Donde acaban las luces Xandre
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Xandre

Voy por el pasillo con una bota puesta y la otra en la mano, medio saltando, y ya sabiendo que el café que he puesto se va a quedar en el fuego, porque el café de esta casa se hace en una cafetera de aluminio que tarda seis minutos y yo hoy tengo cuatro.

Jueves. Seis y cuarenta. A las siete y media hay que estar en Príncipe con la Duquesa lavada, porque hoy viene el técnico de la contrata a mirar el arco grande y Rufo quiere que lo vea con el tramo entero encendido.

Brais está en la cocina de pie, con el pantalón puesto y sin abrochar, sin camiseta, mirando la ventana con un vaso de agua en la mano y ese pelo que tiene por las mañanas.

— El café está subiendo — dice.

— Lo sé.

— Se te va a salir.

— Que se salga.

Y entro, y apago el fuego, y no vuelvo a salir de esa cocina en once minutos.

Empieza porque le paso por detrás para llegar al fuego y le pongo la mano en el costado para apartarlo, y él se aparta, pero se aparta hacia mí, que es exactamente lo contrario de apartarse. Y ahí nos quedamos los dos de pie en dos metros de cocina, y a partir de aquí no hay orden ni concierto.

— ¿Voy? — dice, con la mano ya puesta donde la tiene.

— Vas.

Nos besamos mal, con prisa y con la boca del café. Le abrocho un botón por hacer algo con las manos y luego se lo desabrocho, y Brais se ríe con la boca en mi cuello y me dice que soy un desastre y yo le digo que ya lo sabía.

— Ponte ahí.

— Ponte tú ahí.

— Yo lo he dicho antes.

— Yo tengo el fregadero.

— Y yo tengo la puerta.

Y esa discusión, que dura veinte segundos y que no va a ganar ninguno de los dos, la resolvemos de la peor manera posible: los dos a la vez.

Nos metemos la mano el uno al otro en el mismo movimiento, apretados contra la encimera, con un codo mío en el escurridor y una rodilla suya entre las mías, y en los primeros diez segundos parecemos dos primos intentando pasar los dos a la vez por la misma puerta de una casa que no es suya.

— Espera.

— No.

— Xandre, que me estás dando con la cadera en el cajón.

— Ábrelo y así te da por dentro.

Se ríe. Se ríe de verdad, con la cabeza para atrás, y se le va la mano y me hace daño y me pide perdón sin dejar de reírse, y yo le muerdo el hombro y aprieto más deprisa para que se calle, y funciona un poco.

Y aquí hay una cosa que hay que decir de este hombre, porque si no parece que yo esté aquí solo: Brais en la cama es callado y Brais en la cocina a las siete menos veinte es otra persona.

Habla. Dice cosas cortas y muy claras, en el mismo tono con el que dice por dónde se coge un armario, y a mí ese tono me tiene perdido desde la primera noche que se lo oí.

Y estamos los dos descalzos en un terrazo que está a la misma temperatura que la calle, y a él le da igual y a mí también, y las plantas de los pies se quedan pegadas al suelo y hacen un ruido tonto cada vez que nos movemos, que es el ruido menos elegante que se ha oído en esta casa.

Nos apoyamos en la mesa. La ventana tiene un visillo de los de su madre, que deja pasar la calle entera.

— El visillo — dice.

— El del balcón de enfrente no llega a ver esto ni con prismáticos.

— Ese hombre tiene prismáticos.

— El de enfrente tiene prismáticos y tiene setenta años y a esta hora está durmiendo, y si nos ve, mira, se alegra por nosotros.

Y me subo a la mesa, que cruje pero aguanta, y le tiro del pantalón hacia abajo con las dos manos, y a él el pantalón se le queda a media pierna y ni se molesta en bajárselo más porque tenemos, y esto lo sabemos los dos, unos siete minutos.

Le cojo la mano y me la pongo donde la quiero y él me pone la suya y me la mueve, y entonces sí nos ponemos de acuerdo, porque hay dos maneras de ponerse de acuerdo y una es hablando.

Va rápido. Va muy rápido y es tonto y es buenísimo.

Yo le miro la cara. Él me mira la mano. Le pido que se acerque más y se acerca, y quedamos los dos pegados de frente, con las dos manos cruzadas en medio y las frentes juntas, y desde ahí, muy bajito y muy seguido, me dice tres cosas.

— Más despacio.

— No.

— Así, entonces. Así. No sueltes.

Y le contesto que no voy a soltar, y no suelto, y Brais baja la cabeza y me mira la mano otra vez y se le va la respiración a otro sitio, y yo le paso el pulgar por donde sé que le pasa algo cuando le paso el pulgar, porque eso lo aprendí el viernes cuatro y me lo guardé en la cabeza igual que me guardo un nombre nuevo, para siempre y a la primera.

— Xandre, joder.

Y se corre así, con esas dos palabras, agarrado con la mano libre al canto de la mesa, con el canto de la mesa crujiendo, y con la frente clavada en mi frente, y yo le aguanto la cadera con la rodilla para sujetarle el peso.

Yo tardo cuatro segundos más. Me corro con la cara metida en su cuello, agarrado a su antebrazo con las dos manos, y con los talones dándole en la parte de atrás del muslo sin control, y encima me río al final, que es una cosa que me pasa siempre y que a la gente le desconcierta muchísimo.

Nos quedamos ahí. Yo sentado en la mesa, él de pie entre mis rodillas, los dos respirando como dos hombres que acaban de subir un piano.

Y a los once minutos, con el café quemado y la cocina hecha un desastre, no hace el chiste ninguno de los dos.

Ni él ni yo, que soy el que hace los chistes.

Nos quedamos quietos igual que dos tíos que se encuentran en un andén y descubren que les quedan tres paradas juntos y que ninguno tiene ganas de leer.

— Las siete menos diez — dice, pegado a mi sien.

— Lo he oído.

Nos limpiamos con el paño de los platos, que es un delito, y lo tiro a la lavadora antes de que pueda decir nada. Se abrocha el pantalón por segunda vez esta mañana. Yo me pongo la segunda bota, sentado en la mesa, y me caigo de la mesa, y me levanto riéndome.

Y así, con una bota atada y la otra no, y con el café frío y quemado en el fondo de la cafetera, le digo lo que llevo dos días queriendo decirle.

— Mañana hay cena.

— ¿Otra?

— La otra era de la contrata. Esta la paga Rufo de su bolsillo, que es lo que hace todos los años el día que se acaba el montaje y empieza el mantenimiento. Y no es una cena de trabajo. Es una cena.

— ¿Y?

— Y quiero que vengas.

Brais coge la cafetera, la abre debajo del grifo y se le sube un vapor de café quemado a la cara. Tarda en contestar lo que tarda en enjuagar una cafetera, que en este hombre es una unidad de tiempo perfectamente medible.

— Con dos condiciones.

— Dime.

— La primera, que no me presentes a nadie.

— Eso no lo puedo cumplir.

— Esa es la condición, Xandre. No me lleves de la manga por una mesa diciendo mi nombre. Si alguien me pregunta, contesto yo.

— Hecho.

— La segunda, que pago lo mío.

— Paga Rufo.

— Yo pago lo mío o no voy.

Y ahí sí me callo, porque llevo treinta y un días viviendo con él y ya sé las frases que no se le discuten, y esa es una. Le digo que le pago lo suyo a Rufo por debajo. Me dice que no. Le digo que le doy el dinero a Rufo delante de él. Me dice que eso sí.

— Las dos aceptadas — digo.

— Pues ya está.

— Y una tercera.

— Las condiciones las pongo yo, que soy el que va.

— Una tercera pequeña. Que no te vayas antes que yo.

Y lo digo así, rápido, mirando la bota, atándola, con el mismo tono con el que se pide un favor de nada, y no levanto la cabeza hasta que acabo el nudo.

Y cuando la levanto Brais está mirando la pared de enfrente con la cafetera en la mano y el paño en el hombro, y se ha quedado quieto de esa manera suya de quedarse quieto, con las manos ocupadas y todo lo demás parado.

— Eso no es una condición — dice.

— Es media.

— Eso es una hora de vuelta a casa.

— Es media condición, Brais.

— Está bien.

Y baja la escalera delante de mí a las siete menos cinco, con la carpeta debajo del brazo y sin añadir una palabra, y a mí me deja arriba con la boca abierta y la casa oliendo a café quemado, y yo cojo el chaquetón, y el gorro, y las llaves que no son mías, y salgo detrás.

En la calle hay niebla de la ría, de esa que se queda a media altura y deja las azoteas fuera, y ese frío que sube desde el puerto y se te mete por el cuello del chaquetón buscando el sitio donde acaba la bufanda, que yo no llevo bufanda porque yo no tengo frío.

Y en la Praza do Bazar, a las siete en punto, arrancan el generador de la pista de hielo, y encima del ruido del generador una mujer sale al balcón del tercero y le grita a un crío que va a perder el autobús.