Xandre
Once días seguidos subido a una cesta te dejan el hombro derecho dos dedos más alto que el izquierdo, y te lo dejan así hasta febrero, y lo que más se nota no es el hombro sino la mano con la que aprietas.
Yo la tengo cerrada aunque no esté cogiendo nada.
La abro a propósito, sobre la colcha, y se me vuelve a cerrar sola.
Son las ocho y diez de la tarde del veinticuatro de diciembre y estoy tumbado encima de la cama de la habitación cuatro con la ropa de calle puesta y las botas en el suelo, colocadas.
Se han ido todos. Rufo cogió el autobús de las tres a Pontevedra, Cati se fue en el barco a Cangas con una bolsa y una tarta, Breo se fue ayer a Vilalba y el de Verín se fue esta mañana con la plancha metida en la mochila, que es una cosa que hay que ver.
La mujer de la pensión se ha ido a Redondela, a casa de su hija, y me ha dejado la llave del portal, la llave de la cocina, un plato tapado con papel de aluminio en la nevera y un aviso de que el calentador hay que dejarlo apagado.
Y esto es la primera vez.
Que quede claro que no estoy haciendo un drama, porque he dormido en habitaciones de pensión dos mil noches y me sé el mapa de las manchas de todos los techos entre aquí y León.
Pero en once años, en once años enteros, del veintidós al treinta y tres, siempre ha habido alguien detrás de una pared.
Siempre había un tío roncando, o una boda en el bajo, o un capataz discutiendo por teléfono con su mujer, o un chaval al que le sonaba el despertador a las cinco.
Y esta noche el edificio está vacío y la llave la tengo yo.
Empiezo bien, y empiezo haciendo la cama, y la hago con las esquinas metidas, tirando de la sábana desde los pies, y me sale una cama de las de mirar en un museo.
Luego pongo las tres camisetas dobladas en la silla, en una pila, de la más gastada abajo a la menos gastada arriba, y luego pongo el cargador con el cable enrollado encima de la mesilla, y a partir de ahí se me acaban las cosas que hacer en esta habitación.
Son las ocho y veinticinco cuando bajo a la cocina y ceno de pie, apoyado en la encimera y con el plato en una mano.
Lo que ha dejado esa señora es un pollo con almendras que está para llorar, y me como el pollo entero de pie, mirando el patio de la lonja por la ventana, y me abro también una lata de mejillones que llevo en la mochila desde Vilagarcía por si un día no hay nada, y una mandarina del cajón de la cocina.
En el bajo de al lado hay una cena de las de doce personas. Se oye todo: el que sirve el vino, los dos críos, un señor mayor al que le dicen que se siente y una mujer que dice tres veces que se le ha pasado el marisco. Y hay un momento en el que se ponen todos a cantar.
Cantan igual que cantaba una familia con la que yo cené en Astorga hace seis o siete años, gente que me había abierto la puerta el día antes porque yo les había colgado un arco encima del portal: fuerte, mal y contentísimos.
Y aquí llega la parte en la que yo, normalmente, bajo a la calle y me encuentro a alguien, y esto lo llevo haciendo desde los veintidós años sin fallar una.
Eso es lo que yo hago. Yo bajo a la calle y en cuarenta minutos estoy sentado en una mesa que no es mía comiendo el turrón de una familia que no conozco y sabiéndome ya el nombre de la abuela.
Lo he hecho en cinco ciudades. Es facilísimo y no tiene mérito ninguno, y a mí siempre me ha parecido una virtud.
Esta noche cojo el abrigo, bajo los dos tramos, abro el portal y salgo.
Y a la derecha se va a Beiramar y a la izquierda se va a la esquina de arriba.
Me quedo en el escalón del portal con la llave en la mano y llego a andar unos ochenta metros, hasta el contenedor.
Hay una furgoneta de reparto aparcada con las luces puestas y sin nadie dentro, hay un taxi subiendo despacio y hay una mujer cruzando con una bandeja tapada con un paño.
Y de las ventanas de arriba salen cuatro televisiones a la vez con la misma voz.
Y delante del contenedor saco el teléfono y bajo por la lista de contactos con el pulgar.
Tengo doscientos y pico números de once ciudades: capataces, electricistas, dueños de pensión y un tío de Astorga que vende cable.
Hay una señora de León que me guardaba la ropa y hay seis chavales que trabajaron una campaña conmigo y no volvieron.
Y todos esos números son buenísimos para un martes a las cuatro de la tarde.
Yo, a las diez menos veinte de la noche del veinticuatro de diciembre, no tengo a quién darle a llamar.
Y ahí, en la acera, delante de un contenedor, tomo una decisión muy tonta: me vuelvo.
Vuelvo, subo los dos tramos, me siento en la cama y a las nueve y cinco llamo a mi madre, y hablo con ella nueve minutos exactos.
— Que me han dicho que hay que operar.
— ¿Quién te ha dicho?
— El de la rodilla. El nuevo, el que vino de Vigo. Dice que en marzo. Y yo le digo que en marzo tengo la comunión de la nieta de Marisa.
— Mamá, la rodilla antes que la comunión.
— Eso dice tu tía. Oye, ¿y tú estás cenando?
— Estoy cenando.
— ¿Con la gente?
— Con los de la cuadrilla.
Y no me pregunta más, porque mi madre nunca ha preguntado dos veces, y se pone a contarme lo de la vecina del segundo, que se ha comprado un sillón de esos que se levantan solos y que le ha costado seiscientos euros y que ahora no le cabe por el pasillo y lo tiene en la terraza tapado con un plástico.
Cinco minutos de sillón. Y luego me dice que me abrigue, y le digo que sí, y cuelga ella primero, porque cuelga ella primero desde que yo tenía dieciocho años.
Nueve minutos y catorce segundos.
Y luego apago la luz grande y dejo la de la mesilla, y me quedo sentado en el borde de la cama con los codos en las rodillas, mirando la pared de enfrente, que tiene un enchufe y un cuadro de un barco al que se le ve la pegatina del precio por detrás del marco.
Y aquí viene lo raro, porque yo pensaba que esto iba a ser una noche horrible, y llevo dos horas esperando que se me caiga algo por dentro, y no se me cae.
Estoy sentado en una cama, en una casa vacía, un veinticuatro de diciembre, sin nadie a quien contarle nada, y estoy tranquilo.
Estoy tranquilo de una manera que no me suena.
Me pican las manos y a los diez minutos se me van a los bolsillos y a los quince me levanto y coloco las botas otra vez, que ya estaban colocadas, y me vuelvo a sentar, y sigo aquí.
A las once menos algo me quito el jersey y hago diecisiete flexiones en el suelo, entre las dos literas, porque hay que hacer algo con esta noche, y a las diecisiete me paro y me quedo tumbado en el suelo boca arriba, riéndome yo solo de mí, con la cara pegada a la pata de la cama.
Un hombre de treinta y tres años que aprende a estarse quieto un veinticuatro de diciembre en el suelo de una pensión de Beiramar.
Me subo a la litera de arriba a las once y veinte, con la funda de plástico haciendo su ruido debajo de la sábana, y me tapo hasta arriba con la colcha y con el abrigo encima de los pies.
Alguien, en algún momento de esta tarde, ha puesto pieles de mandarina encima del radiador del pasillo, y a lo mejor las he puesto yo.
Con el radiador dado toda la noche eso huele a Navidad de una manera que no se puede explicar, y me llega desde la puerta abierta, dulce y un poco quemado, y es lo último que me entra por la nariz antes de dormirme.