El cepillo de dientes extra CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

«El primer día sola»

Registro la casa como se registra una casa cuando no puedes permitirte que nadie note que la has registrado.

Me pongo los guantes de algodón blanco que Galo usa para tocar los planos. Fotografío cada cajón antes de abrirlo, para cerrarlo después con el mismo ángulo. Y me doy dos horas y media: de once y media a dos.

Empiezo por la cocina. Doce cajones. Diez con cosas nuevas: separadores de bambú, dos juegos de cubiertos con la etiqueta puesta, un abrelatas sin estrenar, un rallador con la pegatina del precio todavía en el mango.

Una cocina de expositor. Una cocina que nadie ha usado todavía, en una casa que alguien lleva usando mucho tiempo.

En el duodécimo, el de debajo del horno, hay una caja de cartón con recibos.

Los saco y los pongo en la isla, en fila, por fecha. Treinta y seis. Uno por mes. Tres años. Leo el primero.

14/03 · HIPERMERCADO CENTRO · Leche entera x2 · Arroz redondo 2 kg · Huevos L, dos docenas · Pescado blanco, dos raciones · Papel higiénico, ocho rollos · Compresas normales, dos paquetes · Total: 84,60 Leo el segundo. El tercero. El doceavo. El treinta y seis.

Todos iguales. No parecidos: iguales. Las mismas líneas, en el mismo orden, con variaciones de céntimos. Dos raciones de pescado. Dos docenas de huevos. Dos paquetes de compresas. Ocho rollos de papel.

Un hombre de treinta y siete años que vive solo en un piso del centro no compra dos paquetes de compresas al mes todo este tiempo.

Busco lo que cambia. Cambian cuatro cosas. El pan, que en agosto desaparece. Un cargo de farmacia que sube en invierno. Una línea fija cada tres meses exactos —HIGIENE BUCAL, 2 UDS— que en todo este tiempo no ha fallado ni una vez. Doce compras. Veinticuatro cepillos.

Cambia la tienda.

Los veintidós primeros recibos son de un hipermercado de la ciudad. Los últimos catorce son del Mercado San Blas. Del pueblo. De aquí, a nueve minutos andando de mi cocina.

Cuento hacia atrás desde el último, con el dedo, mes a mes. Catorce.

Catorce meses es el tiempo que lleva esta casa terminada. Catorce meses es el tiempo que hace que alguien compra comida para dos a nueve minutos de aquí. Y un año es el tiempo que mi marido lleva diciéndome «en cuanto se seque el jardín», con las cajas hechas en el pasillo del piso.

Saco del bolsillo del albornoz el segundo papel.

Es la lista que estaba pegada detrás del imán de la nevera, con cinta de carrocero, por el lado que no se ve. La pongo al lado de la de Galo y las comparo línea por línea.

Leche entera, dos. Arroz redondo, dos kilos. Huevos grandes, dos docenas. Pescado blanco, dos raciones, del tamaño de una mano. Papel, ocho rollos. Lo de siempre para los días.

Las mismas líneas. El mismo orden. Las mismas palabras. Hasta el pescado del tamaño de una mano.

Con una letra temblorosa. Trazos que empiezan fuertes y terminan sin tinta, como si la mano se cansara a mitad de cada palabra. La letra de la nota del felpudo. Galo no escribe la lista. Galo copia la lista.

La lista la escribe alguien que lleva años pidiendo lo mismo. Alguien que un día añadió «del tamaño de una mano» porque necesitaba que se lo midieran.

Que escribe «lo de siempre para los días», porque hay cosas que una mujer no escribe enteras ni aunque la casa esté vacía.

Me quedo de pie delante de la isla con dos papeles en las manos y no estoy temblando. Eso es lo que me asusta. Que no estoy temblando.

Encima de los recibos, en la misma caja, hay una carpeta de anillas azul oscuro con una etiqueta impresa en la tapa: MANTENIMIENTO.

La abro de pie, con la calma de quien ya sabe que va a odiar lo que lee. Facturas de agua. De luz, con un consumo absurdo para una casa nueva con caldera de condensación y dos habitantes que todavía no han estrenado los cubiertos. Y cuatro albaranes de una empresa de climatización:

REVISIÓN CONDUCTO PLANTA SÓTANO · AbrIL CAMBIO REJILLA 3 POR REJILLA ATORNILLABLE · FEbrERO Conductos. Rejillas. En un sótano de instalaciones donde no vive nadie.

En un sótano de instalaciones no se atornilla una rejilla. Se atornilla en una cárcel, o en un sitio donde hay alguien con herramientas pequeñas y mucho tiempo.

Subo al despacho con la carpeta azul debajo del brazo.

El despacho de Galo huele a papel caliente y a una colonia que él no se pone. La mesa está demasiado limpia. Y en una mesa demasiado limpia siempre hay una cosa fuera de sitio. En la de Galo es un posavasos de corcho en la esquina izquierda, con el cerco seco de una taza que alguien bebía de pie.

Abro el cajón de abajo del todo. Contratos. Dos bolígrafos iguales. Un cargador antiguo. Una caja de grapas.

Detrás de la caja de grapas, una grabadora.

Negra. Del tamaño de una cajetilla. Con una pegatina blanca en el lateral y dos dígitos escritos a mano: 07.

La enciendo con el pulgar, sin querer, y la pantalla se ilumina en azul.

ARCHIVOS: 14 · ÚLTIMA GRABACIÓN: 09:12 · DURACIÓN TOTAL: 51 MIN Cincuenta y un minutos de la voz de mi marido hablando con gente que no soy yo.

Pongo el dedo sobre el botón de reproducir. Lo tengo ahí hasta que la pantalla se apaga sola.

Pulso. Un chasquido. Y la voz de Galo, muy cerca del micrófono, con la boca pegada: «…el catorce de marzo, no el quince. El quince no me sirve.»

Silencio. Abajo, la caldera, con su golpe metálico. Y luego otra voz. Más baja. Sin prisa. Una mujer.

Arriba, en el pasillo, los pasos de Galo llegan al rellano y se paran.

Paro. Sin sacar el dedo del botón. Diez segundos de cincuenta y un minutos, y una segunda voz que no he llegado a oír.

Apago la grabadora con el pulgar. Me la meto en el bolsillo del pantalón, contra el muslo. Pesa más de lo que parece. Al final de la carpeta azul, dentro de una funda de plástico, hay una fotografía.

Nadie ha hecho esta foto con cariño. Es de móvil, de noche, con flash, desde arriba y un poco de lado. Como se fotografía un daño para documentarlo.

Una mujer. Sentada en el borde de una cama sin hacer.

Pelo largo, sucio, pegado a las sienes. La cara plana por el flash y hundida por lo otro: dos sombras moradas donde deberían estar los ojos y unos pómulos que se le salen de la piel.

Las manos sobre las rodillas. Las uñas muy cortas, mordidas hasta la carne.

Detrás de ella, una pared blanca.

Con rayas.

Rayas pequeñas, hechas con algo metálico, agrupadas en bloques de cinco. Cientos de bloques. Un muro entero de cuentas. Y al final, en la esquina inferior derecha, un bloque suelto de dos rayas, y la segunda a medio hacer. Ochenta y dos bloques de cinco y dos rayas. Cuatrocientas doce.

Cuento los bloques. No puedo. Hay demasiados. Cuento el último: cuatro y media.

En la mano derecha de la mujer, medio tapada por el muslo, hay un cepillo de dientes.

Azul.

No azul de tienda. El azul descolorido de un plástico que se ha mojado tres mil veces. Con las cerdas abiertas hacia fuera, aplastadas, dobladas. Como una flor que se rindió en mitad del gesto.

Del mismo azul exacto que el cepillo que estaba en el vaso de mi baño la noche del martes.

Le doy la vuelta a la foto.

En el dorso, con bolígrafo, en la letra de ladrillos de Galo, hay tres cosas:

DÍA 412. MEJORA.

Debajo, tachado con una sola raya, un nombre.

No borrado: tachado. Con la raya tan apretada que el bolígrafo ha roto el papel en dos sitios. Alguien escribió un nombre ahí y alguien decidió después, con mucha fuerza, que ese nombre no debía leerse.

Acerco la foto a la ventana. La pongo al trasluz. La raya es de bolígrafo y el bolígrafo no se levanta.

Pero se adivina. Son cinco letras. La primera tiene un palo vertical alto y la última una barriga redonda abajo.

Cinco letras.

Conozco esa cara.

Llevo toda la mañana sabiendo que conozco esa cara, y llevo toda la mañana haciendo inventarios de recibos y comparando listas de la compra para no hacer la única cosa que queda por hacer: mirarla bien.

Se me doblan las rodillas. No metafóricamente: se me doblan. Me tengo que sentar en el suelo del despacho, entre los contratos y el cargador antiguo, con la foto en la falda y la boca abierta. Respiro como respira la gente en las películas cuando ha corrido.

A las dos en punto suena el teléfono.

Tardo cuatro tonos en descolgar y se me nota en la voz.

—¿Qué has comido?

—Nada todavía.

—¿Has ido al mercado?

—Mañana.

—¿Y qué has hecho en toda la mañana?

Miro la cocina blanca desde el suelo del despacho. Los doce cajones vacíos con sus separadores de bambú. El techo. Y debajo del techo, un sótano que no he visto.

—Ordenar.

—¿El qué?

—La despensa.

—La despensa está vacía.

—Pues la he ordenado vacía.

Se ríe. Una risa corta, de nariz: la risa de quien archiva una respuesta y sigue.

—¿Todo en orden?

—Sí. Todo en orden.

—¿No has oído nada raro?

Los cuento yo. Y los cuenta él también, porque se calla exactamente cuatro segundos antes de seguir hablando.

—¿Raro cómo?

—Nada. Cosas mías. La casa hace ruidos.

—¿Qué tuberías, Galo?

—Las del sótano. Se dilatan. Es una casa nueva, se está asentando. Todas las casas nuevas crujen los dos primeros años.

—Esta casa no cruje.

Silencio.

—¿Cómo dices?

—Que llevo dos días escuchándola y no cruje. Cruje la caldera, cada nueve segundos, siempre igual. Eso es una máquina, no una casa asentándose.

—Ya. —Y otra vez la risa corta, y otra vez archivando—. Pues será la caldera. Te llamo por la noche. Te quiero.

—Yo también.

Cuelgo. Y me quedo con el auricular en la mano pensando en algo que no me gusta: le he dado un dato. Ahora sabe que cuento los golpes de la caldera.

A las tres y cuarenta vuelve a sonar.

—Se me ha olvidado una cosa. El tubo de los planos. Está en el despacho, detrás de la puerta. No lo muevas, que se doblan y luego no hay forma de plancharlos.

—No lo he tocado.

—No lo he dudado ni un segundo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque los dejo con las etiquetas mirando a la izquierda. Y tú siempre los dejas mirando a la derecha.

Me giro. El tubo está detrás de la puerta, de pie, sujeto con una goma. Las cuatro etiquetas blancas miran a la izquierda. No los he tocado. No los he tocado en los dos días que llevo en esta casa, y hasta hoy no había entrado en el despacho, y hoy no los he sacado del tubo.

—Galo. Yo no he movido los planos.

El silencio dura lo justo para que yo entienda que no me estaba preguntando por los planos.

—Ya lo sé, cariño.

—¿Entonces por qué lo dices?

—Por si los hubieras movido.

—Es una tontería —dice, antes de que yo pueda contestar—. Manías mías. ¿Estás bien?

—Estoy bien.

—¿Seguro?

—Galo. ¿Tú has estado en el despacho hoy?

Cuatro segundos.

—Estoy en Lisboa, cariño.

—Ya.

—Te llamo por la noche.

Cuelga.

Me quedo mirando el tubo de los planos y entiendo que acabo de pasar un examen que no sabía que me estaba haciendo, y que lo he aprobado por casualidad, porque la verdad ha resultado ser la respuesta correcta. La próxima vez no voy a tener tanta suerte.

Me lavo la cara en el baño de invitados.

El único de la casa que no huele a nada.

Y en el espejo veo a una mujer que acaba de encontrar a otra mujer en una fotografía.

Que ha marcado cinco números y no ha conseguido hablar con una sola persona.

Que no ha gritado. Que no ha roto nada más que una pared de yeso.

Entiendo que llevo dos días haciendo la pregunta equivocada. La pregunta no es «quién hay en esta casa».

La pregunta es «por qué he marcado cinco números y ninguno era el de una persona».

Guardo la grabadora en el bolsillo interior del abrigo.

Guardo la foto encima, doblada en cuatro.

La doblo mal, con el pliegue cruzándole la cara a la mujer, y no la vuelvo a desdoblar para alisarlo. Me salgo del plan.

Bajo a la cocina. Cojo la fotografía. La desdoblo sobre la isla, encima del mármol blanco, boca arriba, en el centro exacto, donde da la luz de la ventana y donde se ve desde la puerta del salón, desde la escalera y desde el pasillo del estudio.

La dejo ahí. Si alguien de esta casa quiere saber si la he encontrado, que lo sepa.

Cojo la libreta, la abro por la primera página, y debajo de «DÍA 1. SOLO 5 DÍAS» escribo una línea con la letra de Galo, que ya también es la mía:

DÍA 2. SÉ QUE HAY ALGUIEN.

Debajo, con la otra letra, con la que no sé de dónde me sale, escribo la verdad:

Sé que no pienso irme hasta saber quién es.