En Vigo la Navidad empieza el catorce de noviembre y no la apaga nadie. Once millones de bombillas, el centro cerrado al tráfico seis semanas, un millón de personas en la calle.

Y al final de todo, en una esquina de O Cotarelo, la última guirnalda del alumbrado, que se muere en la puerta de un bar.

Brais Louzán lleva la empresa de mudanzas que le dejó su padre y tiene cuarenta y una mudanzas firmadas para las seis semanas en las que esta ciudad es intransitable.

Todo lo del centro tiene que estar hecho antes del veintidós de diciembre, porque a partir del veintidós no se carga en el Casco Vello ni por escrito ni de rodillas.

Y el viernes trece se le rompe la furgoneta grande.

Xandre Padín cuelga las luces que cierran las calles de Brais. Lleva once años yendo donde va la campaña —alumbrados en invierno, ferias y escenarios en verano—, siempre dentro de una cuadrilla de ocho hombres, y en Vigo en diciembre no queda una cama libre ni pagándola a peso.

Uno lleva dieciocho años pidiendo permiso para entrar en las casas de los demás. El otro lleva once años sin dormir en una habitación en la que no hubiera alguien más al otro lado de la pared.

Entre dos hermanos que se reparten el piso de su madre y no se hablan desde hace once años, una lista escrita a lápiz que no es de ninguno de los dos, un armario de tres cuerpos que no baja por la escalera, una noria en la explanada de Guixar y una cena de cuadrilla,

hay seis semanas para averiguar si dos hombres hechos caben en sesenta y dos metros cuadrados sin acabar cobrándose las cosas.

Romance gay con banter de cabina de furgoneta, humor seco de barrio, lluvia de la ría, olor a plástico de burbujas y villancicos a todo volumen desde el catorce de noviembre. Novela independiente, sin cliffhangers, con final feliz garantizado.

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