Donde acaban las luces Brais
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Brais

— Ábreme del todo, que llevo las manos ocupadas.

Sábado veintiséis, once y veinte de la mañana, y estoy subiendo la persiana para sacar el furgón pequeño cuando la voz me llega desde la calle, por debajo, con la chapa a la mitad.

Es mi madre, y mi madre lleva cuatro años sin pasar de la puerta de personas.

Deja las cosas en el estribo de la cabina, en el buzón o en el parasol.

Yo no he visto a Elba Fandiño dentro de esta nave.

Y esta familia no ha dicho una palabra sobre eso.

En las cenas se ha convertido en una broma que hacemos todos.

Subo la persiana entera y entra. Entra con un tarro de cristal de los de las lentejas en las dos manos y cruza los cinco metros hasta la mesa sin mirar a los lados. Deja el tarro al lado de la impresora y se queda de pie con el bolso en el codo.

Iria asoma la cabeza por la puerta de personas porque ha oído la persiana. La oye desde el foso dos.

— Voy a encender el Obispo, que aquí no se puede estar.

Lo digo así, en voz alta, delante de las dos. Saco la estufa de gas de detrás de la estantería y la traigo rodando. Le doy tres veces al piezoeléctrico y prende a la tercera.

Mi madre mira la estufa y mira la escalera del fondo. Se acerca al pie de la escalera y mira para arriba, hacia el descansillo. Desde ahí no se ve la persiana, pero sí se ve la puerta de mi casa. No toca nada. En veinte minutos no toca nada.

— ¿Y arriba?

— Arriba tengo hasta el siete.

— Eso ya lo sé, que las facturas del edificio las abro yo. Digo si tienes sitio.

— Tengo un tercero en la Praza do Bazar, encima de la farmacia. Cincuenta y cuatro metros. Cuatrocientos ochenta al mes y una fianza.

— ¿Y ascensor tiene?

— Sí.

Y se queda con eso, y no me pregunta si es bonito, ni si tiene sol, ni si la cocina es interior. En cuatro años no ha hecho nada mejor por mí.

Luego mira la reja del guardamuebles, donde están los doce bultos de Delmiro Sanmartín con el número con rotulador.

— Están numerados.

— Van a Lugo mañana.

— Tu padre no numeraba.

Y lo dice sin carga y sin reproche, porque es verdad y no lleva nada detrás. Luego coge aire y dice la otra.

— Yo no entraba porque aquí olía a él. Ya no huele.

Y se va, y se va antes de que yo levante la cabeza. Cruza los cinco metros otra vez y sale por debajo de la chapa a medio subir, sin agacharse, porque no hace falta. Y le oigo los tacones subiendo la Bazar hasta la parada del autobús.

En el tarro hay cerezas en almíbar, que las hace ella en agosto y me da un tarro cada Navidad, y este es el cuarto. Iria sigue en la puerta con un trapo en la mano.

— ¿Le pasa algo a tu madre?

— No.

— Porque eso es la bomba de agua, no el motor.

— Iria.

— Digo yo.

Y ahora tengo que decir una frase de nueve palabras que llevo dos días montando en la cabeza mientras conduzco por Beiramar con la radio apagada.

— El cinco de enero por la mañana me mudo yo.

— Lo sé. Lo sabe el barrio.

— ¿Me puedes echar una mano?

— Sí.

Y dice sí a los tres segundos, sin preguntar la hora, sin preguntar el piso y sin preguntar cuántas cajas. Yo tengo delante un sí limpio, no sé qué hacer con él, y hago lo que sé hacer.

— Es a las nueve. Es un segundo sin ascensor por un tercero con ascensor y son cuatro horas largas. No hace falta que traigas nada, y si el cinco te entra un coche lo dejas y te vas, que yo lo entiendo. Y luego la comida la pongo yo.

Iria deja el trapo encima del bidón del aceite usado y se limpia las manos en el pantalón, primero una y después la otra, sin prisa.

— ¿Tú me estás pidiendo un favor o me estás pasando un presupuesto?

— Te estoy diciendo lo que hay.

— Brais, yo te he dicho sí. Sí. Sí a secas. Lo demás sobra y me estás poniendo de mal humor un sábado.

Y se mete en el taller, y a los diez segundos la oigo con la pistola de impacto. Con la pistola de impacto habla Iria cuando no le apetece hablar conmigo.

El domingo por la mañana empiezo a empaquetar mi casa.

Esto lo hago para doscientas personas al año y nunca me lo he hecho a mí. Bajo veinte cajas de la nave, subo los diecinueve escalones con ellas, monto seis en el salón y me pongo por la habitación.

Y me sobran cajas. En una hora y veinte tengo hecho el armario, la cómoda, la cocina entera y el baño. Sesenta y dos metros cuadrados, treinta y cinco años y once cajas.

No tengo un mueble mío, y eso ya lo sabía, pero saberlo y verlo apilado contra la pared del salón, con el número puesto y la habitación escrita al lado, es distinto.

Y hay una cosa que no meto en ninguna caja: la silla de madera del salón, porque la silla era de mi padre, y va suelta, y va en la cabina conmigo.

El domingo por la tarde voy a Lavadores a por el furgón pequeño. El bajo de Kevin tiene la persiana a mitad y una bombilla colgando. Antía está en calcetines, arrastrando un camión. Y en el suelo, en la pared y en la ventana, hay mantas de mudanza de Mudanzas Louzán.

Cuento, con la vista y sin mover los labios, y me sale once.

Tres extendidas en el suelo del salón y una debajo del colchón.

Dos colgadas con pinzas, tapando la ventana de la calle.

Una doblada en cuatro que hace de sofá y otra encima de la nevera para que no vibre.

Y las tres últimas, en el cuarto de la niña, dos en el suelo y una clavada con dos chinchetas en la pared del fondo.

De la pared del fondo, con las chinchetas, cuelga la manta con las siglas ML que compró mi padre en dos mil doce.

— Te las devuelvo. Te las devuelvo esta semana, que las lavo y te las devuelvo.

— Están bien ahí.

— No, no, que son tuyas.

— Kevin. Están bien ahí.

Antía me trae el camión para que lo vea, y es un camión de plástico rojo al que le falta una rueda y anda igual. Me lo pone en la rodilla y me explica algo muy largo que yo no entiendo. Le digo que sí a todo.

El bajo tiene la cocina en el mismo cuarto que la cama y una placa de dos fuegos. Kevin ha puesto una cortina con un palo de escoba y tiene la estufa encendida.

— El primo me lo deja hasta marzo. Y luego ya veré.

— ¿Y trabajo?

— Estoy en una cosa de reparto. Es por horas.

— ¿Y la niña?

— La niña bien. La niña esto se lo está tomando de acampada.

— Kevin, si hace falta bajarte algo, me llamas y lo bajo. Y te lo cobro. Y te lo cobro poco.

— Yo te llamo.

Y se ríe cuando lo dice, y yo también, porque los dos sabemos que no me va a llamar.

Me da la llave del furgón. Y luego se mete la mano en el bolsillo. Saca dos billetes de veinte, doblados y planchados con la mano, y me los pone en la palma.

— Por el gasóleo. Y por el papel.

Yo cojo los cuarenta euros, los doblo y me los meto en el bolsillo del pecho. Luego saco el taco de albaranes de la guantera, le hago uno a mano con la fecha y el concepto, firmo abajo y le doy la copia rosa.

Se queda mirando la copia rosa por delante y por detrás. Y ahí, en esa acera, me entra una cosa que no me apetece nada. A mí lo de cobrar no me hace daño, que cobro desde los diecisiete. Lo que me hizo daño el domingo veinte fue otra cosa, y no era el dinero.

El lunes veintiocho, a las ocho y media, Suso vuelve de Lugo con uno de los de la obra, con la furgoneta grande vacía y con el tique del peaje en el parasol.

— Suso.

— Dime.

— El cinco por la mañana me mudo. ¿Vienes?

Y ahí Suso apaga el motor, se queda con las dos manos en el volante y se vuelve hacia mí muy despacio. No le he visto la cara así desde el entierro de mi padre.

— ¿Cómo que si vengo?

— Que si puedes venir.

— ¿Tú me lo estás preguntando?

— Te lo estoy preguntando.

— Brais, soy tu primo. ¿Tú a mí me preguntas si vengo? ¿Cuatro años y me preguntas si vengo?

Y se queda mirando el parabrisas. Se pasa la mano por la boca, de arriba abajo. Y no dice voy.

— El cinco no puedo.

— Suso.

— A las diez llevo a mi madre al médico y a las doce tengo que estar en Coia.

— Lo de Coia lo cambio yo.

— No lo cambies.

Y entonces dice la otra, y la dice despacio, sin levantar la voz y sin mirarme.

— Yo te pedí una semana de agosto. Te la pedí en el bar delante de Puri, te la volví a pedir el veintitrés y otra vez por teléfono el día de Nochebuena. Y tú no me has dicho ni sí ni no. Ni sí ni no, Brais. Yo ya no lo pregunto.

— El apartamento se coge en enero.

— Ya lo sé. Lo dije yo.

Y arranca otra vez, mete la furgoneta en la nave marcha atrás y la deja recta a la primera. Luego baja, barre la caja y me explica por dónde hay que entrar el día cinco.

Diez minutos de ruta para cuatro minutos andando. Y él el cinco no viene.

El lunes por la tarde, en la mesa de la nave, con la estufa a un metro, hago la hoja de ruta del cinco de enero.

La hago como las hago todas, en el impreso de tres columnas: hora, dirección y quién va conmigo. Nueve y cero cero, Rúa do Cotarelo once, Praza do Bazar tres.

Y en la tercera columna escribo los nombres. Iria y mi madre. Breo, que ha llamado él a la nave un domingo por la tarde. Y Cati, que se ha enterado por Breo.

El impreso tiene catorce líneas en esa columna y de momento hay cuatro escritas. Arranco la hoja y la pego con cinta por dentro de la puerta del conductor, encima de la del día veintinueve.

El lunes por la noche entro en el Cordel. Puri está sola detrás de la barra con la tele sin voz y un crucigrama.

— Puri.

— Dime, meu.

— El cinco de enero por la mañana. Que si me puedes echar una mano con la comida. Te lo pago.

Y aquí voy a ser justo conmigo: lo digo bien. Lo digo entero, en dos frases, mirándola a la cara y sin poner ni una condición ni un plazo ni un descuento.

Y Puri deja el bolígrafo, se pone las dos manos en la barra y se llena el pecho de aire.

— ¡Que el cinco a las nueve se muda Brais y hacen falta manos!

Lo grita al fondo del bar. Al fondo del bar hay cuatro mesas y en tres hay gente, y en una hay tres tíos de la obra y en otra un matrimonio con un chaval de doce años.

Se levantan los tres de la obra. Se levanta el matrimonio. Y el chaval del matrimonio se levanta antes que su padre.

— Puri, no.

— ¿Cómo que no?

— Que no hace falta que lo grites. Que era la comida. Que yo lo que te he pedido es la comida.

— ¡Y comida hay! ¿Tú te crees que yo voy a dar de comer a doce personas y luego me quedo aquí sentada?

Y coge el bolígrafo del crucigrama y se pone a apuntar en el margen del periódico quién trae qué, y en dos minutos tiene una tortilla, una empanada, croquetas y un brazo de gitano, y todo eso lo trae gente que todavía no sabe que lo trae.

Uno de la obra pregunta si hay que llevar guantes.

El chaval pregunta si tiene que llevar guantes él también.

— Puri, escúchame. Que yo lo tenía organizado.

— Tú tienes organizado un papel. Yo tengo organizada una cocina. Vete a dormir, que llevas una cara de sábado.

— Estamos a lunes.

— Pues peor.