Donde acaban las luces Xandre
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Xandre

El calentador de esta cocina hace un clac hondo cada cuarenta segundos, y lo hace también cuando no hay nadie usando el agua, y a las dos menos cuarto del uno de enero ese clac es lo único que se mueve en todo el edificio.

Estoy de pie delante de una placa de dos fuegos que no es mía, calentando un plato que me dejó una señora que está en Redondela, en una cocina que no es de nadie, con dos platos de otros en el fregadero desde antes de Navidad, y me sale bien, y me sale mejor que el jueves, y el jueves ya me salió bien.

Llamo a mi madre a las tres, cuando ya ha comido, porque antes de comer mi madre no coge el teléfono y eso lo sabe la familia entera.

— Que el sillón se lo llevaron el día treinta con una furgoneta y ahora tiene una butaca normal, de las de siempre, y está contentísima.

— ¿Y la rodilla?

— La rodilla en abril. Después de la comunión. Lo he dicho yo y se ha hecho lo que he dicho yo.

— Muy bien, mamá.

— Y tú, ¿comiendo?

— Yo he alquilado una habitación.

Y se hace un silencio de tres segundos en Ourense, que en el teléfono de mi madre son tres segundos largos, y luego pregunta la única cosa que se le puede preguntar a un hijo que dice eso.

— ¿Y tiene ventana?

— Todavía no la he visto. La veo mañana.

— Pues que tenga ventana, Alexandre.

El sábado dos a las once estoy en la oficina de Iluminacións Vieitez, en un polígono al lado de Peinador, en una sala con una mesa, cuatro sillas, un calendario y un cuadro de un barco. El cuadro es el mismo que hay en la habitación cuatro de la Reboreda, y a lo mejor los venden de dos en dos.

El contrato son cuatro folios: campaña de invierno de dos mil veintisiete, ferias y escenarios de verano, y otras dos vueltas iguales detrás, que son tres años enteros.

Mil cuatrocientos ochenta netos, dietas, y una cláusula de disponibilidad que dice, en cristiano, que en junio yo estoy donde ellos digan.

Lo he leído en casa y otra vez aquí, y está bien, y es más de lo que tienen casi todos los que se suben a una cesta en este país.

Esto es un suelo, y es el único suelo que he tenido, y lo tengo delante, impreso, con mi nombre a máquina en la primera línea y con el sitio de la firma marcado con una cruz a lápiz.

Rufo pone el bolígrafo encima del folio y lo gira para que me quede la punta cerca.

Y yo no lo cojo.

— No lo firmo, Rufo.

— Ajá.

— Termino el seis, como está firmado, y el seis por la noche desmontamos Príncipe. Y luego no sigo.

— ¿Tienes otra cosa?

— No tengo nada.

— ¿Y te vas de Vigo?

— Tampoco.

— Entonces esto es una tontería, Xandre, y te lo digo una vez y no te lo digo más, porque yo de la vida de nadie no opino.

— Si eso ya lo sé yo.

Y esa es la frase entera, no tengo nada, y la digo en una sala de reuniones de un polígono, un dos de enero, con treinta y tres años, y del otro lado de la mesa hay un hombre que me ha visto trabajar seis campañas.

Rufo se echa para atrás en la silla, dobla los cuatro folios por la mitad y se los mete en la carpeta sin hacer aspavientos ni un ruido de más, y luego se levanta y me da la mano por encima de la mesa, con las dos suyas.

— En junio estoy en Ponferrada. Del doce al veinte monto el escenario grande y llevo a cuatro. Si en junio te apetece, llamas el uno y vas.

— Rufo.

— El uno de junio. Ni el dos, que el dos ya tengo a cuatro.

Y se lleva la carpeta, me deja en la sala y me dice que apague la luz al salir.

Y eso es todo lo que pasa, porque once años y tres años por delante caben en un folio doblado por la mitad y en catorce segundos de mano.

Y el siete de enero, que es el escenario de la banda de gaitas de Ponferrada y que he montado yo todos los eneros, este año lo monta otro, y eso no lo ha dicho ninguno de los dos.

A las cinco y media de la tarde firmo yo otro papel.

Es una habitación en Bouzas, en un tercero de una casa de dos plantas y media, en una calle desde la que se oye el puerto.

Trescientos diez euros al mes, cocina compartida con dos y un baño.

La habitación tiene una cama de noventa, una mesa, una silla y una ventana que da a un patio con tendales.

Los otros dos son un chaval que estudia y trabaja en un supermercado y un hombre de unos cincuenta que hace turnos en el puerto, y me los presenta ella en el pasillo, y en cuatro minutos ya sé cómo se llaman y quién friega qué, porque eso lo hago yo con los ojos cerrados.

Tiene ventana.

La señora del contrato pone mi nombre completo con la equis, me hace poner el DNI y la firma en tres sitios, y me da un juego de llaves con una anilla de alambre: la del portal y la de la habitación.

Y yo he tenido llaves de furgonetas, de casetas de obra, de almacenes, de candados de nave y de una cesta elevadora.

He tenido llaves de una habitación de pensión que había que dejar en el mostrador al salir.

Llaves de una puerta que es mía porque la pago yo y que puedo abrir un martes a las cuatro de la tarde porque me da la gana: ninguna, hasta hoy.

Me las meto una en cada bolsillo, no las junto en la misma anilla y no sabría decir por qué.

En el segundo hay un perro que me ladra a través de la puerta cada vez que subo, un ladrido corto y muy formal, de perro que cumple con su trabajo y no se lo toma a lo personal.

Y el sábado por la noche tengo turno. Del uno al seis hay guardia por si algo se cae, y me toca el repaso de Teis con la cesta, cambiando cuatro casquillos de la calle principal y un arco que se ha girado con el viento del jueves, y a las once menos veinte lo tengo todo hecho y firmado en el parte.

Y Teis está pared con pared con O Cotarelo.

En la furgoneta van siempre dos rollos de guirnalda de sobra, de la que se descuelga y se guarda, y esta noche llevo uno abierto y con doce metros y cuarenta.

Subo la Bazar con la cesta a veinte por hora y con los intermitentes puestos, y a las once y cinco estoy en la esquina de la Rúa do Cotarelo con la Praza do Bazar.

En el poste de la esquina se muere el alumbrado de este barrio y de esta ciudad, y de ahí a la puerta del bar quedan once metros de fachada sin nada.

Subo la cesta a cuatro metros y medio y cuelgo doce.

Doce metros, con seis bridas y dos ganchos de anclaje al canalón, y el último tramo lo dejo caer un poco para que la punta quede encima del rótulo.

Empalmo en la caja del poste, que yo he abierto veintitantas veces esta campaña y que se cierra con un tornillo de estrella al que le falta media cabeza, y le doy.

Y se enciende hasta la puerta.

En el Cordel hay cuatro personas y la televisión puesta, y no sale nadie, y para arriba no mira ni uno, y la puerta del bar de Puri Sequeiros está por primera vez debajo de una luz que no es la suya.

Recojo los cuarenta centímetros de cable que sobran, los enrollo en la mano y me los guardo en el bolsillo del pecho con los alicates.

La Duquesa va en el parte del turno. Los doce metros los pago yo, que el lunes le doy a Rufo el número del rollo y me los quita de la última nómina, y no me va a preguntar para qué.

Bajo la cesta, la aparco de morro contra la cuesta y me quedo un momento en la acera con las manos vacías.

Me paso la mano por el bolsillo derecho del pantalón y por el izquierdo.

Una en cada lado.