasillo hay un espacio de tres metros treinta por cuatro que no está en ningún plano. Que no tiene nombre. Que no tiene puerta dibujada.
Que tiene un conducto. Una línea fina con flechas que sube por el muro de carga, atraviesa el forjado y desemboca en un cuadradito del tamaño de una mano en la planta primera.
En el pasillo. A dos metros de la puerta del baño. La línea tiene una anotación a lápiz, en la letra de ladrillos de Galo, y la anotación dice:
RAMAL 4 · PURGA NOCTURNA 03:00 · 12 MIN Doce minutos. A las tres en punto. Todas las noches.
Galo no programó la caldera para ahorrar. Programó la caldera para que una mujer que está debajo del suelo pueda subir por un conducto de veinte centímetros durante doce minutos cada noche sin que el zumbido de la bomba tape nada.
Le dejó una ventana. Y no la cerró.
· · ·
La carpeta azul oscuro dice MANTENIMIENTO y está en el cajón de debajo del horno, y yo ya la he leído entera una vez. Hoy la leo buscando otra cosa.
Busco un nombre.
El nombre está, en el tercer separador, en cuatro folios con membrete de una clínica privada que cerró hace dos años: PACIENTE: VEGA ORTIZ, MARGA.
FECHA DE NACIMIENTO: 14/02. DIAGNÓSTICO: TRASTORNO DE ANSIEDAD GENERALIZADA CON EPISODIOS DEPRESIVOS MAYORES.
PAUTA: SEGUIMIENTO MENSUAL. FARMACOLÓGICO ADYUVANTE.
OBSERVACIONES: LA PACIENTE NO DEBE QUEDAR SIN SUPERVISIÓN.
RIESGO DE CONDUCTAS AUTOLÍTICAS. EL ENTORNO FAMILIAR NO ES CONTENEDOR.
Las tres primeras páginas tienen la firma de Galo al pie, con el número de colegiado, y la tinta es azul y está un poco comida por el tóner de la fotocopia. La cuarta página no tiene firma.
La cuarta página es una nota añadida a mano, con bolígrafo negro, en una letra que no es la de Galo y que tampoco es la letra temblorosa de la lista de la compra:
RIESGO PARA TERCEROS. REVISAR CONDICIONES DEL ALTA.
La tinta es más negra. El trazo es más nuevo. Y el papel, en la esquina superior derecha, tiene la marca de haber estado doblado y vuelto a desdoblar muchas veces.
Alguien añadió esa línea después. Alguien la leyó muchas veces.
Debajo, en un post-it amarillo pegado torcido, con la letra de Galo:
No puedo darle el alta. No puedo ingresarla. No puedo soltarla. ¿Qué queda?
La pregunta está subrayada dos veces. Debajo de las dos rayas, en una letra más pequeña, como escrita mucho después y con menos fuerza:
Queda la casa.
· · ·
El panel de la alarma está en el recibidor y tiene una pantalla gris y cuatro botones. Llevo doce días mirándolo y solo he sabido leer una línea: ZONA P1 · MODO SILENCIO · NOTIFICAR: NO.
Hoy entro en el menú de configuración. El código de instalador está en una pegatina debajo de la carcasa, como en todos los paneles del mundo, porque los instaladores son personas y las personas escriben las cosas debajo de las carcasas.
El de instalador es 4417, el mismo de la alarma, porque la gente reutiliza. Y en el apartado de usuarios aparece el código real de la puerta principal. No es 2210.
Es 1974.
Uno, cuatro, siete, nueve. Galo lleva años entrando y saliendo con esas cuatro cifras y la pátina se le nota: mate, honda, con la forma de una yema.
El dos y el cero del papel que me escribió también brillan un poco, pero de otra manera: un brillo nuevo y superficial, el de quien lleva menos de dos semanas marcando un número que no abre nada.
Mi dedo no deja la misma marca que tres años de lo mismo.
El 2210 no existe. Nunca existió. Me dio un código inventado el miércoles a las seis de la mañana, con la maleta en la mano, y me hizo repetírselo dos veces.
Dentro del menú hay un apartado que se llama USUARIOS.
Hay tres.
USUARIO 1 · G. SALAVERRÍA · MAESTRO USUARIO 2 · V. SALAVERRÍA · CÓDIGO DE COACCIÓN ACTIVO · AVISO A CENTRAL: SÍ · AVISO A TITULAR: NO USUARIO 3 · SERVICIO · SOLO ACCESO PERIMETRAL Usuario 2 soy yo.
Tengo dado de alta, desde antes de mudarme, un código de coacción.
Un código de coacción es el que marcas cuando alguien te obliga a desactivar la alarma. Cuando lo marcas, el panel desactiva y no pasa nada visible: pero la central recibe un aviso silencioso y manda una patrulla.
El mío está activo. Y tiene configurado «AVISO A TITULAR: NO».
O sea: si yo marco el código de coacción, viene la policía y Galo no se entera.
Mi marido me dio, el día que me trajo a esta casa, una manera de pedir ayuda que no le avisa a él.
En doce días no me lo ha mencionado ni una sola vez.
Me quedo de pie delante del panel con la mano abierta apoyada en la pantalla apagada, y hago la única cuenta que me queda por hacer esta noche, y la cuenta no me da.
Un hombre que quiere tenerte encerrada no te registra un código de coacción.
Un hombre que quiere tenerte encerrada no te deja una ventana de doce minutos cada noche. Ni una tarjeta que no te ha dado. Ni un código de socorro que no te ha explicado.
Quiere otra cosa. Y yo llevo doce días creyendo que sé lo que es.
Salgo del menú. Borro el historial de navegación del panel, que se puede borrar, y lo borro con el código de instalador, y cierro la carcasa.
Subo a la cama. Y antes de dormirme hago la quinta cosa de la noche que no estaba en las reglas.
Abro la libreta de los inventarios y escribo debajo de las cinco reglas, con la letra de Galo:
DÍA 12 · TARJETA CLONADA · PLANOS: FALTAN 3,30 M Y UN RAMAL 4 CON PURGA NOCTURNA · INFORME MARGA VEGA ORTIZ CON UNA LÍNEA AÑADIDA DESPUÉS · POST-IT: «QUEDA LA CASA» · CÓDIGO DE COACCIÓN ACTIVO A MI NOMbrE CON AVISO A TITULAR: NO.
Debajo, con la otra letra:
Todo esto lo ha dejado a la vista.
Un hombre que esconde algo no deja el código de instalador debajo de la carcasa.