El cepillo de dientes extra PRÓLOGO
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El cepillo de dientes extra

El cepillo de dientes extra

Por Danae Caraveo

© inepub.com

PRÓLOGO

«El vaso»

La pared tiene mil noventa y cuatro marcas.

Siete son de otra casa. Seiscientas sesenta y una son de la casa de en medio. La que tenía una ventana alta por la que entraba una raya de sol a las cuatro de la tarde. La raya se iba desplazando hasta el zócalo como un animal que se aburre. Cuatrocientas veintiséis son de esta.

Marga las cuenta cada mañana. No porque dude del número: porque dudar del número sería dudar de lo único que todavía tiene entero.

Las caras se le están yendo. Hay mañanas en que no consigue reconstruir la nariz de su madre.

Entonces se levanta, cruza la habitación y cuenta, y el número la devuelve a su sitio.

Las rayas no se estropean.

La mil noventa y cuatro la hizo ayer con la tapa del cortauñas: un dibujo de dos centímetros que solo se entiende pegando la cara a la pared. Un cepillo de dientes.

A las siete y cuarto suenan los pasos arriba.

No son los de Galo. Galo apoya el talón primero, porque pesa y porque no le importa hacer ruido en una casa donde el ruido solo lo produce él. Estos apoyan la punta. Son más ligeros. Y dudan: avanzan dos metros, se detienen, retroceden medio.

Es alguien que todavía no conoce el suelo.

Marga se sube a la silla y pega la oreja a la rejilla del conducto.

Entonces lo huele.

No huele a lejía ni al suavizante de tapadera azul que sube con la ropa tendida de la vecina. Es otra cosa, y está viva. Nardo. Jazmín. Y debajo, muy debajo, un tallo verde partido: el agua sucia de los cubos de una floristería al cerrar.

Cierra los ojos.

Sabe ese olor. Lo sabría dormida, y con la nariz tapada, y con mil noventa y cuatro días de polvo encima. Lo sabría aunque le hubieran cambiado la cara.

Le han cambiado el nombre. Ahí arriba ya no tiene el nombre que tenía. A Marga le parece perfecto: ella también tiene un nombre nuevo, y el suyo se lo puso él, y el suyo es «la paciente».

Se baja de la silla. Vuelve a la cama. Se sienta con la espalda recta y las manos abiertas sobre las rodillas, como se sienta una cuando espera a alguien importante.

Sonríe. No de alegría: de paciencia.

—Por fin vuelves, Inés.