El cepillo de dientes extra CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

No fue un secuestro.

Marga lo ha pensado todos los días y todos los días ha llegado a la misma conclusión. La única conclusión honesta a la que se puede llegar desde aquí abajo: no fue un secuestro. Al menos no el primer día. El primer día fue una discusión, una puerta y una frase.

La frase era «solo hasta que te calmes».

La dijo su hermana. Con la puerta ya cerrada y la llave ya girada, dicha desde el otro lado, con la voz de quien está haciendo un favor.

Marga tenía cuarenta y cuatro años, dos ingresos a las espaldas y un diagnóstico de tres páginas que le había leído en voz alta un hombre de treinta y siete. Y se quedó al otro lado de la puerta pensando que era una frase razonable.

Esa es la parte que más le cuesta contar. No la puerta. Lo razonable que le pareció.

El sótano de la casa de sus padres tenía una ventana alta por la que entraba una raya de sol a las cuatro de la tarde.

Marga la vio moverse seis veces. Al séptimo día la raya no llegó, porque encima de la ventana alguien había puesto unas tablas desde fuera, y entonces entendió que la frase había dejado de ser razonable y que llevaba seis días sin querer enterarse.

Gritó los primeros cuatro meses.

Dejó de gritar cuando entendió que gritar era una forma de seguir creyendo que había alguien al otro lado.

Dejó de querer salir el invierno siguiente, que fue cuando Galo la trajo aquí y le explicó, con mucha paciencia y sin levantar la voz, todo lo que había pasado mientras ella no estaba.

Se lo explicó en tres sesiones. Al final de la tercera, Marga sabía más cosas de su propia vida que antes, y todas eran peores.

· · ·

Hoy la bandeja tiene el plato desportillado.

No estaba desportillado ayer. Marga lo sabe porque ayer pasó el dedo por el borde entero antes de comer.

Lo que hace siempre, y el borde estaba liso.

Hoy tiene una muesca del tamaño de un grano de arroz a las dos en punto del círculo, justo donde el esmalte se ha ido y se ve el barro gris de debajo.

Se queda mirando la muesca.

Piensa en cómo se hace una muesca así. Piensa en que alguien ha metido este plato en un fregadero, o en un lavavajillas, o lo ha apoyado en una encimera con un golpe seco.

Que después lo ha puesto en una bandeja con arroz y un trozo de pescado de seis centímetros y medio, y lo ha bajado hasta aquí. Piensa en que la persona que ha hecho eso no se ha dado cuenta.

Piensa en que ella lleva tiempo dándose cuenta de todo.

Deja el plato en el suelo. Come.

No piensa en la puerta, ni en la llave, ni en la frase, ni en su hermana, ni en la raya de sol de las cuatro de la tarde. Piensa en la muesca. La muesca es soportable y lo demás no, y el cerebro sabe hacer eso solo, y Marga lleva años dejándolo hacer.

· · ·

Después, la cuchara.

Es de plástico, porque Galo no baja metal desde el segundo mes. Tiene una rebaba de molde en el mango: una línea finita de plástico sobrante que recorre la cuchara de arriba abajo. Del mismo color y un poco más brillante.

Marga le pasa la uña del pulgar por encima. Siempre. Todos los días. Dos o tres veces por comida.

No sabe por qué lo hace y nunca ha pensado en dejar de hacerlo. La rebaba no molesta. No se va a caer. No significa nada.

Es simplemente la única cosa de esta habitación que tiene un defecto, y pasarle la uña por encima es una manera de comprobar que sigue ahí.

· · ·

A las cuatro y diez, Galo baja.

No baja nunca a las cuatro y diez. Baja a las siete y media, con el libro del mes si toca mes, y dice dos frases y se va. Marga lleva más de un año cronometrándolo y hoy baja a las cuatro y diez, sin libro, y se queda de pie al otro lado de la placa sin abrirla.

—Marga.

—Mañana va a subir.

Marga deja la cuchara en el plato. La deja con cuidado, alineada con el borde, y se limpia las manos en la manta, y se toma todo el tiempo del mundo antes de contestar, porque sabe que si contesta deprisa se le va a notar la voz.

—¿Quién?

—Ya sabes quién.

Silencio.

—¿Y qué vas a hacer?

—Nada.

—Nada.

—Nada, Marga. —Y le oye cansancio en la voz.

Un sonido nuevo, y la asusta más que cualquier otra cosa que le haya oído en más de un año—.

Llevo tres años sosteniendo esto. Tres años comprando dos bandejas de pollo y ocho rollos de papel y dos cepillos cada tres meses.

Tres años diciéndole a una mujer que su hermana está muerta y a otra que su hermana la mataría si sale. Y ahora está midiendo las paredes.

—¿Se lo vas a contar tú?

Tres segundos.

—Cuando lo sepa todo. No antes.

—¿Y si no recuerda?

—Entonces se lo cuento yo. —Y le tiembla algo en la frase, y en todo este tiempo no le había temblado nada—. Y será peor para las dos.

—Galo.

—¿Y si recuerda y no quiere?

No contesta.

—Eso ya no lo decido yo —dice al fin—. Lo decides tú.

Marga se queda con la palma en la madera hasta que el calor del otro lado se enfría, que tarda unos tres minutos, y luego vuelve a la cama y se sienta en el borde y mira la segunda cama.

La manta está alisada. El marcapáginas está en la página ciento doce. El vaso está lleno hasta tres dedos y tiene la nata blanca encima.

Mañana alguien va a sentarse ahí.

—Todavía no —dice en voz alta, para nadie, y es la cuadragésima vez que lo dice este mes.

Esta vez no se lo cree del todo.