Brais
El cinco de enero, ocho y cincuenta y cinco de la mañana, en la puerta de mi propia nave. La hoja de ruta está pegada por dentro de la puerta del conductor, como todos los días. Y hoy lleva escrita una mudanza que no tiene cliente.
Mudanza cuarenta y dos: Rúa do Cotarelo once, segundo, a Praza do Bazar tres, tercero, cuatro minutos andando.
En la columna de quién va conmigo hay doce nombres. El domingo tres me llamó Kevin Salgueiro y me dijo que el cinco venía él, y yo cogí el bolígrafo y le puse en la primera línea que tenía libre.
A las nueve y cuarto hay once personas en la nave y Suso no está.
Y no va a estar. No llama y yo tampoco le llamo, y en todo el día no pregunta por él ni uno, y eso también es de aquí.
Los once son estos, y los digo rápido porque están todos hablando a la vez. Iria, Puri y mi madre, los tres de la obra y el matrimonio del Cordel con el chaval. Breo, que ha venido en autobús, y Cati, que ha cogido el barco de las ocho.
Y Kevin Salgueiro aparece a las once con el chaleco del reparto y con Antía de la mano. Antía se queda abajo con mi madre y con una caja de rotuladores, y a mediodía el portal nuevo tiene su nombre a la altura de la rodilla. Kevin sube cajas y no acepta el jornal.
Y la mudanza ya se me ha ido de las manos, porque yo llevo toda la vida dirigiendo esto: digo qué baja primero y por dónde, la gente lo hace y sale bien. Hoy hay once personas en un piso de sesenta y dos metros y cada una tiene su sistema.
— Por la escalera no, que abajo hay una furgoneta y no hay que salir a la calle.
— Es que si lo bajas por la escalera y lo dejas en la nave, luego lo tienes que coger otra vez.
— Iria, eso es lo que estoy diciendo.
— Pues entonces estamos de acuerdo.
— No estamos de acuerdo, porque tú lo estás dejando en la nave.
A las nueve y cuarenta Iria y yo llevamos siete minutos discutiendo lo mismo.
Las cajas van en carretilla, cuatro minutos andando, o van en la furgoneta, que son cuatro minutos también porque hay que cargar y descargar.
Tenemos razón los dos. Es la peor clase de discusión que existe, y se resuelve porque Puri llega con dos ollas y una fuente y ocupa la carretilla. Y una carretilla ocupada no se discute.
Puri ha hecho comida para cuarenta. Y en la cocina de mi piso nuevo hay una olla de callos, una de caldo, una fuente de empanada y dos docenas de huevos, por si alguien quiere una tortilla a media mañana.
— Puri, esto no lo vamos a comer.
— Se lleva la gente lo que sobre.
— Es que sobra todo.
— Pues se lo lleva todo la gente.
El espejo lo rompe Breo a las diez y veinte.
Es el espejo del recibidor, el único mueble grande de la casa, y no es mío: era de mi madre y lo dejó ahí cuando se fue a O Calvario.
Breo se ofrece a bajarlo antes de que le digan cómo.
Lo coge por los lados en vez de por abajo, lo apoya en el rellano para cambiar la mano y le cede el pie de madera.
Suena como suena un espejo, que se oye desde la calle.
Y hay un silencio de dos segundos en el que once personas y yo nos quedamos quietos, y luego Breo dice una cosa que no se puede escribir. Y mi madre dice desde el pasillo que ese espejo era feo y que se lo regaló una cuñada.
Barremos entre cuatro y hay cristal hasta en el descansillo de abajo. Breo se pasa el resto de la mañana cargando el doble que cualquiera.
A las once y veinte mi madre sube al piso vacío.
Ya está vacío. Las once cajas están abajo y la cama, desmontada y apoyada en el pasillo. En el salón queda la silla de madera de mi padre y las cortinas de ella, que no me llevo porque en la ventana nueva no valen.
Sube y no baja.
Yo estoy en el portal nuevo, recibiendo cajas y colocándolas por habitaciones.
Le pregunto a Iria por mi madre y me dice que está arriba.
Sigue arriba diez minutos y no sube a buscarla ni uno.
Y luego baja con las cortinas dobladas en el brazo, y me dice que las lave y las guarde, que las cortinas se acortan y esa ventana es más pequeña.
A media tarde, cuando ya se va, le da a Xandre un táper en mitad de la escalera y sigue bajando sin decirle nada. Se cruzan cuatro palabras en todo el día y dos son buenos días.
Y a las dos y media saco la cartera. Esto lo hago porque yo pago lo que se trabaja, y es la cosa más torpe que hago hoy.
Le digo a los tres de la obra que les pongo el jornal.
Uno me pregunta si le voy a poner también el de las cañas de agosto.
Iria me dice que le debo una caja de cambios.
Y Cati me pregunta si a ella le voy a pagar en euros o en horas de cesta.
— Cati. Eso se pide con una nota simple del registro y las medidas del edificio. Si está en la escritura y no está en el edificio, es un defecto de superficie y se rebaja del precio.
— ¿Y tú eso por qué lo sabes?
— Porque he cargado tres pisos así.
Y Puri me coge los billetes, me los cuenta, se queda cuarenta por la comida y me devuelve el resto doblado.
— Los otros los pones el sábado en la barra. Y no digas que los pones tú.
A la una y veinte, con media casa hecha, aparece Xandre en el portal con una caja en las manos.
No la ha traído él: la ha cogido en la acera, del montón que bajó el matrimonio. El que sube esa escalera con las manos vacías es un maleducado.
No dice nada. Sube al tercero, la deja en el pasillo donde le dice Puri, baja, coge otra.
Y a la tercera vez que pasa por delante de mí le digo hola y me dice hola.
Y eso es todo lo que nos decimos en dos horas y media. En ese rato monta la cama, cuelga la lámpara del techo del salón, que yo no sabía que este piso tuviera lámpara, le arregla a Puri el mando de la vitro y sube trece cajas.
Lleva las llaves en el bolsillo del pantalón y le suenan al subir la escalera. Le suenan dos, y suenan raro, porque van sueltas y no en una anilla.
Y entre una caja y otra deja un sobre encima de la de los papeles de la empresa, en el descansillo. No dice de qué es. Trescientos cuarenta en billetes de veinte.
Bajo a la nave y saco el taco de albaranes. Hago un recibo a mano: catorce noches, del veintiuno de diciembre al cuatro de enero, a veinte la noche. Doscientos ochenta. Lo dejo con el dinero encima de la misma caja, debajo de su sobre. Y cuando vuelvo a pasar por el descansillo, el mío ya no está.
A las cuatro menos cuarto paro la faena para leer la hoja.
Esto lo hago todos los días de mi vida por la mañana, delante de Suso, porque el que no sabe el orden pierde el día.
Hoy lo hago de tarde y con la boca llena de empanada.
Hay doce personas sentadas en el suelo del salón de un piso sin muebles y la puerta del portal está abierta.
— A ver. Queda el armario del cuarto pequeño, que va desmontado y en piezas numeradas. Queda la lavadora, que la bajamos cuatro y por la escalera, no en carretilla. Y quedan las dos cajas de papeles de la empresa, que van a la nave. Breo, la lavadora a las cuatro y media.
— Yo la bajo.
— Breo, la bajamos cuatro. Y tú hoy ya has roto un espejo.
— Por eso.
Y luego, sin cambiar de voz y sin levantar la vista del papel, leo la última línea, que la escribí anoche con la hoja apoyada en la rodilla.
— Catorce de marzo. Cangas, primer barco. Quién va conmigo: Xandre.
Y sigo.
— Del quince al veintitrés de agosto: cerrado. El armario lo monto yo mañana. Mañana tengo un porte a las nueve y luego estoy libre. Y el lunes te doy de alta. Puri, la olla de los callos no la bajes hoy, que mañana se come mejor.
Y nadie dice nada.
No levanta la cabeza ni uno. No se miran entre ellos. Y no hace ninguno ese ruido de garganta que hace la gente cuando se le da un pie. Iria sigue comiendo empanada y mi madre recoge servilletas de papel. Los tres de la obra discuten por un partido de la semana pasada.
Xandre está de pie en la puerta de la cocina con un vaso en la mano y no cambia de postura. Baja la vista al vaso, la sube, y le pregunta a Cati por el barco de las siete.
A las seis se enciende el alumbrado, todo a la vez, como todas las tardes. Puri sale a la puerta del Cordel con el paño en la mano. Mira para arriba un segundo y se mete otra vez.
A las nueve menos veinte de la noche se va la última persona y suena la cabalgata.
La de este barrio es un tractor de Cabral con un remolque y tres Reyes, que son el del quiosco, el hermano del del quiosco y un señor al que no conozco. Suben la Rúa do Cotarelo con una megafonía atada al remolque, tirando caramelos a las ventanas, y detrás va medio barrio andando.
Estamos en la habitación, sentados en el colchón, y el colchón está en el suelo. La cama la montó él, pero el somier lo apoyamos mal y hay que rehacerlo mañana.
El piso no tiene una silla puesta y huele a cartón, a lejía y a la empanada de Puri. En la habitación no hay luz todavía, así que lo que hay es lo que entra por la ventana desde la plaza, que es naranja y se mueve.
— ¿Puedo?
Le señalo el jersey con la barbilla. Está sentado con las piernas cruzadas y con las manos en las rodillas. Y hace calor, porque en estas paredes hay metido el calor de doce personas desde por la mañana.
— Puedes.
El jersey sale por arriba y se le queda el pelo de punta. Se ríe. Se ríe con la boca muy abierta y sin hacer ruido, y así se ríe solo cuando se ríe de verdad. Yo le pongo la mano en el esternón y le empujo despacio hasta que se queda tumbado.
Lo hago todo despacio. Todo. Le desabrocho el cinturón con las dos manos, me equivoco de lado y él no me ayuda. Se está riendo de mí y yo también. Y desde abajo entra por la ventana una megafonía pinchando una canción de Reyes a un volumen que no es legal.
Le beso el cuello y la clavícula, que la tiene torcida de una caída de hace años. Y bajo por el hombro, por el brazo y por la muñeca, por las marcas que le dejan las bridas. En la cicatriz de la ceja me dice que ahí no, que hace cosquillas, y le beso ahí otra vez.
— Brais.
— Dime.
— Que me pesas.
— Lo sé.
Y no me quito. Me quedo encima, con los codos a los lados de su cabeza y la cara a un palmo de la suya. Él me pone las dos manos en la nuca y me baja.
Nos quitamos la ropa a trompicones y los pantalones se le quedan en los tobillos. Intenta sacárselos con el otro pie y no puede. Hay que pararse. Nos paramos. Él dice que esto no le pasa a la gente en las películas. Y a mí me da la risa con la cara en su hombro.
Y ahí, en medio, con los pantalones a medio quitar y la cabalgata pasando, nos reímos los dos a la vez y bastante rato. Él se tapa la cara con el antebrazo y le tiembla la barriga. A mí me duele el costado de tanto cargar y de reírme, las dos cosas juntas.
Luego ya no.
Luego le busco la boca y se calla, y le paso la mano por dentro del muslo.
Él sube la rodilla y me deja sitio. Está caliente, está duro y le tiemblan los hombros, y yo tengo las manos en carne viva de doce horas de cartón.
Se lo cojo así, con las manos como las tengo.
Le hago daño y le gusta, y me lo dice con la boca en mi oreja.
Luego se incorpora, me pone la mano en el pecho y me tumba él, y baja, y me la coge con la boca sin dejar de mirarme, y ahí sí que se me quita la risa de golpe.
Le sujeto la cabeza con la mano abierta y no le empujo.
Está de rodillas en un colchón en el suelo de una casa en la que no hay nada, y me tiene así un rato largo, y sabe perfectamente lo que hace, y para justo antes.
En el suelo, al lado del colchón, en la mesilla que no hay, está el neceser que subimos de la nave.
— ¿Me dejas?
— Te dejo.
Y se da la vuelta, se pone de lado y se abre.
Yo le paso el brazo por debajo del pecho y se lo aprieto contra mí.
Le beso la nuca y la oreja mientras le voy entrando, despacio, parando cuando para él.
Y aquí ya no hablamos, y lo único que hay es su espalda contra mi pecho.
El colchón se mueve por el suelo y va llegando a la pared.
Huele a la lejía del piso nuevo. Y la megafonía del remolque se va alejando por la Rúa do Cotarelo.
Se corre él primero, con la cara metida en el brazo y la mano libre agarrada al borde del colchón. Y me dice mi nombre entero, el nombre y el apellido.
Y yo me quedo dentro un rato más, quieto, con la boca en su hombro. Y luego voy y voy y voy hasta que se me va todo, y él me aprieta la mano contra su pecho y me la sujeta ahí, con las dos suyas encima.
Y luego nos quedamos así, pegados, con el colchón torcido y la sábana en el suelo. Yo le paso el brazo por encima y él me coge la mano, se la mete debajo de la barbilla y no la suelta. Tiene los pies fríos y me los pone en la pierna a propósito.
— Oye.
— Dime.
— Lo del catorce de marzo.
— Qué.
— Que lo leíste con la lista de la lavadora.
— Lo escribí para ti. Lo leí para ellos.
Y se queda con eso. Me aprieta la mano un poco más fuerte y ahí la deja.
La cabalgata ya se ha ido y en la plaza se oye a la gente recogiendo caramelos y a un crío llorando.
Y nos dormimos así, medio vestidos y con los pies fuera de la sábana, a las diez menos veinte de la noche de un cinco de enero.