CAPÍTULO 13
«Las reglas del juego»
Son cuatro y me las sé de memoria, pero las escribo porque una regla que no está escrita es una intención, y las intenciones duran lo que dura el cansancio.
UNO. Galo no puede saber que yo sé.
DOS. No bajo. Todavía no.
TRES. Todo vuelve a su sitio, con el mismo ángulo.
CUATRO. Si tengo que elegir entre saber y estar segura, elijo saber.
Miro la cuarta. La subrayo. Y luego le añado una quinta que no estaba prevista y que escribo más despacio que las otras:
CINCO. No le pido a nadie que venga.
Esa no es una regla operativa: es una confesión.
La dejo ahí porque si no la escribo voy a estar toda la semana dándole vueltas a por qué he marcado cinco números en un teléfono que no me deja llamar, y ni uno solo de una persona.
· · ·
A las dos y cuarenta de la madrugada apago la luz del dormitorio y me siento en el suelo del pasillo, con la espalda contra la pared, a dos metros de la puerta que no tiene pomo.
He elegido el sitio midiendo. Desde aquí se oye el baño, se oye la escalera y se oye la rejilla del techo, y desde aquí no me ve la cámara del porche porque el porche está en la otra punta de la casa.
Galo respira al otro lado del forjado. Cinco días. Lleva cinco días sin salir del estudio y yo llevo cinco días dejándole la bandeja en el suelo y recogiendo la bandeja del suelo, y esta noche ha comido entero el arroz. La primera vez.
Espero.
La casa hace lo que hace siempre. La caldera da su golpe cada nueve segundos. El frigorífico arranca a las dos y cincuenta y tres y se para a las tres y siete. La madera del pasillo se contrae dos veces, siempre las mismas dos, siempre en el mismo orden.
Conozco todos los ruidos de esta casa y los tengo apuntados con su hora, y esa es exactamente la razón por la que sé que a las tres en punto pasa otra cosa.
A las tres en punto, la caldera se apaga.
No se apaga del todo: se apaga el quemador. La bomba sigue, pero la bomba es un zumbido grave y continuo, y el zumbido grave y continuo es lo que tapa todo lo demás. Cuando el quemador corta, el zumbido baja doce decibelios y se queda en un hilo.
Durante doce minutos esta casa se calla entera.
Doce minutos. Los he cronometrado tres noches seguidas con el reloj del horno. Es lo único de esta casa que no está conectado a nada. Doce minutos cada noche, de tres en punto a tres y doce, y luego el quemador vuelve a arrancar con un golpe y el zumbido sube y se acabó.
Un instalador normal programa la caldera por temperatura. Esta está programada por horas, y tiene un ciclo nocturno de doce minutos que no aparece en el manual, y el manual está en italiano y me lo he leído entero dos veces sentada en el suelo de la lavandería.
Galo diseñó la casa. Galo diseñó la caldera. Y Galo dejó doce minutos de silencio absoluto cada noche en el pasillo de la planta primera. No es eficiencia energética: es una ventana. Y alguien la ha estado usando todas las noches desde hace por lo menos cien.
Tres en punto.
El quemador corta. El zumbido baja.
La casa se queda tan silenciosa que oigo la sangre en mis propios oídos. Un sonido como de mar muy lejos, y tengo que esperar unos segundos a que se me pase porque la primera vez pensé que era la casa.
Cuento.
Uno. Dos. Tres.
Al diecisiete lo oigo.
Arriba. No abajo. Arriba.
Un roce en el techo del pasillo, metálico y corto, en el punto exacto donde está la rejilla cuadrada del conducto. Y después un peso que se apoya, y después unos pies.
Dos pies. Descalzos. En la madera.
Cruzan el pasillo. Van despacio, apoyando la punta primero, y cuentan el suelo: se paran cada tres pasos, como se para alguien que ha aprendido dónde cruje una cosa y no se fía del todo de lo que ha aprendido.
Se paran delante del baño. La puerta del baño no cruje porque en esta casa nada cruje. Pero oigo la manilla. Y oigo el grifo. Oigo el sonido.
Es un sonido pequeñísimo y húmedo, de cerdas contra esmalte. Lo oigo con una claridad que no debería ser posible a cuatro metros y con una pared de por medio.
Lo oigo porque la casa lleva doce minutos callada entera, y porque ese sonido se hace a veinte centímetros de una rejilla de aluminio que da a un tubo que baja por el muro de carga.
Cierro los ojos.
Cuento con ella.
Doce arriba. Doce abajo. Siete en las muelas de la derecha. Siete en las de la izquierda.
Treinta y ocho.
El grifo se cierra. Los pies vuelven. Tres pasos, pausa. Tres pasos, pausa. El roce metálico de la rejilla. Y después nada, durante el tiempo que tarda un corazón en calmarse, que en mi caso son cuarenta segundos.
A las tres y doce el quemador arranca. El zumbido sube. La casa vuelve a taparse.
· · ·
No me muevo del suelo del pasillo hasta las tres y veinticinco.
No por el ruido. Porque si me levanto antes subo al baño. Y si subo al baño abro el vaso. Y si abro el vaso toco el cepillo.
Llevo cinco días tocando ese cepillo y necesito una noche entera en la que no lo toque.
Así que me quedo sentada en el suelo de mi propio pasillo, a oscuras, mirando la ventana del fondo.
Desde aquí se ve la calle y la farmacia del pueblo, a seiscientos metros, con su cruz de neón verde.
La cruz parpadea. Lleva parpadeando desde octubre y nadie la ha arreglado. Todas las noches, a esta hora, se le apaga el brazo izquierdo medio segundo y vuelve.
Me sé el patrón. Cuatro encendidos largos, uno corto, y luego el brazo izquierdo se va medio segundo.
No significa nada. Una cruz de neón estropeada en un pueblo donde no arreglan las cruces de neón.
La miro hasta las tres y veinticinco porque es lo único de todo este pueblo que se comporta de una manera que yo puedo predecir.
· · ·
Cuando por fin subo al baño, la luz pequeña del espejo está encendida. No la he encendido yo.
No toco el vaso. No hace falta: el azul está inclinado contra el mío, tiene el cuello húmedo y en el mármol hay un charco del tamaño de una moneda con espuma.
Lo que miro es el espejo.
Encima del grifo hay una zona empañada del tamaño de una cara. Apoyo la cinta métrica en el mármol y mido el centro del vaho.
Un metro treinta y nueve.
Ayer era un metro cuarenta.
Me quedo con la cinta en la mano mirando ese centímetro. No sé qué significa. Lo apunto igual, con las dos cifras, porque en esta casa ya solo mido.
Un centímetro menos en dos días. O la persona que respira contra este espejo se está encogiendo. O se está agachando más.
Galo no ha salido del estudio. La raya de luz de debajo de su puerta no se ha cortado ni una vez en cinco días. Y he contado sus respiraciones a través de la madera durante veinte minutos antes de bajar al pasillo.
Entonces no es Galo. No soy yo, porque yo llevo diez minutos sentada en el suelo del pasillo a cuatro metros de aquí. Apago la luz pequeña.
En la oscuridad del baño, con la palma derecha abierta porque si la cierro se me raja la piel nueva, hago la única cuenta que me queda por hacer esta noche.
En esta casa hay catorce puertas y trece se abren.
Hay una mujer debajo del suelo. Hay un hombre detrás de una puerta con llave.
Hay una rejilla en el techo del pasillo que está dos centímetros fuera de su sitio.
Y hay un cepillo azul tibio en un vaso, a las tres y veinticinco de la madrugada, que acaba de usar alguien que no vive en ninguna de las dos plantas que están en los planos.
Las reglas dicen que no bajo.
Las reglas dicen que todo vuelve a su sitio.
Las reglas no dicen nada sobre cuánto tiempo se puede vivir en una casa sabiendo que hay alguien más, y yo llevo cinco días averiguándolo.
Antes de volver a la cama me salgo de las reglas.
Voy a la lavandería, cojo el manual de la caldera, el que está en italiano, y busco la página del ciclo nocturno. La encontré el segundo día y no la entendí. Esta noche la entiendo.
El ciclo de doce minutos no es un programa de ahorro.
Es un programa de purga. Sirve para vaciar el aire de un circuito que tiene más metros de conducto de los que debería, y el fabricante lo recomienda cuando la instalación tiene ramales largos.
El ramal largo no va a la cocina. No va al salón. No va a los tres dormitorios.
Va hacia abajo.
Cierro el manual. Lo dejo en la balda de la lavandería, con el lomo hacia fuera y la esquina doblada en la página cuarenta y siete. Como lo encontré.
Subo a la cama y me duermo en cuatro minutos. Lo más rápido que me he dormido en cinco días, y sueño con la cámara frigorífica del mayorista, donde dejábamos los tulipanes en cubos de sesenta centímetros y los tulipanes seguían creciendo después de cortados.
Crecen dos o tres centímetros en el agua, y si no los pinchas con una aguja por debajo de la corola se te tuercen hacia la luz y llegan a la tienda torcidos y ya no sirven.