CAPÍTULO 9
«El teléfono»
A las once y cuarenta de la noche del sábado vuelve Galo, y se equivoca en dos cosas.
La primera: no me avisa. La segunda: aparca en la grava con las luces puestas y se queda dentro del coche diez segundos antes de salir. Yo lo veo desde la ventana del dormitorio. Y cuenta hasta diez antes de abrir la puerta.
Un día antes. Me dijo el domingo por la noche y es sábado.
Entra con la maleta en la mano y el abrigo en el antebrazo y una cara que no le he visto en un año: los ojos rojos, la piel gris, la barba de dos días mal afeitada en dos sitios. Deja la maleta en el recibidor, de pie, sin soltarla del todo, como se deja una maleta cuando uno no piensa deshacerla.
—Hola —dice.
—Hola.
—No te esperaba despierta.
—Ha estado tu madre.
Se le para la cara. No mucho: un cuarto de segundo, en la mandíbula.
—¿Cuándo?
—A las seis y veinte. Ha cenado aquí. Se ha ido a las once y cuarto.
—Ah.
—Con su llave.
—Siempre ha tenido llave. —Deja por fin la maleta—. ¿Te ha dicho algo de mí?
—Que recoges pájaros con el ala rota.
Se ríe. Es una risa mala, de nariz, sin aire, y se le apaga antes de terminarla.
—Es una mujer muy sola, Vera.
—Ya me lo dijiste.
—Pues te lo repito. —Sube dos peldaños y se para—. Me meto en el estudio. Tengo que mandar unas cosas a Lisboa antes de que cierre el huso.
—Son las once y cuarenta de la noche.
—En Lisboa son dos horas menos.
—Galo. Has vuelto un día antes.
Me mira desde los dos peldaños, con la mano en la pared, y pienso que va a decirme la verdad, y me doy cuenta de que eso es exactamente lo que estoy esperando y de que llevo cuatro días esperándolo.
—He terminado antes —dice.
—¿El congreso?
—El congreso.
—¿Y las dos obras?
—Y las dos obras.
Los cuento yo. Y esta vez los cuenta él también, porque se le va la mirada a la izquierda, al sitio donde se mira cuando se está eligiendo la palabra.
—Cariño. Estoy cansado.
—Ya lo veo.
—¿Podemos hablar mañana?
—Claro.
—¿Seguro?
—Galo, vete al estudio.
Se va. Y yo me quedo al pie de la escalera escuchando el pasillo de la planta baja, la puerta, la silla, y el giro de la llave por dentro.
Dos vueltas.
Galo siempre da dos vueltas.
Me hago un té que no me bebo. Lavo la taza. Subo. Me acuesto. Y a las doce y veinte de la noche, cuando llevo veinte minutos mirando el techo, suena el teléfono fijo.
Suena en la cocina, debajo del paño de lino bordado, con ese timbre doble y antiguo de los teléfonos que todavía tienen campana.
Bajo los doce peldaños descalza. Levanto el paño. Miro el aparato blanco de cable rizado como si fuera a decirme algo.
Descuelgo al cuarto timbre.
—¿Diga?
Silencio. No silencio de línea muerta: silencio de alguien que respira al otro lado y que ha decidido no hablar primero.
—¿Diga? —repito.
—¿Inés?
Es una voz de mujer. Baja. Raspada, como una voz que lleva mucho tiempo sin usarse en voz alta y solo se ha usado para contar.
Me quedo con el auricular en la oreja y la mano libre apoyada en la encimera, y estoy haciendo algo que no he decidido hacer: estoy callando. Estoy dejando pasar los segundos para ver qué hace ella.
—No —digo—. Me llamo Vera.
Silencio.
La mujer se ríe. Es una risa corta, de dos notas, sin aire, y suena exactamente igual que la risa que soltó Galo hace veinticinco minutos en el segundo peldaño de mi escalera.
—Mentirosa —dice.
Cuelga.
Me quedo con el auricular en la oreja escuchando el tono. Un tono largo y limpio y sano, y luego hago lo que haría cualquiera: pulso la tecla de rellamada.
—El número que ha marcado no existe. Compruébelo y vuelva a intentarlo.
Cuelgo. Descuelgo otra vez. Marco el 112.
—El número que ha marcado no existe.
Marco el de la panadería del pueblo, que copié del imán de la nevera.
—El número que ha marcado no existe.
Me siento en el suelo de la cocina, con la espalda contra el armario, porque acabo de entender una cosa y necesito un sitio donde sentarme mientras la entiendo.
Esta línea no deja salir nada. Esta línea lleva cuatro días devolviéndome la misma grabación con el mismo acento de centralita, cinco números distintos y cinco veces lo mismo.
Acaba de dejar entrar algo.
Una línea que no me deja llamar a la policía acaba de recibir una llamada de una mujer que sabe un nombre que yo no he dicho en voz alta en esta casa.
Cojo el teléfono. Le doy la vuelta.
En la base hay una pegatina amarilla, descolorida por el sol de la ventana, con las esquinas levantadas, de la que no se lee nada.
La miré el primer día y pensé que era el precio.
La vuelvo a mirar ahora, con la luz de la campana extractora, y veo que no es el precio: es una etiqueta, y tiene algo escrito encima, y lo que tiene escrito encima se ha ido con el sol.
Meto la uña por la esquina levantada.
La pegatina amarilla sale entera, con un ruido de cosa seca, y debajo hay otra. Blanca. Nueva. Escrita a máquina, con una impresora de etiquetas, con cinco letras mayúsculas y una raya debajo:
MARGA Cinco letras.
La primera con un palo vertical alto. La última con una barriga redonda abajo. Vuelvo a dejar la pegatina amarilla encima, presionando con el pulgar por los cuatro lados, y la dejo exactamente como estaba, con la esquina derecha un poco levantada. Como la encontré.
Me acuerdo de otra etiqueta. Subo al salón, aparto la segunda orquídea y miro la que está pegada al plástico por dentro de la maceta: REG.
15 D · 200 ML, con la fecha del mes pasado.
Mayúsculas de impresora térmica, del mismo cuerpo de letra, con la eme cuadrada y la ese estrecha y ese punto cuadradito de un píxel en vez de redondo.
Es la misma máquina.
La misma máquina que imprimió una pauta de riego para tres orquídeas imprimió el nombre de una mujer para pegarlo debajo de un teléfono. Las dos etiquetas están en esta casa. Las dos las ha puesto la misma mano. Me lavo las manos. Me las seco. Me lavo las manos otra vez. Subo.
El pasillo de la planta baja está a oscuras y la raya de luz del estudio sale por debajo de la puerta. Llamo con los nudillos. Dos golpes, no más fuertes.
Nada.
—Galo. Ha sonado el teléfono.
Silencio. Un silencio de dentro de una habitación cerrada, que suena distinto: tiene el eco del papel y de las paredes cercanas.
—¿El fijo?
—El fijo.
—¿Y?
—Que ha sonado.
La silla cruje. Los pasos se acercan. Y la voz de Galo me llega a través de la madera, amortiguada, a veinte centímetros de mi oreja y a una llave de distancia.
—¿Quién era?
Miro la puerta blanca. Miro la raya de luz por debajo. Cuento las vetas de la madera: nueve, si se cuentan las dos finas que casi no se ven.
—No lo sé —digo.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Que no lo sé, Galo. He descolgado y no había nadie.
Un silencio largo.
—Vale —dice.
—¿Cómo que vale?
—Que vale. Es el fijo. Ya te dije que es una línea antigua: se cuela ruido. A veces suena solo.
—¿Un teléfono suena solo?
—Un teléfono con línea vieja suena solo. —Y después, más bajo, casi contra la madera—: Vete a la cama.
—Galo. ¿Tú le pusiste el nombre?
Otra vez la silla. Otra vez los pasos. Y esta vez el silencio dura tanto que apoyo la mano abierta en la puerta, y noto el calor de una persona al otro lado, de pie, con la mano casi en la misma altura que la mía.
—¿Qué nombre?
—El de la pegatina. Debajo del teléfono.
No contesta. Yo tampoco vuelvo a preguntarlo.
En esos tres segundos he entendido que esta noche ya no va a haber más respuestas. Y que si aprieto ahora va a recordar que he bajado a la cocina a las doce y veinte y que he mirado debajo del paño de lino.
—Buenas noches, Galo.
—Buenas noches, cariño.
La llave gira. Dos vueltas. Pero no hacia el lado de abrir. Hacia el de cerrar otra vez.
Me quedo en el pasillo con la palma apoyada en la madera, escuchando. Al otro lado no hay silla, ni pasos, ni papel. Hay una respiración larga y honda, de hombre que se ha tumbado en el sofá del despacho con la chaqueta puesta, y esa respiración me tranquiliza más de lo que debería.
Bajo a la cocina. Y a las cuatro y diez vuelve a sonar el teléfono.
Esta vez no descuelgo al cuarto timbre. Dejo que suene.
Suena siete veces. Ocho. Once. Catorce. Y al catorce, cuando ya ha decidido parar, descuelgo.
—¿Diga?
—Has vuelto a poner el cepillo en el vaso.
Es la misma voz. Baja, raspada, con la paciencia de quien ha ensayado una frase muchas veces y ha decidido no decirla todavía.
No contesto. Me quedo de pie en mitad de la cocina a oscuras, con el auricular en la oreja y la otra mano abierta sobre el mármol frío de la isla. Y hago algo que no había hecho en cinco días: no hablo primero.
—Lo has puesto con las cerdas hacia arriba —dice—. Y el mango inclinado contra el tuyo.
—¿Quién eres?
—Ya lo sabes.
—No lo sé.
—Mentirosa.
Cuelga.
Dejo el auricular en la base. Cojo el destornillador pequeño del cajón de las herramientas, el de las gafas, y le quito los dos tornillos de la tapa inferior.
Dentro hay cuatro pilas, un zumbador y un cable.
Y en el cable, soldada entre dos empalmes con cinta aislante negra, hay una cajita de plástico gris del tamaño de una cerilla, con dos lucecitas y un número de serie estampado en caliente.
No es un teléfono. Es un teléfono con una válvula.
Deja entrar lo que alguien decide que entre. Y no deja salir nada.
Vuelvo a poner la tapa. Vuelvo a poner los dos tornillos. Vuelvo a poner el paño de lino encima, con los bordes cuadrados, y coloco encima el frutero, para que nadie note que lo han movido.
Levanto la trampilla de las pilas, esa donde algunos teléfonos guardan el registro de las últimas llamadas.
Hay un registro. Tiene capacidad para diez.
Está vacío.
No pone «sin llamadas». No pone una fecha vieja. Está vacío de la manera en que están vacías las cosas que alguien ha borrado: con los diez huecos numerados y en blanco, del uno al diez.
Dos llamadas han entrado por esta línea en las últimas cuatro horas.
El teléfono dice que no.
Apago la luz de la cocina.
Lo oigo.
Arriba. En el pasillo. Un roce metálico, corto, justo donde está la rejilla cuadrada del conducto.
Subo los doce peldaños descalza, con el paño de lino todavía en la mano, y me quedo de pie en mitad del pasillo, debajo del detector de humo, mirando el techo.
La rejilla está dos centímetros fuera de su sitio. Desde dentro, muy bajo, con una voz raspada que lleva mucho tiempo sin usarse en voz alta, alguien dice una sola palabra para que un tubo de aluminio se la suba hasta mi casa:
—Mentirosa.