Donde acaban las luces Brais
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Brais

Las ocho y diez de la mañana del domingo veinte de diciembre. Bajo los diecinueve escalones descalzo, con los zapatos en la mano, porque hay alguien durmiendo arriba y hoy me da por ahí. La puerta de la habitación pequeña estaba cerrada. En la cocina hay dos vasos, uno con agua y uno sin.

En la nave hace el mismo frío que en la calle y huele a cartón, y lo primero que hago los domingos es el parte de la semana. Kilómetros de las dos furgonetas, gasóleo, permisos que caducan, cobros. Enciendo la lámpara de la mesa, saco el cuaderno y abro por el lunes.

Esta semana han entrado nueve mudanzas y han salido dos mil ochocientos y pico en albaranes a treinta y a sesenta días, y la caja de cambios se pagó a tocateja.

De ese dinero, setecientos sesenta son de Iria y hay que devolvérselos en enero, y quedan cuatro firmadas hasta el veintidós y ni un hueco donde meter una más.

Eso es lo que hay. Es el mejor diciembre desde que esto es mío, y por eso lo apunto los domingos, para verlo.

La furgoneta pequeña la anoté el sábado a las siete y veinte de la mañana, antes de sacar la grande. Ochenta y cuatro mil seiscientos doce.

Voy con el cuaderno en la mano a leer el cuentakilómetros, porque es lo que hago, y me quedo con la puerta de la cabina abierta más tiempo del que hace falta para leer un número.

Ochenta y cuatro mil seiscientos ochenta y dos.

Y me quedo ahí, con el pie en el estribo, haciendo la cuenta que sé hacer.

De aquí a un cuarto cualquiera de esta ciudad y de ese cuarto a Lavadores son unos veinticinco o treinta kilómetros ida y vuelta.

Con el centro cerrado, dando la vuelta por Beiramar y por Areal, treinta y cinco.

Setenta kilómetros son dos viajes. Dos viajes es una casa entera, porque un furgón corto lleva una habitación por viaje, y eso lo sé porque llevo la vida cargándolo.

Cierro la puerta. La cabina huele a él, a la mano de plástico quemado que traen todas las noches, y hay una brida cortada en el suelo, en el hueco del acelerador.

Cojo el teléfono para llamar a Suso y no llego a llamar a Suso, porque tengo un mensaje del control de accesos a las once y cuarenta y dos de la noche de ayer, de los automáticos, de esos que llegan con el número de expediente delante.

Registro de acceso fuera de horario. Barrera de Areal, veinte cero cero.

Matrícula. Autorización a nombre de Brais Louzán.

Lo leo otra vez por si me estoy equivocando de matrícula, y luego voy al cajón de abajo del mueble de la mesa y saco la carpeta gris.

La carpeta gris era de mi padre y la letra de las pestañas es de mi madre.

Póliza de flota, dos vehículos, conductores declarados.

Están dos nombres a máquina y no hay más nombres.

Brais Louzán Fandiño. Suso Louzán Cortegoso.

Me siento en la silla de la mesa. Desde aquí alcanzo el interruptor de la persiana y el teléfono fijo, y no llego a la estantería de las mantas, que es la que estoy mirando, y en la balda de arriba tenía que haber quince mantas y hay cuatro.

Y ahora es cuando pasa la cosa que me pasa a mí, y la póliza aquí ya no pinta: mi padre entra por la puerta de personas con el mono azul, a las nueve de la mañana de un domingo cualquiera de hace cinco o seis años, y me cuenta que anoche estuvo hasta las tres bajándole el piso a la hija de un hombre del Berbés, y me lo cuenta contento.

Y no cobró. Usó el gasóleo de la empresa, las mantas de la empresa y el nombre de la empresa.

Y mi madre estaba en la cocina de O Calvario con la calculadora y los recibos y una libreta de tapas rojas, poniendo por escrito lo que hacía falta cobrar para que en enero hubiese sueldos.

Se murió dentro de la cabina a los cincuenta y nueve años y dejó dieciocho mil cuatrocientos euros sin cobrar.

Los sé de memoria porque los sumé yo, en esa cocina, con esa calculadora, en abril, con la libreta de tapas rojas abierta y mi madre enfrente diciéndome los nombres en voz alta para que yo los fuera tachando.

Hay treinta y siete nombres en esa libreta.

De esos treinta y siete, treinta y uno vinieron al entierro y me dijeron que mi padre era un santo, y tenían razón.

Un santo cuesta dieciocho mil cuatrocientos euros y los paga la mujer del santo.

Y aquí no ha entrado un tío bueno que ha hecho una buena obra. Aquí ha entrado mi padre.

Enciendo el ordenador. Tarda lo que tarda. Abro la plantilla de facturas, la de las de verdad, la que va con el número de serie y el pie con el IVA.

Servicio: mudanza urbana, dos operarios, tres horas y quince minutos, cuarto piso sin ascensor.

Trescientos cuarenta euros.

En el hueco del cliente escribo Alexandre Padín y me quedo un rato con el cursor detrás de la N.

Le doy a imprimir. La impresora hace ese ruido que hace desde que la tenemos, ese de aclararse la garganta antes de empezar, y saca el papel caliente.

Lo doblo en tres. Lo meto en un sobre de los de las nóminas, y lo peor de todo esto es que no lo hago caliente: lo hago despacio, con el margen bien puesto, y me sale bien.

A las diez y veinte se abre la puerta de arriba y bajan los diecinueve escalones de dos en dos, como los baja él y como no los baja nadie más.

Yo estoy detrás de la estantería con el cuaderno en la mano.

Desde el pie de la escalera no se ve la persiana y desde detrás de la estantería no se ve el pie de la escalera.

Se para en el rincón de la mesa. Coge algo.

Silba dos notas y las deja a medias. Y sale por la puerta de personas y la deja bien cerrada, con el tirón de después, como le expliqué el primer día.

Yo no salgo.

Luego subo. La puerta de la habitación pequeña está abierta y la cama está hecha con las esquinas metidas, mejor que la mía.

En la silla hay una mochila y tres camisetas dobladas encima del respaldo.

Un cargador. Una bolsa de bridas. Un trozo de plástico de burbujas reventado por la mitad, de los que aparecen por toda la casa desde noviembre.

No toco nada, y no toco nada porque no hay nadie a quien preguntarle.

Me quedo en el marco un rato largo con el sobre en la mano y luego bajo a buscar los zapatos, y a las doce y veinte estoy en la esquina, delante del cristal, con el sobre en el bolsillo del pecho.

El cristal del Cordel tiene una franja de vinilo a media altura y por encima se ve el bar entero desde la calle, y por debajo se ven las piernas.

Está de pie en el medio, con los dos brazos arriba, haciendo el gesto de una nevera bajando por un balcón.

Y todo el mundo mirándole. Y once metros más allá, en el poste de la esquina, la última guirnalda de este barrio, y yo estoy ahí contando hasta que se me pase, y no se me pasa, y entro.

A las doce y media el Cordel está lleno porque hay partido a la una y porque es domingo y porque en este barrio, cuando hace la humedad esta, la gente no está en su casa.

Están Suso y dos de la obra y un señor con un perro atado a la pata del taburete.

Puri tiene el paño en la mano y la televisión puesta muy alta, con el resumen de la jornada.

Y en el medio, de pie, con un café con leche y sin sentarse, está Xandre contando lo de anoche.

Lo tiene ya montado. Lo lleva contando toda la mañana y se le nota, porque los tiempos le salen redondos.

La nevera por el balcón. El hombre de la bata mirando.

La niña dormida con el abrigo puesto. Y el barrio entero riéndose y dándole en el hombro y diciéndole que es un fenómeno, que así se hacen las cosas, que hace falta gente así.

Y tienen razón. Eso es lo que me revienta de estar en esta puerta con un sobre en el bolsillo: que tienen razón.

Uno de los de la obra levanta el vaso y dice que aquí hace veinte años se hacía así todo.

El otro cuenta que su madre se mudó sin pagar un duro.

El señor del perro dice que él estuvo en una de esas y que se comieron una tortilla sentados en el suelo a las cuatro de la mañana, y que la tortilla la trajo la vecina de enfrente.

Todo el mundo tiene una, y hablan todos a la vez, y hablan todos bien.

Suso me ve entrar y le cambia la cara, porque Suso tiene una cara que va por su cuenta.

— Puri, la televisión.

Puri me mira el sobre que llevo en la mano, mira la televisión y quita el volumen sin decir nada.

Y se queda el bar en silencio con doce personas dentro.

Yo saco el papel del sobre y lo pongo en la barra, delante de él, con la cara para arriba y girado para que lo lea del lado bueno. Eso lo hago todos los días y hoy también lo hago bien.

— Trescientos cuarenta euros. Dos hombres, tres horas y un cuarto sin ascensor. Lo he puesto a tu nombre porque el mío ya lo usaste tú el sábado.

Xandre no coge el papel. Deja la taza en la barra, muy despacio, y mira el papel desde arriba con las manos quietas, sin tocarlo.

— Brais.

— Está el gasóleo aparte. El gasóleo no te lo he puesto.

— Brais, la niña tiene tres años.

— Setenta kilómetros. Dos viajes. Con mi furgoneta, con mi nombre en la barrera y sin estar tú en la póliza. Si le das a un bordillo con esa furgoneta, esta empresa se acaba en un martes.

— Yo no le he dado a un bordillo.

— Que no le hayas dado a un bordillo es lo único que te ha salvado.

Tendría que haberle preguntado por qué. Tenía toda la barra callada y doce personas esperando y sitio de sobra para una pregunta de tres palabras.

— Suso. Suso, tú has cargado casas de estas. Diles tú lo que había en ese piso.

— Yo no estaba.

— Da igual que no estuvieras. Tú sabes lo que es eso. Puri, ven aquí, que tú al chaval lo conoces.

Este hombre hace lo mismo desde el quince de noviembre: cuando la conversación se le pone de canto, mete a un tercero por el hueco. Hoy no hay hueco, porque el bar está callado y porque el tercero soy yo.

— No metas a Suso.

— ¿No me vas a preguntar nada?

— ¿Qué te voy a preguntar?

— Pues no sé. Algo. Lo que quieras.

Se queda esperando con las manos en la barra y la cabeza un poco baja. Y a mí se me pasan por la cabeza cuatro preguntas seguidas y las cuatro empiezan por la misma palabra, y se me quedan dentro las cuatro.

Le pido las llaves.

— Dame las llaves de la nave y del portal.

Se mete la mano en el bolsillo del pantalón. Las tiene con una anilla de las de plástico verde, que se las puse yo el dieciséis de noviembre, y las saca y las deja en la barra al lado de la factura, y no las suelta de golpe: las deja apoyadas, con cuidado, para que no arañen.

— Yo te lo iba a decir hoy.

— Ya está dicho.

Y entonces me sale la otra cosa, la que llevo dentro desde las ocho y diez de la mañana, y me sale entera y ordenada, porque en esta familia lo que sale ordenado es lo que más daño hace.

— Tú el cuatro te vas. Esto para ti es una campaña más y yo soy la ciudad que te tocó este año. Yo me quedo aquí, Xandre. Yo me quedo siempre aquí.

Puri baja el paño.

Xandre se queda con la boca cerrada dos segundos largos y luego levanta la cabeza. Y no tiene la cara que yo esperaba.

— El siete de enero.

— Qué.

— El siete de enero tú te vas de arriba. El piso lo sacan a turístico y tú tienes hasta el siete. Eso me lo dijo Puri anoche a las doce, en esta barra, con un bocadillo en la mano.

Suso mira a Puri. Puri mira el grifo.

— Yo llevo cincuenta noches en tu casa. Cincuenta. Y me he enterado por la señora del bar.

— Eso no es asunto tuyo.

— Dilo otra vez.

Y no lo digo otra vez.

— Yo cogí tu furgoneta sin preguntar y está mal, y lo pago.

Lo que tú quieras. Pero tú tenías una fecha metida en el bolsillo desde septiembre y has estado tres semanas viéndome poner la ropa en un armario que se va a alquilar por semanas en febrero.

Y a mí eso no me lo pones en un papel porque eso no tiene número.

Coge la factura. La coge por fin, la dobla por la mitad sin mirarla y se la guarda en el pecho, en el bolsillo del abrigo, y me da los buenos días. Los buenos días. A las doce y treinta y ocho de la tarde.

Sale por la puerta y no da un portazo, que sería lo suyo, y la puerta del Cordel se cierra ella sola con el muelle de siempre, con dos golpes.

Y en el bar hay doce personas y no habla ni una.

Puri le pone el volumen a la televisión otra vez, más alto de lo que estaba, y se pone a colocar las cañas. El señor del perro le pregunta qué ha pasado.

— Nada. Ponte otro.

— Puri, si estaba yo aquí.

— Pues entonces ya lo sabes tú. Ponte otro, va.

Y no lo cuenta. En veinte años yo no la he visto guardarse una. Le llegan a esta barra las cosas que se dicen en la panadería y salen de aquí para el taller antes de comer, y hoy se coge un paño y se pone a secar unos vasos que están secos.

Suso se levanta del taburete y se viene a mi lado y no se le ocurre nada, y como no se le ocurre nada dice lo que dice siempre.

— Mañana para Cesteiros yo iría por Beiramar.

— Mañana no vamos a Cesteiros.

— Digo el martes. El martes por Beiramar, y luego coges Areal para arriba, y te ahorras la Bazar cargado.

— Suso.

— Que es que la Bazar cargado y con lluvia, Brais.

Y me pone la mano en la espalda, muy torpe, entre los omóplatos, y me deja ahí el peso entero de una mano de primo.

— Oye. Y en agosto, si me cierras la semana del quince, yo me llevo a mi madre a Portonovo.

— Suso.

— Es que si no lo digo ahora, luego cierras agosto y se acabó.

— Estamos en diciembre.

— El apartamento se coge en enero. Si lo coges en marzo ya no hay apartamento, hay un sofá cama en Sanxenxo.

Y se calla y se queda ahí al lado, con la mano puesta, mirando un partido que todavía no ha empezado. Yo tengo la vista en la barra. En la barra hay una anilla de plástico verde con dos llaves, un papel de azúcar y un cerco de la taza del café con leche.

Cojo las llaves. Me las meto en el bolsillo y hacen ruido contra las mías, que son las mismas, y de todo el día eso es lo que más rabia me da.

Puri me pone un café que no le he pedido y me lo pone en la barra y me lo pone sin mirarme.

— El martes tienes el piso de arriba de Cesteiros y tienes el cuarto y el tercero del portal de al lado, ¿no?

— El cuarto.

— Pues ese.

Suso saca el móvil y me enseña el mapa, y yo le digo que el mapa no sirve para saber si un armario gira en un rellano, y él me dice que es para la ruta, y yo le digo que la ruta la sé.

Y me pongo a explicarle por dónde vamos a entrar el martes.