Brais
El metro de cinco tiene el freno roto y se recoge solo. Lo tengo en la mano desde las siete y he tirado de la cinta cuatro veces sin medir nada. Sale, se queda quieta un segundo y vuelve para dentro con un chasquido. Es un metro de doce euros y hay dos más en el cajón, y estoy tirando de este.
La nave a esta hora suena a poco. El compresor de Iria ya está parado.
Se oye un grifo que gotea y la uralita cuando pasa aire por debajo.
Con la persiana bajada, desde la mesa, no se ve la puerta grande, porque hay una estantería en medio.
Esa estantería la puso ahí mi padre. Decía que así no le entraba el frío en los papeles.
Es la única cosa de esta nave que está donde está por una razón.
Viernes por la noche en la nave. Suso se ha ido. Están cargados los tres viajes de mañana, el corcho tiene los permisos de la semana que viene puestos por orden, y encima de la mesa hay una hoja del martes quince que tiene dos direcciones y una columna en blanco.
Abro la puerta del conductor a dejar la hoja. La cuarenta y dos sigue sin día. Le paso el pulgar por la casilla.
Xandre está en el otro extremo, en el suelo, con el destornillador de estrella y la carcasa de la estufa abierta, porque el piloto se apaga cuando hay corriente y él dice que eso se arregla con una uña.
— El martes tenemos Cesteiros — digo.
— Lo sé, lo tienes puesto en el corcho con un rotulador rojo que da miedo.
— El rojo es de mi madre.
— Eso explica muchas cosas.
Y ahí se me pasa el primer intento. Se me pasa entero. Yo tenía una frase preparada desde el jueves y en lugar de decirla le explico de dónde salen los rotuladores rojos de esta casa.
Subo la escalera con la boca cerrada. Diecinueve escalones son pocos.
En el segundo intento estamos en la cocina. Él ha puesto agua a hervir y está de espaldas, y yo tengo la hoja del martes en la mano, la del permiso de seis a diez y media, y digo su nombre.
— Xandre.
— Dime.
— Nada. La sal está en el otro.
Cuarenta minutos después lo intento por tercera vez.
Y por tercera vez llego hasta la mitad, hasta la parte de la ventana de la galería, y él me interrumpe para contarme que la portera del patio de Príncipe tiene un hijo en el puerto y que a lo mejor por ahí sale un contacto para las paletas, y yo le dejo hablar y me callo la segunda mitad de la frase, que es la que importa.
La primera mitad no me cuesta nada. La primera mitad es trabajo. La segunda es pedir.
En cuatro años no he pedido nada a nadie. Ni una mano, ni un día, ni un plazo. La caja de cambios me la fía Iria porque me la ofreció ella, y hasta eso me costó tres días de discusión.
A las diez menos cuarto llama Delmiro. Cojo el teléfono fijo porque el móvil lo tengo cargando en la escalera. Delmiro no saluda. Delmiro lee.
— Punto once. La vitrina del salón, con los cristales. Punto doce. Los dos cuadros del pasillo, los dos.
— Delmiro, eso está en la hoja desde el día veintitrés.
— Punto trece. El reloj de pared.
— El reloj está en las dos hojas.
— Está en la mía.
Y cuelga en cuanto acaba de leer, sin despedirse. Cuelga siempre así. Apunto la vitrina. La vitrina ya estaba apuntada.
A las once bajo a la calle.
Digo que bajo a por tabaco, que es mentira, porque yo no fumo desde los veintiséis.
Bajo los diecinueve escalones, salgo por la puerta de personas y hago la vuelta de siempre: Rúa do Cotarelo hacia abajo, la Praza do Bazar, el contenedor de la ropa, la farmacia, y otra vez para arriba, cuatro minutos a pie.
La hago para tener la frase colocada antes de volver a subir.
Está lloviznando de esa manera de aquí que no moja y te deja el gorro pesado.
Huele a la freidora del Cordel desde la esquina de la farmacia.
En la plaza está la pista de hielo con el generador apagado y la lona puesta, y hay dos chavales sentados en el borde comiendo pipas.
Uno le está explicando al otro que el hielo no es hielo, que es plástico.
El otro le dice que se calle. Me quedo diez segundos mirándolos y no me ven.
Y tienen razón los dos: ahí no hay hielo, hay una plancha de plástico blanco con juntas. Se patina igual.
Y cuando doy la vuelta a la esquina de la farmacia veo a Xandre en la puerta del portal, con el chaquetón por encima del pijama y las botas sin atar.
— ¿Vas a por tabaco a las once de la noche?
— Sí.
— No fumas.
— Ando.
Y se pone a andar conmigo. No me pregunta por qué. Hacemos la vuelta otra vez, los dos, sin decir nada durante los cuatro minutos enteros, y a mí eso, con este hombre, me parece un milagro pequeño. Pasamos por delante del taller cerrado. Pasamos por delante del contenedor. Volvemos a subir.
Y en la esquina del Cordel me paro, porque necesito estar quieto para decirlo. Ahí es donde se acaba el alumbrado. Puri lleva veinte años diciendo que este año llegan. Este año tampoco.
— El martes a las siete y media subo a Cesteiros.
— Eso ya me lo has dicho tres veces.
— Voy a mirar la ventana de la galería. La hoja, el antepecho y lo que hay debajo.
— Muy bien.
— Hace falta ser dos.
— Hace falta ser dos.
— Xandre. ¿Subes conmigo?
Y se queda callado.
Y aquí es donde tenía que llegar la broma. La broma tenía que ser sobre mi manera de pedir las cosas, o sobre lo que he tardado, o sobre las tres veces que lo he intentado esta noche, porque él las ha contado, y a mí una broma ahora mismo me arreglaría la cara.
No hace ninguna. Ni una.
Y a mí se me queda la mano derecha buscando algo que sujetar y no hay nada a mano, así que me la meto en el bolsillo del chaquetón, y ahí dentro están los dos papeles.
Se saca el móvil del bolsillo del chaquetón, se lo pone delante con las dos manos, escribe algo despacio, mirando la pantalla, y me lo dice sin levantar la vista.
— Martes quince. Siete y media. Cesteiros.
— Eso.
— Apuntado. Le cambio el turno a Breo y le debo uno.
— ¿Y eso qué te cuesta?
— Un turno de mañana en Príncipe y un favor hasta enero.
Se guarda el móvil. Nos quedamos los dos debajo del poste, mirando la calle a oscuras hacia arriba, y él tiene los brazos cruzados y las botas sin atar y ni una gana de ir a ninguna parte. En algún momento se apoya en el poste y golpea el hierro con el nudillo.
— ¿Sabes lo que llevas tres semanas sin hacer? — dice.
— Dime.
— Nada. Que se ha quedado la puerta del portal abierta.
Y va a cerrarla, y a mitad de camino se vuelve y me señala con la barbilla y se ríe él solo, y yo no sé de qué se ríe y lo dejo pasar.
Subimos con la bombona, que está en el escalón de abajo desde el martes y hay que llevarla arriba, y una bombona la sube un hombre solo perfectamente si tiene el día y la espalda. Yo tengo la espalda. Él la coge por el asa antes de que yo llegue.
— ¿La llevo yo?
— La llevamos.
Así que la subimos entre los dos por una escalera en la que no caben dos hombres de frente, con las dos manos en la misma asa, la mía por dentro y la suya por fuera, los dedos tocándose todo el rato porque en un asa de bombona no hay sitio para cuatro manos.
La bombona pesa lo suyo y el asa es estrecha.
Vamos pegados. Vamos mal. Vamos despacio.
En el descansillo tengo que decirle que gire y giramos, y me da con el hombro en la boca, y él dice perdón y no suelta.
La dejamos en la cocina, al lado de la estufa que ha desmontado y no ha vuelto a montar. Y luego cada uno se va a su habitación, como todos los viernes tranquilos, y este lo es.
En la hoja de mañana hay tres viajes: Navia a las siete, Coia a las once, Teis a las cuatro.
El martes quince el permiso de carga de Cesteiros es de seis a diez y media y la matrícula de la furgoneta grande está dada de alta desde el veintitrés de noviembre.
Suso libra el martes. La hoja del martes sigue con la columna en blanco y yo esta noche no la relleno.