El cepillo de dientes extra CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

«Pilar»

Salgo por la puerta de servicio y lo primero que veo es el papel.

Está en el suelo, apoyado contra el zócalo, con la esquina metida por la rendija de la puerta. Alguien lo ha empujado desde fuera con la punta del zapato.

Un papel doblado en cuatro, arrancado de un cuaderno de espiral, con el borde pelado y las espirales marcadas en el canto.

Lo abro antes de pensar.

Letra temblorosa. Trazos que empiezan fuertes y terminan sin tinta, como si la mano se cansara a mitad de cada palabra. Cinco palabras y media:

NO TE QUEDES. VETE ANTES DE QUE BAJE LA MAREA.

No hay firma. En la esquina de abajo, una mancha. Pequeña. Del tamaño de una lenteja. Marrón muy oscuro, casi negra, seca, con el borde deshilachado en el punto exacto donde el papel chupó.

No es tinta. La tinta se extiende en círculo y brilla un poco al secarse. Esto se ha secado en escama. Esto es de lo que sale de una persona cuando a una persona le sale algo.

Lo sé porque he limpiado muchas cosas en mi vida. Y lo sé porque el primer día, en el mango de un cepillo azul, vi una mancha exactamente igual.

Acerco el papel a la nariz. No lo decido: es un reflejo, veinte años de oficio, la mano sube sola.

El mismo jabón del cajón. Nardo encima, jazmín debajo, y al fondo el tallo partido que no aparece en ningún bote de esta casa.

Miro los cuatro pliegues, hechos con la uña, uno encima del otro, con una exactitud que no pega con una mano que tiembla.

Quien escribió esto tiene mal pulso y buenas manos, y lleva mucho tiempo sin escribir y mucho tiempo sin soltar nada.

Me guardo el papel en el bolsillo del abrigo. Y oigo las tijeras.

Clac. Clac. Clac.

Un ritmo. No el ritmo de quien trabaja: el ritmo de quien cuenta.

El jardín que Galo dibujó tiene dos rectángulos de césped idénticos, tres arces alineados a un metro ochenta y una franja de boj recortada a cuarenta centímetros que separa mi terreno del de al lado.

Al otro lado del boj hay un jardín de verdad: tierra negra, macetas torcidas, una manguera enrollada como una serpiente dormida, una silla de plástico con una toalla encima.

Una mujer.

Cincuenta y tantos. Pelo corto teñido de un rubio que ya no le importa. Camisa de hombre con las mangas remangadas hasta el codo. Guantes de cuero marrón, gastados en el pulgar derecho. No levanta la vista.

—Eres la nueva.

No es una pregunta. Lo dice con la entonación de «está lloviendo».

—Vera.

—Pilar.

Clac.

Corta una rama. La rama cae en la hierba y ella no la mira caer.

Me llevo la mano al bolsillo del abrigo y noto el papel doblado contra los dedos.

Pienso una cosa absurda. Esta mujer lleva veintidós años viviendo a cuatro metros de mi cocina.

Y nadie más que ella ha podido meter un papel por debajo de mi puerta sin tarjeta, sin código y sin que la cámara de la esquina la viera pasar.

—¿Nos conocemos? —digo.

Ahora sí levanta la vista. Tiene los ojos muy claros y muy quietos, de esos que primero te miran las manos y después, si las manos no les interesan, te miran la cara. Me mira las manos. Las tengo cerradas, dentro de los bolsillos.

—No. Pero te pareces a alguien que conocí.

Se limpia la hoja con el pulgar, sin mirar la hoja.

—Tenía tu misma forma de caminar.

—¿Qué forma es esa?

—Como si pidieras perdón por existir.

Se me seca la boca de golpe, como cuando te llaman por un nombre que no es el tuyo. No por lo que dice. Por cómo lo dice: sin crueldad, sin piedad, con la precisión de una mujer que lee una factura y te canta el total.

—¿Cómo se llamaba?

—Las rosas no son tuyas —dice—. Las planté yo. Tu marido las dejó ahí porque le daba pena arrancarlas.

—Gracias.

—No las riegues por la mañana. Se queman: el agua se queda en la hoja, hace de lupa y el sol las agujerea. Riégalas al pie, por la tarde, y poco. Las rosas no tienen sed, tienen costumbre. Y no las podes tú. Tú no sabes.

—No sé.

—Bien. —Asiente, satisfecha, como si acabara de aprobarme un examen—. Cuando alguien dice «no sé» en el primer minuto, luego se puede hablar con ella.

Vuelve al seto. Clac. Clac.

Me apoyo en el boj. El boj huele a gato y a verde amargo. Me tranquiliza más que ninguna otra cosa que haya olido en dos días, porque es un olor viejo, de planta viva. Todo lo demás en mi casa huele a producto.

Saco la mano del bolsillo con el papel entre los dedos, y estiro el brazo hacia el seto, y estoy a punto de decirle mire, dígame qué significa esto, dígame qué es la marea.

No lo hago. No sé por qué no lo hago. Eso es lo que más me asusta de estos dos días: que ya he aprendido a no preguntar.

—Pilar. Tus tijeras.

—¿Qué pasa con mis tijeras?

—¿Cortan cristal?

Se para. Me mira la cara entera, de arriba abajo, y tarda tanto que me da tiempo a arrepentirme de haber abierto la boca.

—Cortan todo —dice—. Menos las palabras.

Vuelve al seto.

Me río. Es una risa corta y seca que me sale antes de decidir reírme, y Pilar no se ríe, pero le veo la comisura moverse un milímetro, que en una cara como la suya es un aplauso.

—¿Quién vivía aquí antes?

—Nadie.

—La casa lleva un año hecha.

—Un año y dos meses —dice—. Y nadie ha vivido en ella. Que no es lo mismo.

—¿Qué quiere decir?

—Que hay casas que se hacen para vivir y casas que se hacen para tener.

—Esta es de las segundas.

—Esta es de las terceras.

—¿Y cuáles son las terceras?

Se agacha, coge una rama del suelo y la parte en dos con las manos enguantadas. Tira los dos trozos al montón, alineados.

—Las que se hacen para guardar.

—¿Para guardar qué?

—Para guardar. —Se levanta y se sacude las rodillas—. El qué ya lo pondrás tú. Cada una pone el suyo.

Miro la fachada blanca. Las trece ventanas. El rectángulo de ladrillo visto de la cara norte, a la altura del suelo, del tamaño de una ventana tapiada.

Pilar me contradice.

Sigue mi mirada. Se le van los ojos al ladrillo de la fachada norte y se le quedan ahí, quietos, y las tijeras se le paran a media altura, abiertas, sin cortar nada. No es curiosidad. Lo conozco: es lo que hace la gente cuando mira el sitio donde se hizo daño alguien a quien quería.

Dura dos segundos. Luego baja las tijeras y corta.

—Pilar. Ese ladrillo. El de la fachada norte. ¿Sabes qué hay detrás?

Deja las tijeras en el suelo. Se limpia las manos en el pantalón. Y hace algo que no espero: mira a los dos lados de la calle, como hace la gente cuando va a decir algo que no debería.

—Una ventana.

—Está tapiada.

—Está tapada. No es lo mismo.

—¿Cuál es la diferencia?

—Que tapar se puede destapar. —Vuelve a coger las tijeras—. Tapiar es para siempre.

—¿Y quién la tapó?

—El que hizo la casa.

—¿Y por qué?

Clac. Corta una rama gruesa, de dos dedos, y le cuesta. La corta en dos golpes.

—Pilar.

—Porque le daba el sol, hija. —No me mira—. A las tres de la tarde, en julio, en esa pared da el sol de lleno. Y hay cosas que no se pueden tener donde da el sol.

Me quedo con la mano dentro del bolsillo y no la saco. Toco el borde del papel, y la mancha seca de la esquina, y tengo la certeza absoluta de que esta mujer sabe lo que pone en él.

—Esa casa la hizo él entero.

—Hasta el último tornillo. Vino con un camión y se llevó la tierra. Ni una pala dejó que cavaran los obreros.

—¿Por qué?

—Porque los arquitectos son así.

—No. Los arquitectos no son así.

Me mira. Y le veo algo parecido al interés, que en una cara como la suya es apenas un parpadeo más lento.

—Tú sabes de esto —dice.

—Estoy casada con uno.

—Ah. —Vuelve a las tijeras—. Pues entonces ya sabes lo que te digo: cuando un hombre hace una casa entera, la casa no es suya. La casa es él.

Se para. Escucha algo que yo no escucho. Y baja la voz, que en ella ya es baja.

—¿Cuánto llevas casada?

—Un año.

—¿Y en la casa?

—Dos días.

—Ah. —Corta tres ramas seguidas—. Entonces estás a tiempo.

—¿A tiempo de qué?

—De todo, hija. A los dos días se está a tiempo de todo.

—Pilar. ¿Tú tienes hijos?

Las manos se le paran encima de una rama.

—Una hija.

—¿Y dónde está?

—Se fue.

—¿Cuándo?

—Mi hija se fue porque…

Se calla. El silencio de quien lleva veinte años llegando exactamente hasta ese punto del camino y girando antes.

Se levanta. Sacude los guantes.

—Si necesitas algo, llama —dice—. La casa de al lado. El timbre es de hierro, se oye desde la cocina aunque tenga la tele puesta.

—Gracias.

—Pero no llames de noche.

—¿Por qué?

—Porque de noche contesto.

Entra en su casa sin mirar atrás.

Entro yo también. Cierro. Pongo el cerrojo y la cadena. Un gesto ridículo en una casa con trece ventanas blindadas y una pared que se raja con una barra de hierro, y lo hago igual, porque los gestos ridículos sirven para algo: sirven para que las manos estén ocupadas.

En la encimera de la cocina, con el papel abierto delante, hago lo que sé hacer: descarto.

Pilar no. Pilar escribe con la mano de alguien que lleva dieciocho años podando setos: trazos que aprietan hacia abajo y se comen la erre. Esta letra no aprieta. Esta letra se cansa.

Galo no. Galo escribe en mayúsculas de la misma altura, como ladrillos. Esta letra tiembla.

No queda nadie más, porque en esta casa no hay nadie más. Lo he comprobado dos veces hoy: una con una barra de hierro contra un ventanal de tres metros y otra con la mejilla pegada a una pared fría, pidiéndole a lo que hubiera al otro lado que golpeara otra vez.

Ha golpeado. Dos veces, esperando tres segundos entre golpe y golpe. Lo que tarda una persona en decidir si se atreve.

Entonces la lista tiene una sola entrada.

Vuelvo a oler el papel. Nardo. Jazmín. Un tallo verde partido.

Hago la suma entera, la que llevo veinte minutos evitando hacer: la misma mancha que en el mango del cepillo y el mismo jabón que en el cajón del baño.

Dos cosas. Dos sitios. Una sola persona.

Esa persona no puede haber escrito la nota, porque para escribirla hace falta salir y para salir hace falta una tarjeta, y en esta casa hay tres tarjetas y ninguna es mía.

Salvo que haya cuatro.

Salgo otra vez al porche. Miro el seto: vacío, con las tijeras clavadas en la tierra. Miro la casa de al lado.

Las cortinas del salón de Pilar están cerradas.

Hace veinte minutos estaban abiertas. Lo sé porque entraba la luz y se veía una lámpara encendida a plena mañana del día dos, y porque yo cuento las cosas, y las ventanas abiertas también se cuentan.

En mitad del recibidor, con la cadena todavía en los dedos y el papel oliendo a flores en la otra mano, entiendo la única cosa que importa. No estoy sola en la caja. Alguien más tiene llave.

Ese alguien no quiere que me vaya. Quiere que me quede. Quiere que baje la marea tanto como yo.