Brais
— ¡Vigo! Aquí, en esta punta, que en esta punta no estorbas.
Rufo me señala una silla con el cuchillo del pan. Entro de lado, con la tabla debajo del brazo y las dos borriquetas colgando de la otra mano. Anoche Xandre me dijo que eran nueve y que en el comedor de la pensión había seis sillas y una mesa que cojea.
Levanto las borriquetas.
— Por ahí no. Por ahí está la estufa y luego huele todo a lana quemada.
Monto las borriquetas contra la pared del fondo. Pongo la tabla encima y la muevo un dedo hasta que apoya en los cuatro sitios. Queda mesa para cuatro más, alta, pero queda. Cati llega con un mantel de plástico y lo estira encima sin preguntar si sobra tela o si falta.
Le señalo la botella de sidra que está justo en la juntura de las dos mesas. Me dice que la aparte y que la trajo Breo para hacerse una foto con ella. A partir de ahí ya no me deja tocar nada, porque el mantel es asunto suyo y los vasos también.
En esta pensión he estado antes, y siempre fue a subir cosas. La última subí una lavadora hasta el primero con un tío que se llamaba Ramiro y ya no está. Hoy vengo sin nada que subir y no sé dónde poner las manos.
Xandre está en la cocina discutiendo con la mujer de la Reboreda sobre el horno. Le oigo desde aquí. Le oigo decir que el horno de arriba calienta más que el de abajo y que eso lo sabe todo el mundo. La mujer le dice que el horno es el mismo.
Se sientan nueve y quedamos diez. Rufo reparte el pan tirándolo por encima de la mesa y le acierta a todos.
Breo tiene los cascos colgados del cuello y desde ahí, a todo volumen, sale un villancico con campanas.
Nadie le dice que los quite. Llevan cinco semanas comiendo con esas campanas de fondo y ya es como el ruido de un frigorífico.
— Vigo, tú de esto no comes.
Rufo me pone delante una fuente con algo naranja. Digo que sí como. Como. Está bueno y está caliente y es lo primero que como hoy que no venga en papel de aluminio.
La mujer de la Reboreda sale de la cocina con una bandeja de pimientos y la deja en la juntura de las dos mesas. Están negros por arriba. Xandre viene detrás con el pan, la mira, mira la bandeja y no abre la boca. Es la primera vez en cinco semanas que le veo ganar una discusión callándose.
La cosa de esta gente es que hablan todos a la vez y no se pisan. Es un oficio de gritar de una punta a otra de una calle, y aquí, en un comedor donde no caben dos mesas, siguen gritando igual. Cati le cuenta a Rufo lo del piso de Cangas por decimoquinta vez. Y hay un problema con el trastero.
— Que el trastero está en la escritura y no está en el edificio.
— Eso pasa.
— ¿Y a ti eso te parece normal, Rufo?
Yo lo escucho y hago lo que hago siempre: medir.
Un trastero que está en un papel y no está en un edificio es un armario, dos maletas y una bici que alguien va a tener que meter en el pasillo.
Lo sé porque he cargado tres pisos así. Me lo callo, porque no me lo ha preguntado, y porque hoy no vengo de eso.
Entonces Rufo se acuerda de que estoy aquí y de para qué sirvo.
— Vigo. A ver. Una nevera de las grandes.
— Depende de la nevera.
— Una normal. De las de casa.
— Setenta y cinco kilos. Ochenta si es americana y lleva el dispensador.
Y se hace un silencio raro de dos segundos, y luego se ponen todos a discutir a la vez, porque Breo dice que él subió una a un cuarto solo y Cati dice que entonces eso era una nevera de camping.
Rufo dice un número. Yo digo el mío otra vez.
Y al final la mesa se pone de mi parte, no porque yo tenga razón, sino porque soy el invitado y en las cenas de cuadrilla el invitado gana una.
— ¿Y un piano?
— Un piano de pared, doscientos treinta. Y no pesa lo que cuesta, lo que cuesta es que no tiene por dónde cogerlo.
— Este tío bajó uno por una ventana — dice Xandre desde el otro lado de la fuente.
— Eso lo bajó mi padre. Yo estaba abajo con la cuerda.
Nadie oye la corrección. Es la ventaja de una mesa de nueve.
Xandre se sienta a mi izquierda. No ha dicho nada de la tabla ni de las borriquetas. Se sirve, sirve al de al lado y engancha una conversación que había empezado otro, y a los dos minutos la conversación es suya.
Y por debajo de la mesa me pone la rodilla contra la rodilla.
No la aparta. No la mueve. La deja ahí, exactamente donde la ha puesto, mientras le explica a Breo que la cesta hay que dejarla siempre con el brazo recogido y no medio abierto, porque medio abierto es una invitación.
— Que un día viene alguien y se sube.
— ¿Y quién se va a subir?
— Breo. Cualquiera. Un domingo por la tarde en Ponferrada se subió un señor con un perro.
— Eso no pasó.
— Pregúntale a Rufo.
Rufo dice que sí pasó y que el señor se llamaba Nemesio, y Cati dice que Rufo no se acuerda ni de la ciudad. Y ahí se van veinte minutos discutiendo una historia de la que cada uno tiene una versión distinta, y Xandre, mientras discute, me pone la mano en la rodilla y me la deja.
Yo me quedo quieto. Es lo que hago cuando algo está apoyado y no sé si aguanta.
— Oye, y para el veintidós, ¿cuántos sois?
Me lo pregunta Cati desde el otro lado del mantel. Le digo que dos, y que uno de los dos soy yo.
— ¿Dos para un cuarto sin ascensor?
— Dos y un día entero.
— Yo voy.
Eso es Breo. Lo ha dicho antes de que Cati acabe de negar con la cabeza y antes de saber a qué hora, a qué piso ni de qué se trata. Ya tiene el tenedor en el aire.
— ¿Qué hay que hacer?
— El veintidós entras a las siete a repasar Urzáiz.
— Ah.
Se lo dice Rufo sin levantar la vista del plato, y Breo dice ah y se come lo que tenía en el tenedor, y ya está. Se ofrece a bulto y sin condiciones. A mí me da un poco de vértigo verlo. Hace ocho años yo también decía sí antes de la pregunta y luego lo pagaba en enero.
Cati se apoya en la tabla que he traído, y la tabla aguanta.
— Y tú en enero, cuando esto se acabe, ¿qué haces?
— Trabajar.
— No, digo de casa. De vivir. Digo si te quedas ahí.
Y ahí tengo la frase entera montada en la boca. La tengo desde el uno de septiembre, con la fecha y el número del artículo del contrato, y pesa lo que pesa una cosa que llevas cargando tanto tiempo que ya la coges bien.
— Cati, ¿tú conoces a la mujer de la Reboreda?
Xandre se ha levantado y le está poniendo una mano en el hombro a la mujer, que pasaba por detrás con dos platos.
— Ven, que esta señora tuvo una casa en Cangas y la vendió. Cuéntale lo del trastero. Cuéntale lo del trastero, que tú te vas a reír.
Y se van las dos por Cangas y por las escrituras y por un notario de Bueu, y yo me quedo con la frase montada y sin sitio donde ponerla. Xandre se sienta otra vez. Me mira medio segundo, de lado, y luego le pide a Rufo el pan.
Y yo no la digo. No hace falta ser muy listo: no la digo porque me la ha quitado de encima y porque me viene bien.
Después de comer alguien saca una botella de licor café que no estaba en la mesa.
Cantan. Cantan fatal. Y hay uno con campanas que Breo pone en los cascos y sube al máximo, y el villancico va por un lado y las nueve voces por otro y en el estribillo se juntan por casualidad.
Rufo cuenta las cosas igual que se descarga una furgoneta, lo de arriba primero, y lo de arriba hoy es una campaña de Astorga en la que se quedaron sin cable.
— Y fuimos a comprar cable a una ferretería que abría los domingos.
— Eso fue en Zamora.
— En Astorga.
— Rufo, era Zamora, que estaba yo.
— Tú entraste en el catorce.
Y le dan la razón todos a Rufo, y Rufo se equivoca, y se queda así. Me gusta esta gente. Me gusta de una manera incómoda.
A las once y algo empiezan a mirar el reloj los que entran a las seis. Xandre se levanta a recoger vasos y le dicen que se siente. Se sienta. Se levanta otra vez. La mano se le va sola a la mesa, a apilar cosas que no hacía falta apilar.
Yo bajo la tabla y las borriquetas al portal. Es la excusa más limpia que tengo para irme y la uso.
Cuando vuelvo, en el pasillo, Xandre ya tiene el abrigo puesto y el gorro en la mano, y detrás de la puerta del comedor la gente está cantando otra vez, ahora sin el villancico de Breo, y peor.
— Te acompaño a la parada.
— Voy andando.
— Te acompaño andando.
Salimos al descansillo. La escalera de la pensión huele a lejía y a cera y a comida de nueve personas. Xandre se para en el primer peldaño, se vuelve y se queda ahí, más alto que yo por un escalón, con el gorro en la mano.
— Te quiero — me dice, con el gorro en la mano y la gente cantando detrás de la puerta — . Eso no te lo cobro.
Y yo tengo treinta y cinco años y he bajado un piano por una ventana.
— ¿Te puedo coger el gorro?
Me lo da. Se lo cojo. Es de lana gorda, de las que pesan cuando se mojan, y está caliente por dentro porque lo ha tenido en la mano todo el rato. Me lo quedo yo. Bajamos.
En la calle hay una humedad que se te mete por el cuello. La ciudad está encendida hasta arriba y desde Beiramar se ve el centro entero como una cosa que alguien ha dejado enchufada. Bajamos por la acera de la derecha porque la de la izquierda está levantada.
Y hablamos de otra cosa.
— ¿El de Lugo cuál es, el gordo?
— El gordo es Delmiro. El de Lugo es Delmiro.
— Pues el gordo tiene razón en lo del reloj.
— Los dos tienen razón en lo del reloj. Es el problema.
— ¿Y no se lo pueden partir?
— Es un reloj, Xandre.
— Si es de esos de caja, le das la maquinaria a uno y la caja al otro, y entonces cada uno tiene medio reloj y ninguno de los dos se ha quedado sin nada, que es lo que quiere la gente cuando se pelea por una cosa.
— Eso es un reloj roto y una caja vacía.
— Tú lo dices porque lo has cargado.
Y se calla, y va contento, y lo del reloj lo tenía entendido desde el principio y lo ha dicho solo por decirlo.
Voy haciendo la cuenta mientras bajamos y a partir de un momento la hago en voz alta sin darme cuenta. Xandre va a mi lado con las manos en los bolsillos, sin gorro, escuchando una lista de muebles y sin interrumpirme una vez.
Cuatro horas y media el primer viaje. Descarga en Teis, cuarenta minutos. Vuelta al centro con la calle ya cerrada, treinta y cinco. Eso son las once y media y a las once y media no se puede entrar. Ahí se rompe la cuenta y ahí se rompe todos los días desde el lunes.
Subimos sin encender la luz de la nave, y arriba, antes de que llegue al interruptor, Xandre me mete las dos manos por debajo del abrigo, por los costados, por dentro del jersey. Las tiene heladas.
— Hostia.
— Quieto.
— Que están congeladas.
— Ya. Y tú estás caliente. Es un intercambio.
No las mueve. Las deja donde las ha puesto, igual que ha dejado la rodilla toda la cena. El gorro se me cae de la mano y no lo recoge ninguno. Y yo abro la boca para preguntar, porque es lo que hago.
— Sí.
— No he dicho nada.
— Ibas a decirlo. Llevas toda la noche a punto de decirlo.
Me lleva por el pasillo de espaldas, con las manos en la cintura de mi pantalón, y yo ando hacia atrás sin ver por dónde piso. Le doy con el hombro en el marco de mi puerta y nos reímos los dos.
— La cama es esa.
— Sé cuál es la cama. Es mi casa.
— Pues métete.
Y me meto. Hago lo que me dicen sin mirar antes por dónde, y eso no lo hago yo nunca. Todavía llevo el abrigo puesto: me lo saca por un brazo y por el otro se atasca, y nos quedamos los dos ahí, resolviendo un abrigo.
— Deja, que esto es lo mío.
— Esto no es lo tuyo.
— Yo desmonto arcos de ocho metros con guantes puestos.
Tarda. Lo resuelve, pero tarda.
Luego se me sienta encima a horcajadas y se acaba la discusión de quién lleva esto. Me abre la camisa, se deja los dos botones de abajo sin desabrochar y baja con la boca por el pecho y por la barriga sin saltarse nada. Le pongo la mano en la cabeza y me la aparta.
— Las manos arriba.
Me las sube él a los barrotes de la cabecera y las deja allí, y allí las dejo yo, que me paso la vida diciéndole a la gente por dónde se coge cada cosa. Lo hace despacio y con toda la intención de que dure. Aguanto lo que aguanto. Cuando se me va la voz, para y levanta la cabeza.
— Ah, no.
— ¿No qué?
— Que hoy no. Que hoy esto dura.
Se estira por encima de mí para llegar al cajón de la mesilla y me clava la rodilla en el muslo. Y luego me pone de lado, y boca abajo, y otra vez de lado, porque no se decide.
— ¿Acabas?
— Estoy calculando.
— Anda, mira. El que calcula.
Se toma el tiempo que hace falta y un rato más, y me habla al oído.
— Respira. Ahora suelta.
— Ya.
— Otra vez, Brais. Suelta.
Y suelto, y entra despacio, y me quedo sin un sitio del cuerpo donde ponerme. Es un peso encima y por dentro a la vez. Yo cargo pesos todos los días y ninguno se parece a este.
Se queda parado con la boca en mi nuca. Luego empieza, y no me deja quieto. La lámpara de pinza se gira sola y nos deja la luz en la cara, y él la aparta con el codo sin parar.
— No pares.
— Que no paro.
Me pone la mano abierta en la mandíbula y me gira la cara para verme. Me mete la otra por debajo y me busca, y me lleva a su ritmo, y su ritmo no es el mío. Digo cosas que no son palabras. Le oigo reírse encima de mí, muy bajo y muy contento, y me acaba eso.
Acabo yo primero y no me da tiempo a avisar de nada.
Él va detrás, con la frente en mi hombro y respirando fuerte. Luego se cae de lado y me deja el brazo debajo de la espalda, y no lo saco.
— Has comido lo que comen nueve.
— He comido lo que comen nueve menos tú.
Se me suelta el cuerpo por partes, primero los pies y luego la cabeza. Y en cuanto la cabeza se queda libre se pone a trabajar sola, y se pone a trabajar en la escalera de Cesteiros.
— Ese armario no baja por esa escalera.
— Baja.
— No baja, Xandre. Lo he medido.
— Por la escalera no.