Donde acaban las luces Xandre
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Xandre

— Baja tú la persiana, que a mí me chilla.

— Te chilla a ti y me chilla a mí. Chilla.

— A ti te chilla menos.

Son casi las nueve y media de un sábado y estamos los dos en la nave devolviendo a su sitio lo que ha vuelto de un día de tres mudanzas, y esa persiana baja con una queja larga y muy digna, y luego, cuando ya está abajo del todo, suelta un último quejido para que quede claro que ha bajado por voluntad propia.

Baja. Chilla. Brais le da el último empujón con la palma de la mano y la nave se queda cerrada por dentro, con la ciudad iluminada ahí fuera y aquí un tubo fluorescente en el techo que zumba como una mosca en un vaso.

Enciende la estufa de gas, que es el Obispo, y tarda tres cerillas y luego se pone rojo y hace su trabajo sin moverse del sitio.

Hoy hemos hecho tres. Una de Coia a Navia con dos viajes, una de un cuarto de Urzáiz que era media casa, y un traslado de guardamuebles de cuarenta minutos que ha pagado en efectivo un señor de abrigo largo que no ha querido ni subir a mirar.

Yo hoy libraba, porque los sábados la cuadrilla solo tiene guardia de averías y este sábado no se ha estropeado nada, y he venido igual, y he cargado igual, y a las cinco Suso me ha dicho que a este ritmo me va a tocar poner gasóleo.

En la boca de Suso eso es un cumplido enorme.

Yo estoy en la zona del suelo libre, en el centro, con un rollo de plástico de burbujas a medio cortar y las manos ocupadas en no hacer nada.

Reviento una burbuja. Reviento dos más, seguidas.

Es un ruido que a Brais le pone de los nervios y esta noche me deja, y por ahí empiezo a entender que esta noche vamos a otra parte.

Y estoy nervioso, que es una cosa que a mí me pasa poco y que se me nota siempre en las manos: si tengo plástico lo reviento, si tengo una brida la doblo hasta romperla y si no tengo nada me pongo a colocar cosas que ya estaban colocadas.

Llevo tres baldas ordenadas esta noche. Eso lo hago yo solo.

Porque el viernes cuatro fue una cosa y esto es otra. El viernes cuatro él preguntó nueve veces. Yo llevaba la voz, yo llevaba las manos, yo le decía cómo se llamaba cada trozo de mi cuerpo, y a él aquello le funcionaba como le funciona un mueble bien envuelto: seguro, despacio, sin un golpe.

Hoy Brais deja la carpeta de los albaranes encima de la mesa, cruza los ocho metros que hay hasta donde estoy y no dice nada.

No pregunta.

No pregunta y yo llevo veintiséis días viendo a este hombre pedir permiso para tocar el asa de una puerta que es suya, para coger un vaso de su propia cocina, para apartar una silla de su propio salón, para ponerme una mano en el hombro delante de Puri.

No pregunta. Me pone la mano abierta en el esternón, me empuja hacia atrás tres pasos y me deja contra la estantería de las mantas, con las baldas en la espalda y el rollo de plástico todavía en mi mano izquierda.

Y me besa así, con la mano abierta ahí, sin quitarla.

Yo suelto el plástico. El plástico hace un ruido gordo en el suelo de cemento y lo dejamos ahí.

Se me quita el chaquetón por los hombros y lo deja caer, y luego el jersey se va por arriba y ahí sí hay una pelea corta con la manga, y me dice al oído que no me mueva, que ya está, y me lo saca él.

Me pone la boca en el cuello. Me muerde poco y bien.

Con la mano derecha me abre el pantalón, con la izquierda me sujeta la cadera contra la balda y no me deja separarme ni cuatro dedos, y ese es el momento exacto en el que yo me quedo sin frases, que a mí no me pasa y que a los treinta y tres años ya no esperaba.

— La goma la llevo en la cartera — digo.

— ¿Desde cuándo?

— Desde antes de Vigo. Y sí, la he mirado. No está caducada.

— ¿Y lo otro?

— En el chaquetón. Bolsillo de dentro. Desde el viernes.

— Desde el viernes.

— Sí, Brais. Yo soy un hombre previsor y tú eres un desastre.

Se ríe contra mi hombro, una vez, y es la única vez que se ríe en toda la noche, y se agacha a buscarlo en el chaquetón mientras yo me quito una bota apoyándome en la estantería a la pata coja, que es la postura menos elegante que ha tenido un hombre en esta provincia.

Y a partir de ahí va todo hacia delante y no hay una sola pausa para preguntar nada.

Me pone de cara a las baldas. Me pone las manos donde quiere, una en la nuca, no apretando, y la otra abajo, y me dice al oído que me esté quieto, y que hoy manda él, y que voy a aguantar lo que él quiera aguantar, y luego me lo repite todo otra vez más despacio y más cerca.

Yo apoyo los antebrazos en la balda de arriba y tiro la cabeza para abajo.

Huele a manta de mudanza y a cartón y a gas de estufa.

La balda me está clavando el canto justo debajo de las costillas y me callo porque no me importa lo más mínimo.

Va despacio al principio. Va despacio y me habla, y lo que me habla no son cosas bonitas.

— Las dos manos en la balda.

— Están.

— Más abajo la cabeza. Y no sueltes.

— No suelto.

— Ahí — dice, muy bajo y muy cerca de la oreja — . Ahí te quedas y aguantas.

Y a mí que un hombre me diga instrucciones al oído mientras me la mete es una cosa que me gusta muchísimo y que he averiguado esta misma noche.

— Así — digo — . No pares.

— No.

— Más.

— Sí.

Y coge ritmo, y la estantería se mueve, y en la balda de arriba hay una caja de cinta que se cae al suelo entera y se queda ahí, y yo me agarro con las dos manos al hierro de la balda y empujo hacia atrás para ir a buscarle, y desde ahí lo único que oigo es él respirando por la nariz y el fluorescente zumbando en el techo.

Luego me saca, me da la vuelta y me lleva al suelo.

Y esto es lo mejor de la noche y lo cuento entero: hay cuatro mantas de mudanza dobladas en el suelo, en el centro, porque las hemos apilado nosotros dos hace una hora, y él las abre de una patada, se arrodilla y me tira del tobillo hasta que estoy donde quiere estar.

El cemento está frío por los bordes y las mantas huelen a doce casas distintas.

Y aquí se ve lo que hace este hombre cuando deja de preguntar, que es colocar: me pone la rodilla donde quiere, el brazo donde quiere y la cabeza donde quiere, con las dos manos y sin decirme una palabra, y cuando estoy donde tiene que estar, empuja.

Me levanta las rodillas. Me mira, y me mira todo el rato, y no aparta la vista ni cuando le tiembla el brazo con el que se aguanta.

Yo le busco la cara con la mano y le paso el pulgar por la boca y me la abre y me muerde el dedo.

— Dime una cosa — digo.

— Ahora no.

— Una.

— Ahora no, Xandre.

Y esa es la única cosa que me niega en toda la noche, y me la niega con la voz rota, y encima acierta, porque lo que yo le iba a pedir era que me dijera algo que no se puede decir a la mitad.

Entonces se me acerca hasta que tenemos la frente pegada.

Me pone la mano en el cuello, con el pulgar en la mandíbula, y me sujeta ahí, sin apretar nada, solo puesta, y va más deprisa y yo levanto las caderas para encontrarle y me corro entre los dos cuerpos, con la boca abierta contra su hombro y sin control sobre el ruido que hago.

Él aguanta dos o tres más y se para de golpe y se queda quieto encima de mí, con la cara metida en mi cuello y toda la espalda temblando, y dice mi nombre una vez, muy bajo, contra la piel, y ahí se calla.

Nos quedamos tirados.

Tirados de verdad: uno encima de una manta y medio encima del otro, con el pantalón de él por las rodillas, con la caja de cinta caída a un metro, con la estufa roja a cuatro pasos y con la persiana bajada del todo, y no hay prisa en toda la nave.

Al rato él se levanta a apagar el fluorescente y vuelve, y nos quedamos con la luz roja del Obispo, que llega poco y que llega bien, y él se echa de espaldas con un brazo debajo de la cabeza y yo me quedo de lado, mirándole el perfil.

Y ahí, en el suelo de una nave y a las once y pico de un sábado de diciembre, me pasa una cosa que no me había pasado en una cama prestada: que no tengo prisa por levantarme, ni por hablar, ni por salir a buscar a alguien, y eso, en un hombre que se pasa la vida saliendo a buscar a alguien, es una novedad de las gordas.

Nos comemos media tableta de chocolate que él tiene en el cajón de la mesa para los días largos, sentados en la manta, con las piernas cruzadas y en calzoncillos, y me explica con toda la seriedad del mundo que ese chocolate lo compra por kilos en un sitio de Lavadores y que a quien lo compra en tableta suelta le están robando.

Y ahí es donde le cuento lo mío. No porque me lo pregunte. Porque estoy a oscuras, sin nada que hacer con las manos, y a mí eso me suelta la lengua.

— ¿Quieres el currículum?

— Dale.

Y le doy el currículum. Se lo doy tal cual, con las fechas, porque las fechas yo las tengo todas: Ourense hasta los veintidós, que ahí vivía en casa.

Ponferrada la primera campaña, seis en una habitación con una ventana que daba a un patio de luces.

Zamora, ferias de agosto, dormíamos en la furgoneta dos noches porque no había sitio.

Lugo dos campañas seguidas, y en Lugo tuve una litera de arriba, que es la buena, porque arriba no se te sienta encima la gente.

Astorga. Monforte, donde el dueño de la pensión nos cobraba las sábanas aparte.

Vilagarcía. León, dos veranos con escenarios.

Verín. A Coruña, tres campañas, y ahí llegué a tener un cajón entero para mí. Y Vigo.

Y en cada uno de esos sitios me aprendí el nombre del que servía los desayunos, el del que abría el almacén a las seis y el de la señora de la lavandería, y eso lo cuento con orgullo y sin una gota de vergüenza, porque saberse el nombre de la gente es lo único que yo he tenido siempre en el bolsillo.

— Once.

— Once ciudades y once años. No he dormido solo en una habitación.

— ¿Nunca?

— Nunca. Ocho en una furgoneta, seis en un cuarto, cuatro en dos literas. Yo sé quién ronca, quién se levanta a las cuatro, quién se pone los pantalones tumbado para no hacer ruido y quién deja la radio puesta bajita. Eso también es un oficio, y aprenderlo y aguantarlo no es lo mismo.

Y otra cosa que desde fuera parece mentira: en una habitación con cuatro hombres, cuando alguien apaga la luz, hay siempre uno que se queda hablando en la oscuridad diez minutos más, y ese, en todas las ciudades y en todas las pensiones, he sido siempre yo.

— ¿Y no te apetecía?

— Yo creía que dormir solo era una cosa que hacía la gente que no tenía con quién.

— ¿Y ahora qué crees?

— Ahora creo menos cosas.

Se ríe por dentro, que se le nota porque se le mueve el hombro y no le sale ruido, y me dice que eso es lo más listo que me ha oído decir en veintiséis días, y viniendo de él eso es una medalla.

Le cuento también lo de los cajones: he tenido cajón propio en dos sitios, y en uno era medio cajón compartido con un chico de Zamora que doblaba la ropa mejor que mi madre.

La primera cosa que hace un hombre cuando entra en una pensión es mirar si el mueble tiene un cajón libre.

La segunda es contar las perchas. Yo cuento perchas antes de saludar.

Brais se queda callado un buen rato. Después hace la única pregunta que hace en toda la noche, y es una pregunta de las suyas, de logística, y por eso me gusta.

— ¿Y las llaves?

— ¿Qué llaves?

— Las de los sitios. De las pensiones, de las furgonetas, de los almacenes. ¿Tú has tenido llaves?

— Las de la furgoneta, cuando me tocaba conducir. De casa, ninguna.

— Ninguna.

— Ni una llave con mi nombre, jefe. La tuya es la primera y la tuya es tuya.

Y él se queda con eso un buen rato, sin contestarme, mirando el techo de uralita como mira los techos de los rellanos ajenos, y a mí no me molesta el silencio porque estoy tocando a alguien, y luego me pasa el brazo por debajo del cuello y me lo deja ahí, pesando, y yo me quedo pensando que si mañana alguien me para en la Praza do Bazar y me pregunta dónde vivo, con el frío en la cara y con esa insistencia que tiene la gente de este barrio para preguntar lo que no le importa, yo voy a decir Rúa do Cotarelo once, encima de la nave, y lo voy a decir sin pensarlo, con la boca por delante de la cabeza, igual que le dije sí a Rufo encima de un taburete.

Y no voy a añadir la habitación, ni el precio, ni las dos fechas que ese hombre y yo tenemos apuntadas cada uno en su papel, ni ninguna de las cosas que un hombre honrado tendría que añadir ahí, porque cuando a mí me preguntan dónde vivo yo contesto lo que me apetece que sea verdad y luego ya se verá.