Brais
Las seis y diez de la mañana del veintidós de diciembre. La esquina de Cesteiros, el permiso plastificado en el parabrisas. Cuatro horas y veinte minutos para vaciar un cuarto piso.
A las diez y media se cierra la calle, y hoy se cierra hasta el siete de enero. No hay recurso, no hay teléfono al que llamar y no hay favor que valga. Lo que a esa hora esté dentro de esa casa se queda dentro dos semanas y media.
Y tengo una furgoneta.
El furgón pequeño está en Lavadores desde el lunes. Se lo dejé yo a Kevin Salgueiro hasta el veintisiete, con un papel firmado por los dos, sin cobrarle el alquiler y cobrándole el gasóleo. Eso lo decidí en once segundos. Hoy me hace falta y no la tengo, y eso también es mío.
Suso llega con dos cafés y no dice ni una palabra de la ruta.
Yo le he oído discutirle la ruta a mi padre, a mi madre, a Iria, a un cliente que se iba a Ourense y a un guardia municipal. Hoy aparca la furgoneta grande de morro contra la cuesta, con las ruedas giradas, saca la carretilla y me pregunta por dónde empezamos.
— Por el fondo. La habitación del armario la dejamos para el final.
— Voy subiendo cajas vacías.
Y sube, y ya está.
Aparece Delmiro con la lista y ocho minutos después aparece Fito con la suya, y llevan desde el veintitrés de noviembre haciendo eso para no cruzarse en la escalera. Delmiro sube al cuarto. Fito se queda en el portal. Se comunican a través de mí y hoy tienen cuatro horas.
— Punto once. La cristalería de la vitrina va en la caja de la vitrina y la caja de la vitrina la lleno yo.
Delmiro lee. Lee todo lo que dice, en voz alta, del folio, con el dedo debajo de la línea. Y hay que decir en su favor que la lista está impecable. Veintiocho puntos, ordenados por habitación y por orden de bajada. El veintitrés de noviembre eran veintiséis.
— Dile a mi hermano que la vitrina no la toque hasta que yo suba.
— Está en el punto once de su lista.
— Sé perfectamente que está en el punto once. Dile que no la toque.
Le bajo a Fito la razón por la que no puede subir a por la vitrina y Fito me pide perdón por su hermano, en el portal, con la mano en la barandilla y la cabeza baja. Es la décima vez este mes.
— Perdona. Ya sabes cómo es. Perdónale tú a él y perdóname a mí por hacerte subir y bajar.
— Fito, yo cobro por subir y bajar.
Y en las primeras dos horas sale la casa entera menos la habitación del fondo. Sillas, aparador, colchones, veintitantas cajas. La vitrina la llena Delmiro y la precinta Fito, y lo hacen sin mirarse.
Sale un señor del segundo en chándal y nos dice que hay gente durmiendo.
Le digo la hora que pone en el permiso y le señalo el papel del portal, que lleva ahí desde el día quince.
Me contesta que ese papel lo pone cualquiera.
Suso baja con el aparador de canto, le pide paso, y el señor se mete en su casa y nos pone la radio en la ventana.
Hay dos chicas grabando el portal con el teléfono. Se van cuando Suso les empieza a explicar lo del apartamento de Portonovo.
La lámpara del salón la bajo yo en una manta, en el brazo. En el rellano del tercero, al girar, la puerta de la izquierda está abierta un dedo y hay luz dentro.
La casa está vacía y el armario sigue en su sitio.
El armario de tres cuerpos mide un metro ochenta y seis de ancho y el hueco de la escalera de Cesteiros son setenta y dos centímetros, y eso no cambia por mucho que uno lo mire.
Un armario de tres cuerpos son tres armarios atornillados con veintitantos tornillos de cabeza plana de mil novecientos sesenta.
— Se desmonta.
— No se desmonta.
Suso me lo dice porque lo tiene que decir. Yo se lo contesto porque lo probé el dos de diciembre, con un destornillador, una llave y una hora y media de mi vida. Los tornillos están pintados por encima. La pintura tiene sesenta años y el que la puso no pensaba en nosotros.
Sale por la ventana de la galería y esa es la única manera que hay. Lo supe el dos de diciembre y lo dije en voz alta delante de los dos. Desde entonces lo tengo en el parte del día con dos palabras y una cifra de cuerda.
Abro la ventana de la galería para pasar la cuerda y ahí está lo que no tenía apuntado. Cruzando la calle de fachada a fachada, a metro y medio del alféizar, hay una guirnalda tensa. Por ahí no pasa un armario de un metro ochenta y seis.
Saco el teléfono y me lo quedo en la mano un rato. Un armario así se baja con cuatro y aquí somos dos. Y hay un hombre en esta ciudad que sabe aflojar ese cable en veinte minutos y que además sabe pasar una cuerda por un poyo. Me lo guardo. Hoy no toca pedir.
Marco el número de guardia de Iluminacións Vieitez, que viene en la pegatina de la caja del portal, y le digo a un señor que no conozco lo que necesito y lo que mide.
— ¿Puedo apoyar esto en su pared?
Le pregunto a Delmiro por la pared del pasillo, y Delmiro dice que sí, y sujeta él.
Fito sube. Sube porque hace falta un cuarto y porque a estas horas del veintidós de diciembre en esta ciudad no queda un hombre libre.
Se pone en el otro extremo del armario, al otro lado de su hermano.
Aguantan el mismo peso veinticinco minutos y no se dirigen la palabra.
Y a los veinte minutos aparece Breo en bicicleta, subiendo desde Urzáiz, con los cascos al cuello y una escalera de tijera atada a la bici con una brida.
— Yo te aflojo eso. ¿Y qué más hay?
— Nada más.
— ¿Bajo cajas?
— No. Afloja el cable, Breo.
Suelta el cable de un lado, lo deja largo y lo amarra al balcón del segundo, y tarda menos de veinte minutos, con el señor del chándal preguntándole desde detrás del visillo si eso se puede hacer.
Breo le contesta que sí. Yo no sé si se puede hacer.
Y ese rato es el mismo rato que llevan los dos hermanos arriba aguantando el armario sin mirarse.
— Breo. A Xandre no se lo cuentes.
Y se pone el casco del lado izquierdo, se sube a la bici y se va cuesta abajo.
Yo pasé las cuerdas por el poyo de la galería. Suso baja a la calle.
— Delmiro, cuando yo diga suelta, suelta un palmo. Fito, tú aguantas de arriba y no lo empujas.
— Yo no lo empujo.
— Dile a tu hermano que no me empuje él.
Y el armario baja de canto, girado, rozando el marco y llevándose la pintura del alféizar. A mitad de camino se queda quieto, sin acabar de girar, apoyado contra la fachada. Y ahí lo tenemos los cuatro, con las manos ardiendo y con Suso desde la acera diciendo cosas que no se entienden.
— ¡Que gire! ¡Que gire por abajo!
— ¡Que por abajo no gira!
— ¡Pues por arriba!
Y es por arriba. Casi siempre es por arriba.
Cuando lo metemos un poco otra vez para reorientarlo, el canto de arriba entra en la pared del rellano y la abre.
La raja va de arriba abajo, un metro largo, con el yeso en el suelo y el ladrillo a la vista.
Los tres se quedan mirando la pared. Yo miro el reloj: las nueve y media.
— Eso lo pago yo — dice Fito.
— Eso lo paga la comunidad — dice Delmiro.
— Eso lo pago yo, que la casa es de mi madre.
— La casa es de los dos.
Y ahí, por primera vez en un mes, se dicen una frase el uno al otro. Se la dicen mirando una pared y no se miran a la cara, y no vuelve a pasar en todo el día.
El armario está abajo.
Fito entra al pasillo a por la cómoda, que es el último bulto que queda. Abre el cajón de arriba por si queda algo, porque la gente abre los cajones por si queda algo. Y se queda con el cajón abierto.
— Aquí había un papel. Un papel escrito a mano, de mi madre. Lo vi en noviembre, cuando vinimos a mirar.
Y yo tengo ese papel en el bolsillo del mono desde el dos de diciembre. Veinte días. Doblado en cuatro, con el borde blando de sacarlo y volver a meterlo, y con una cosa escrita arriba a lápiz que no va dirigida a estos dos hombres.
Lo saco, lo abro y lo pongo encima de la cómoda, en el pasillo, con los dos hermanos delante y con Suso en la puerta.
— Está a lápiz. Arriba dice: para o de abaixo. Y luego hay veintidós cosas.
— Deja eso.
— Es letra de mi madre.
— Sí. Y hay veintidós cosas apuntadas, y las voy a leer, porque estaban en esta casa y yo hoy soy el que las está bajando.
Y las leo en voz alta, en un pasillo vacío, con el eco que tienen las casas cuando ya no hay nada dentro.
Un juego de café con una taza menos, dos manteles, una radio, una plancha de hierro que ya no plancha y sirve de tope, una banqueta, una caja de latón con botones y una foto en un marco de nácar.
Y el número catorce es el reloj de pared del salón.
El reloj de pared es la única cosa de esta casa que está en las dos listas. Punto trece de Delmiro y punto dos de Fito. Lo hemos hablado nueve veces. Está en el suelo del salón, envuelto en una manta y con cinta, esperando a que uno de los dos me diga a qué furgoneta va. Y no hay dos furgonetas.
Nueve veces. Veinte días con el papel en el bolsillo del mono. Y esto se acababa bajando un reloj un piso.
— Eso no es un testamento — dice Delmiro.
— Eso es un papel de la compra.
— Eso es una lista, y en esta casa las listas las hacía ella.
Fito no dice eso. Fito no lo dice porque quiera el reloj. Lo dice mirando el suelo, y luego coge aire y dice la segunda cosa que dice hoy sin pedir perdón por nadie.
— Yo el reloj lo quería porque sonaba. Sonaba a las horas y yo dormía en el cuarto de al lado. Pero lo quería para tenerlo, y ella lo tenía puesto para el hombre de abajo, que se quedaba sordo y se lo oía.
— Fito.
— Bajad el reloj.
Delmiro no dice ni sí ni no. Coge su lista, la dobla por la mitad, se la mete en el bolsillo y se va al rellano a esperar. Y es la primera vez hoy que le veo hablar sin el folio en la mano:
— Yo el escabel lo hizo mi padre. En el taller de Bouzas. Que lo sepa el de abajo.
Bajo al tercero izquierda con el escabel en una mano y el papel en la otra. La puerta la abre antes de que yo llame. Lleva cuatro horas oyéndonos con la puerta abierta un dedo.
Herminio Recouso me mira, mira el escabel y contesta a lo que no le he preguntado.
— Yo no quiero nada de ahí arriba. Su madre me lo dijo un día en el portal y yo le dije que no, y ella lo apuntó igual. Era muy suya.
— Hay veintidós cosas.
— Yo no quiero nada. Dígaselo a los hijos, que a los hijos hay que decirles las cosas dos veces. Y no me toque el timbre a la hora de comer, que el timbre está mal desde el verano y suena en la cocina.
Y ahí ya me está cerrando la puerta, muy despacio, hablando de una gotera del año pasado. Y cuando la puerta está a un palmo, la vuelve a abrir.
— Bueno. El escabel sí.
Antes de salir doy la vuelta que doy siempre: con la casa vacía y la puerta abierta, habitación por habitación, mirando el rodapié y detrás de las puertas. Aparecen un imperdible, una moneda de peseta y un calcetín de hombre debajo del radiador.
En la pared del salón, donde estaba el reloj, hay un rectángulo más claro, con el clavo puesto y torcido hacia arriba. Eso lo dejan todas las casas. Yo llevo dieciocho años entrando en casas y de lo único que no me acostumbro a salir es de eso.
Nosotros salimos a las diez y dieciocho. La furgoneta va cargada hasta el techo, con el armario tumbado encima de todo y atado con cuatro correas. El reloj de pared va en la cabina, entre Suso y yo, envuelto en una manta y sujeto con las rodillas.
Descargamos lo de Fito en un tercero con ascensor en Teis.
El ascensor es de cuatro personas y ahí no entra un armario de tres cuerpos, y eso lo sabíamos, y aun así lo probamos, porque probarlo cuesta dos minutos y no probarlo cuesta tres tramos.
Cuesta tres tramos. El armario sube por la escalera de canto con Fito debajo y conmigo arriba, y Fito, que tiene una rodilla mala, no se queja ni una vez.
La señora del cuarto de Teis nos saca dos vasos de agua y quiere saber si el armario es antiguo.
Lo de Delmiro entra en el guardamuebles por la tarde: muevo el sofá de una señora de Coia que lleva ahí desde octubre, le hago sitio contra la reja y numero doce bultos con el rotulador.
Todo lo que fue de una mujer de Cesteiros que apuntaba las cosas a lápiz cabe en dos metros de reja.
A Lugo va el veintisiete, con Suso y con un peón.
Y eso lo pierdo yo, porque un viaje a Lugo son trescientos cincuenta kilómetros y en el presupuesto había dos furgonetas y un día.
Firmo el albarán de Delmiro y firmo el albarán de Fito. Delmiro se va en su coche y Fito se va en el suyo veinte minutos después. No se ven, no se llaman y no me preguntan el uno por el otro.
Por la tarde subo a Cesteiros a pie desde Porta do Sol, con el reloj de pared debajo del brazo, envuelto en la manta.
Cinco minutos por la Rúa Real, con la calle llena de gente comprando. El portal del cuatro tiene una luz de escalera que se apaga a los cuarenta segundos. Los tres tramos los hago con el reloj de canto, para que gire en los rellanos, y con la barbilla apretándole la manta.
En el rellano del cuarto está la raja de la pared con el yeso barrido en un montoncito, que lo barrió alguien.
Llamo al tercero izquierda. No cobro el porte y no lo apunto en ninguna parte. Un reloj de pared de caja de madera pesa seis kilos y medio. He subido tres tramos con él y llevo trece horas de pie. Y esto no me ha matado.
— ¿Puedo pasar?
Herminio se aparta de la puerta y me deja el pasillo, que tiene un papel pintado de rayas y un olor a comida de mediodía que ya se está yendo.
Le desenvuelvo el reloj encima de una silla y le doy la llave de dar cuerda, que iba pegada con cinta en la parte de atrás.
Hay que darle cuerda los domingos y se lo digo despacio, y él me cuenta que su mujer era de Cangas y que a Cangas se va en barco en veinte minutos.
Luego coge el escabel viejo, el de la pata con la brida, y lo pone contra la pared del pasillo. Se sube encima con el reloj en las dos manos.
Y se queda ahí, en el escabel, con el reloj a la altura de la cabeza, midiendo la pared con la vista, buscándole el sitio.