El cepillo de dientes extra CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

«El segundo cepillo»

En el vaso del baño hay dos cepillos. Uno es azul.

Llego a la casa a las cuatro de la tarde de un martes con una maleta de nueve kilos, y lo primero que pienso al cruzar la verja no es nada solemne: pienso que me la he ganado. Esta casa blanca y estúpida y perfecta es mía, y me gusta más de lo que debería gustarme una casa.

Galo lleva la maleta. Yo llevo la llave. Me la dio esta mañana en el coche, sin mirarme, y dijo «ya es tuya» con el tono con que se entrega un premio.

El pueblo está a cuarenta minutos subiendo.

Hasta el kilómetro seis huele a pino seco; a partir del seis, a césped regado en exceso, a cloro de piscina privada y a seto recién cortado.

Es el olor del dinero. Yo aprendí a oler antes que a mirar, y ese olor no se confunde con nada.

La urbanización se llama Los Almendros y no hay almendros.

—Aquí es donde vamos a vivir —dice Galo, abriendo la verja con el mando.

Los arquitectos lo dicen con la misma entonación de «aquí está la escalera».

Para ellos una casa no es un sitio: es un argumento que han ganado.

Y Galo dibujó cada pared, cada hueco y cada cristal.

La terminó hace más de un año y llevamos un año con las cajas hechas, esperando a que se secara el jardín, a que estuvieran las orquídeas, a que pasara el verano.

Hoy es el primer día.

Me enseña la planta baja habitación por habitación.

Lo que hacen los arquitectos el primer día y lo que no vuelven a hacer nunca.

Cocina blanca, isla de tres metros, doce cajones con separadores de bambú y ninguno con nada dentro.

Los cuento porque cuento las cosas: si sabes cuántas hay, sabes cuántas faltan.

Salón sin una fotografía. Biblioteca con cuarenta y un libros que nadie ha abierto.

Y el estudio, con la puerta entornada y un aire a papel caliente y a una colonia que Galo no se pone.

No pregunto por la colonia. En esta casa las preguntas se hacen de una en una y se cobran todas.

—Arriba.

La escalera flota sobre el muro sin barandilla, con los peldaños de roble clavados en el hormigón como dientes. Arriba hay un pasillo largo de madera clara que no cruje en ningún punto, ni siquiera donde debería, y Galo ha calculado hasta el crujido.

—Catorce puertas —digo.

Se gira, sorprendido de verdad.

—¿Las has contado?

—Siempre cuento.

—Pues sí. Catorce. —Se ríe—. Eres rarísima.

—Es que lo soy.

Me quedo arriba deshaciendo la maleta mientras él baja al estudio.

Oigo sus pasos, el chasquido de la puerta y el giro de la llave.

Galo cierra el estudio por dentro: lo hacía los sábados en el piso, lo hizo entre semana durante todo el año y lo hace también el primer día de nuestra vida en esta casa.

Meto la ropa en el armario. Treinta perchas vacías y once ocupadas.

Debajo, contra la pared, dejo una caja de cartón pequeña, sin abrir, precintada con cinta de embalar marrón.

No la voy a abrir hoy. No la voy a abrir en un mes.

Solo necesito saber que está ahí, en el sitio donde nadie mira, porque nadie se agacha.

—¿Necesitas ayuda, cariño? —Su voz sube por el hueco de la escalera.

—No.

—¿Seguro? Es que te oigo subir y bajar y me pongo nervioso.

—Son cuatro cajas.

—Son once.

—Cuatro con ropa. Las otras siete con cosas que no voy a usar.

El dormitorio es el del fondo. El baño, el de al lado.

Blanco entero: los azulejos, las toallas, el albornoz en un gancho cromado.

Huele a tres cosas y las reconozco al cruzar el umbral.

Lejía barata, de la de garrafa de cinco litros.

Suavizante de tapadera azul. Y limón de bote: algo que no existe en ningún limón.

Los olores de limpieza no mienten. Los olores de limpieza tapan.

Sobre el lavabo hay un vaso de cristal con dos cepillos.

El mío: blanco, nuevo, todavía con la película de plástico en el mango, porque lo compré esta mañana en la farmacia del pueblo para no pedirle nada a nadie.

Otro. Azul.

El de Galo no está en el vaso. No porque no exista: tiene un neceser de cuero en el estudio y se cepilla abajo, en el baño de servicio, el que hay junto a la lavandería, porque dice que abajo no molesta a nadie.

Ese baño es el único de la casa con pestillo por dentro.

Lo del pestillo nunca me lo explicó. Llevábamos un año casados y nunca me había parecido una rareza. Esa noche, con el azul en la mano, sí.

Lo saco del vaso. Está seco, con polvo en el cuello: ese polvo gris y finísimo que solo se forma donde no pasa la mano de nadie durante mucho tiempo.

Las cerdas están abiertas y aplastadas hacia fuera.

Lo giro entre los dedos. En el mango hay una mancha pequeña, más oscura, del tamaño de una lenteja, con el borde deshilachado justo donde el plástico chupó.

Cuento las cerdas aplastadas. Cuarenta y dos.

Alguien usó este cepillo durante mucho tiempo y luego dejó de usarlo durante mucho tiempo también. La firma de un objeto que se guarda y no se tira.

Me cepillo los dientes con el mío, delante del espejo, contando por costumbre: doce arriba, doce abajo, siete en las muelas de la derecha y siete en las de la izquierda. Treinta y ocho. Lo hago desde los nueve años y no sé quién me lo enseñó.

—¿Qué haces?

Galo está en el marco de la puerta, en camiseta, con la toalla al hombro y el pelo mojado. Siempre tiene la voz suave; es su manera de no dejar huellas.

—Hay dos cepillos.

—Ya.

—¿De quién es el azul?

Se acerca dos pasos. Mira el vaso. Mira mi mano. Y pone la sonrisa.

La sonrisa blanda. Un poco triste, un poco paciente. La que se le pone a alguien cuando crees que está confundido. La conozco de los pasillos de los hospitales.

—Siempre ha estado ahí, cariño.

—No estaba esta mañana.

—Lo pusiste tú.

Calla cuatro segundos antes de decirlo. Cuatro segundos es una mentira; una verdad sale en uno.

—Galo. Que yo no lo he puesto.

Me toca la mejilla con el dorso de los dedos, muy despacio, igual que se le toca a un perro que se ha asustado de un ruido de la calle.

—¿No lo recuerdas, cariño?

—No lo recuerdo porque no ha pasado.

—Un momentito. —Levanta la mano, todavía sonriendo—. Un momentito y te lo explico. Pero no aquí de pie, que se me enfría la cena.

Se va a la cocina.

Me quedo con el cepillo en la mano, y mi mano hace un movimiento: arriba, abajo, un círculo corto en las muelas. Tres veces. No soy yo: es mi mano sola, tecleando de memoria una contraseña que lleva años sin usar.

Lo dejo en el vaso, junto al mío. Dos cepillos inclinados el uno contra el otro en un vaso blanco. Parecen una pareja.

Cenamos pollo. Galo está encantador. Es su estado más peligroso: cuenta lo del concurso de Lisboa imitando la voz del alcalde, se ríe de sí mismo, me sirve vino antes de servirse él. Lleva un año siendo este hombre y yo llevo un año sin poder decidir si me casé con él o me escondí detrás de él.

—¿Y tú qué vas a hacer aquí sola? —dice.

—Ordenar.

—Llevas un año ordenando.

—Llevo un año viviendo contigo.

Suelta la servilleta encima de la mesa y se ríe con ganas, con la cabeza hacia atrás. Galo se ríe muy pocas veces y siempre demasiado fuerte, con el desahogo de quien no está seguro del gesto.

—¿Y qué vas a ordenar? Ya está todo ordenado. Lo ordené yo.

—La despensa.

—La despensa está vacía.

—Pues la lleno y la ordeno.

—Eso no es un hobby.

—No es un hobby. Es un oficio. —Corto un trozo de pollo y lo dejo otra vez en el plato—. Veinte años en una floristería. Si llegaba un pedido y no lo colocaba por especie y por color, no dormía. Treinta y dos cubos de agua y yo sabía cuál era cuál con la luz apagada.

—Eso es un trastorno.

—Eso es saber dónde está todo. Que es distinto de saber lo que significa.

Deja el tenedor. Es un movimiento muy pequeño y muy deliberado, el movimiento de un hombre que decide no recoger algo que se le ha caído.

—Aquí no va a faltar nada —dice.

—Ya.

—¿Y el cepillo? —Levanto la barbilla hacia el baño—. ¿De quién es el azul?

—De mi madre.

—Tu madre vive en Bilbao.

—Ya.

—Y estuvo aquí en Navidad. Estuve yo sola con ella tres días, deshice su neceser y se lo dejé encima de la cama.

—Muy amable por tu parte.

—Su cepillo era verde. De farmacia, con el nombre grabado en el mango.

No contesta. Se queda con el tenedor a mitad de camino y la boca un poco abierta, y veo a un hombre buscando en una base de datos muy grande.

—¿De quién es el azul, Galo?

—Un momentito —dice, y me pone la mano abierta delante de la cara, como se le pone a alguien que está a punto de llorar—. Un momentito. Te lo explico el domingo.

Se lo come. Los dos nos comemos el postre. Es de pera y yo no le noto el sabor.

A las once y media apagamos la luz. Galo se duerme en cuatro minutos, porque los cuento: respira hondo y limpio, como los hombres que no deben nada.

Yo no me duermo.

A las tres y doce me levanto, voy al baño descalza para no hacer ruido y enciendo solo la luz pequeña del espejo.

El vaso tiene un cepillo.

El mío. Blanco. Con el plástico puesto.

Abro el cajón de la izquierda, el que se usa para las cosas que no se quieren ver.

El cepillo azul está dentro.

Tumbado. En paralelo al borde. Alineado con el canto de una toalla doblada que hay debajo. No tirado: colocado. Y al lado, una pastilla de jabón envuelta en papel marrón.

La cojo y la acerco a la nariz antes de pensar, porque llevo veinte años oliendo antes de mirar. Nardo. Jazmín. Y debajo, muy debajo, un tallo verde partido: el agua sucia de los cubos de una floristería al cerrar.

No es la lejía. No es el suavizante. No es el limón de bote. No es ninguno de los tres olores de esta casa. Huele a persona, y las personas no huelen a limpio: huelen a lo último que han tocado.

Alguien con ese jabón ha estado en mi baño hoy. Esta tarde. Mientras yo deshacía la maleta y contaba doce cajones vacíos y pensaba que me había ganado esta casa.

Dejo el jabón. Vuelvo a coger el cepillo. Sigue seco, sigue con polvo en el cuello. Lleva meses sin usarse y, aun así, alguien lo ha sacado del vaso y lo ha puesto en el cajón. Alineado. Con el cuidado con que se colocan las cosas de una persona que está enferma.

Galo no. Galo duerme y no se ha levantado en toda la noche: duermo del lado de la puerta y nadie ha cruzado la habitación.

Miro el espejo. Hay una mujer con el pelo recogido, muy quieta, con un cepillo de otra persona en la mano, en el baño de una casa que quería más de lo que debería querer una casa.

Esta tarde, al abrir el vaso, me he sorprendido. Eso lo recuerdo bien: la sorpresa, el sobresalto pequeño y tonto de encontrar una cosa fuera de sitio.

Lo recuerdo.

Las manos me tiemblan. No por el cepillo: por la manera en que estaba puesto.

Necesito ordenar algo.

Vuelvo a la cama. Cuento las respiraciones de Galo hasta cien y me duermo en la ochenta y dos.

Antes de apagar la luz hago una sola cosa: dejo el cepillo azul exactamente donde lo he encontrado, en el cajón, alineado, con el jabón a la derecha.

Si alguien ordena, que no note que lo han tocado.