Donde acaban las luces Xandre
100%

Xandre

Dijo por teléfono que eran cuatro cosas y un colchón, y que pagaba en efectivo, y que si podía ser a primera hora porque a la una salía el barco.

Cuatro cosas y un colchón es lo que dice todo el mundo, y lo dice de buena fe.

Y luego bajas y hay una cómoda, una bici y catorce bolsas de basura con ropa dentro.

Esta vez es verdad, y esta chica tiene dos maletas, una caja de libros, una lámpara de pie, un colchón de matrimonio y nada más, y eso en este oficio es un milagro que hay que contar en las cenas.

Son las ocho y cuarenta de la mañana del seis de enero y en esta ciudad no se mueve nada.

Está orballando de esa manera de aquí, que no es lluvia y te empapa el pelo en dos minutos.

Las aceras están llenas de papeles de caramelo pegados al suelo.

El limpiaparabrisas del lado del acompañante deja una raya en diagonal en el cristal, y por esa raya se ve la calle a rachas, y a mí me da igual porque el que conduce es él.

Hemos bajado por Beiramar y no nos hemos cruzado con cuatro coches, y los cuatro iban despacio, y uno era un taxi con un señor mayor detrás y un paquete al lado.

En el salpicadero, encima del hueco de los papeles, hay dos llaveros.

Uno es una anilla de plástico verde con tres llaves y un mando de garaje, y el otro son dos llaves sueltas metidas en una anilla de alambre. Van dando vueltas cada vez que Brais coge una curva, y en la de Areal casi se cae una al suelo y la paro con la mano.

— Ponlas en la guantera.

— Están bien ahí.

— Se van a caer.

— Se caen y las cojo.

Y las dejo donde están, y no discutimos más, porque a las ocho y cuarenta de la mañana de un seis de enero no discute nadie nada.

En la radio hay un programa en el que la gente llama para contar lo que le han traído los Reyes, y a las nueve menos veinte llama una señora de Ponteareas para decir que a ella le han traído una manta eléctrica y que la manta eléctrica es el mejor invento del siglo.

Se tira cuatro minutos con la manta, la señora, y el del programa la deja.

Brais tampoco la quita. Y eso es una cosa que he aprendido de este hombre en cincuenta y un días: no quita nunca la radio, y no la quita porque le da exactamente igual lo que suene.

A mí eso al principio me ponía de los nervios y ahora me parece la cosa más descansada del mundo.

La calefacción de esta furgoneta calienta los pies y no calienta las manos, y lleva así desde noviembre. Él lo dice todas las mañanas y no lo arregla, y yo he dejado de decírselo, y las manos las llevo metidas debajo de los muslos hasta Areal.

La carretilla es nueva, y la compró el jueves, de segunda mano, en un sitio de Bouzas, porque la vieja tiene una rueda que se sale para la izquierda desde el verano.

La nueva es roja, tiene la banda de goma sin gastar y sube escalones que la otra no subía.

Yo la llamo la Novia desde el primer viaje y él dice que se llama carretilla.

— La Novia sube el bordillo sola.

— La carretilla sube el bordillo porque tiene las ruedas más grandes.

— Eso es lo que acabo de decir.

— Eso no es lo que acabas de decir.

— Es exactamente lo que acabo de decir, pero dicho de manera que se entienda.

Hablamos de nada durante veinte minutos.

Hablamos del roscón, porque en el Cordel había ayer uno que compró Puri en una panadería del Calvario y que era de nata.

A mí el de nata no me convence, y Brais dice que el de nata es el único que se puede comer al día siguiente.

Le digo que en Ourense había un compañero de mi madre, un hombre de Xinzo, que se comía el roscón con chorizo, cortado por la mitad como un bocadillo, y que lo hacía delante de la gente y sin pedir perdón.

— Eso te lo estás inventando.

— Se llamaba Evaristo.

— Sigue.

— Con chorizo y con un vaso de vino. Y luego se echaba la siesta en una silla, sentado, con la boca abierta.

— Ese hombre no existió.

— Pregúntale a mi madre.

Y me dice que le va a preguntar a mi madre, y yo le digo que a mi madre no se le pregunta nada por teléfono si no tienes cuarenta minutos, y él dice que tiene cuarenta minutos.

— Oye, ¿y el barco de la una de dónde sale?

— De la Estación Marítima.

— Porque son veinte minutos de travesía. Si llega a y cuarto, no lo coge.

— Va a llegar.

— Con el colchón por medio no llega.

— El colchón no va en el barco, Xandre.

El piso de la chica es un primero de la calle de detrás de la Alameda, con portal ancho y con un portero automático de esos que llevan los nombres escritos a mano en un papelito.

En el papelito hay ocho nombres con ocho letras distintas y uno tachado con bolígrafo azul.

Baja ella a abrirnos con un abrigo encima del pijama y con las llaves en la boca.

Tiene veintipocos años y me recuerda a una chavala que hizo una campaña con nosotros en Vilagarcía, una que hablaba bajísimo y que luego era la única de los ocho que sabía sujetar una escalera de verdad.

Todo el edificio está durmiendo y se nota. Un portal a las nueve menos cinco de la mañana del día de Reyes es la cosa más silenciosa que hay en el mundo, y nosotros bajamos un colchón de matrimonio por una escalera de mármol y hacemos un ruido que no se puede explicar por escrito.

La caja de libros la bajo yo y tiene el fondo abierto por dentro, de esas que se te vacían en el segundo escalón si no la coges por debajo con las dos manos.

Eso se lo digo a ella con bastante más seriedad de la que hace falta, y a ella le hace una gracia enorme.

La lámpara de pie va envuelta en una manta y con el cable enrollado en la peana, y las dos maletas las baja ella misma, porque insiste, y las baja de una en una, y tarda más que nosotros con el colchón.

Se lo cargamos en dieciocho minutos y nos paga en efectivo, ochenta euros, contados dos veces, y Brais le hace el albarán apoyado en la aleta de la furgoneta con el agua cayéndole encima del papel.

— ¿Queréis roscón? Me sobró medio y lo voy a tirar.

— No, gracias.

— Yo sí.

Y me como un trozo de roscón de una desconocida a las nueve menos diez de la mañana, de pie en un portal, con el colchón apoyado en la pared y con Brais mirándome desde la acera sin decir una palabra.

Y en lo del colchón le doy la razón a ella, porque a los clientes en lo suyo hay que dársela siempre.

Porque el colchón no va a Cangas: se lo queda una prima suya que vive en un cuarto sin ascensor a ocho minutos de aquí, en un portal de una calle que sube, y eso lo dijo ayer por teléfono y ninguno de los dos lo apuntó.

Y por eso a las nueve y diez de la mañana estamos metiendo un colchón de matrimonio por un hueco de escalera que no es el nuestro.

En un edificio en el que no conocemos a nadie, con el portal abierto de par en par y con la carretilla esperando en la acera, mojándose.

La prima no está, y la prima nos ha dejado la llave debajo del felpudo del cuarto piso, y así hace la gente que confía en el mundo. El felpudo dice bienvenidos en letras de rafia y está puesto del revés.

La carretilla se queda abajo, en la acera, atada con la cadena al bolardo, y por esa carretilla a las nueve de la mañana del día de Reyes no va a pasar nadie, y aun así Brais baja a mitad de faena a comprobar que la ha atado bien y vuelve a subir sin comentarlo.

El colchón, de canto, mide más que el rellano, y eso ya lo sé, porque llevo cincuenta y un días oyendo hablar de rellanos y de huecos en una cabina de furgoneta.

— Por el asa. Cógelo por el asa, no por el canto.

— Si lo coges por el asa se dobla por el medio.

— Se dobla igual. Todos los colchones se doblan por el medio, para eso son colchones.

— Este no.

— Este también.

— Este es de los de muelles. Los de muelles no se doblan, se tuercen.

— Y torcido tampoco entra por ahí.

Y subimos el primer tramo bien, con él delante y yo detrás, empujando desde abajo con el hombro, y en el rellano del primero giramos y el colchón entra y sale sin rozar la pared, y hasta nos miramos con esa cara de dos tíos que acaban de hacer una cosa bien.

En ese rellano se abre una puerta un palmo y sale una señora con una bata de rayas, que nos mira el colchón, nos mira a nosotros y cierra otra vez sin dar los buenos días ni los malos días. Y luego se queda ahí detrás, y se le oye respirar, y se queda hasta que nos vamos.

El segundo tramo es más estrecho, y encima hay un radiador de hierro en la pared, a media altura, que sobresale un palmo largo, y en ese palmo se acaban de golpe todos los cálculos que hemos hecho abajo con mucha calma.

— Espera. Bájalo un poco.

— ¿Cuánto?

— Un poco. Menos. Así.

Y ahí es donde se me empieza a ir.

Lo tengo por el asa de abajo, con la mano derecha metida hasta la muñeca, y el peso se me pasa entero al lado izquierdo, y un colchón que se te va por un lado es una cosa que no se para con la fuerza. Se para con el sitio, y aquí no hay sitio.

— Espera, espera, que se me va.

— No se te va.

— Que se me va, Brais.

Se me va. El colchón se dobla en el descansillo del segundo, se apoya contra la barandilla y se queda ahí, torcido, sin acabar de caerse. Brais se pone las manos en los riñones y resopla. Desde donde estoy solo le veo la nuca y el gorro puesto del revés.

— Por el asa de arriba, que por abajo no gira.

— Vas a tener razón.

— Ya veremos.

Lo cogemos otra vez, uno por cada lado. Son las nueve y veinte de la mañana del seis de enero, el portal huele a lejía y a roscón de ayer, no hay nadie despierto en todo el edificio y nos quedan dos pisos.