El cepillo de dientes extra CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

«La cámara»

En esta casa no se puede hablar con nadie, así que escribo.

Abro el portátil en la isla a las nueve y veinte de la mañana del tercer día. El móvil está al lado, mostrando la palabra SERVICIO tachada por una raya. Y hago lo que hace todo el mundo cuando quiere comprar algo: busco, comparo y pago. La fibra va perfecta. El pago entra a la primera.

Una cámara escondida en un detector de humo. Ciento diecinueve euros. Entrega urgente antes de las doce.

Tardo media hora en decidirme y en ningún momento pienso «qué voy a hacer». Pienso «dónde la pongo». Es distinto y lo sé, y lo anoto en la libreta igual, porque estoy empezando a llevar un registro de las cosas que pienso.

Antes de subir hago el recuento que debería haber hecho el primer día.

Cuento las cámaras de Galo. Hay tres: en el dintel de la puerta principal, sobre la puerta metálica del jardín y en el porche de la puerta de servicio, del tamaño de una nuez, que gira lo justo para seguirme la cara.

Las tres a la altura del techo, las tres con el mismo cable blanco bajando por la esquina, y las tres apuntando hacia fuera.

Recorro el pasillo de arriba entero con la mano en el marco de cada puerta.

No hay ninguna. Ninguna en el pasillo. Ninguna apuntando a la puerta catorce. Tardo en entender por qué, porque la respuesta es tan sencilla que parece un insulto: Galo no necesita vigilar la única puerta que importa.

Tiene la llave.

A las once y cuatro suena el timbre de la verja.

Lo oigo desde la cocina: dos notas alegres, de casa de urbanización, y después el zumbido del motor.

Me acerco a la ventana del salón y veo a un chico de unos veinticinco años con una furgoneta blanca parada delante de la verja, mirando el interfono y mirando la cámara, con la caja bajo el brazo.

La verja se abre. No la abre él. No la abro yo. No hay nadie más.

Voy al panel del recibidor y pulso el botón del medio. Y ahí está, con la hora exacta y en letras verdes muy pequeñas:

11:04 · APERTURA REMOTA · USUARIO 1 (G.S.) 11:45 · APERTURA REMOTA · USUARIO 1 (G.S.) Galo.

Desde Lisboa. Abre la verja a las once y cuatro para meter a un desconocido con una caja, y la vuelve a abrir cuarenta y un minutos después para dejarlo salir.

Y lleva tres días sin abrírmela a mí, que soy su mujer y duermo a dos metros de él.

Espero en el porche con la puerta de servicio abierta y las manos detrás de la espalda, y cuando el chico sube los tres escalones con la caja me fijo en dos cosas.

En que lleva el albarán en una tablilla de plástico.

Y en que la cámara del porche gira y se le pone encima, y después gira otra vez y se me pone encima a mí, y se queda ahí.

—Buenos días. Paquete para Vera Salaverría.

—Soy yo.

—¿Me firma aquí?

Le firmo. Firma normal, la que uso para el banco: Vera Salaverría, con la uve larga y la ese pequeña.

Mientras firmo pienso que tengo un bolígrafo en la mano, un papel que se va a ir de esta casa dentro de cuatro minutos y un hombre de veinticinco años a ochenta centímetros de mi cara. Pienso que puedo escribir AYUDA en el margen.

Pienso que la cámara del porche está encima de nosotros.

Pienso que el chico miraría la palabra. Luego me miraría a mí. Luego miraría la cámara.

Si no lo entiende bien, me dirá que sí. Si lo entiende bien, subirá a la furgoneta y llamará a alguien. Y la siguiente persona que llame va a ser Galo.

Escribo GRACIAS en el margen, con buena letra, y le devuelvo la tablilla.

—¿Todo bien, señora?

—Todo bien.

—Es que se ha quedado usted muy quieta.

—Estoy escuchando la casa.

—Ah. —Mira el porche, mira la cámara, mira la verja—. Pues es grande.

—Es nueva.

—Ya. —Baja los tres escalones—. Oiga, una cosa. Los de las plantas. Los que vienen con la furgoneta verde. ¿Vienen los jueves, no?

Me quedo con la caja a medio levantar.

—¿Qué?

—Que me lo preguntó el compañero el martes. Que si aquí venían los jueves cada quince días, porque le pilla de camino y se ahorra la vuelta. Yo qué sé. Cosas de reparto.

—Los jueves —digo—. Cada quince días.

—Eso me dijo. Bueno, pues nada. Que pase buen día.

—Que pases buen día.

La verja se cierra. La furgoneta se va. Y yo me quedo en el porche con ciento diecinueve euros de plástico en las manos. Una furgoneta verde que viene cada quince días a regar tres orquídeas.

Una etiqueta de vivero con la fecha del mes pasado. Un chico del reparto que sabe qué día toca la visita, y un marido que me dijo «una empresa de plantas».

Subo. Me subo a la silla del escritorio con los zapatos quitados y desmonto el detector de humo del techo del pasillo, que sale girando un cuarto de vuelta como sale todo en esta casa. Meto la cámara dentro, la sujeto con dos bridas y vuelvo a encajarlo.

Desde ahí se ve el pasillo entero. Las trece puertas que se abren. Y la que no.

Bajo. Y hago lo que llevo tres días aplazando.

Voy al panel del recibidor y pulso el botón del medio.

HISTÓRICO DE EVENTOS.

El panel guarda los últimos doscientos. Bajo con el dedo.

HOY 07:11 · MOVIMIENTO PASILLO P1 HOY 03:19 · MOVIMIENTO PASILLO P1 HOY 03:14 · MOVIMIENTO PASILLO P1 AYER 03:21 · MOVIMIENTO PASILLO P1 AYER 03:16 · MOVIMIENTO PASILLO P1 MIÉRCOLES 03:12 · MOVIMIENTO PASILLO P1 Dos entradas por noche.

Cien noches seguidas entre las tres y once y las tres y veintidós, en el pasillo de la planta primera, en una casa en la que yo llevo tres días y en la que antes de mí no había nadie.

En la esquina inferior derecha, en letras más pequeñas que todo lo demás, la línea que vi el jueves y que no entendí:

ZONA P1 · MODO SILENCIO · NOTIFICAR: NO Alguien puso en silencio el detector de su propio pasillo hace cien noches por lo menos, porque no quería que le dijeran qué es lo que cruza su casa a las tres de la madrugada.

O porque lo sabe perfectamente y no quiere que se lo recuerden.

Salgo al jardín.

No voy al seto por el camino de grava. Voy pegada a la fachada, por la hierba, descalza, con los zapatos en la mano, porque no quiero que la cámara del porche me vea hacer esto.

Recorro el boj de rodillas, apartando las ramas con el antebrazo, y a los cuatro metros la encuentro.

Una rejilla de aluminio a cuarenta centímetros del suelo, escondida detrás de la parte más espesa, atornillada con cuatro tornillos de cabeza allen. Alrededor, la hierba está amarilla y aplastada en un rectángulo perfecto del tamaño de dos rodillas.

Cuento las rejillas de la fachada. La casa tiene nueve.

Esta es la décima.

—¿Qué buscas ahí?

Me giro. Pilar está al otro lado del boj, con las tijeras apoyadas en el hombro y la cara en sombra debajo del sombrero.

—Nada.

—Estás de rodillas en la hierba a las doce de la mañana.

—Se me ha caído una cosa.

—¿Y la has encontrado?

—No.

—Pues sigue buscando, que es lo que hace todo el mundo.

Me limpio las manos en el pantalón. Me quedo de rodillas, porque si me levanto me tiemblan las piernas y prefiero no darle ese dato.

—Pilar. Los de las plantas. ¿Vienen los jueves?

—Cada quince días. Furgoneta verde. Un chico que no se baja del asiento y firma él mismo el albarán.

—¿Y qué riegan?

—Las orquídeas.

—¿Tú las has visto?

—Yo he visto entrar la furgoneta. —Corta una rama. La mira caer—. Salir no la he visto nunca.

Me quedo de rodillas en la hierba y no me levanto. Me giro hacia la fachada norte, hacia el rectángulo de ladrillo visto, y Pilar sigue mi mirada como la siguió el jueves, y esta vez no se le paran las tijeras.

—Ese ladrillo —digo.

—Ya te lo dije.

—Me dijiste que había una ventana detrás.

—Y la hay.

—¿Y por qué la taparon?

Pilar deja las tijeras en el suelo. Se quita un guante. Y hace algo que no la he visto hacer nunca: apoya la mano abierta encima del boj, despacio.

—Lo que no te dije el jueves es que en febrero puse la mano encima de ese ladrillo.

—¿Y?

—Quemaba. —Se pone el guante—. Estábamos a cuatro grados.

Se agacha a por las tijeras y vuelve a su seto sin decir nada más.

Yo me quedo de rodillas en la hierba, con la décima rejilla delante de la cara. Una mujer que lleva veintidós años enfadada con todo el mundo acaba de darme el único dato de esta urbanización que no se puede inventar.

Voy a la cara norte.

El rectángulo de ladrillo visto está a la altura del suelo, del tamaño de una ventana, con la junta perfecta y el remate de aluminio lacado en blanco.

De cerca se ve otra cosa: una ventana que se diseñó y después se decidió cegar, y se cegó bien, con su remate y todo, para que desde la calle parezca un detalle de composición.

Pongo la mano encima.

Está caliente.

No tibia al sol: caliente. Es mediodía y la fachada norte no ha visto el sol en todo el día, y este ladrillo está a la temperatura de una cosa que tiene detrás algo que funciona.

Lo oigo otra vez.

Muy bajo. A través del ladrillo, no por el aire. Una respiración lenta y regular que entra y sale con la paciencia honda de los que llevan mucho tiempo aprendiendo a no hacer ruido.

Aparto la mano. Me la limpio en el pantalón dos veces, aunque el ladrillo está limpio.

A las siete y cuarenta y dos de la tarde pasa.

Estoy en la cocina con el portátil abierto en la aplicación de la cámara, viendo mi propio pasillo en blanco y negro con la marca de agua en la esquina, cuando la puerta catorce se abre. No se abre del todo. Se abre doce centímetros. Sale una mano.

Fina. Muy blanca, de ese blanco de cera que tienen las cosas que no han visto el sol. Con las uñas mordidas hasta la carne. Con una cicatriz antigua en el dorso, de medio centímetro, blanca y fina como un hilo.

La mano deja un papel en el suelo del pasillo. Lo deja con cuidado, alineado con la raya de la puerta, y se retira, y la puerta se cierra.

Antes de que se cierre del todo oigo la llave.

Girando. Desde dentro.

Subo los doce peldaños de dos en dos. El papel está en el suelo, doblado en cuatro, con la esquina metida bajo el zócalo para que no se mueva. Lo recojo con dos dedos. La misma letra que se cansa a mitad de cada palabra.

NO BUSQUES MÁS. VETE. ÉL NO TE ENCERRÓ. TE ENCERRASTE TÚ.

En la esquina de abajo, la mancha. Del tamaño de una lenteja. Marrón muy oscuro, casi negra, seca, con el borde deshilachado donde el papel chupó. La tercera. El cepillo. La nota del felpudo. Esta. Acerco el papel a la nariz y la mano me sube sola, como siempre.

Nardo. Jazmín. Un tallo verde partido.

Bajo al portátil. Rebobino. Lo veo otra vez, y luego otra, y luego cuadro a cuadro con la barra de espacio, y en la tercera pasada veo lo que no había visto.

La puerta se abre hacia dentro del pasillo doce centímetros. La mano sale. Y se oye un giro. Un giro corto, seco, de un cuarto de vuelta.

Yo llevo tres días mirando esa puerta y esa puerta no tiene manilla: tiene una ranura de tarjeta por fuera. Por fuera se abre pasando un plástico por un lector.

Pero el giro que acabo de oír no viene de un lector. Viene de un cerrojo de los de toda la vida, de los que se accionan con el pulgar desde dentro. En las puertas buenas existen aunque nadie los use. Un cerrajero no concibe una puerta que solo se abra con electricidad.

Alguien ha girado el cerrojo desde dentro.

Esa persona puede abrir cuando quiera.

Puede salir cuando quiera.

Llevo tres días creyendo que hay una mujer encerrada detrás de una puerta que no se abre.

Lo que hay es una mujer detrás de una puerta que se abre con una llave que ella tiene, que lleva cien noches cruzando mi pasillo y que hoy ha decidido dejarme una nota en vez de dejarse ver. No está encerrada. Está quedándose.

Apago el portátil a las once. Subo a la cama. No me duermo. Y a las tres y catorce de la madrugada, cuando llevo dos horas mirando el techo, oigo el pasillo. No la puerta. El techo.

Un roce metálico, corto, justo encima de mi cabeza, en el punto exacto donde está el detector de humo con la cámara dentro.

Bajo al portátil descalza. Abro la grabación de las tres y catorce. Y veo cómo la rejilla cuadrada del techo —la que está a dos metros de la puerta del baño, la que no aparece en ningún plano que yo haya visto— se mueve dos centímetros hacia un lado.

Se queda así nueve segundos.

Vuelve a su sitio.

De la rejilla no sale nadie.

Pero de la rejilla sale un olor, y yo no puedo olerlo a través de una pantalla, y aun así me llevo la mano a la nariz.