Xandre
Huele a plástico caliente y a polvo quemado, y así huele un arco cuando lleva cinco horas encendido y no hace viento.
A las siete menos cuarto de la tarde del sábado ese olor ya está bajado a la altura de la gente.
Debajo de un techo de bombillas hay un millón de personas mirando escaparates, muy contentas todas, y encima de sus cabezas estamos cuatro hombres y una cesta.
Estoy en el tramo cuatro, apretando la brida que sujeta el cable de retorno del arco once, y la brida me salta en la mano. Se rompen así, sin avisar, cuando llevan frío toda la mañana y luego se calientan, y siempre te salta la punta al mismo sitio, entre el pulgar y el índice.
Me chupo la mano.
Cati me pregunta desde abajo si me he cortado y le digo que no, y me ha cortado, pero es un corte de brida, de esos que sangran mucho y no duelen nada. Me pongo un trozo de cinta de la que llevo en el bolsillo y sigo, porque el tramo cuatro lleva parpadeando desde el jueves.
Y a las siete Rufo baja de la furgoneta con el teléfono en la mano y se planta en medio de la acera, y cuando hace eso es que ha hablado con Vieitez.
— Del once al veintidós, todos apagados. Los ha visto el de la contrata desde la esquina de Policarpo.
— ¿Y de quién es eso?
— Es del jueves, Cati. Es nuestro.
Nos mira uno por uno, sin prisa, con esa manera que tiene de contar gente que parece que te está sumando el sueldo por delante de la cara, y entramos los cuatro esta noche, y a las diez ya se puede trabajar sin pedirle permiso a una señora con tres bolsas.
— Ourense, tú te subes.
— Yo me subo.
Y me suena el teléfono en el bolsillo del pecho, donde lo llevo para notarlo con la cesta en marcha, y es Kevin.
Kevin, al teléfono, es igual que un chaval que conocí en Ponferrada, un tal Aurelio, que cuando quería algo te contaba otra cosa y esperaba a que tú llegases solo.
Kevin me llama para decirme que se le ha adelantado lo del piso, que le han dicho el lunes, y que él ya lo sabía, y que no pasa nada.
Y eso último me lo repite con las mismas palabras, las que se usan para las cosas que se llevan ensayando en el autobús.
— Es que me habían dicho el veinticuatro y ahora es el lunes.
— ¿Cómo el lunes?
— El lunes a las nueve viene el del juzgado. Es que yo tampoco lo entiendo, pero es el lunes.
Le pregunto qué tiene y me lo va diciendo despacio y por orden.
Una cama, una cuna, una nevera, una mesa, cuatro sillas, seis cajas de plátanos con ropa y un armario que se abre solo.
No tiene coche y en Vigo no tiene a nadie.
Tiene una niña de tres años que a las nueve de la mañana del lunes va a estar en un portal con un hombre del juzgado delante, y me lo cuenta sin subir la voz.
Y yo, que a estas alturas de mi vida ya sé lo que voy a decir bastante antes de decirlo, digo lo que digo siempre.
— Esta noche vamos.
Lo digo con la mano izquierda todavía llena de sangre de la brida y con la cesta a medio recoger y con Rufo a nueve metros de mí. Y lo digo entero, sin dejarme un hueco para volver atrás, porque yo cuando dejo un hueco lo lleno con otra cosa y esta noche no quiero llenarlo.
Luego cuelgo y me quedo un rato mirando el teléfono, que es lo que hace la gente cuando ya ha dicho una cosa y le empieza a pesar.
A Rufo se lo digo desde el suelo, de espaldas, recogiendo el brazo de la cesta y sin mirarle, en la postura en la que digo yo las cosas que no quiero que se discutan.
— Rufo, esta noche tengo una cosa.
— ¿Qué cosa?
— Una cosa.
Y Rufo no dice nada. Eso es lo peor que hace Rufo: se queda quieto, se mete las manos en el mono y mira el tramo cuatro un rato largo. Y luego dice el número de la gente que le queda, en voz normal, la voz que pone para pedir el pan, dice tres, y se va a la furgoneta a por el cable.
A Breo lo pillo en la esquina de la Praza da Constitución, comiéndose un bocadillo de pie, con los cascos puestos y las campanas a todo volumen. Le cuento lo de Kevin en cuarenta segundos, y por primera vez desde el catorce de noviembre Breo me dice que no.
— Yo no puedo.
— Breo.
— Que no puedo, Xandre. Que yo entro a las siete y cuarto con Rufo. Que si me falta a mí, falta el de la cesta.
— Que lo sé.
— Pues eso.
Se lo tenía preparado y se le nota, porque un tío de veinticuatro años que lleva cinco semanas diciendo sí a cosas que no sabe lo que son no tiene esa frase a mano si no la ha estado montando desde ayer.
Y me la suelta mirando el bocadillo y sin subir la voz.
Le digo que hace bien, y se lo digo de verdad, y él se pone el casco del lado izquierdo y me deja ahí.
La Pulga está en la nave con las llaves en el corcho, donde están siempre, porque Brais tiene la manía de que las llaves no se llevan en el bolsillo.
Brais está en Teis descargando un piso con Suso y vuelve a las diez o a las once.
Bajo la persiana yo solo y saco la furgoneta yo solo.
Y cargo las mantas que hay en la estantería del fondo, todas, porque en una casa con una niña de tres años y una nevera se necesitan mantas y porque no me apetece contarlas.
En la barrera de Areal hay un chaval con un chaleco y una tablet, y la tablet le dice que a las ocho de la noche de un sábado de diciembre no entra nadie por ahí.
— Mudanzas Louzán. Está dada de alta.
— ¿A nombre de quién?
— Brais Louzán.
Y lo digo así, con el nombre y el apellido, mirándole a los ojos, y el chaval lo escribe y levanta la barrera y me desea buenas noches. En cuatro segundos justos he usado el nombre de un hombre que no ha dicho una frase entera sin pensarla antes en toda su vida.
Y hay un momento, subiendo por Areal, en el que me acuerdo del papel del seguro.
Lo vi en la carpeta de la mesa el primer día, cuando Brais me explicaba las condiciones y yo hacía como que no escuchaba: dos nombres a máquina, el suyo y el de Suso.
Me acuerdo de eso en el semáforo y luego el semáforo se pone verde.
El piso de Kevin es un cuarto de un edificio en el que las escaleras están hechas para dos personas que se conozcan mucho.
Antía está dormida en el sofá con el abrigo puesto y no se despierta ni cuando bajamos la cuna.
La nevera no sale de frente y no sale de canto, y a la nevera la sacamos por el balcón del primero, apoyada en una plancha, con Kevin abajo llorando y diciendo que él la puede pagar.
En el balcón de enfrente hay un señor mirándonos desde el minuto uno con una bata de cuadros y un cigarro.
— Ese lo está apuntando todo — le digo a Kevin, señalándole con la barbilla.
— Es Fernando. Es buena gente.
— Es buena gente y lo está apuntando todo, Kevin. Míralo.
Y Kevin se ríe por primera vez en toda la noche, se ríe con la nevera en las manos, y luego se pone a llorar otra vez.
A las diez y algo aparece Breo con la bici y sin cascos, sudando, y no dice nada, y coge una caja y sube. Se ha ido de Príncipe en cuanto Rufo le ha dado el relevo y ha venido pedaleando desde el Casco Vello, y le pregunto y me contesta que le tocaba salir, y no le pregunto más.
El armario que se abre solo se abre solo, y lo descubro en el tercer rellano, con la puerta abierta pegada a mi oreja y con Kevin diciéndome desde arriba que en casa nunca lo hacía.
Lo cerramos con cinta de embalar y la cinta aguanta hasta el segundo, y lo cerramos con la correa y la correa se sale, porque una correa es para sujetar y no para cerrar.
Y al final lo baja Breo del revés, con la puerta apretada contra su propia barriga, andando de espaldas y dándome instrucciones a mí desde debajo de un armario, y en cinco semanas yo no le había oído dar una orden.
— Es que en casa nunca lo hacía — dice Kevin otra vez.
Acabamos a las once y cuarto en un bajo de Lavadores que le ha dejado un primo hasta marzo. Le dejamos las mantas puestas por el suelo, que estaba sin nada, y Kevin me da la mano con las dos manos.
Meto la furgoneta en la nave a las doce menos veinte, bajo la persiana desde dentro, cuelgo las llaves en su clavo y salgo por la puerta de personas. Y luego voy al Cordel, que está en la misma esquina y no he cenado, y porque después de una cosa así yo necesito una barra con gente delante.
Puri me pone un bocadillo y me lo pone sin preguntar, y con el bocadillo, de propina, me pone lo que ha dicho otro.
— El de la inmobiliaria estuvo aquí el jueves tomando un café. Con el de la gestoría.
— Ajá.
— Que el edificio entero lo compró un señor de Madrid y que el bajo de la nave lo renueva cinco años, que eso está firmado. Y el piso de arriba lo saca a turístico. En febrero ya lo alquilan por semanas, dijo.
— El piso de arriba.
— El de Brais, meu. Que tiene hasta el siete de enero. Eso lo dijo el de la gestoría delante de mí, y yo no me meto.
Y lo suelta y sigue limpiando vasos, y los va colocando boca abajo en la rejilla de uno en uno, muy despacio, hablando ya del sorteo con el de la esquina.
Y yo me quedo con el bocadillo en la mano, en una barra, delante de la única mujer de este barrio a la que le cuentan todo, y me entero por ella de que el hombre en cuya casa duermo desde el dieciséis de noviembre tiene fecha de salir de ella.
La fecha estaba puesta desde antes de que yo llegase.
Y en cincuenta noches, entre la cocina y la cuesta y la cena de ayer, no ha encontrado un hueco para decírmelo.
Salgo a la esquina a fumarme un cigarro que no tengo y me quedo ahí de pie.
Ha empezado eso de la ría que no llega a llover: no cae agua, no se te moja el abrigo y no hace ruido en el suelo.
Y aun así al minuto y medio tienes la cara mojada, el cuello frío y el gorro pesando el doble.
Está subiendo desde Guixar por el hueco de la calle sin que se vea de dónde sale ni por dónde se va.