CAPÍTULO 12
«La verdad de Vera»
Son las once y diez de la mañana del décimo día y estoy en la tienda online del supermercado del pueblo metiendo suavizante en la cesta.
Seis botellas. Las seis del de tapadera azul.
El único que compro, porque lo van a descatalogar.
Lo sé desde hace meses: primero lo movieron de la segunda balda a la de abajo, luego le quitaron la etiqueta amarilla de oferta, y en octubre la chica del lineal me dijo que «les está costando muchísimo reponerlo».
Eso en distribución significa una cosa y solo una.
Cuando una referencia entra en fin de existencia no lo anuncian: la bajan de balda y esperan a que te acostumbres a otra.
Así que seis. Con seis botellas tengo para dos años, y en dos años o ha vuelto o ya me da igual.
El portal me deja añadir al carrito sin cobertura en el móvil, porque la fibra va por cable y el inhibidor solo se ocupa de lo que llevo en el bolsillo. Es la única grieta de esta casa y la descubrí hace dos días.
Estoy rellenando el campo de las observaciones de la entrega —«dejar en el porche, no llamar al timbre»— cuando me doy cuenta de que llevo nueve minutos escribiendo y borrando esa frase.
Dejo el portátil en la isla, me siento en el suelo de la cocina con la espalda contra el armario, y hago lo que llevo diez días evitando hacer.
Saco la otra libreta.
No la de los inventarios. La otra. La del bolsillo interior del bolso, la que tiene las cuatro hojas arrancadas al principio. Se lo cuento todo a alguien que no existe, en voz baja, para oírme.
No me llamo Vera. Me llamo Inés Vega Ortiz. Nací en un pueblo a cuarenta minutos de aquí, bajando. Un pueblo donde hasta el kilómetro seis huele a pino seco.
Tenía una hermana. Tres años mayor. Se llamaba Marga.
Hace tres años, Marga desapareció. La policía dijo que se había ido voluntariamente.
Marga tenía cuarenta y cuatro años, cuenta corriente propia, un diagnóstico de ansiedad y un historial de dos ingresos.
Y a una mujer adulta con diagnóstico no se la busca: se la archiva.
Se le llama «ausencia voluntaria» y se le pone una fecha.
Yo nunca me lo creí. Y no me lo creí por una razón que en aquel momento me pareció suficiente y ahora me parece la única cosa honesta que he hecho en todo este tiempo: porque la noche anterior habíamos cenado juntas.
Porque al día siguiente su cepillo de dientes no estaba en el vaso de su baño.
Me llamo Inés y soy florista. Veinte años con las manos dentro del agua, dos en la cámara frigorífica de un mayorista y seis con una tienda pequeña que tenía un escaparate de dos metros y una caja registradora que se abría con llave.
Cerré la tienda un año después de que Marga desapareciera, porque dejé de distinguir los olores.
No es una metáfora: es un diagnóstico: se llama anosmia psicógena y se cura a veces, y a mí se me curó a los cuatro meses, y cuando volvió lo primero que reconocí fue el nardo.
Pasé los primeros siete meses haciendo lo que hace todo el mundo cuando le desaparece alguien y no tiene dinero.
Puse una denuncia que duró nueve días abierta.
Llamé a catorce hospitales y a nueve comisarías con una foto impresa en la mano.
Me metí en tres grupos de Facebook de familias buscadoras.
Es un sitio donde la gente se levanta a las cuatro de la mañana a escribirse, porque a las cuatro de la mañana es cuando no se puede más.
Aprendí una cosa que no sabía: que hay una jerarquía. Los que llevan un mes reciben mensajes. Los que llevan tres años reciben silencio, y no por crueldad, sino porque nadie sabe qué decirle a una persona que ha aguantado mil días.
Marga llevaba mil noventa y cuatro cuando la encontré. Yo llevaba novecientos sin dormir del todo.
Contraté a un detective privado durante seis semanas. Se llamaba Clemente y tenía una oficina encima de una administración de lotería. Me cobró dos mil cuatrocientos euros por decirme, el último día, tres cosas.
Que mi hermana no había usado su tarjeta en ningún cajero de España desde la fecha de la desaparición. Que su móvil estaba apagado. Y que su coche seguía aparcado en la calle donde lo dejó.
Eso ya lo sabía yo. Lo sabía desde el día dos.
Le pagué igual, porque fue la única persona en nueve meses que me dijo una frase que no empezaba por «tienes que ser fuerte». Me dijo: «Señorita, a su hermana no se la ha llevado nadie. A su hermana la tiene alguien.» Tardé un año en encontrar a Galo Salaverría.
No fue difícil encontrarlo. Fue difícil encontrar la razón por la que había que encontrarlo.
Marga llevaba dieciocho meses en tratamiento con él cuando desapareció.
Un psiquiatra de la privada, cuarenta minutos de sesión los martes, ciento veinte euros, y un informe de tres páginas que nunca me dejaron leer.
La policía lo entrevistó una vez, durante cuarenta minutos, y lo descartó en el párrafo cuarto.
Yo lo leí entero. El párrafo cuarto decía: «El doctor Salaverría muestra una disposición colaboradora y un conocimiento detallado del historial de la paciente.»
Un conocimiento detallado del historial de la paciente.
Eso es lo que dice siempre la policía cuando no tiene nada y quiere cerrar.
Tardé otro año en acercarme. Veintidós días en que él me viera tres veces sin que pareciera que yo estuviera ahí.
Una conferencia sobre vivienda protegida.
La inauguración de un pabellón deportivo.
Una galería del barrio de Salamanca donde exponía una mujer que hacía fotografías de habitaciones vacías.
En la galería me miró las manos. Yo llevaba todavía la marca del agua en los nudillos.
Una cosa que no se va aunque lleves dos años sin trabajar.
Me habló él. Yo dije tres frases y me fui. Tardó nueve días en localizarme, y cuando me llamó por teléfono y dijo «Inés» con la voz de un hombre que acaba de encajar una pieza, entendí dos cosas. La primera, que sabía perfectamente quién era yo desde la conferencia.
La segunda, que no pensaba decírmelo.
Nos casamos hace un año. Civil, en el ayuntamiento, con dos testigos del bufete. No vino nadie de mi parte, porque no hay nadie de mi parte.
Hace diez días me trajo a esta casa.
Diez días. Diez noches. Veinticuatro cepillos comprados en todo este tiempo por un hombre que vive solo.
Y una mujer debajo del suelo que ha llenado una pared de rayas.
Anoche, a las tres y doce, se cepilló los dientes contando doce arriba, doce abajo, siete y siete.
Yo también cuento así. Y no sé quién me lo enseñó.
Ahora sí lo sé. Me lo enseñó ella.
· · ·
Me levanto del suelo de la cocina porque la baldosa está fría y tengo la palma derecha abierta y me duele.
Es una tontería y no tiene nada que ver con nada.
El jueves cogí la barra de hierro del paragüero con las dos manos y golpeé un ventanal blindado de tres metros, y la barra me devolvió el golpe entero a la palma.
Se me hizo una ampolla del tamaño de una moneda de dos euros, se me reventó al día siguiente y ahora tengo ahí una piel nueva, rosa y brillante, que se raja cada vez que cierro el puño.
Me la hago cada mañana. Cierro el puño para comprobar que sigue ahí. Se abre. Me duele. Sigo. Vuelvo a la isla. Cojo la libreta. La abro por la página de las cuatro hojas arrancadas.
Digo en voz alta, en la cocina vacía de una casa de trescientos sesenta metros, lo único que no he dicho en voz alta en estos años:
—No me acuerdo.
No me acuerdo de la última noche que vi a mi hermana. Recuerdo la cena. Hicimos pasta y Marga puso demasiado queso, porque siempre ponía demasiado queso. Sonó su teléfono, lo miró y no lo cogió. Yo dije algo sobre Darío. Ella dejó el tenedor.
Después no hay nada.
Hay un hueco de unas nueve horas que no es olvido normal, porque el olvido normal deja los bordes: te acuerdas de que estabas cansada, o de que llovía, o de una frase suelta. Esto no tiene bordes.
Empieza en el tenedor de Marga sobre el plato. Y termina a las siete y veinte de la mañana siguiente, conmigo sentada en el suelo del pasillo de mi casa, con las llaves en la mano y la ropa del día anterior.
Fui a un médico. Me dijo disociación. Me dijo que era un mecanismo de protección y que el cerebro a veces guarda las cosas en un sitio donde no hacen daño. Me recetó unas pastillas que no me tomé.
Le pregunté si podía recuperarlas. Dijo que quizá, con el tiempo, y que a veces era mejor no hacerlo.
Esa fue la última vez que le conté la verdad a un profesional.
Vuelvo al portátil. La cesta tiene seis botellas de suavizante y el campo de observaciones sigue vacío.
Escribo: «Dejar en el porche. No llamar al timbre.»
Antes de darle a comprar hago el recuento, porque es lo que sé hacer.
Sé que mi hermana no se fue voluntariamente, porque no se llevó el cepillo de dientes.
Sé que Galo Salaverría la trató durante dieciocho meses y la policía lo descartó en un párrafo.
Sé que en esta casa se compra comida para dos desde hace tres años y que los recibos cambian de tienda hace más de un año.
Sé que falta un espacio de tres metros treinta debajo del final del pasillo.
Sé que la décima rejilla de la fachada está atornillada por fuera y que la hierba de debajo está aplastada en un rectángulo del tamaño de dos rodillas.
Sé que el ladrillo cegado de la cara norte está caliente a la sombra.
Sé que hay una pegatina que pone MARGA debajo de una pegatina amarilla en la base de un teléfono que no me deja llamar a nadie.
Sé que hay una mujer viva debajo del suelo de mi casa y que lleva ahí desde antes de que yo llegara.
Lo que no sé es qué hice yo la noche del tenedor.
Hay una cosa más que no sé, y es la peor de las dos.
No sé si quiero saberlo. Le doy a comprar. Seis botellas de suavizante de tapadera azul, ciento cuarenta y dos euros, entrega el jueves entre las nueve y las doce.
Cierro el portátil.
Llevo diez días construyéndome una coartada. Y en algún momento del día dos dejé de distinguirla de la verdad.
Hago lo que hago todas las mañanas desde que me mudé: subo al baño, abro el cajón de la izquierda y compruebo que el cepillo azul sigue ahí.
Sigue.
Alineado. Con el jabón a la derecha. Con el polvo en el cuello.
Lo miro y digo en voz baja, para nadie, la frase que llevo un año ensayando. No se la he dicho a nadie. Ni a Galo, ni a la policía, ni al médico, ni a las dos amigas que dejaron de llamar:
—Ya te he encontrado, Marga.
—Ahora falta que me acuerde de lo que te hice.