El cepillo de dientes extra CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

«La suegra»

Octavia no llama al timbre.

Abre. Con su llave, a las seis y veinte de la tarde del quinto día. Entra con un abrigo de camel, una bolsa de la panadería del pueblo y el paso de quien ha entrado en esa casa muchas veces antes de que yo existiera.

—Cariño. —Deja la bolsa en la isla—. No te había avisado porque si aviso, preparas.

—Octavia.

—He traído pan. Del bueno. El de la madre masa, no el otro.

—Se quita el abrigo sin mirarme y lo deja encima de la encimera, encima de mi libreta—. ¿Está Galo?

—En Lisboa.

—Por eso he venido.

Lo dice sonriendo, colgándose el bolso del antebrazo, y mientras lo dice ya está abriendo el armario de la despensa.

—¿Has hecho la compra?

—Ayer.

—Ah. —Cierra el armario—. Pues no se nota.

—Es una casa nueva.

—Es una casa de trescientos sesenta metros, cariño. En una casa de trescientos sesenta metros se nota todo. —Se gira y me mira entera, de arriba abajo, sin prisa, con la cara de quien revisa un presupuesto—. Tú eres más baja de lo que pareces en las fotos.

—¿Qué fotos?

—Las de la boda. Las que mandó Galo.

—No me mandó ninguna.

—Bueno. —Deja la taza en el platillo—. Pues a mí sí.

Empieza a recorrer la planta baja y yo la sigo, porque no se me ocurre nada mejor que hacer y porque hay algo hipnótico en ver a una mujer de sesenta y tres años pasarle revista a una casa. Pasa el dedo por el marco de la puerta del salón. Abre el lavavajillas. Mira dentro. Lo cierra.

—Está vacío.

—Lo puse ayer.

—Está vacío, cariño.

—Lo descargué esta mañana.

—Ah. —Asiente, satisfecha, y anota algo en un sitio que yo no veo—. ¿Y arriba?

—Arriba está todo igual.

—Ya lo veré yo.

Sube. Yo me quedo al pie de la escalera escuchándola abrir puertas: el dormitorio, el baño, la habitación de invitados. Oigo el armario. Oigo el grifo. Oigo el roce de una tela contra otra. Una mano pasando por encima de unas sábanas dobladas.

Oigo la puerta del estudio. No la oigo cerrarse. Cuento hasta cuatro. Subo.

Octavia está en el baño principal con la puerta abierta, de espaldas, tocándose el pelo en el espejo. El estudio queda al otro lado del pasillo, con la puerta entornada, y desde donde estoy yo se ve la mesa y el tubo de los planos y la esquina izquierda del escritorio.

—Cariño, ¿tienes crema de manos? —dice desde el espejo—. Es que con el agua de esta casa…

—En el cajón de la derecha.

—¿Cuál es la derecha?

—El de debajo del jabón.

Entro en el estudio.

No lo decido. Las piernas me llevan, otra vez. Lo que hacen cuando he decidido no pensar. Cierro la puerta detrás de mí sin cerrarla del todo, dejo un dedo de rendija, y me quedo de pie en el despacho de mi marido escuchando a su madre abrir y cerrar cajones a cuatro metros de distancia.

El despacho huele a papel caliente y a la colonia que Galo no se pone.

En la pared del fondo, detrás del tubo de los planos, el cuadro no está recto.

Es un detalle tonto. En esta casa nada está torcido.

Las ocho sillas del comedor están a la misma distancia del borde y la alfombra del salón tiene las esquinas paralelas a la pared y las tres orquídeas tienen las varillas mirando al norte.

En esta casa lo único que puede estar torcido es lo que alguien ha movido deprisa.

Lo enderezo. Pesa poco: un marco fino y una tabla. Demasiado poco para tapar nada. Y detrás no hay pared.

Hay una caja.

Cuarenta por cuarenta, empotrada, con la puerta entreabierta un milímetro y un teclado pequeño de tres cifras a la derecha. Galo se fue a Lisboa el miércoles a las seis de la mañana, con una maleta hecha en tres dobleces, y dejó la caja fuerte de su despacho entreabierta.

O la dejó entreabierta a propósito.

La abro con dos dedos. Dentro hay tres cosas. Un pasaporte que no es el de Galo. Un fajo de llaves pequeñas numeradas con etiquetas de impresora. Y una carpeta de cartón, sin anillas, con el nombre escrito a rotulador en la pestaña:

O. SALAVERRÍA — PATRIMONIO.

Octavia.

—Cariño, aquí no hay crema.

—Segundo cajón.

Saco la carpeta. Dentro hay extractos. No los leo: los fotografío.

Dos páginas por extracto. Con la pantalla del móvil al mínimo y la cámara apoyada en el canto de la carpeta para que no tiemble.

Cuento los segundos entre disparo y disparo, porque el flash tarda y porque llevo cuatro días aprendiendo a contar.

George Town. Gran Caimán. Una sociedad que se llama Almendro Holding. Y en la segunda página, en la casilla del administrador único, un nombre que conozco de las revistas del dentista.

Cuarenta y siete segundos.

Dejo la carpeta. Cierro la caja. La dejo entreabierta un milímetro, exactamente como estaba. Vuelvo a colgar el cuadro, torcido, exactamente como estaba.

Salgo al pasillo.

—¿Tú también te metes en su despacho? —dice Octavia desde el espejo, sin volverse.

—Buscaba pilas.

—Ah. —Se toca el lóbulo—. Pues no hay.

Cena a las nueve. Yo cocino, porque Octavia dice que no puede cenar lo que cocina una mujer que no sabe encender un horno, y luego se sienta en la isla a beber vino mientras yo pelo patatas.

—Galo siempre ha tenido debilidad por las causas perdidas.

Pelo otra patata.

—¿Ah, sí?

—Desde pequeño. Traía pájaros con el ala rota. Traía perros. Una vez trajo a un compañero de clase que se le había muerto la madre y lo tuvo tres semanas en su habitación. —Bebe—. Y yo siempre le decía lo mismo: Galo, tú no los recoges porque te den pena. Los recoges porque luego son tuyos.

—Qué bonito.

—No lo es. —Deja la copa—. Es una forma de control muy elegante, pero es control. Primero fue Marga. Ahora tú.

El cuchillo entra en la patata un centímetro más de lo que debía. Lo noto en la muñeca.

—¿Quién es Marga?

Octavia me mira. Y deja de inspeccionar y empieza a mirar, que no es lo mismo.

—¿Galo no te ha hablado de Marga?

—No.

—Pues eso ya te dice algo, ¿no?

—Me dice que no es asunto mío.

—Ay, hija. —Se ríe, y es una risa seca y corta, de alguien a quien le han dado una respuesta mejor de la que esperaba—. Me caes bien. Eres seca. Las secas duráis más.

—Gracias.

—Era un aviso.

Cenamos en el comedor, las dos en la mesa de ocho, ella en la cabecera y yo a su derecha. Donde se sienta la familia y no donde se sienta la visita, y no sé si lo ha hecho a propósito.

—En esta familia siempre hemos tenido estándares —dice, cortando el pescado—.

Y no me refiero a dinero. El dinero es una consecuencia.

Me refiero a saber estar. A tener un apellido que la gente pronuncie bien a la primera.

A que cuando alguien pregunte «¿y esta chica de dónde ha salido?

», haya una respuesta que no empiece por «pues… ».

—Entiendo.

—No lo entiendes, pero da igual. —Deja el tenedor—. ¿Tú de dónde has salido, cariño?

—De un pueblo.

—¿De cuál?

—De uno pequeño.

—¿Y tus padres?

—Mi madre murió.

—¿Y tu padre?

Me quedo con el tenedor en el aire. Y en ese segundo —el segundo en que estoy buscando una respuesta que no sea la verdadera— entiendo algo.

Esta mujer lleva dos horas haciéndome preguntas y no ha escuchado ni una sola respuesta. No me está interrogando: me está midiendo. Y la medida ya está tomada.

—No lo sé —digo.

—Claro. —Vuelve al pescado—. Eso es lo que pensaba.

—Octavia.

—Dime, cariño.

—¿Tú sabes de dónde salió Marga?

Se para. Levanta la cabeza. Y durante tres segundos no dice nada, y en esos tres segundos le veo hacer exactamente lo que yo llevo cuatro días haciendo: contar.

—Marga era una paciente de Galo —dice—. Una chica enferma. De una familia bien, de aquí, del pueblo de al lado. Desapareció hace años. La policía cerró el caso.

—Qué pena.

—Sí. —Baja otra vez la cabeza al plato—. Mucha pena. Galo lo pasó muy mal. Se lo tomó como algo personal, ya sabes cómo es. Los médicos esos… se creen responsables.

—¿Y era guapa?

Octavia suelta la servilleta encima de la mesa y se ríe con ganas, con la cabeza hacia atrás, y se ríe tanto que tiene que limpiarse el ojo con el dorso de la mano.

—Ay, cariño. Eres mejor de lo que pensaba.

—No era una pregunta graciosa.

—No. —Se recompone. Se alisa el pelo—. No, no lo era. Y la respuesta es que sí. Era guapísima. Y estaba como una cabra. Y se le fue la cabeza del todo, y su hermana la cuidaba, y un día la hermana también desapareció, y ahí se acabó la historia.

Se acaba la historia.

Lo dice con la entonación de «se acabó el partido» y coge otra vez el tenedor.

Yo me quedo mirándole las manos. Muy cuidadas. Con la piel fina y transparente de quien no ha fregado un plato en su vida. Y pienso en un nombre tachado con una raya tan fuerte que rompe el papel en dos sitios.

Cinco letras. Palo vertical alto. Barriga redonda abajo.

—¿Y cómo se llamaba la hermana?

—No me acuerdo. —Se limpia las manos en la servilleta—. Algo normal. De pueblo.

Se acabó la historia.

Sirvo el postre. Pera al vino. La corto en ocho gajos iguales y los coloco en círculo, con la punta hacia dentro. Le pongo la salsa por encima con una cuchara, despacio, sin manchar el borde. Le acerco el plato, le dejo el tenedor a la derecha y la servilleta a la izquierda.

—Está muy bien presentado —dice.

—Gracias.

—¿Tú has trabajado en hostelería?

—En una floristería. Veinte años.

—Ah. —Y vuelve a asentir, y vuelve a anotar en ese sitio que yo no veo—. Pues se nota. Se nota mucho.

Se va a las once y cuarto. En el recibidor se pone el abrigo de camel, se cuelga el bolso, coge la bolsa del pan de la isla y me da dos besos al aire, uno por cada lado.

—Cariño. No te lo tomes a mal. Yo soy así con todas. Con las tres anteriores también.

—¿Cuántas anteriores?

—Cuatro. —Sonríe—. Pero ninguna duró un año.

Se va.

Cierro la puerta. Pongo la cadena. Un gesto ridículo, y lo hago igual. Recojo los dos platos, las dos copas, los dos tenedores. Los lavo a mano, aunque hay lavavajillas, porque el agua caliente en las manos es lo único de esta casa que funciona como debería funcionar algo.

Mientras seco el segundo plato me doy cuenta de que no estoy enfadada.

Estoy tomando notas.

De que he memorizado una contraseña de tres dígitos que no he llegado a probar.

De que tengo catorce fotografías en el móvil de una sociedad en George Town que se llama Almendro Holding.

De que Octavia Salaverría se ha pasado dos horas y media diciéndome que no cumplo los estándares de su familia delante de una mesa de ocho, en una casa vacía, con su hijo a mil quinientos kilómetros.

De que en ningún momento de esas dos horas y media se le ha pasado por la cabeza que yo pudiera hacer nada al respecto.

Dejo el plato en su sitio. Apago la luz de la cocina. Y antes de subir, en la oscuridad del recibidor, digo en voz alta, para nadie, con la voz más baja que tengo:

—La próxima cena la cocino yo.

Subo los doce peldaños.

—Y el menú va a ser muy diferente.

En el pasillo, el detector de humo parpadea en rojo una vez.

Solo una.