CAPÍTULO 11
«El cepillo está mojado»
Cuatro días lleva Galo en el estudio, y cuatro llevo yo dejándole la bandeja en el suelo, delante de la puerta.
Es un ritual nuevo y lo hemos inventado sin hablarlo.
A las ocho dejo el café. A las dos dejo un plato con algo que no se enfríe.
A las nueve recojo lo que haya sobrado. Hay noches en que no ha sobrado nada y noches en que está todo igual, con la capa de nata encima del café.
Esas son las noches en que me quedo de pie delante de la puerta escuchando.
Hoy es el cuarto día desde que volvió.
A las dos de la tarde dejo el plato en el suelo, delante de la puerta, y me quedo de pie esperando, porque he aprendido que si me quedo de pie él habla.
—¿Vera? Ayer por la noche sonó el teléfono.
—Sí.
—¿Quién era?
—No lo sé. No han hablado.
—¿Y has descolgado?
—He descolgado.
—¿Y?
—Y nada. Han colgado.
Silencio. Me agacho y recoloco el plato dos centímetros a la izquierda, para que quede centrado con la raya de la puerta.
—Galo. Ese teléfono puede recibir llamadas y no puede hacerlas.
Cuatro segundos.
—Es una línea antigua, cariño.
—Galo. He abierto la base. Dentro hay una cajita de plástico gris soldada al cable, con dos empalmes de cinta aislante negra y un número de serie estampado en caliente.
El silencio dura tanto que apoyo la mano abierta en la puerta.
—No toques el teléfono.
—¿Por qué?
—Porque lo digo yo.
—Eso no es una razón. Eso es una orden.
—Son las dos cosas.
—¿A quién no quieres que llame?
—A nadie. No quiero que llames a nadie.
—Ah. —Retiro la palma de la madera—. Eso sí es una razón.
—Vete a la cama, Vera.
—Son las dos de la tarde.
—Pues vete a ordenar la despensa.
Me quedo dos segundos más delante de la puerta. Luego digo la única cosa que se me ocurre decir. Llevo nueve días aprendiendo que en esta casa las preguntas se hacen de una en una y se cobran todas. Hoy me da igual lo que me cueste.
—Galo.
—Qué.
—¿Cuánto tiempo llevas sin dejar que nadie salga de esta casa?
No contesta. Y la raya de luz por debajo de la puerta se corta por la mitad, porque al otro lado alguien se ha levantado de la silla y se ha quedado de pie, muy cerca, sin decir nada.
Me voy. A las once y media de la noche vuelvo a estar delante de la puerta, con la bandeja vacía en la mano, y esta vez soy yo la que habla primero.
—Te he dejado arroz.
—Ahora bajo.
—Llevas diciendo «ahora bajo» desde el domingo.
La silla cruje. Los pasos se acercan. Y su voz me llega a través de la madera, amortiguada, a veinte centímetros de mi oreja y a dos vueltas de llave de distancia.
—Estoy terminando unas cosas.
—¿Qué cosas?
—Cosas del concurso.
—El concurso era en Lisboa.
Se calla tanto que apoyo la oreja en la madera para comprobar que sigue ahí.
—Vera. ¿Puedes no hacerme el interrogatorio esta noche?
Me quedo mirando la raya de luz por debajo de la puerta. Es una raya blanca y recta y perfectamente paralela al suelo, y en cuatro días he aprendido que cuando Galo se levanta de la silla la raya se corta por la mitad, porque sus piernas hacen sombra.
Lleva seis horas sin cortarla.
—Vale —digo.
—¿Te pasa algo?
—No.
—Vera.
—Que no, Galo. Duermo.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Subo los doce peldaños. Me meto en la cama. Y no me duermo, porque no he subido a dormirme.
Pongo el despertador del móvil a las tres y veinte. Me quedo mirando el techo con el móvil boca abajo encima del pecho, escuchando a Galo respirar al otro lado del forjado. A las dos y cincuenta y ocho me levanto sin hacer ruido, con los calcetines puestos. Salgo al pasillo.
El detector de humo parpadea en rojo una vez cada cuarenta segundos. Lo he cronometrado tres noches seguidas. Parpadea igual de raro cuando graba y cuando no, así que no sé si me está viendo, y he decidido que me da igual.
A las tres y veintidós oigo el roce.
Viene del techo. Metálico, corto, en el punto exacto de la rejilla cuadrada. Y después unos pasos, que no son pasos de pasillo: son pasos de alguien que baja de un sitio y pone los pies en el suelo con mucho cuidado, uno detrás del otro, como se pisa en casa ajena.
Después el baño.
La puerta no cruje porque en esta casa nada cruje.
Pero oigo el grifo. Oigo el agua. Oigo, tres veces seguidas, ese sonido pequeñísimo y húmedo de las cerdas contra los dientes.
Y lo oigo tan claro que me doy cuenta de dos cosas.
De que he estado esperando oírlo toda la semana.
Y de que ahora que lo oigo no me da ninguna alegría.
Cuenta.
Al otro lado de la pared, alguien está contando.
Cierro los ojos en mitad del pasillo, descalza, con el móvil apagado en la mano, y cuento con ella. Doce arriba. Doce abajo. Siete. Siete.
Treinta y ocho.
Lo sé porque lo sé. Lo sé de la misma manera que sé que la lejía de esta casa es barata y que el suavizante tiene la tapadera azul y que la caldera da un golpe cada nueve segundos: sin haberlo aprendido.
El grifo se cierra. Los pasos vuelven. El roce metálico. Y luego nada, durante once minutos. Lo que tarda la caldera en arrancar otra vez y lo que yo tardo en decidirme.
Entro en el baño.
Enciendo solo la luz pequeña del espejo.
El vaso tiene dos cepillos. Los dos de pie. Los dos con las cerdas hacia arriba, inclinados el uno contra el otro, como una pareja.
El mío está seco. Lleva seco nueve días.
El azul está mojado.
Lo saco del vaso y me lo pongo en el dorso de la mano, en esa piel fina entre el pulgar y el índice que sabe la temperatura de las cosas. Está tibio. No frío de agua del grifo: tibio de boca. De alguien que lo ha tenido dentro hace menos de dos minutos.
Miro el lavabo. Hay un charquito en el fondo, del tamaño de una moneda, con espuma. Y el espejo tiene una zona empañada del tamaño de una cara, justo encima del grifo.
Mido el vaho con la cinta métrica que llevo en el bolsillo desde el primer día, porque en esta casa ya solo mido.
El centro del vaho está a un metro cuarenta del suelo.
Yo mido uno sesenta y tres y tengo la boca a uno cincuenta y dos. Galo mide uno ochenta y uno y tiene la boca a uno setenta. Quien ha respirado contra este espejo hace dos minutos mide unos quince centímetros menos que yo.
O media lo mismo y lleva años encogiendo.
No anoto ninguna. Las dos son la misma. Dejo el cepillo en el vaso. Exactamente como estaba. Con las cerdas hacia arriba y el mango inclinado contra el mío.
Hago lo que llevo nueve días sin hacer.
Voy al dormitorio. Me arrodillo delante del armario. Meto la mano debajo, hasta el fondo, y saco la caja de cartón pequeña precintada con cinta de embalar marrón.
La tengo en la falda. No la abro. Nunca la abro. Solo necesito el peso. Abro el bolso. Y del bolsillo interior del bolso, detrás de la cartera y de las llaves del piso del centro que ya no sirven para nada, saco la otra libreta.
No la de los inventarios. La otra. La abro por la primera página.
14 DE MARZO. GALERÍA. LO HE VISTO. ESTÁ MÁS VIEJO. NO ME HA RECONOCIDO. HOY HACE UN AÑO DE LA NOCHE.
Paso.
19 DE MARZO. HE PREGUNTADO EN LA GALERÍA. ARQUITECTO. SE LLAMA GALO SALAVERRÍA. TIENE UNA CLÍNICA LOS MARTES.
Paso.
2 DE AbrIL. HE IDO A LA CONFERENCIA. HE PREGUNTADO AL FINAL. ME HA MIRADO LAS MANOS. 17 DE MAYO. CENA. HA PAGADO ÉL. HA HABLADO DE SU MADRE. NO HA MENCIONADO A NINGUNA MUJER. 3 DE AGOSTO. ME HA PEDIDO QUE ME CASE CON ÉL.
Las tres últimas palabras están escritas con otra presión. La punta del bolígrafo ha roto el papel en la ese.
Paso dos hojas.
BODA. CIVIL. AYUNTAMIENTO. DOS TESTIGOS DEL BUFETE. NO HA VENIDO NADIE DE MI PARTE. NO HAY NADIE DE MI PARTE. FEbrERO. PISO DEL CENTRO. LA CASA LLEVA UN MES TERMINADA Y NO NOS MUDAMOS. LE HE DICHO «CUANDO SE SEQUE EL JARDÍN». LE HE DICHO QUE DE ACUERDO.
Ahora la última página escrita. Con la letra de Galo, que también es la mía, en mayúsculas pequeñas, todas de la misma altura:
DÍA 9 EN LA CASA. 03:24. CONFIRMADO. ESTÁ VIVA.
Cierro la libreta.
Me quedo de rodillas en el suelo del dormitorio, con la caja precintada en la falda y la libreta en la mano derecha, y hago la única cosa que no he hecho en nueve días: me miro desde fuera.
Veo a una mujer de cuarenta y un años arrodillada a oscuras delante de un armario. A las tres y media de la madrugada. En una casa que no puede abrir, con un marido encerrado a cuatro metros y una mujer viva debajo del suelo.
Veo que no está temblando.
Llevo nueve días anotando eso. «No estoy temblando.
» Lo he escrito tres veces en la libreta de los inventarios, como si fuera un síntoma.
Como si fuera algo que me pasa. No es un síntoma: no tengo por qué temblar.
Yo he puesto cada una de las cosas que he encontrado.
No he descubierto un cepillo azul en el vaso del baño el primer día.
He entrado en esta casa sabiendo que había un cepillo azul en un vaso.
He tardado siete horas en ir a buscarlo.
Y he montado un escándalo de medio minuto y una sonrisa de hospital porque necesitaba que Galo creyera que lo estaba viendo.
No he descubierto la puerta catorce. Medí la fachada norte con una cinta métrica un domingo de abril, desde la acera, con el abrigo puesto y la cinta escondida en la manga.
Medí el pasillo desde dentro el primer día, descalza, contando los pasos.
Faltan tres metros treinta. Lo sabía antes de casarme.
No he llamado a nadie porque no quiero que venga nadie. La caja de cartón que tengo en la falda no es una caja de la mudanza.
La dejo en su sitio, debajo del armario, contra la pared, en el sitio donde nadie mira porque nadie se agacha. Vuelvo a guardar la libreta en el bolso. Y antes de cerrarla paso las hojas hacia atrás, hasta el principio, porque llevo un año sin mirar cómo empieza.
Me doy cuenta de algo que no estaba ahí. Entre la primera página escrita —14 DE MARZO. GALERÍA. LO HE VISTO— y la guarda de cartón del principio, hay cuatro hojas arrancadas.
No cortadas. Arrancadas. Quedan los muñones en el lomo, irregulares, con fibras blancas levantadas, y el papel de la primera hoja escrita tiene el borde marrón de haber estado pegado a algo húmedo mucho tiempo.
Alguien arrancó las cuatro primeras hojas de mi libreta.
O las arranqué yo.
Entre las cuatro hojas que faltan y el catorce de marzo hay exactamente tres años en blanco. El tiempo que llevo sin poder reconstruir una sola noche de mi vida.
Vuelvo al baño a dejar el cepillo donde estaba. Lo está. No lo toco. Me lavo las manos con el jabón de limón de bote, el que huele a un limón que no existe, y me las seco en el albornoz.
Mi mano derecha hace el movimiento.
Arriba. Abajo. Un círculo corto en las muelas. Tres veces.
Lo he hecho cuatro veces en nueve días. Lo anoté la primera, me reí de mí misma la segunda y dejé de anotarlo la tercera.
Esta vez la paro.
Cojo mi propia muñeca con la mano izquierda, en mitad del aire, delante del espejo, con la luz pequeña encendida, y la sujeto.
La mano sigue queriendo hacerlo. Ni calambre ni tic: una mano que se sabe un gesto de memoria y lo ejecuta con la paciencia de una máquina, y yo estoy sujetándola, y la mujer del espejo se está mirando una mano que no reconoce.
Necesito ordenar algo.
Apago la luz. Me acuesto. Galo respira al otro lado del forjado, hondo y limpio, como los hombres que no deben nada.
Antes de dormirme hago la cuenta entera, la que llevo nueve días evitando hacer, y la cuenta me da bien.
Hay una mujer viva debajo del suelo.
Hay un marido que no sale de un despacho.
Hay una caja fuerte con el nombre de su madre y una sociedad en George Town.
Hay una pegatina que pone MARGA debajo de una pegatina amarilla.
Hay una rejilla en el techo del pasillo que está dos centímetros fuera de su sitio.
Hay cuatro hojas arrancadas al principio de una libreta que empecé a escribir hace tiempo.
Lo tengo todo.
Lo único que me falta es la noche.