CAPÍTULO 10
La habitación tiene dos camas y una sola mujer.
La de Marga está contra la pared del fondo, con la almohada hundida en el centro exacto: la forma que tiene una almohada cuando una cabeza lleva cuatrocientos veintiséis noches apoyándose en el mismo sitio.
La otra está en mitad de la habitación, separada de la pared, con los cuatro lados a la vista.
La manta doblada en tres pliegues exactos.
Un libro a medio leer con el marcapáginas en la página ciento doce.
Un vaso de agua en la mesilla, lleno hasta tres dedos del borde, con una película mate en la superficie.
La preparó él. Para ella. Lleva un año hecha y nadie se ha tumbado nunca.
Marga la alisa cada mañana desde el día en que Galo bajó con la cara rara y le dijo «se ha casado conmigo».
Con la palma abierta, despacio, de arriba abajo, hasta que la manta no tiene ni una arruga.
Y cada mañana la manta vuelve a estar igual de perfecta, porque nadie la usa, y esa es la única cosa de esta habitación que Marga puede arreglar con las manos.
Hoy no la alisa.
Hoy se sienta en ella.
El colchón cede donde no había cedido nunca. Marga se queda muy quieta escuchando el sonido de la tela, porque en estos años ha aprendido que en una casa como esta los ruidos nuevos son información.
Coge el vaso de la mesilla. El agua tiene una nata blanca en la superficie, esa piel que se le queda quieta muchos días. Se la bebe entera, de un trago, y deja el vaso boca abajo sobre la madera.
El domingo él lo cambiará por uno lleno y no va a saber que alguien lo ha vaciado, porque las cosas que nadie usa no se nota que se usen una vez.
Después va a la pared del conducto.
La rejilla cuadrada tiene cuatro tornillos y lleva más de un año sin ellos. Los quitó el primer invierno, con la tapa del cortauñas, uno cada noche, y los guardó en el dobladillo de la manta.
No la quitó para salir. La quitó para oír.
Desde entonces lo que oye son pasos, una caldera que arranca cada nueve segundos y un hombre que sube y baja doce peldaños cuatro veces al día.
Esta noche oye un teléfono.
Suena cuatro veces. Timbre doble, antiguo, de campana, y el conducto se lo trae entero, con la caja de resonancia de la cocina y todo. Silencio. Y luego la voz.
—¿Diga?
Marga cierra los ojos.
Tres años escuchando esa voz al otro lado de una pared, contando las veces que tosía y las veces que decía «Galo» en un tono y las veces que lo decía en otro. Tres años sabiendo a qué hora sube, a qué hora baja y cuántas veces cuenta hasta sesenta antes de apartar la oreja del yeso.
Ahora la voz dice:
—¿Diga?
Otra voz contesta. De mujer. Baja. Y Marga no entiende las palabras, porque el conducto se come las consonantes, pero entiende el tono, y el tono es el tono de alguien que ha marcado un número que no debería existir.
Silencio.
Inés dice:
—No. Me llamo Vera.
Marga se ríe. Es una risa corta, de dos notas, sin aire, y le sale tan de dentro que tiene que taparse la boca con la mano para que el conducto no se la suba.
Vera.
Tres años y un matrimonio y una casa de trescientos sesenta metros y un nombre nuevo, y lo primero que se le ocurre a su hermana cuando alguien la llama por el suyo es negarlo.
Que no lo recuerde ya lo sabe Marga desde el primer día, porque una persona que olvida una noche entera no finge: se le nota en las manos. Es que no puede dejar de mentir ni a las doce y veinte de la madrugada ni a una desconocida al otro lado de un teléfono.
Siempre fue así. Ese es exactamente el motivo por el que Marga está sentada en esta cama.
Se acerca a la rejilla. Pone la boca a un palmo del hueco, sin tocarlo, y dice una sola palabra, muy baja, con la voz raspada de quien lleva años hablando con una puerta:
—Mentirosa.
Espera.
Oye el auricular al posarse. Oye los doce peldaños, subidos de dos en dos y luego los dos últimos de uno en uno. Lo que hace una persona cuando se acuerda a mitad de la escalera de que no quiere hacer ruido.
Los pasos se paran en mitad del pasillo.
Justo encima.
Marga levanta la cabeza. No ve nada: el conducto baja por el muro de carga, gira, y la rejilla del pasillo está a dos metros de la puerta del baño. Pero sabe dónde está. Lleva más de un año dibujando esa casa con el oído.
Su hermana está de pie a tres metros por encima de su cabeza, descalza, mirando una rejilla cuadrada que está dos centímetros fuera de su sitio.
Marga podría hablar otra vez.
Podría decir «Inés, soy yo, llevo aquí tres años». Y su hermana se pasaría la noche con la oreja pegada al techo, y mañana bajaría la escalera de cinco peldaños, y llamaría a la puerta de madera, y diría «¿Marga?», y todo terminaría exactamente como tiene que terminar.
Esta noche.
En pijama. Con la boca sabiendo a pasta de dientes y la cara de alguien a la que acaban de despertar.
Dentro de seis meses, cuando por fin recordara, pensaría que tuvo la verdad a tres metros y que la dejó pasar por no subir una escalera a tiempo.
Marga se queda muy quieta, con la boca a un palmo del conducto, contando.
Cuenta hasta sesenta.
Arriba, Inés cuenta hasta sesenta también. Es un hilo de voz, con la misma paciencia de oficinista, y se para en el mismo número y vuelve a empezar. Dos mujeres contando en una casa de trescientos sesenta metros, cada una pegada a un extremo del mismo tubo.
Marga espera a que su hermana termine la segunda vuelta. Luego retrocede, se sienta en el suelo y vuelve a colocar la rejilla en su sitio.
No la aprieta bien. No puede: en la oscuridad, sin los tornillos, siempre le queda dos centímetros fuera.
Se acuesta en la otra cama. En la suya. Mira la segunda cama, con el vaso boca abajo y la manta todavía hundida donde se ha sentado.
—Todavía no —dice.
Esta vez no lo dice por ella.