Xandre
La mochila tiene una cinta reflectante cosida a mano por mi madre y un bolsillo con la cremallera reventada desde una feria de Ponferrada, y a las diez de la noche del lunes está otra vez donde ha estado siempre, encima de la litera de arriba, en el hueco entre el colchón y la pared. La he subido con una mano.
En la habitación cuatro de la Reboreda hay dos literas, una silla y una ventana que da al patio de la lonja. Duermo yo arriba, Breo debajo, y en la otra litera el de Verín, que se ha traído una plancha de viaje y plancha las camisas a las doce de la noche apoyando la tabla en el radiador.
La mujer de la Reboreda me ha dado la misma cama, que se le fue una pareja el sábado, y me lo ha dicho como un regalo, y a lo mejor lo era.
Me ha dado dos sábanas y una toalla, y me ha explicado que en las fiestas sube los precios porque los sube todo el mundo y que a mí me lo deja en lo de noviembre porque el año pasado le arreglé el enchufe del comedor. Yo con esa mujer me llevo bien.
Esto es exactamente lo que yo he querido siempre.
Que quede claro, porque si no parece que me estoy quejando: yo he elegido esto ocho veces seguidas, campaña tras campaña, con algún jefe diciéndome que hay pisos de empresa. Aquí siempre hay alguien despierto.
El colchón de arriba lleva una funda de plástico que suena como una bolsa de patatas cada vez que te das la vuelta, y a Breo se le queda un casco puesto cuando se duerme y desde ahí sale un villancico que se oye desde el pasillo.
Y el radiador solo calienta si le das un golpe seco en la llave de arriba, y esta noche se lo doy yo varias veces porque estoy despierto.
Pero antes hay que cenar, y en la cena estoy perfectamente.
Bajamos al comedor, la mujer de la Reboreda saca una olla de fideos con almejas y el de Verín se pone a contar la vez que su cuñado se compró un remolque, y yo hago lo que hago siempre: espero a que se acabe y meto la mía por el hueco.
El de Verín tarda lo suyo en contar lo del remolque, y por el medio ya se ha equivocado de cuñado, y Cati le pregunta si el remolque tenía matrícula propia y con eso se le va otro rato.
Rufo come y no levanta la cabeza. Breo tiene el teléfono apoyado en el vaso y las campanas puestas a un volumen que él considera bajo.
Cuento lo de la nevera.
Y la cuento bien, con el hombre de la bata en el balcón y con Kevin llorando con la nevera en las manos, y Cati se ríe, y Rufo levanta la vista del plato y la baja otra vez, y el de Verín pregunta cuánto pesaba.
— ¿Y el de las mudanzas hoy no viene? — dice Breo con la boca llena.
— Hoy no.
— Es que el otro día trajo una tabla.
— Sí. Oye, ¿esto lleva laurel? Esto lleva laurel. Yo el laurel en las almejas no lo entiendo, y en Vilagarcía había una mujer que se lo ponía hasta al café.
Y con el laurel me llevo cuatro minutos, y con la mujer de Vilagarcía otros dos, y a Breo se le olvida la pregunta, y para eso sirve el laurel.
Y luego no hay nada.
Se acaba la historia y no viene nada detrás. Yo cuento una cosa y de esa cosa sale otra y de esa otra tres más, y una cena de cuadrilla se me va en eso desde los veintidós años, y esta noche llego al final de la nevera y me encuentro un borde. Me como los fideos. Alguien pide pan.
Es la segunda vez que la cuento hoy y esa es la diferencia. La cena está igual que estaba: el que ha cambiado soy yo, que a la segunda ya no me la creo.
Rufo me pilla en el pasillo cuando subo y no me pone la mano en el hombro ni me lleva a un rincón, porque Rufo esas cosas no las hace. Se apoya en la pared con el vaso de agua en la mano y habla del turno, porque Rufo no habla de otra cosa.
— Entramos a las siete y cuarto, tres.
— Rufo.
— Del arco once al veintidós son doce arcos, y con tres se hacen diez. Diez hicimos. El veintiuno y el veintidós los dejamos para el domingo por la mañana y el domingo por la mañana es tiempo que Vieitez no paga y que pagamos nosotros.
— Eso ya lo sé.
— La cesta la subió Breo hasta las diez y a partir de las diez la subió Cati, que es electricista y no es de cesta. Y a las once y veinte se quedó sin batería la Duquesa porque nadie la enchufó a las siete, porque el que la enchufa a las siete eres tú.
Y ahí se calla y se bebe el vaso de agua, entero, mirando la ventana del patio, y a mí me gustaría muchísimo que me llamara sinvergüenza o que me dijera que le he dejado tirado, porque de eso se sale hablando y esto no tiene por dónde cogerse.
— No te estoy echando nada, Ourense. Te estoy diciendo las horas.
— Yo tenía a un tío con una niña de tres años en la calle el lunes.
— Y yo tenía a una chavala de veintisiete subida a una cesta a la que no se sabe subir.
— Rufo, si me lo hubieras pedido tú, yo el sábado me quedo en Príncipe.
— Yo no te pedí nada. Yo te dije que entrábamos los cuatro.
— Es distinto.
— Para ti. El arco veintiuno no sabe la diferencia.
Y tiene razón, y no la tiene en la parte que a él le importa, porque a Rufo lo que le importa son los doce arcos y a mí lo que me importaba era un hombre llorando con una nevera en las manos, y las dos cosas caben perfectamente en un sábado si el sábado lo organiza alguien y lo organiza con tiempo, y yo no organizo nada desde los veintidós años porque nunca me ha hecho falta.
Y no dice más, y se va a su habitación, y luego se para en la puerta y se acuerda de una cosa, y la dice con la voz de las cosas que van en un papel.
— El dos a las once, en la oficina de Vieitez. Lleva el DNI y el número de cuenta. Tres años, la de invierno y la de verano.
Yo digo que sí. Digo que sí con la cabeza, en un pasillo, delante de un hombre que acaba de decirme las horas de un turno sin subir la voz, y me subo a la litera de arriba con la ropa puesta.
Y antes de que me duerma, el de Verín pone la plancha en el radiador y salta la pensión entera, las ocho habitaciones y el pasillo y el rótulo de la puerta y la máquina del café, y desde abajo la mujer de la Reboreda pregunta a gritos quién ha sido, y desde arriba le contestan ocho hombres que no ha sido nadie.
Bajo yo, porque el cuadro está detrás de la barra y porque el año pasado le arreglé el enchufe del comedor y desde entonces esta casa cree que soy electricista.
Subo el diferencial y vuelve la luz y arriba aplauden.
Y me quedo un momento con la mano en la tapa del cuadro, en el único sitio de esta pensión donde no hay nadie.
A las doce y media saco el teléfono y le busco.
Lo tengo en la B, de Brais, y no de otra manera, y el número está desde el quince de noviembre. Le doy y me sale el teclado y ahí me quedo.
Y esto lo tengo que explicar bien porque si no queda como si fuera orgullo, y de orgullo yo tengo poquísimo, que se lo pregunten a cualquiera que haya trabajado conmigo.
Yo no le llamo porque no sé qué se dice.
En una barra sé qué se dice. En una cabina de furgoneta con las manos ocupadas y un armario detrás lo sé, y en una cena con nueve personas alrededor lo sé y encima lo digo bien.
Pero en un teléfono no hay nadie delante más que él y yo, y yo nunca he hablado con nadie sin tener a un tercero al lado.
Escribo tres palabras y las borro, escribo otras cuatro y las borro, y a la tercera me levanto y voy a darle el golpe al radiador aunque todavía calienta, porque el radiador está a dos metros y el teléfono lo tengo en la mano.
Bajo al comedor a la una, porque en el comedor hay luz y Cati está ahí con los papeles de la hipoteca extendidos en la mesa y una calculadora del teléfono.
— Cati.
— Dime.
— Nada. Que si te sale.
— Me sale si el trastero no está. ¿Tú crees que puedo pedir que me bajen tres mil por un trastero que no existe?
— Yo creo que sí.
— ¿Y con qué papel se pide eso?
Y ahí se me va. La tenía a metro y medio, con la mesa en medio y la casa entera dormida arriba, y tenía la frase montada y era corta, y Cati me contesta con otra pregunta, y yo me voy detrás de su pregunta como un tonto y me pongo a hablarle de escrituras durante veinte minutos.
Breo aparece en calzoncillos a por agua y me pregunta qué hago ahí, y yo le digo lo del sábado en dos frases, y lo digo con la voz de contarlo, la que uso para el remolque del cuñado del de Verín, y le pongo el final gracioso: que el tío me pasó una factura por escrito, con el IVA y todo, delante de doce personas y con el fútbol quitado.
Y Breo se ríe.
Se ríe de verdad, se ríe con el vaso en la mano y se le sale el agua, y dice que ese tío es un fenómeno y que le pasó una cosa parecida con un jefe de obra en Cangas, y se va a la cama riéndose.
Y yo me quedo en el comedor con la luz del fluorescente y con lo que acabo de hacer, que es coger la peor hora de mi vida y contarla en dos frases para que se ría un chaval de veinticuatro años, porque era eso o quedarme callado, y callado yo no sé estar acompañado.
A las tres de la mañana en la Reboreda no se oye nada de nada.
Se han acabado los villancicos del casco de Breo, se ha acabado la plancha, se ha acabado el ascensor del edificio de al lado y se ha acabado la lonja, y queda una cosa que yo llamo el Cura y es lo único de esta ciudad que me pone de mal humor.
El Cura entra y se está hasta las cinco y media y no se le puede dar un golpe en la llave de arriba.
A las tres y diez abro la aplicación del banco, y esto lo cuento porque pasó.
Tengo novecientos sesenta euros, lo que me queda de la campaña después de mandarle a mi madre lo de la rodilla, y trescientos cuarenta euros los tengo de sobra.
Pongo el número, pongo el concepto y me quedo con el dedo encima del botón un rato largo, y luego lo cierro.
Un ingreso a esa hora es un punto final, y yo lo que quiero es una conversación.
Enciendo la luz del teléfono y saco el papel del bolsillo del abrigo, que lo tengo doblado en tres desde el mediodía.
Mudanzas Louzán, S.L. Rúa do Cotarelo, 11. Servicio: mudanza urbana, dos operarios, tres horas y quince minutos, cuarto piso sin ascensor. Trescientos cuarenta euros.
Y arriba, en el hueco del cliente, a máquina: Alexandre Padín.
Alexandre. Con equis. A mí Alexandre me llama mi madre cuando se enfada y el del banco cuando me llama para venderme un seguro, y en todas estas campañas no me ha llamado Alexandre ni un capataz ni un compañero ni una casera ni un tío al que le he colgado un arco encima de la puerta de su casa.
Y este señor tiene mi nombre entero, porque se lo di yo el dieciséis de noviembre para el contrato de la habitación, y lo ha escrito ahí, a máquina, en el hueco donde va el nombre de la gente a la que no conoces.
En esa furgoneta, por dentro de la puerta, hay una línea que pone cuarenta y dos y no pone día ni nombre.
Y entonces, tumbado en una litera de arriba con una funda de plástico debajo, hago la cuenta que llevo once años sin hacer, y la hago con los dedos como un crío.
Once años. Ourense, Ponferrada, Astorga, Zamora, León, Lugo, Monforte, Verín, A Coruña, Vilagarcía y Vigo. Once ciudades. Y llaves de una casa a mi nombre, de una casa mía, de una puerta que yo pueda abrir un martes por la tarde porque me da la gana: cero.
Cero.
Y me quedo ahí boca arriba pensando que si mañana me levanto a las seis y media y me subo a la cesta y hago los dos arcos que faltan y luego el repaso de Urzáiz y luego lo de Policarpo, y el miércoles el árbol de Porta do Sol, y el jueves nada porque es Nochebuena, y el viernes tampoco, y el sábado el turno de guardia, y luego el dos firmo tres años, y luego en junio Ponferrada y en agosto una feria en algún sitio con un nombre que todavía no sé, entonces esta cuenta la voy a poder seguir haciendo hasta los cuarenta y cuatro sin cambiar el número de la derecha, y lo peor no es eso, lo peor es que yo hasta esta noche pensaba que el número de la derecha era una cosa que le pasaba a otros.