CAPÍTULO 2
«Los cinco días»
Galo hace la maleta a las seis de la mañana y yo lo miro desde el marco de la puerta.
Dobla las camisas en tres, siempre en tres, con el cuello hacia dentro y el puño asomando un centímetro. Los calcetines van dentro de los zapatos. El cargador va enrollado con una brida de velcro, como si fuera a estar fuera tres años y no cuatro.
—Lisboa —dice, sin volverse—. Congreso, dos obras y el jurado de un concurso. Vuelvo el domingo por la noche.
—Son cinco días.
—Cuatro noches, cinco días. —Cierra la cremallera y se queda con las dos manos encima de la maleta, mirándola, y pienso: este hombre se despide de las cosas antes de despedirse de las personas—. Te dejo la lista.
La lista está en la encimera, escrita a mano con su letra de arquitecto: mayúsculas pequeñas, todas de la misma altura, como ladrillos de una pared muy bien hecha.
LECHE SEMIDESNATADA. PAN DE MOLDE INTEGRAL.
TOMATES CHERRY. PECHUGA DE POLLO, DOS BANDEJAS.
ARROZ REDONDO. UN PESCADO BLANCO, DEL TAMAÑO DE UNA MANO.
PAPEL HIGIÉNICO, OCHO ROLLOS. SUAVIZANTE DE TAPADERA AZUL.
La leo entera. Luego la leo por partes. Como se lee una lista cuando buscas el error y sabes que el error está.
—Galo. Aquí pone dos bandejas de pollo. Y ocho rollos de papel. Y te vas cuatro noches.
—Compras de más. Siempre has comprado de más.
—Yo no he comprado nada en mi vida, Galo. Me has comprado tú la compra.
—Pues entonces cómprala tú.
—¿Y el suavizante?
—¿Qué pasa con el suavizante?
—Que el de tapadera azul deja pelusa. Se queda pegada en las toallas, en los albornoces, en todo. Lo pone en el bote.
—Es el que usamos.
—Es el que usas tú.
—Cómpralo igual.
Lo dice sin levantar la voz y sin mirarme. Como Galo gana todas las discusiones: no las da por empezadas.
Yo me quedo delante de la encimera con algo que no cuadra y que todavía no sé nombrar. Es el pescado.
—¿Por qué «del tamaño de una mano»?
—¿Qué?
—¿Por qué no pone «una lubina» o «doscientos gramos»? ¿Por qué pone «del tamaño de una mano»?
Se ríe. Una risa corta y seca, la risa de alguien a quien han pillado en una tontería y decide convertir la tontería en un chiste.
—Porque es así como lo pido yo.
—¿De qué mano?
—De la mía. Vete a la cama.
Vuelve a la maleta. Y yo me quedo con una idea pequeña y fea que prefiero no terminar: una persona que escribe «del tamaño de una mano» no escribe para sí misma. Copia. Copia una lista que alguien le dictó hace mucho tiempo y que ya no se cuestiona.
Debajo del imán de la nevera, pegado con cinta de carrocero por el lado que no se ve, hay otro papel. Lo saqué ayer al descargar los platos y lo llevo desde entonces en el bolsillo del albornoz.
Es una lista de la compra. Las mismas líneas, el mismo orden, las mismas palabras. Hasta el pescado.
Con una letra temblorosa que no es la de Galo.
—Te dejo las instrucciones —dice.
Me da un papel doblado y se queda mirando cómo lo guardo, con la barbilla un poco levantada, esperando.
—¿No lo lees?
—Lo leo luego.
—Léelo ahora, que luego se te olvida.
Lo leo delante de él y él va señalando cada línea con el dedo, a un centímetro del papel, sin tocarlo.
ALARMA: 4417# PARA ACTIVAR. 4417# PARA DESACTIVAR. PUERTA PRINCIPAL: 2210. SERVICIO: MANILLA Y CERROJO, SIN CÓDIGO. PUERTA METÁLICA DEL JARDÍN: SOLO DESDE DENTRO, CON TARJETA. LAS ORQUÍDEAS NO SE TOCAN.
—¿Todo claro?
—Todo claro.
—Muy bien. —Me revuelve el pelo con dos dedos, como se le revuelve a un niño que ha hecho los deberes—. ¿Ves? No es tan difícil.
En la encimera, bajo un paño de lino bordado, hay un teléfono fijo. Blanco, de cable rizado, de los que ya no se fabrican, con una pegatina amarilla en la base que se ha descolorido con el sol y de la que ya no se lee nada. Lo descubrí ayer.
Una casa nueva no tiene teléfono fijo.
—¿Y el fijo?
—¿Qué fijo?
—El de la cocina. Debajo del paño.
Mira el paño. Y hace algo que no le he visto hacer nunca: contesta antes de que yo termine la frase.
—Es decorativo.
—Un teléfono es decorativo si no está enchufado.
—Está enchufado.
—Entonces no es decorativo.
—Vera.
—Galo.
—Un momentito —dice, y me suelta los hombros—. Un momentito, que llego tarde. Te lo explico el domingo.
Las orquídeas.
Hay tres en el alféizar del salón, en tres macetas blancas idénticas, con las varillas sujetas al tutor de plástico verde. Están perfectas, demasiado perfectas para una casa en la que nadie ha dormido hasta ayer.
—Las orquídeas no se tocan. Viene alguien cada quince días a regarlas. Una empresa.
—¿Una empresa de orquídeas?
—De plantas, cariño.
Miro las tres macetas. Debajo de la segunda, pegada al plástico por dentro, hay una etiqueta blanca escrita a máquina, de las que se usan en los viveros, con dos líneas y una fecha del mes pasado:
REG. 15 D · 200 ML Una empresa de plantas no pone fechas en las etiquetas. Una empresa de plantas pone su teléfono.
—¿Y esa persona tiene llave?
—Tiene tarjeta. Todo el mundo tiene tarjeta, Vera. El del riego, el de la caldera, el del agua. Es una casa domótica.
—Es una casa con catorce puertas y una sola tarjeta útil.
Se para en el umbral. Se gira. Y me mira de una manera nueva, con los ojos entornados y la cabeza muy quieta, igual que delante de un muro donde acaba de aparecer una grieta que no estaba en el cálculo.
—Tres —dice—. La tuya, la mía y la del servicio.
—Yo no tengo tarjeta.
Se queda muy quieto, con la mano en el tirador y la maleta apoyada en el suelo.
—Claro que tienes, cariño. Te la di en el coche. Con la llave.
—Me diste una llave y el mando de la verja.
Hace algo que no le he visto hacer en un año: se ríe de sí mismo. Pero mal. Con la risa colocada en el sitio equivocado de la frase, una risa que empieza después de que la cara ya haya terminado de reírse.
—Pues te la doy el domingo.
En el porche se acuerda de tres cosas más. Galo siempre se acuerda de tres cosas más en el porche; es su manera de alargar el rato sin tener que decir nada.
—La vecina. La de al lado. Pilar. Está siempre en el jardín. Si te pregunta algo, sé amable. Y si te cuenta algo, no te lo creas. Y no le digas los días que estoy fuera.
—¿Que no le diga que te has ido?
—Que no le digas los días. Si te pregunta, di que estoy. La gente de aquí es muy rara con los que viven solos.
—Yo no vivo sola.
—Exacto —dice, y me señala con el dedo desde el coche, como si acabara de darme la razón—. Exacto. No vives sola.
En el recibidor, antes de salir, se para y me enseña tres cuartos de cara. Lo justo para parecer que te escucha.
—¿No has vuelto a mirar lo del baño?
No digo nada.
—Cariño.
—No.
—¿No lo recuerdas?
—No lo recuerdo, Galo.
Sonríe con la sonrisa blanda y me besa: corto, seco, en la comisura. Donde besa cuando va a estar fuera.
El maletero se cierra. El motor arranca. La grava cruje. Cuento los segundos hasta dejar de oírlo y son treinta y uno.
Levanto el paño de lino, descuelgo el teléfono fijo y me lo pongo en la oreja. Hay tono: largo, limpio, sano, de línea nueva.
No marco nada, porque no hay nadie a quien llamar. Me quedo con el tono en la oreja hasta que la línea se corta sola, a los treinta segundos, con un clic. Cuelgo y vuelvo a poner el paño encima, con los bordes cuadrados.
Luego me quedo quieta en medio de la cocina y escucho la casa.
Es otra cosa cuando no hay nadie. Late cada nueve segundos con un golpe pequeño y metálico en algún punto del suelo que no consigo localizar. Cuando Galo está, no lo oigo. Cuando Galo no está, no oigo otra cosa.
Cojo la libreta nueva de la caja sin abrir y escribo en la primera página, en mayúsculas, con la letra de Galo:
DÍA 1. SOLO 5 DÍAS.
Debajo, más pequeño, con otra letra que no sé de dónde me sale:
No son cinco días. Es una ventana.
Empiezo por contar. Lo único que sé hacer bien.
La casa tiene catorce puertas y las recorro una por una, con la palma en cada pomo, pasando lista.
Principal: abre. Servicio: abre, con manilla y cerrojo, sin código.
Cocina, despensa, salón, comedor: abren.
Las otras ocho las abro y las cierro sin mirar mucho dentro, porque lo que busco no está en las que se abren.
Trece.
Cuento también las ventanas: trece, todas de aluminio blanco, todas con manilla de seguridad de botón. Y en la fachada norte, a la altura del suelo, un rectángulo de ladrillo visto del tamaño de una ventana tapiada.
Catorce puertas, trece ventanas, un hueco cegado. La puerta catorce está al final del pasillo, a la derecha, justo antes del dormitorio.
No es exactamente una puerta: es un paño de pared pintado del mismo blanco mate que el resto.
Tiene una línea perfecta en el borde, que solo se ve si te pones de lado y dejas que la luz de la ventana te caiga por detrás.
La vi ayer, la primera tarde, mientras subía las cajas con el sol entrando de lado.
No tiene pomo. No tiene cerradura. No tiene bisagras a la vista.
Tiene una ranura negra del tamaño de una tarjeta, a un metro veinte del suelo, en el lado izquierdo.
Y alrededor de la ranura la pintura está un poco más brillante, en un rectángulo de dos centímetros por tres.
Alguien ha metido ahí una tarjeta muchas veces, y además con prisa, porque la prisa raya.
Son las siete y cuarto. Lo sé porque acabo de mirar el horno antes de subir y estaba el reloj parpadeando en verde.
Pongo la palma abierta sobre la línea. La pared está más fría que las otras. Detrás de una pared fría hay aire, y detrás del aire hay espacio.
Acerco la oreja.
Silencio.
Espero. Cuento hasta sesenta cuando espero, porque el silencio de menos de un minuto no es silencio: es una pausa.
Cuarenta. Cuarenta y uno. Cuarenta y dos.
Lo oigo.
No un golpe. No un mueble. No una tubería, que a las tuberías las conozco y sé que las tuberías suenan por arriba y esto suena por el medio.
Una respiración.
Lenta. Regular. Entra. Sale. Entra. Sale. Con esa paciencia honda de los que duermen mucho y de los que llevan mucho tiempo aprendiendo a no hacer ruido.
Está al otro lado de la pared. A menos de un metro de mi oreja.
Me aparto. Doy dos pasos atrás sin quitarle los ojos a la línea blanca, con las manos abiertas a los lados del cuerpo, como se pone una cuando no quiere parecer una amenaza. La respiración sigue. No se acelera. No se corta. No cambia nada. Nadie a quien acaban de descubrir respira así.
Esta respiración sabía que yo estaba ahí, y decidió, hace mucho, esperar.
Bajo a la cocina. Miro la libreta. Miro el número que he escrito esta mañana.
DÍA 1. SOLO 5 DÍAS.
Tacho el cinco. Escribo un cuatro al lado, muy despacio, para que la mano no se me vaya.
Cuatro días más.
Arriba, detrás de la pared que no es una pared, alguien respira hondo, una vez, largo. La respiración de quien va a decir algo y no lo dice. No dice nada.