CAPÍTULO 6
Hoy es jueves, y los jueves la bandeja no entra a las siete y cuarto.
Entra a las nueve y veinte. Cuando entra la furgoneta verde. La placa se abre dos veces seguidas y la mano que deja la bandeja no es la de él: es más ancha, tiene la uña del pulgar negra de tierra y huele a plástico de invernadero.
La persona que riega las tres orquídeas del salón también baja. Es así como Galo puede irse cuatro días y que aquí abajo no cambie nada.
Arroz. Un trozo de pescado. Un vaso de agua lleno hasta tres dedos del borde. Siempre tres dedos: lo ha comprobado con la falange del índice durante cuatrocientos veintiséis días. Galo es un hombre de medidas y no de excesos, y esa es la clase de hombre que acaba haciendo lo que él hizo.
Marga se come el arroz igual. Y no dice buenos días, porque esa mano no espera que los diga.
Mide el pescado con la uña del pulgar. Seis centímetros y medio, como ayer. Nunca varía más de medio centímetro, y hay días en que esa exactitud le parece una forma de amor y hay días en que le parece la versión más limpia del horror. Hoy es uno de los segundos.
Después se cepilla los dientes.
El cepillo es azul y las cerdas están abiertas hacia fuera, dobladas todas en la misma dirección, gastadas en un patrón que ya no se puede deshacer.
Doce arriba. Doce abajo. Siete en las muelas de la derecha.
Siete en las de la izquierda. Treinta y ocho.
Todos los días treinta y ocho: si un día cuenta treinta y siete, vuelve a empezar desde el primer incisivo, porque si empieza a dejar cosas a medias no sabe en qué se convierte.
Las personas olvidan. El cepillo recuerda.
Luego los libros.
Treinta y dos. Treinta y seis meses menos los cuatro en que a Galo se le olvidó traerlo, y las cuatro veces ella decidió no recordárselo.
Una forma de tener poder sobre alguien y es la única que le queda.
Los tiene en el suelo, contra la pared, ordenados de izquierda a derecha por tristeza: los más tristes contra la pared, los que terminan bien a la derecha.
El libro nuevo llegó ayer a las seis menos cuarto, con la bandeja, y con dos frases que Galo dijo a través de la placa antes de irse al aeropuerto.
La primera: «Me voy cuatro días.»
La segunda: «Ya está aquí.»
Es una novela de un hombre que vuelve a un pueblo del norte a enterrar a su padre. Marga la pone a la izquierda del todo, entre una de una mujer que pierde la memoria y otra de un niño al que se le muere el perro. Es de las suyas.
Luego se queda sentada con el libro en la falda, pensando en que él no ha dicho «ya está aquí» con la voz de quien da una noticia. Lo ha dicho con la voz de quien entrega un paquete.
Hace lo que hace todas las mañanas desde hace un año: cruzar la habitación, arrodillarse delante de la segunda cama y alisarla.
Con la palma abierta, despacio, de arriba abajo, como se alisa el pelo de alguien que duerme y no quieres que se despierte.
La manta está doblada en tres pliegues exactos.
El marcapáginas lleva un año en la página ciento doce.
El vaso de agua lo cambia él todos los domingos y nadie ha bebido nunca de él: el de esta semana tiene una película mate en la superficie, esa nata del agua que se queda quieta muchos días.
La preparó él. Para ella.
Lleva un año esperando.
Marga apoya la frente en el colchón y la levanta enseguida. La tela huele a lo que huele toda la casa: lejía barata y suavizante de tapadera azul. Y debajo, muy débil, desde ayer, otra cosa.
Nardo.
No es jabón de flores. Las flores no huelen a esto. Esto huele a un cubo de plástico con agua verde, a tallos partidos, a un delantal mojado colgado de un gancho en un sitio donde hace calor. Huele a un local pequeño con un escaparate y una caja registradora que se abría con una llave.
Es Inés. Inés siempre olía a flores, pero no a flores: a lo que se le quedaba en las manos de tocarlas.
Marga se levanta. Vuelve a su cama. Mete la mano entre el colchón y el somier, hasta el fondo, donde la tela hace un bolsillo, y saca un papel doblado en cuatro.
Lo desdobla sobre la manta.
Una sola palabra, escrita con bolígrafo azul hace mucho tiempo, con una letra que ya no se parece a la suya:
INÉS.
Lo toca con la yema del dedo. Lo vuelve a doblar por los mismos pliegues. La única manera de que un papel doblado mil veces no se rompa. Lo guarda.
Todavía no.
Todavía no es el momento.
Arriba suenan pasos. Apoyan la punta. Avanzan dos metros, se detienen, retroceden medio.
La oye contar. Es un hilo de voz que viene por el conducto: alguien cuenta del uno al sesenta con una paciencia de oficinista, y al llegar a sesenta vuelve a empezar.
Marga cierra los ojos.
Cuenta. Como yo. Cuenta las cosas para que no se le vayan.
Cuenta hasta sesenta. Lo que se cuenta cuando se espera un silencio que no llega. Marga lleva cuatrocientos veintiséis días contando hasta sesenta pegada a una rejilla, así que sabe reconocer a una hermana aunque la hermana no lo sepa.
—Estás ahí arriba —dice en voz baja, para que el conducto se lo suba.
Nadie contesta. Los pasos se alejan.
Marga se queda sentada en el borde de la cama con las manos abiertas sobre las rodillas, y hace la cuenta que hace todas las mañanas, y la cuenta le da siempre el mismo número.
Se levanta. Va hasta la puerta. Pone la palma abierta en la madera, a la altura de la cerradura, y la deja ahí.
—Estás aquí —dice—. Lo sé.
La madera no contesta. La madera nunca contesta; contesta ella sola. Lo que hace una cuando lleva tiempo hablándole a una puerta.
—Pero si abres antes de tiempo, vas a recordar lo que no quieres recordar.
Vuelve a la cama. Se acuesta de lado, mirando a la segunda cama, con la mano estirada sobre la manta hasta donde le da el brazo.
No llega. Nunca llega. Lleva un año sin llegar.
Siete marcas en la primera pared. Seiscientas sesenta y una en la de en medio. Cuatrocientas veintiséis en esta.
Una sola noche que vale por todos los demás días.
—Todavía no —dice.
Se duerme contando, por si acaso, del uno al treinta y ocho.