Donde acaban las luces Brais
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Brais

Voy por la mitad de los albaranes de noviembre cuando mi madre me pone delante la segunda taza de café sin preguntarme si quiero.

La cocina de O Calvario es la misma desde que yo tengo memoria: hule de cuadros, una radio pequeña encima de la nevera, un calendario con los días de la basura marcados en rojo y una silla que cojea.

Le falta un taco de nada. Se lo he ofrecido y me ha dicho que no.

Aquí se hacen las facturas de Mudanzas Louzán y aquí se han hecho siempre.

Las hace a mano, con dos bolígrafos, uno azul y uno rojo, y luego se las pasa a mi prima para que las meta en el ordenador.

— Falta el de Cabral.

— Paga el veinte.

— Pagó tarde en julio.

— Paga el veinte, mamá.

Ella hace una marca roja al lado del nombre y no lo discute, y discutirle una marca roja es perder la mañana entera, así que la dejo.

Trabajamos cuarenta minutos seguidos. Ella suma, yo ordeno, y la radio va de fondo con un programa en el que la gente llama para quejarse del aparcamiento del centro y para decir que antes esto no pasaba.

— ¿Y el chico ese come? — dice, sin levantar la vista.

— Come.

— ¿Y la habitación te la paga por adelantado?

— Setecientos cobrados. Trescientos el uno.

— Bien.

Mi madre da por buena a una persona cuando la persona paga el uno.

No hay más examen que ese. Y ya no pregunta más, porque eso era lo que quería saber, y a mi madre lo que le tranquiliza no es la gente: es la fecha en la que la gente paga.

Va bien la mañana. Va bien hasta que ella se levanta a por algo al aparador y vuelve con un cuaderno que yo no le he pedido.

Lo deja encima de la mesa, cerrado, entre los dos, y se vuelve a sentar y sigue sumando, y no lo señala, y no lo explica.

Mi madre pone las cosas encima de la mesa igual que se deja un mueble en un sitio provisional: recto, cerca de la puerta y sin soltarlo del todo. Después espera. Puede esperar una hora.

El cuaderno es de mi padre. Huele a cajón.

De cuadros grandes, tapas blandas y una goma que ya no aprieta nada.

La letra es suya, mayúsculas apretadas y muy inclinadas, con los números redondos y grandes, más grandes que las palabras.

Y lo que hay dentro son cuarenta páginas de mudanzas que hizo y no cobró.

Yo esto ya lo he visto. Lo vi hace cuatro años, en marzo, la semana de después, sentado en esta misma silla que cojea. Y hoy lo abro igual y paso las páginas igual y me paro en las mismas.

Casa del de la ferretería, dos viajes, no cobrar.

La señora del quinto, se le rompió el aparador al bajarlo, no cobrar.

Traslado del taller de Iria al número trece, día entero, no cobrar, y eso lo hizo cuando Iria abrió y ella no lo ha contado nunca.

Y en la página doce, con letra más rápida: los del bajo a Ourense, media jornada, cobrar la mitad. Y debajo, tachado, cobrar.

En la última página hay un total escrito a lápiz que no puso él, porque el lápiz es de mi madre y el trazo tiembla.

Dieciocho mil cuatrocientos.

Con eso se compra una caja de cambios seis veces y sobra para pintar la nave, y esa cuenta la hago yo solo, en dos segundos, mirando el hule de los cuadros, porque hago esa cuenta cada vez que me acuerdo de esta cifra y siempre me sale distinta la cosa que sobra.

Cierro el cuaderno y me lo pongo debajo del brazo.

— Es de tu padre.

— Sé de quién es.

— Llévate lo que quieras.

Se levanta a lavar las tazas, de espaldas, y desde ahí me habla de la vecina que ha metido una moto en el portal y del precio del pescado.

De la nave no habla. De la nave no habla desde marzo de hace cuatro años, y no baja los tres escalones de la puerta de personas ni cuando viene a traer algo, que lo deja en el escalón de arriba.

En la familia eso se cuenta como un chiste. Suso lo cuenta como un chiste.

Cuando salgo tengo en la bolsa un tarro de caldo que yo no he metido y que pesa lo suyo, y en el parasol de la furgoneta, doblada en cuatro, la factura del taller de Iria, la que Iria no me ha mandado, setecientos sesenta euros a pagar en enero, que mi madre ha conseguido por su cuenta y ha dejado ahí sin decírmelo.

Me la meto en el bolsillo del pecho, donde ya está el otro papel.

El bolsillo empieza a estar concurrido. El tarro va caliente.

Lo pongo en el suelo del copiloto, apoyado en la mochila, para que no ruede. Rueda igual.

A las cuatro y veinte estoy en la nave con la persiana a media altura y el aire de la calle entrando por debajo.

La persiana chilla al subir. Chilla siempre en el mismo punto, a la altura de la cabeza.

Suso envuelve un cabecero. Iria ha venido a por su llave de vaso del diecisiete, que me prestó ella y que yo llevo dos semanas sin devolverle, y se ha quedado apoyada en el guardamuebles hablando de una moto que le han traído sin papeles.

Suso deja el cabecero apoyado en la pared, se limpia las manos en el pantalón y se sienta en el borde del guardamuebles.

Se sienta cuando algo le ha gustado y también cuando algo le ha dado pena, y por la cara no hay manera de saber cuál de las dos.

El cabecero va a la jaula hasta enero. Le pongo la etiqueta yo mismo.

Y a las cuatro y media entra Puri con el abrigo puesto y las dos manos en los bolsillos. Así entra cuando viene a pedir. No se anda con rodeos, y eso hay que reconocérselo.

— El chico de la nave del congelado. El de la niña. Kevin.

— Sé quién es.

— Tiene que estar fuera el veinticuatro y el coche de su cuñado se va el veinte. Y no me manda él, ¿eh? Esto vengo yo por mi cuenta. Él no sabe que estoy aquí.

— ¿Y qué me pides?

— Que se lo hagas.

— Se lo hago.

— Brais.

— Se lo hago y le paso la factura como a todo el mundo.

Puri baja la barbilla y me mira desde ahí abajo, con esa cara que pone cuando está decidiendo a quién se lo va a contar primero. Suso ha dejado de envolver. Iria le da vueltas a una tuerca y mira para arriba.

Yo voy al corcho de la mesa y descuelgo un papel.

Lo imprimí el lunes, cuando Puri me contó por primera vez lo de Kevin en la puerta del Cordel, porque cuando a mí me cuentan una cosa así lo que hago con las manos es un presupuesto.

Está firmado, tiene fecha y tiene mi teléfono. Se lo pongo en la mano.

— Un cuarto sin ascensor, dos hombres, tres horas: trescientos cuarenta euros.

— Ese chico no tiene trescientos cuarenta euros.

— Y no lo voy a hacer gratis.

Y ya está. Me quedo con la mano abierta un segundo de más. La bajo.

Nadie me discute, y si me discutieran yo tendría algo que hacer con las manos.

Puri dobla el presupuesto en dos, se lo guarda en el bolsillo del abrigo y dice que lo va a poner en la barra por si alguien quiere echar algo.

Suso vuelve al cabecero y le da tres vueltas de cinta de más.

Iria mueve la tuerca de una mano a otra.

— A ese chico no le falta furgoneta — dice — . Le falta piso. Estáis todos arreglando el ruido y el ruido no es la avería.

Y se va al taller sin esperar respuesta, porque ella habla así y luego se va.

Y desde la puerta de personas, apoyado en el marco con el chaquetón abierto, está Xandre.

No sé cuánto lleva ahí, y por la manera en la que tiene el hombro metido en el marco lleva un rato.

Puri sale y le dice algo al pasar y él le contesta y ella se ríe ya en la calle.

Después Xandre entra, coge dos rollos de cinta de embalar de la balda de al lado de las mantas, los pone encima de la mesa y no me pregunta nada del presupuesto.

Ni una palabra. Ni la cara. No me mira. Mira la melamina. Eso es nuevo.

Me pregunta otra cosa.

— El papel de la cómoda. El de las veintidós cosas.

— ¿Qué pasa con él?

— Que llevas una semana con él ahí puesto.

Y es verdad. Lo llevo desde el miércoles dos, doblado por los mismos pliegues, y desde esta mañana tiene compañía. No lo saco. Me pongo a mirar la hoja del veintidós, que tiene cuatro horas de trabajo, dos direcciones, dos ciudades y una columna todavía en blanco.

— Los Sanmartín contratan un vaciado. Eso es lo que hay firmado.

— Pero la señora escribió eso para alguien.

— Y nosotros no somos ese alguien. No es asunto nuestro, Xandre.

Lo digo mirando la hoja, con la voz que uso para los clientes, que es la voz con la que se acaban las conversaciones. Y funciona. Coge aire, lo suelta despacio y no insiste. Eso también es nuevo. Otro día habría insistido y me habría cambiado de tema con un nombre.

Se queda un rato ahí, con las dos manos apoyadas en la melamina y los ojos en el corcho de los permisos.

Luego se aparta, se agacha, coge del suelo el tercer rollo de cinta, que se me había caído y había rodado hasta la pata de la mesa, lo sopla para quitarle el polvo y se pone a buscarle el principio con la uña.

Tarda. Le cuesta. Le sigue costando cuando yo me siento a la mesa.