Xandre
Estoy sujetando el otro lado de una mesa de camping que se ha empeñado en cerrarse conmigo dentro, y al otro lado la sujeta un chaval de doce años al que le he dicho que la coja por las patas y que la coge por el tablero. La mesa gana. La sacamos igual.
La Praza do Bazar el treinta y uno a las once de la noche es una plaza pequeña con tres mesas de camping, dos ollas de caldo, una farmacia cerrada, un contenedor de ropa y cincuenta o sesenta personas de las que yo conozco a treinta y ocho por el nombre.
Eso no es mérito mío: llevo cuarenta y seis días bajando a un bar de esta esquina.
Al lado, con la valla puesta y la máquina abierta por arriba, está la pista de hielo, que se estropeó el martes y ahí sigue con el cable colgando.
Puri ha sacado la televisión a la ventana del bar, con el cable pasado por debajo de la puerta, y la ha puesto tan alta que las campanadas se van a oír desde Teis.
Y también ha puesto la radio en la barra.
Y la radio va dos segundos y medio adelantada respecto a la televisión, y eso lo voy a contar dentro de un rato porque tiene consecuencias.
Breo ha venido de Vilalba esta mañana en un autobús y ya está aquí, con los cascos al cuello y los villancicos puestos, un treinta y uno de diciembre, y no se los quita porque dice que hasta el seis no se quitan.
Cati ha subido de Cangas en el barco de las nueve y viene con su hermana.
Suso está explicándole a un señor que para ir a Portonovo lo suyo es salir por Puxeiros aunque parezca más largo, y el señor no va a Portonovo, y el señor no ha dicho en ningún momento que quiera ir a Portonovo.
Y Brais llega a las once y veinte, con el gorro puesto y una caja de botellas al hombro, de las de doce, cogida por debajo porque el cartón viejo por los lados no aguanta.
No nos hemos visto en once días, y once días sin cruzarse en un barrio de cuatro calles es una cosa que hay que trabajarse mucho y que se trabaja cambiando de acera.
Deja la caja al lado de la olla, saluda a Puri, saluda a Iria, saluda a la hermana de Cati con un apretón de manos, y luego cruza los diez metros de la plaza y se pone a mi lado, mirando al frente, con las manos en los bolsillos, y me dice buenas noches.
Nos quedamos los dos de pie al lado de la farola torcida, con el Cuñado metiéndose por los abrigos, uno mirando a la olla y el otro mirando al contenedor.
— Esa factura la voy a anular.
— No la anules.
— Está anulada. La anulé el lunes.
— Pues hazme otra.
— Xandre.
— Hazme otra y te la pago, que yo te cogí la furgoneta y eso se paga. Lo que no se paga es lo otro.
Y ahí se calla y se queda mirando la olla, y yo me quedo mirando el contenedor, y hay un chaval con una bengala a dos metros de nosotros que nos salva la vida sin saberlo.
Y luego, en algún momento entre las once y media y las doce menos cuarto, digo la cosa.
La digo mirando al frente, con el vaso en la mano, sin ponerle voz de nada y sin adornarla, porque llevo diez días buscándole el adorno y el adorno no existe.
— Yo no sé estar solo en una habitación.
Brais gira la cabeza dos centímetros y vuelve a mirar la olla.
— Lo probé el jueves. La noche de Nochebuena. Primera vez en la vida, treinta y tres años, y estuve bien, ¿eh? No me pasó nada. Pero es la primera vez.
— Xandre.
— Y llevo once años montándome la vida para no tener que probarlo. Las literas, las cuadrillas, la furgoneta de ocho, tu casa. Yo no me vine a tu casa porque no hubiera camas en Vigo. En Vigo hay camas si las pagas.
Brais no dice nada durante bastante rato, y en ese rato le veo pasarse el vaso de plástico de una mano a la otra y dejarlo encima de la valla.
— No te estoy pidiendo nada — le digo — . Te lo estoy contando porque es verdad y porque me da vergüenza, y las cosas que me dan vergüenza yo antes las contaba con público. Ahora te lo estoy contando a ti y hay sesenta personas y sigue siendo público, y eso también es verdad.
— Yo el cinco me mudo.
— Lo sé.
— Vienen once personas.
— Once.
— Sí.
Y no dice doce. Está a un centímetro de decir doce y no lo dice, y yo estoy a un centímetro de preguntarle si hay sitio y tampoco lo pregunto, y así nos quedamos los dos, mirando una olla de caldo, y hoy no va a ser.
— Lo del piso lo hice mal.
Lo dice mirando la olla, sin volverse, y con la voz con la que dice los kilos de una nevera.
A las doce menos diez llega Rufo con su mujer.
Rufo vive en Pontevedra y ha venido en coche a una plaza de un barrio de Vigo el treinta y uno de diciembre, y eso no lo ha hecho en treinta campañas, y su mujer lleva un bolso y una bandeja de algo tapado.
Me ve. Cruza la plaza. Me pone la mano en el hombro.
— Xandre. Feliz año, hombre.
Así. Sin ciudad. Un hombre que lleva llamándome Ourense desde el catorce de noviembre y que a Brais le llama Vigo y que a Cati le llama Cangas y que a su propia mujer, delante de mí, le ha dicho una vez León.
Y lo dice y se va a por un vaso, y no vuelve sobre eso, y no me mira con cara de haber dicho nada.
Vuelve con el vaso lleno y con la conversación que él quiere tener, que es el sábado en la oficina, y me pregunta si voy a llevar el número de cuenta o si se lo tiene que pedir él a la gestoría, y yo le digo que lo llevo yo.
Eso es lo único que hablamos de trabajo en toda la noche y dura veinte segundos.
A las doce menos dos minutos Puri sube el volumen de la radio y de la televisión a la vez, y entonces pasa lo del desfase.
Las campanadas de la radio entran dos segundos y medio antes que las de la televisión, y en una plaza con sesenta personas y dos aparatos, la mitad de la gente come con la radio y la otra mitad con la televisión, y a mitad de camino la plaza entera se para con las uvas en la mano y sin saber qué hacer con las que le sobran.
Hay una señora que se planta y empieza otra vez desde la primera.
Suso se come doce con la radio y luego doce con la televisión, veinticuatro uvas, y lo hace por educación.
Breo se atraganta y le da la tos y Cati le da en la espalda con la palma abierta cuatro veces.
La hermana de Cati grita dos veces que las suyas eran de lata y que las de lata no valen, y hay un señor mayor al lado de la olla que se ha comido las doce con la radio, tranquilísimo, y que mira a los demás con una lástima enorme.
Y a la duodécima de la televisión el barrio entero se abraza a la vez, y en esos abrazos hay un lío de gente y de vasos y de bandejas que no se puede describir.
Y en ese lío Brais me coge de la nuca con la mano fría y me besa.
Me besa en medio de la Praza do Bazar delante de sesenta personas de las que treinta y ocho me llaman por mi nombre, y antes de nada se queda medio segundo con la mano puesta y la cabeza echada un poco atrás, quieto, esperando a que yo mueva la mía.
Y luego me besa como besa él, despacio y con la boca cerrada al principio, y me tiene ahí ocho o nueve segundos con los pulgares detrás de la oreja.
Y no arregla nada.
Eso lo sabemos los dos antes de separarnos, y lo digo sin drama y sin pena, porque las dos cosas que hay que arreglar aquí son un hombre que no sabe estar quieto y un hombre que no sabe pedir, y eso no se arregla con la boca de nadie en una plaza a las doce y un minuto.
Se separa. Me mira. Me pone el gorro suyo en la cabeza, el de lana gorda, con las dos manos, y me lo tira hacia abajo hasta taparme las orejas. Y luego Puri le grita desde la puerta del bar que las cajas no se van a meter solas, y él se va a meter cajas.
Yo me quedo con el gorro puesto quince minutos más, hablando con la mujer de Rufo de una operación de cadera y de una prima suya de Marín que se cayó en una boda. Y me pregunta dónde vivo yo ahora, y le contesto otra cosa, y a la segunda ya lo hago a propósito.
Y a las doce y veinte cojo la cuesta para abajo.
Solo, con el vaso de plástico en la mano y sin despedirme de nadie, porque en una fiesta de barrio no hay que despedirse.
Bajo por la Bazar hacia Guixar, con el ruido de la plaza a la espalda haciéndose pequeño, y a los cien metros ya solo se oyen los petardos de otra gente en otro barrio.
A la altura del número nueve baja un hombre con una bolsa de basura en cada mano y las zapatillas de casa puestas. Me da las buenas noches y yo se las doy a él. Y baja delante de mí hasta el contenedor, con las bolsas rozándole las piernas a cada paso, y no volvemos a hablar.