Brais
Martes quince, siete y treinta y cinco de la mañana, Rúa dos Cesteiros, con el permiso de carga en el parabrisas y hora y media de luz mala por delante. Hace frío y no llueve. Mejor así.
La ventana de la galería cabe. Hemos venido a saber eso y lo sabemos en once minutos, que es menos de lo que tarda uno de los hermanos en decir hola.
Yo arriba con el metro y la libreta, Xandre abajo en la acera con la linterna del móvil marcándome el aplomo desde la calle, y una señora del portal de al lado que sale a preguntar si somos de la luz y que se queda a mirar.
La hoja de la ventana da de sobra. El antepecho está sano y las bisagras aguantan abiertas.
Debajo hay acera y un escalón, y un escalón se tapa con un tablero.
El metro no engancha bien en el alféizar.
Lo sujeto con el pulgar. Anoto tres números y una flecha.
Bajo, guardo la libreta y le digo que sí, que se puede.
— ¿Y quién da cuerda? — dice.
— Eso lo vemos.
— Eso lo veo yo, que es lo mío.
— Lo hablamos.
Y nos tomamos un café de máquina en la calle, con el vaso quemando y las manos frías, y no hablamos de nada más porque a las nueve menos cinco tengo que estar arrancando. El café está malo. Está caliente. Con eso basta.
A las nueve estoy en la nave. A las nueve y cuatro empieza el día de verdad.
Nueve llamadas de aquí a las dos de la tarde, contando las de los dos hermanos, y todas por el mismo mueble.
Cinco son de Delmiro y cuatro de Fito. Y el mueble no es el armario grande ni es la vitrina: es un reloj de pared que no da la hora.
Las apunto en el reverso de un albarán para no perder ni una.
Nueve y cuatro, Delmiro. Delmiro no saluda: Delmiro lee. Lee desde el punto uno aunque le digo que del uno al diez está firmado, y en el punto trece dice que el reloj se va a Lugo y que eso lo apunte bien.
Nueve y veinte, Fito, que pide perdón antes de que yo abra la boca.
— Perdona a Delmiro, que él es así desde chaval.
— Dime qué necesitas, Fito.
— ¿Ha dicho algo del reloj?
Y ahí está el trabajo de estos veintitrés días, que no está en ninguna hoja de ruta: yo soy un cable.
Cansa más que cargar. Cargando sabes cuándo acabas.
A las once y diez me llaman los dos a la vez, Delmiro al móvil y Fito al fijo, y me paso once minutos de pie entre los dos aparatos, con un auricular en cada oreja, traduciendo.
— Fito dice que la foto la hizo su mujer.
— Dile que la mujer de Fito no había nacido.
— Eso no lo digo, Delmiro.
— ¿Por qué no lo dices?
— Porque no está en el contrato.
Suso entra a por las llaves, se queda en la puerta mirándome con un teléfono en cada oreja y se le pone una cara que no se le ha puesto nunca por nada que yo haya cargado.
A las doce menos cuarto Fito dice la palabra abogado.
La dice bajito, con cuidado, y añade que si hace falta va.
A la una menos veinte Fito llama para decir que no llama más. A la una y diez Fito llama.
A la una y veinte dejo el móvil boca abajo encima de la mesa y me quedo mirando el corcho de los permisos un rato largo, con las dos manos en los riñones. Después nos vamos a Lavadores.
La de Lavadores es un tercero con ascensor de cuatro personas y un pasillo con dos codos, y es la clase de mudanza que parece fácil desde la calle.
En el ascensor no entra el somier. En el pasillo no gira el aparador.
Y la clienta ha llenado once cajas de libros hasta arriba, que es el error más común de este oficio y el que más espaldas se lleva por delante: las cajas de libros se hacen a medias y se rellenan con lo blando.
Muevo una lámpara de pie que está justo donde tenemos que pasar.
— Ay, sí, perdón. Ya la aparto yo.
Y la aparta ella y la pone en el otro sitio malo, que también es de manual. Yo la vuelvo a apartar. Ella se disculpa otra vez. En este oficio se pide perdón muchísimo y casi siempre de más.
El aparador no gira en el segundo codo del pasillo, y ahí solo hay dos cosas que hacer: quitarle las puertas o quitarle la moldura de arriba.
Le quito las puertas. Cuatro tornillos por bisagra y una bolsa con el nombre del mueble escrito en la bolsa, que es el único sistema que funciona y que nadie usa.
Gira. El somier lo subo yo por la escalera, de canto, cuatro tramos, porque en ese ascensor no entra ni doblado.
Los libros pesan más que la ropa y ocupan menos, y eso engaña a todo el mundo.
Suso los baja de dos en dos, sin una queja, y a mitad de faena me suelta que el hotel de Portonovo tiene el desayuno hasta las once y media, y que eso, en agosto, con su madre, es una hora que vale dinero.
Se lo digo. Le digo que vale dinero. Y él asiente como si le hubiera firmado algo.
La clienta nos da diez euros al acabar y yo se los devuelvo, porque el precio estaba en el presupuesto y en el presupuesto está todo.
Ella insiste. Se los dejo encima de la mesa de la entrada.
Suso los ve quedarse ahí y en el portal me dice que un día voy a perder un cliente por esto.
A lo mejor. De momento tengo cuarenta y uno firmados.
A las siete y media estamos de vuelta y descargamos con la calle a oscuras y la guirnalda de la Rúa do Cotarelo encendida hasta el poste de la esquina y no más allá. Ordeno las mantas. Salieron nueve. Vuelven ocho. Ya no pregunto.
Y a las ocho y diez, con la persiana a medio bajar, Xandre entra por la puerta de personas con el chaquetón mojado, se apoya en la mesa con las dos manos y me hace la pregunta por segunda vez en seis días.
— ¿Has llamado al del tercero?
— No.
— ¿Vas a llamar?
— No.
— Brais, esa mujer escribió veintidós cosas para un hombre que vive un piso por debajo. Y la nota de arriba la puso a lápiz, encima de todo, para que se leyera antes que la lista.
— Lo he leído.
— Pues eso.
— No estoy contratado para eso.
Lo digo con esas cinco palabras y no las digo enfadado.
Las digo como doy un dato. El veintidós tengo dos furgonetas, dos direcciones, dos ciudades y cuatro horas de permiso; tengo un armario de uno ochenta y seis que hay que sacar por una ventana; tengo dos hermanos que se comunican por mí y una factura de setecientos sesenta euros que se paga en enero.
Eso es lo que hay firmado y eso es lo que se hace.
— ¿Y si te lo pido yo?
— Tú no eres el cliente.
Eso le cambia la cara. Se la cambia poco, un pliegue en un lado de la boca, y se le pasa en dos segundos, porque este hombre no sabe estar enfadado más rato. Coge el vaso que hay en la mesa, se lo bebe, lo deja exactamente donde estaba y se va a la escalera.
— Muy bien, jefe — dice, y sube.
Y yo me quedo abajo, porque tengo el parte del día sin hacer y el parte se hace antes de subir.
Lo hago yo, todas las noches, en esta silla y con este bolígrafo, desde hace cuatro años.
Es una hoja con casillas: fecha, viajes, kilómetros, gasóleo, incidencias.
Las incidencias son la parte que sirve. Las incidencias son las que te salvan cuando un cliente llama en marzo diciendo que le falta una lámpara y tú puedes decirle en qué habitación estaba y a qué hora.
El bolígrafo de la nave es azul. El de mi madre es rojo. Aquí no entra el rojo. Escribo la fecha, los tres viajes, los kilómetros y el gasóleo, y hasta ahí el parte es un parte.
Incidencia uno: permiso de carga Cesteiros, seis a diez y media, utilizado de siete y media a nueve. Incidencia dos: ventana de galería del cuarto izquierda apta para descenso con eslingas. Pendiente decidir operario.
Incidencia tres: Delmiro Sanmartín modifica su relación en el punto trece. Reloj de pared pasa a destino Lugo. Fito Sanmartín manifiesta desacuerdo y menciona vía legal. Se le informa de que la empresa ejecuta lo firmado.
Y luego me saco del bolsillo del pecho el papel doblado en cuatro, lo abro encima de la mesa y le paso el dedo hasta el número catorce.
El catorce es el reloj de pared. Está un piso por encima de la puerta del tercero izquierda. Con bajarlo un piso se acaban las nueve llamadas de hoy.
Y escribo la cuarta.
Incidencia cuatro: el día dos se localiza, en el cajón de la cómoda del pasillo del cuarto izquierda, una relación manuscrita de veintidós objetos, sin firma y sin fecha, con la anotación a lápiz «para o de abaixo».
No figura en las relaciones firmadas por los contratantes.
Esta empresa no tiene encargo sobre esos objetos.
El documento queda en poder de esta empresa a la espera de que se reclame por escrito.
La leo despacio. Está bien escrita, es exacta y no le falta un dato.
Cualquier abogado la leería y me daría la razón en cuatro líneas.
Mi padre no habría escrito eso. Mi padre habría subido al tercero antes de escribir nada, y habría bajado sin cobrar, y por la noche no habría escrito ni una línea, porque mi padre no hacía partes.
Y por eso mismo la dejo. No la tacho. La leo otra vez, de pie.
Vuelvo a doblar el papel por los mismos pliegues, me lo meto otra vez en el bolsillo del pecho y me lo abrocho.
Cojo el bolígrafo y empiezo la incidencia cinco, que es que el metro de cinco tiene el freno roto y hay que darlo de baja, y cuando llego al final del renglón ya no me cabe y sigo en el de abajo, y arriba, en la cocina, Xandre está poniendo dos platos en la mesa.