CAPÍTULO 3
«No puedes irte»
Decido irme a las ocho y cuarto de la mañana del segundo día, y tardo tres minutos en entender que eso no es una decisión.
He dormido tres horas. Me ha despertado el corazón de la casa, ese golpe metálico cada nueve segundos, que a las tres de la madrugada suena como alguien doblando una cuchara en la habitación de al lado. Me he quedado mirando el techo hasta que he entendido que el golpe no venía de abajo.
Venía de la pared. De la pared del final del pasillo.
Me visto sin ducharme, cojo el bolso y las llaves del coche, y bajo los doce peldaños sin tocar la pared, porque en las casas nuevas la pintura está fresca y yo no quiero dejar una huella.
El teclado de la puerta principal está a la derecha, empotrado en el yeso, con los números retroiluminados en un ámbar muy tenue. Galo me lo escribió en el papel: 2210.
Marco 2210.
Luz roja. Un pitido corto, educado, casi amable.
Vuelvo a marcarlo más despacio. Dos. Dos. Uno. Cero. Roja. Marco el de la alarma, 4417#. Roja. Lo marco al revés. Con el asterisco en vez de la almohadilla. Roja, roja, roja.
Saco el papel del bolsillo y lo miro bajo la luz del porche. La letra de Galo. 2210. No hay error en el papel. El papel está bien escrito y está mal.
Entonces miro el teclado.
Es de membrana, sin teclas que se hundan, de esos que no deberían marcar el uso. Pero el plástico tiene memoria, y cuatro de los diez números están más brillantes que los otros, con esa pátina de dedo que solo se forma después de miles de pulsaciones. Es uso, no suciedad.
Los números gastados son el 1, el 4, el 7 y el 9.
El código que me dejó Galo tiene un 2 y un 0, y no tiene ningún 7 ni ningún 9.
Saco el móvil. Sin cobertura. No «cobertura baja»: sin servicio, con la palabra SERVICIO atravesada por una línea en la esquina, como en los aviones. Reinicio. Espero los cuarenta segundos que tarda en buscar red. Nada.
Voy al salón y abro el portátil. La página carga en un segundo y medio.
Internet por fibra, perfecto. Móvil, muerto.
Un inhibidor barato no distingue: te tira las dos. Un inhibidor bien puesto, sí. Cuesta mucho dinero, necesita que alguien sepa exactamente qué frecuencia vive en tu bolsillo, y no se instala en una casa. Se instala en una jaula.
Vuelvo a la cocina, levanto el paño de lino y descuelgo el teléfono fijo.
Tiene tono. Un tono largo, limpio, sano. Marco el 112 y espero los cuatro tonos de rigor con la mano abierta sobre el mármol y el corazón de la casa golpeándome en la planta de los pies.
Una voz de mujer, grabada, con un acento neutro de centralita:
—El número que ha marcado no existe. Compruébelo y vuelva a intentarlo.
Cuelgo. Marco otra vez. Misma voz, mismas palabras. Marco el de la policía del pueblo, que copié ayer del imán de la nevera. Marco el de la farmacia. Marco el de mi antiguo móvil, que está en un cajón del piso del centro y apagado desde hace un año.
—El número que ha marcado no existe.
Cinco veces. Cinco números distintos. La misma mujer con el mismo acento diciéndome lo mismo.
Esa línea no está cortada. Esa línea está filtrada, y filtrar una línea cuesta más dinero que poner un inhibidor en el jardín.
Cuelgo el fijo y me quedo mirándolo, y entonces veo el panel de la alarma, en la pared del recibidor, con su pantallita gris y sus tres botones. Debajo de los tres botones hay un cuarto, rojo, con un teléfono dibujado encima.
Lo pulso.
El panel emite dos tonos y se abre una línea con un chasquido.
—Central receptora, buenas tardes. Dígame el número de abonado.
—No lo sé.
—¿Es usted la titular del contrato?
—Soy la esposa del titular.
—Necesito el número de abonado o el código de coacción, señora.
—¿El código de qué?
—De coacción. Es un código distinto al de la alarma. Se marca cuando alguien le obliga a usted a desactivarla.
Miro la pantalla. En letras más pequeñas que todo lo demás pone CONTRATO 14-0932, y debajo TITULAR: G. SALAVERRÍA.
—Señora, ¿sigue ahí?
—Sí.
—¿Necesita que enviemos una patrulla?
—Sí.
—Para eso necesito el código de coacción.
—No lo tengo.
—Entonces no puedo cursar el aviso. Es el protocolo. El titular tiene que autorizarlo o tiene usted que marcar el código.
—Estoy encerrada en mi casa.
Un silencio de centralita: una respiración al fondo y un teclado al otro.
—Señora, ¿la puerta está cerrada por dentro o por fuera?
—Por dentro.
—¿Y no puede abrirla?
—No con mi código.
—Entiendo. —El tono cambia. Se vuelve más lento y más suave, el tono que se usa con los ancianos y con los borrachos—. ¿Está su marido en casa?
—Está en Lisboa.
—¿Y tiene usted el número de su marido?
—No tengo cobertura.
—Ah. —Una pausa de tres segundos—. Señora, ¿está usted tomando alguna medicación?
Aprieto el botón rojo otra vez y la línea se cierra.
Me quedo delante del panel con la mano abierta sobre la pantalla apagada y entiendo por fin el diseño entero. No es una casa con una puerta que no se abre. Es una casa con un protocolo. Y en un protocolo no importa lo que te esté pasando: importa lo que puedas demostrar con cuatro cifras.
Salgo por la puerta de servicio. La única de la casa que se comporta como una puerta: manilla y cerrojo, sin código, sin tarjeta, sin chasquido amortiguado.
El jardín tiene un muro de dos metros y medio, rematado con una losa lisa imposible de agarrar con los dedos. Y al fondo, junto al boj, una puerta metálica con un portero automático y una cámara del tamaño de una nuez. Me acerco. La cámara gira. No mucho: lo justo para seguirme la cara.
Pulso el botón del portero. No suena dentro ni fuera. No pasa nada. Espero seis segundos y vuelvo a pulsar, y entonces oigo el clic de un relé abriéndose y después la línea viva: ese siseo de fondo que tiene un interfono cuando alguien lo ha descolgado y no piensa decir nada.
—¿Hola?
Siseo.
—¿Hay alguien?
Siseo. Y al fondo, muy al fondo, algo que puede ser una respiración y puede ser el viento contra el micrófono.
—Galo, si eres tú, esto no tiene ninguna gracia.
El clic. La línea cerrada.
—Gracias por llamar —digo al portero—. Que pase usted un buen día.
Tiro de la puerta metálica. Fija. No tiene cerradura: tiene un lector. Una ranura negra idéntica a la de la pared del pasillo, a la altura de la mano, con polvo de lluvia encima. Se abre desde dentro, con una tarjeta que yo no tengo y que mi marido me prometió ayer, antes de irse a Lisboa.
Vuelvo al coche de Galo, el único que hay en el porche.
Las llaves funcionan y el motor arranca a la primera.
Llego hasta la grava, a cuatro metros de la verja, y la verja no se abre: el mando se lo ha llevado él y en esta casa solo había uno.
Y el sensor, ahora que lo miro bien, no apunta al suelo.
Apunta a la casa.
Ese sensor no espera que alguien entre. Espera que alguien salga.
Aparco. Cojo la barra de hierro del paragüero, que pesará tres kilos, y voy al ventanal del salón: tres metros de ancho, una sola hoja sin partir, la pieza más cara de la fachada.
Golpeo con todo lo que tengo.
El sonido es de madera, no de cristal: un golpe sordo, corto, cerrado, que me sube por los antebrazos hasta los hombros y me hace soltar la barra.
El ventanal tiene una marca blanca del tamaño de una moneda de diez céntimos. Ni una fisura. Ni una esquirla. Ni una línea de telaraña.
Me agacho y pego la mejilla al vidrio. Al mirar de lado, con el sol entrando en un ángulo bajo, veo el canto: dos láminas y entre ellas una película turbia, lechosa, de medio centímetro. Laminado. Blindado. El que se pone en los bancos y en las casas de los hombres que temen algo concreto.
Miro la pared.
Al lado del ventanal, en el yeso blanco, a la altura de mi hombro derecho, hay una grieta.
Fina. De doce centímetros. Con una telaraña de tres ramificaciones al final.
El cristal no se ha roto. Se ha roto la casa.
Me quedo mirando la grieta. Lo que estoy pensando no es nada útil.
Mi marido calculó el espesor de un vidrio para que resistiera tres kilos de hierro a la velocidad de una mujer de cuarenta y un años.
Lo calculó tan bien que la barra ha transferido la energía al muro.
Y el muro ha aguantado peor que el cristal.
Vivo en una casa donde el cristal es más fuerte que la pared.
Eso no se diseña para una familia. Eso se diseña para alguien que va a intentar salir.
Dejo la barra en el suelo. Me siento a su lado con la espalda contra el vidrio y me pongo a hacer inventario. Lo que hago cuando algo grande se me cae encima: contar lo que hay, contar lo que falta.
Catorce puertas y trece se abren.
Un teclado con cuatro números gastados que no son los míos. Y un panel de alarma en el recibidor que tiene en la pantalla, en letras más pequeñas que todo lo demás, una línea que no entiendo: ZONA P1 · MODO SILENCIO · NOTIFICAR: NO.
Un móvil que no llama, un fijo que miente y un interfono que se descuelga y no habla. Una llave que entra en la cerradura de la puerta principal y la hace girar sin abrir nada, porque el bombín no muerde: está loco. La puerta no se abre con llave. Se abre con cuatro cifras.
Una respiración al otro lado de la pared, que ayer por la mañana tardé cuarenta y dos segundos en oír.
No estoy en una casa. Estoy en una caja. La caja la diseñó él, con su letra de mayúsculas pequeñas y sus cuatro noches y sus cinco días y su sonrisa de pasillo de hospital.
Me levanto. Y subo al final del pasillo. No lo he planeado. Las piernas me llevan solas. Lo que hacen cuando una ha decidido no pensar. Me planto delante del paño de pared pintado, con la barra de hierro todavía en la mano derecha.
Pongo la mano sobre la línea. La pared está más fría que las otras. Pego la oreja a la línea blanca.
Nada.
—Hola —digo.
Nada.
—Si hay alguien ahí dentro, golpea otra vez.
Espero. Cuento hasta sesenta con la mejilla pegada a una pared de mi propia casa, hablando en voz baja con lo que haya al otro lado. En algún punto del conteo me doy cuenta de lo que estoy haciendo. Me aparto de golpe.
Bajo la barra al paragüero, con el mango hacia la izquierda. Como estaba.
Voy a la cocina. Abro la nevera vacía, cojo la botella de agua y bebo, y en el segundo trago el estómago se me cierra en seco y tengo que agarrarme a la encimera con las dos manos para no sentarme en el suelo.
Vomito agua en el fregadero. Tres arcadas secas y un hilo de baba. Me limpio la boca con el dorso de la mano y me quedo con la frente apoyada en el armario de arriba, respirando por la boca.
No lloro. Eso es lo raro: el cuerpo hace todo lo demás y los ojos no hacen nada, como si se hubieran quedado sin presupuesto. Me lavo la cara. Me seco la cara. Cuando estoy doblando la toalla, con la boca sabiendo todavía a bilis y el pelo pegado a la frente, lo oigo.
Un golpe.
Uno solo. Seco. Con los nudillos.
Desde arriba. Desde el final del pasillo. Desde dentro de la pared que no es una pared.
Espera tres segundos. Y da otro.
No es un ruido de la casa. A las tuberías las conozco. Es alguien que ha oído lo que le he pedido y me lo está concediendo.
Me quedo muy quieta en mitad de la cocina, con la toalla todavía en la mano, y hago la única cosa sensata que se me ocurre. No subo.
No subo porque si subo tengo que preguntar. Y si pregunto, tengo que escuchar la respuesta. Y llevo dos días construyéndome una vida entera alrededor de no saberla.
Dejo la toalla en su sitio. Cojo la libreta de la isla. La abro por la primera página, donde pone DÍA 1. SOLO 5 DÍAS, y no escribo un inventario.
Escribo una sola palabra, en mayúsculas, con la letra de Galo, que ya también es la mía:
QUIÉN.