Donde acaban las luces Xandre
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Xandre

La Pensión Reboreda tiene una tubería que pasa por el techo del comedor y que a las diez de la noche empieza a dar golpes, tres seguidos y uno suelto, y llevo veinticuatro días sin dormir aquí y todavía distingo ese ruido desde la calle.

Hoy es cena de cuadrilla. La paga la contrata una vez por campaña: dos mesas juntadas con mantel de papel, calamares, carne, dos botellas de tinto que se acaban antes de la carne y una tercera que aparece de un sitio que solo conoce el dueño.

Somos nueve, ocho hombres y Cati, y de los ocho cuatro duermen aquí arriba, dos han acabado en un hostal de Urzáiz y uno está en el sofá de un cuñado en Teis y no le hace ninguna gracia.

Y luego estoy yo, que soy el único de los nueve que tiene una llave de una casa, aunque la llave no sea mía y la casa tampoco, y eso, en esta mesa, me convierte en el señorito. Yo aquí no duermo. Aquí ceno.

— ¡Vigo tiene piso! — grita el de Teis, levantando el vaso.

— Vigo tiene habitación — digo.

— Vigo tiene sábanas y toallas y una señora que le hace la cama.

— Vigo se hace la cama.

— Vigo tiene llave.

— Vigo tiene llave y no tiene sofá.

— ¿Y te lo cobran igual?

— Igual.

— Vigo miente.

Vigo miente un poco, porque la cama la hago cuando me acuerdo, pero les dejo que sigan, porque el chiste está a mi costa y a mi costa es donde yo me lo paso mejor.

Breo ha traído los cascos y los tiene puestos en una oreja, con los villancicos a un volumen que se oye desde el otro lado de la mesa.

— Breo, los cascos.

— Perdón.

Se los quita, y a los cuatro minutos los tiene puestos otra vez, y nadie se lo discute.

En el mantel de papel, a la altura de la carne, hay dibujada una furgoneta con ocho ruedas que ha hecho el de Teis, y debajo, con otro bolígrafo, alguien ha escrito los nombres de los nueve por orden de estatura.

— Yo no voy detrás de Breo.

— Breo mide más.

— Breo mide más de pelo.

— Eso no se descuenta.

Y esa discusión dura más que la fuente.

A las once nos quitan la fuente de calamares y empieza la parte de la cena en la que se habla de dinero, y ahí pasa la primera de las dos cosas raras de la noche.

Cati suelta el vaso, se apoya en los codos y contesta.

— ¿El de Cangas es el del final del muelle?

— El segundo del final del muelle.

Eso, con Cati, es un tiro al aire: tú le preguntas una cosa y ella te devuelve otra pregunta, y así se ha pasado las tres campañas que la conozco, y hay gente en la cuadrilla que jura que jamás le ha oído una frase que acabe en punto. Y hoy contesta. Y contesta veinte minutos.

Contesta que tiene dos habitaciones y una galería que da al agua y que en invierno se llena de sal por dentro.

Que le piden ciento diez mil y que ella ha llegado a ciento cuatro.

Que la tasación le vino en noventa y ocho y que eso es un problema que se llama diferencia y que se paga con años.

Que su padre le dice que no, su madre que sí y su hermano que compre en Moaña, que es más barato, y que en Moaña no hay barco a las siete y cuarto.

Que ella va a coger el barco de las siete y cuarto todos los días de su vida, y que en el barco se lee y en el autobús no. Y es verdad.

Contesta también que ha ido a ver el piso cuatro veces, y que la cuarta fue sola y de noche, para oír lo que se oye de noche, y que lo que se oye es un motor de barca a las cinco y media y nada más.

— Veinte minutos de mar y llego al trabajo con la cabeza limpia — dice — . Vosotros llegáis con la cabeza de la radio.

Y en el minuto dieciséis el de Teis intenta cambiar de tema con el precio del gasóleo y no lo consigue, porque una mujer que quiere un piso tiene más resistencia que ocho hombres con vino, y el gasóleo se queda encima de la mesa sin que lo recoja nadie.

Rufo la mira por encima del vaso y no le discute nada.

Y a las doce y media Rufo cuenta lo de Ponferrada, que es una historia que cada vez que la oigo es mejor: un arco de treinta metros, una grúa alquilada por horas, un concejal con prisa y una cabalgata que tenía que pasar por debajo a las siete de la tarde.

La cuenta con las manos, poniendo la ciudad encima del mantel de papel, con la panera de grúa y el salero de arco.

— Rufo, eso fue en Astorga.

— En Ponferrada.

Y sigue, y no se lo vuelven a decir, y a mitad de historia el de Teis se pone a hacer los ruidos de la grúa para ayudar.

Yo me callo. A mí esta gente me gusta por esto: la historia no se arregla, se sigue contando mal y con las mismas manos, y el final es que el arco pasó a las siete menos cinco y que el concejal les dio la mano a todos uno por uno.

A la una y veinte se acaba la tercera botella y empieza la última parte de la noche, y la cuento tal cual, porque quiero que quede claro que aquí nadie me ha hecho nada y que la única persona que tomaba decisiones en ese comedor era yo.

Yo digo mi frase, la misma que digo siempre: que en mi casa hay una tele que se ve entera y una cocina que no huele a esta tubería, y que subimos, que son veintidós minutos en el autobús o cuatro coches si nos apretamos, y que yo tengo la llave.

Y esta vez no se levanta nadie.

Rufo se pone la mano en la nuca, se estira y me dice que a las seis está la cesta en Príncipe, que él a las cinco y veinte tiene que estar despierto y que gracias.

Cati me dice que otro día, y no me lo dice de mala manera, me lo dice mirando el móvil, calculando algo con cuatro cifras.

Dos de los de arriba ya se han ido a la escalera.

El de Teis tiene un cuñado que le espera despierto y eso, dice, es peor que dormir en la furgoneta.

Y Breo me dice que sí.

Breo me dice que sí antes de que yo acabe la frase, como dice que sí a todo, y a los siete minutos está dormido con la cara apoyada en el mantel de papel y una mano dentro del pan.

Así que a la una y cuarenta me quedo yo solo de pie en el comedor de una pensión donde no duermo, con una llave en el bolsillo y una casa a veintidós minutos en autobús, y con una tubería dando tres golpes y uno suelto encima de mi cabeza.

Salgo a la calle, y Beiramar a esa hora es el Cuñado pegándose por debajo del chaquetón.

Y ahora viene la parte que no he contado en voz alta y que no tiene misterio: yo no sé irme a casa.

Y no es por no querer. La secuencia no me sale.

La mía es esta y ha sido esta siempre: se acaba la cena, subes una escalera con cuatro tíos delante que van diciendo tonterías, entras en una habitación donde cada uno hace su ruido, te duermes dentro de ese ruido y por la mañana, cuando abres los ojos, está todo el mundo donde estaba.

Eso es irse a dormir. Lo otro, lo de esperar un autobús veinte minutos, entrar en una casa a oscuras con la llave en la boca para no hacer ruido, no encender la luz del pasillo para no despertar a un hombre que se levanta a las seis y meterse en una cama de noventa donde no hay más que uno, eso es una maniobra, y las maniobras se practican, y esta a mí no me la han dado a practicar, y yo a las cosas sin nombre les pongo uno.

Así que me quedo en la acera y espero.

A las dos y cuarto pasa un taxi, baja la ventanilla, me pregunta con la cara y yo le hago el gesto de que siga.

A las dos y media un barco entra en el puerto con las luces de trabajo puestas y hace un ruido gordo de motor y de agua, y me quedo mirándolo hasta que atraca, doce o trece minutos de pie en la misma losa de la acera con las manos en los bolsillos.

Y a las dos y cuarenta me llega un mensaje de Brais.

La puerta de abajo se atranca. Da un tirón hacia arriba y luego empuja.

No pone nada más. No pone dónde estás, no pone son las tres, no pone ven.

Pone una instrucción para una puerta, y esa instrucción significa que está despierto, y yo me quedo con el móvil en la mano en la acera de Beiramar leyéndola, y no contesto, porque lo que yo quiero contestar no cabe en un mensaje sobre una puerta.

A las tres se hace un silencio que en esta ciudad no se hace a ninguna otra hora.

Se van los coches, se para el puerto, la ciudad se queda encendida de arriba abajo y vacía por debajo, y ese silencio se te pone al lado con las manos cruzadas y no te habla, como el cura de mi pueblo en la puerta de la iglesia cuando salías tarde de misa. Y vuelvo a entrar en la Reboreda.

La mujer del turno de noche está detrás del mostrador con un cuaderno de sudokus y la tele sin voz, y yo me apoyo en el mármol y le pregunto lo que le pregunto, y ella no me pregunta por qué, y en toda la semana no me ha pasado nada mejor.

— ¿Tienes una cama para esta noche?

— Para esta noche no tengo una cama ni para mi madre. Hasta el nueve de enero, nada.