Brais
Delmiro me ha dicho por teléfono a las siete y diez que las cajas suben hoy o no suben, y por eso voy por el segundo tramo con dos vacías, una encima de la otra, sujetas con la barbilla.
Es el sistema de siempre, y no es por listo: dos cajas planas se suben de una vez si las llevas de canto y no mirando de frente, y aquí, además, no queda otra, porque por este hueco no pasa un hombre con las manos abiertas.
En el primer viaje me cruzo en el portal con una señora que baja con el carro de la compra y me da los buenos días por mi nombre. Yo no sé cómo se llama. Xandre sí. Xandre lo sabe desde el día dos y me lo ha dicho dos veces, y yo lo he olvidado las dos.
Subo doce cajas y dos rollos de papel en cuatro viajes.
Miércoles dieciséis, ocho y veinte de la mañana, con el permiso puesto en el parabrisas y la furgoneta en la esquina de Real.
Xandre está en Príncipe desde las seis. Suso está en Bouzas con el furgón pequeño.
Esto lo hago yo porque las cajas hay que dejarlas dentro dos días antes, para que la gente empiece a llenarlas y luego se dé cuenta de que no sabe.
Tardo cuarenta minutos. Sudo con el frío que hace.
En el segundo viaje el portal huele a lejía. En el tercero, a caldo.
Y en el cuarto, cuando bajo, el hombre del tercero izquierda está en su puerta.
Está como la otra vez, en zapatillas y con la rebeca abrochada hasta arriba, y no tiene el trapo.
Tiene la puerta abierta de par en par, con el pasillo iluminado detrás.
Se ve un perchero y media cocina. Yo digo buenos días.
— El agua caliente tarda cuatro minutos desde que se abre el grifo — dice — . Eso es porque el termo está en el otro extremo. Yo abro y me voy a hacer la cama, y cuando vuelvo ya está.
— Buenos días.
— Y en la escalera no hay luz de las diez a las once porque el temporizador está mal puesto. Se lo he dicho a la administradora dos veces.
— Se lo apunto al del portal.
— No hace falta. Yo subo con la del móvil.
Bajo un escalón más y él da un paso hacia el rellano, y ahí me quedo yo con las cajas de papel debajo del brazo, porque nunca he sabido salir de una conversación con un hombre mayor en una escalera.
Es una de las tres cosas de este oficio que no he aprendido en dieciocho años.
Las otras dos son cobrar por teléfono y decir que no dos veces seguidas.
— ¿Usted trae las cajas o trae los cables?
— Las cajas.
— Suben mucho los dos. Y la de arriba tenía una cortina en la galería que quitó en agosto y no volvió a poner. Yo se lo dije. Con el sol de la tarde ahí no se puede estar.
— Ya casi no hay sol de tarde.
— En agosto sí.
— ¿Y usted qué hace con las cajas?
— Las subo. Las llenan ellos.
— Pues les va a hacer falta ayuda. Los dos hijos son de manos torpes, y eso se lo digo yo, que les he visto crecer en esa escalera.
— Con permiso, don Herminio.
Y entonces se mete dentro de su casa y me deja ahí. Se mete y no cierra, y le oigo por el pasillo, y vuelve en veinte segundos con una cosa en la mano.
Es un escabel. De madera, bajo, de los de dos peldaños, con la tabla de arriba comida por el uso y limpia por el centro, del color que coge la madera cuando la pisa el mismo pie durante años.
Está limpia solo por el centro. Ahí sube él.
La pata de delante, la derecha, está partida a media altura y arreglada con dos bridas de plástico negro, cruzadas, muy apretadas, con los cabos cortados a ras.
Me lo pone delante, a la altura del pecho, y espera.
— Esto aguanta a un hombre hecho. Yo me subo todos los días para el armario de encima del fregadero.
— Se ve que aguanta.
— Las bridas las pedí en la ferretería y me dieron cuatro. Me sobraron dos.
— ¿Lo cojo yo?
Me lo da. Pesa poco y no baila. Le toco las bridas con el pulgar. Están tirantes. Y las bridas están puestas bien, cruzadas y no en paralelo. Así las pone el que sabe y no el que lo ha visto hacer. Xandre lleva un manojo de estas en el chaquetón y las pierde por toda la casa.
— Este no es mío — dice.
— ¿No?
— Este está aquí.
Y ahí lo tengo. Ahí lo tengo entero, en el rellano de un tercero, a las nueve menos veinte de la mañana de un miércoles, con un escabel en las manos y un papel en el bolsillo del pecho.
La lista tiene veintidós cosas. La quince es la banqueta de la cocina, la buena.
La buena. Con esas dos palabras al final, escritas por una mujer que sabía perfectamente cuál era la otra y quién la tenía y desde cuándo, y que no lo puso en una hoja firmada ni se lo dijo a sus hijos, y que lo escribió a mano en un papel que metió en el cajón de una cómoda que no está en ningún inventario, con tres palabras a lápiz arriba, encima de todo, para que se leyera primero.
Para o de abaixo.
Le devuelvo el escabel. Se lo pongo en las dos manos, que las tiene, y lo coge por la tabla y no por la pata. Le digo que ese está muy bien arreglado. Se lo digo dos veces.
Y no le digo nada más.
No le digo que hay un papel. No le digo que hay veintidós cosas.
No le digo el número quince ni le digo lo que hay escrito arriba, y no lo digo por una razón que se pueda escribir en un parte.
Lo tengo en el bolsillo y ahí se queda, y a las nueve menos cinco me estoy metiendo en la furgoneta en la esquina de Real con el permiso vencido en cinco minutos.
La hoja de ruta está pegada en la puerta.
La cuarenta y dos sigue sin fecha y hoy tampoco la pongo.
A las diez y veinte estoy en el taller, que huele a goma quemada y tiene la radio puesta en un programa de discos dedicados.
Suena baja. Ahí dentro siempre suena algo.
Iria tiene la mitad del cuerpo debajo de un coche y solo se le ven las botas y una linterna.
Le he traído la llave de vaso del diecisiete, que era suya y que ella me prestó y que llevo tres semanas devolviéndole.
La dejo en el banco. Ella saca una mano y la palpa hasta encontrarla.
— He estado en Cesteiros.
— ¿Y qué tal la escalera?
— Mala. La ventana vale.
— Bien.
Y se queda debajo del coche. Y yo me quedo de pie en la puerta del foso con las manos en los bolsillos, esperando, porque hay una cosa más y no me sale.
— Iria.
— Dime.
— Hay un papel en ese piso que no es de los hermanos.
— ¿Y de quién es?
— Del vecino de abajo. Creo.
— ¿Y qué vas a hacer?
Y no le contesto. Y ella tampoco. No me dice que eso es la junta y no el motor.
No me dice ninguna de las cosas que dice esta mujer diez veces al día sobre gente que no le ha pedido opinión.
Le da tres golpes a algo con el mango de la llave, sale del coche rodando en la tabla, se limpia las manos en el pantalón y se pone a mirar la factura que tiene pinchada en un clavo, que es la mía.
— Esa factura ya la tengo yo.
— ¿De dónde?
— De mi madre.
— Tu madre me la pidió el viernes por teléfono, con el número y con la fecha. A tu madre no se le dice que no.
— La segunda entra bien — digo.
— Lo sé, la he oído esta mañana desde aquí.
Cierro la puerta del taller con el hombro, porque el pestillo está dado de sí.
Y subo a hacer la cena.