Donde acaban las luces Xandre
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Xandre

Martes ocho de diciembre, las ocho menos veinte de la tarde, y en el Cordel hay un hombre con una niña dormida encima.

Entro con las manos hechas polvo y un dolor bueno en los hombros, y lo primero que veo al empujar la puerta es eso: Kevin en la mesa segunda del fondo, con la niña atravesada sobre el pecho, la cabeza en su hombro y las piernas colgando, tomándose un café con la mano izquierda porque con la derecha la sujeta.

A Kevin le conozco de vista y sé de él lo justo. Trabaja en una nave de congelado en Bouzas, la niña se llama Antía y tiene tres años, y la diadema con dos bolas se le mueve cuando anda. Anda poco. La llevan en brazos casi siempre.

— ¿Cómo ha ido el puente? — dice Puri, que me pone la caña antes de que llegue al taburete.

— El puente ha ido con un millón de personas dentro.

— Eso lo dicen todos los años.

— Eso este año lo he andado yo.

Y lo he andado: el sábado tuve que cruzar Príncipe entera a las siete de la tarde con una caja de fusibles en la mano y tardé veintidós minutos.

Y no fue por la cola: la gente de un puente de diciembre no anda, se mueve toda a la vez y sin plan, igual que se movía la cuadrilla de Astorga cuando entrábamos ocho a la misma hora en la cocina de una pensión, y cuando le pides paso a alguien te mira como si le hubieras pedido dinero.

Y le cuento lo de la noria, porque es lo único de estos cuatro días que no tiene nada que ver con mi trabajo y por eso es lo único que me apetece contar.

El lunes, en la explanada de Guixar, la estaban levantando, y yo con una noria no tengo nada que ver, y me quedé veinte minutos con las manos en los bolsillos mirando cómo subía, y llegué tarde al tramo, y Rufo no me dijo ni media palabra porque también estaba él.

— ¿Y el árbol? — dice Puri, que del árbol quiere saber todos los años.

— El árbol mide lo que un edificio de cuatro plantas y tiene un hueco por el que se entra.

— ¿Y para qué es el hueco?

— Para nada. Se mete la gente.

Y se mete. Hay señoras que se hacen una foto delante, otra detrás y otra dentro, y el domingo vi ahí metido a un hombre con abrigo y con un vaso en la mano, muy tranquilo y sin ninguna prisa por salir.

— Dice Suso que ayer le sacaste la furgoneta grande a Brais de Policarpo Sanz andando de espaldas por delante del morro, y que medio Vigo lo vio.

— Fue de frente.

— Suso dice de espaldas.

— Suso estaba en la acera partiéndose.

Fueron veinte metros, y fue de frente, y le fui guiando con la mano abierta y con la voz porque había una valla de las nuestras cruzada donde no tocaba, y cuando salió a la Praza da Independencia me tocó el claxon una vez, corto, y ese claxon me dio de comer tres horas.

El señor del contenedor de la ropa, que ha entrado detrás de mí, se sube al taburete de al lado y suelta que la pista de hielo la estrenan el jueves.

— Con una lona verde por debajo y un generador que suena.

— Ya la he visto.

— A mí me va a bajar la venta de todo lo demás.

— A mí me va a subir la del chocolate — dice Puri.

Y los dos lo dicen con una seguridad enorme. A mí eso me encanta de esta gente: aquí se tiene opinión firme sobre cosas que todavía no han pasado.

Hoy hemos estado cuatro horas en el arco grande de Príncipe, en lo que sobre el papel es media, porque el tirante está anclado en una fachada que no es de la contrata y hay que subir por dentro de un patio con permiso de una portera y con el Cuñado dándote en la cara toda la mañana.

La portera nos hizo café, nos contó que su hijo trabaja en el puerto y nos dejó usar el baño, y cuando bajamos tenía cuatro tazas puestas en una bandeja encima de la lavadora, y Breo, que es incapaz de tener vergüenza, le preguntó si le sobraba azúcar y se llevó medio bote en el bolsillo del pantalón.

Y a mediodía, colgado del tirante, Rufo me gritó desde abajo que los papeles ya están arriba y que se firma el dos de enero.

— ¡Que lo apuntes, Ourense!

— Está apuntado.

No está apuntado. Lo llevo en la cabeza desde el sábado veintiocho y lo voy a llevar hasta el dos de enero, y en mí eso es un sistema de archivo tan bueno como cualquier otro y encima no se moja.

Y a las nueve menos cuarto Puri le pregunta a Kevin por la casa. Y él lo cuenta.

Lo cuenta sin levantar la voz y mirando la taza, y lo cuenta con el tono con el que se lee una analítica: que el piso donde vive era de su tía, que la tía lo ha vendido, que los nuevos entran el veintiséis y que él tiene que estar fuera el veinticuatro.

Que ha mirado tres pisos y que en el mejor le piden dos meses de fianza y una nómina de más.

Que se va a ir a casa de su madre, a Cabral, que son dos habitaciones para tres.

— ¿Y para llevar las cosas? — dice Puri.

— Eso ya lo veré.

— ¿Tienes coche?

— Tengo el de mi cuñado hasta el veinte.

— Y el veinte se lo lleva.

— El veinte a las ocho de la mañana.

Y ahí se despierta la niña, y se despierta como se despiertan a esa edad, de golpe y sin aviso, y levanta la cabeza del hombro de su padre, mira la barra, me mira a mí y decide que lo que hay que hacer ahora es enseñarme una pulsera de gomas.

— Esta es amarilla.

— Esa es amarilla.

— Y esta también.

— Esa también.

Y así siete pulseras, todas amarillas, y a la séptima Kevin le dice que se estén quietas las pulseras y ella le hace caso a la novena.

— ¿Y tú has visto las luces? — le digo.

— No.

— ¿Ninguna?

— Las de la farmacia.

Y Kevin mira la taza y dice, sin que nadie le pregunte, que este año no las han bajado a ver porque los sábados hace turno y porque el centro con una niña en brazos no hay por dónde cogerlo.

Lo dice como se dice un dato de logística, con la misma voz con la que lo diría Brais, y a mí oírselo decir así no me hace ninguna gracia.

Así que hago lo único que sé hacer, que es explicarle a un hombre por dónde se entra.

Que no suba por Urzáiz, que eso es un embudo con dos direcciones metidas en la misma acera.

Que vaya por Policarpo Sanz a las seis, cuando todavía queda hueco, y que se ponga en la esquina de la Alameda mirando hacia arriba, porque desde ahí los arcos se ven por dentro y no por debajo, y que ahí hay un banco.

Y que si aguantan hasta las siete y veinte, el tramo de arriba se apaga dos segundos y vuelve, y eso no lo sabe nadie y no significa nada, es cosa del reparto, pero a los críos les gusta mucho.

Kevin apunta lo del banco. Lo apunta de verdad, en el móvil, con una mano, y la niña, mientras, le está poniendo una pulsera amarilla en el dedo gordo y le está explicando cuál es cada una.

Y luego me quedo medio segundo con la boca abierta y con otra frase dentro, que es la frase que digo yo siempre y que empieza por yo te.

Y esa frase hoy no la puedo acabar, porque yo no tengo furgoneta, ni tengo permiso de carga, ni tengo nada más que un chaquetón, un manojo de bridas y una habitación que no es mía. Cierro la boca.

Es la primera vez en mucho tiempo que yo cierro la boca por falta de material.

Así que saco el móvil y le pido el teléfono.

— ¿Para qué?

— Para tenerlo.

Me lo da. Lo apunto con su nombre y con la palabra Cordel al lado, porque yo tengo el móvil lleno de gente apuntada con el sitio donde la conocí y ese sistema no me ha fallado nunca.

Y luego le digo que si el veinte se le complica que me llame, y él dice que bueno, y lo dice de la manera en la que se dice bueno cuando no piensas llamar.

Puri seca un vaso con la vista puesta en nosotros y se calla. En ella eso es nuevo.

A las nueve y cinco Kevin se levanta con la niña ya otra vez dormida y se va, y detrás de él se va el señor del contenedor, y detrás del señor del contenedor se van los dos del dominó, que hoy han jugado tres partidas y han discutido cuatro.

Y Puri empieza a bajar la persiana del escaparate con el palo.

— ¿Te vas a quedar ahí sentado?

— Un rato.

— Yo cierro a las nueve y media, hijo.

Y me quedo los veinticinco minutos que faltan hablándole de un horno que no calienta bien por el lado izquierdo, y ella me contesta lo que le contestó su madre en el año setenta y ocho sobre el mismo problema.

Son veinticinco minutos que ni ella necesitaba ni yo necesitaba, y aun así los gasto, y a las nueve y media me echa a la calle con el palo en la mano.

Subo a casa. Brais no está, que los martes hace la ruta larga de Cabral, y me como de pie lo que hay, y llamo a mi madre.

Mi madre coge al segundo tono, siempre, esté donde esté, y empieza por la rodilla.

La rodilla va peor con el frío y el médico nuevo le ha dicho lo mismo que el viejo pero con otras palabras, como hacen los médicos nuevos.

Luego me cuenta que la vecina del primero ha puesto una alfombra en el rellano y que eso, en un rellano compartido, es una declaración de guerra.

Luego me cuenta que en la panadería le han subido la barra tres céntimos, y que ella lo dijo en voz alta delante de todo el mundo, y que la chica del mostrador le contestó que eso no lo decide ella, y que en eso la chica tiene toda la razón, y que aun así hay que decirlo.

— ¿Y tú comes caliente?

— Como caliente, mamá.

— ¿Y el chico de la casa es serio?

— Es serio.

— Pues no le des mucha guerra.

Y se pone a contarme lo de la alfombra otra vez desde el principio, con un detalle nuevo que no estaba en la primera versión, y yo la dejo.

Y me quedo en la cocina con el móvil en la oreja y la ventana negra delante, oyéndole hablar de una alfombra de un rellano de Ourense durante nueve minutos, y me da exactamente igual.

Cuando cuelgo bajo a la calle a tirar la basura.

En el segundo del bloque de al lado hay una mujer descolgando ropa a las diez y media de la noche, con una pinza en la boca y cuatro en la mano, y va discutiendo con alguien de dentro sobre si va a llover o si no va a llover.

Le dicen desde dentro que no va a llover, y se lo dicen con la autoridad de alguien que está viendo la televisión.

Ella sigue descolgando.