Brais
El somier pesa lo que pesa y hoy no pesa nada.
Lo bajo yo solo desde un segundo de Bouzas, de canto, con la funda puesta, y en el primer descansillo ni me paro.
Eso en diciembre no pasa. Los viernes de diciembre bajo las cosas a trocitos y con la espalda protestando, y hoy el cuerpo va suelto y las esquinas se apartan.
El portal es ancho. El ascensor funciona.
La clienta ha embalado ella misma y ha rotulado las cajas con el cuarto de destino, y eso, en cuatro años, me ha pasado seis veces.
En una de las cajas pone «cocina, lo que se rompe» y dentro está todo con papel.
Hay días en que la gente se comporta. Hoy se comporta hasta el tiempo.
No llueve, y en Vigo en diciembre eso es una ventana que hay que aprovechar corriendo, porque a media tarde se cierra.
Suso carga a mi lado sin hablar, que es su manera de estar contento, y a las once y cuarto suelta lo que suelta siempre.
— Por Beiramar se tarda menos.
— El puente está cerrado a las once.
— Por eso digo. Por Beiramar.
Y hoy tiene razón. No se lo digo. Cogemos Beiramar, salimos limpios por Areal y a las doce menos veinte estamos descargando en Teis con la furgoneta grande aparcada en línea y sin que nos toquen el claxon. Suso me mira por si acaso lo reconozco. No lo reconozco.
La segunda es un piso de una pareja joven que se van a vivir juntos y que han discutido delante de nosotros por una estantería.
Yo esas discusiones no las oigo. Llevo años sin oírlas.
Se coge el mueble, se envuelve, se pregunta a cuál de los dos hay que preguntarle, y a partir de ahí uno decide y el otro se calla y nosotros cargamos.
En la segunda hay una lavadora en un altillo.
La lavadora en el altillo es el peor sitio de una casa.
Se saca de rodillas, con la espalda torcida y sin sitio para las manos.
Suso me la sujeta desde abajo y aguanta.
Aguanta bien. Cuando la dejamos en el suelo del pasillo tiene la cara roja y se está riendo solo.
Y ahí me habla de Portonovo, que es de lo único que habla.
Su madre no ve el mar de cerca desde antes de que él naciera.
Él la va a llevar en agosto, cinco días, con pensión completa.
Ya tiene el hotel elegido y le falta el viaje.
Me lo cuenta cada vez que levantamos algo pesado, y siempre añade un dato nuevo, con la formalidad de un parte.
A la una y media paramos a comer en un sitio de menú de Bouzas.
Suso pide lo mismo que pidió ayer. Yo pido lo que queda.
Como en once minutos y salgo a la calle a llamar a Iria, que me hizo la caja de cambios a crédito y todavía no me ha pasado el papel.
Me dice que me lo pasa cuando lo escriba.
Le digo que lo escriba. Me dice que no le gusta cómo entra la segunda.
Le digo que entra bien. Me dice que eso lo dice todo el mundo dos semanas antes de venir andando.
A las seis contamos las mantas antes de cerrar y falta una, como siempre. Suso dice que se las quedan los clientes. Yo digo que se quedan dentro de los armarios. Las dos cosas son mentira y las dos nos convienen.
A las siete y media cierro la persiana de la nave y en la escalera huele a lo que Xandre haya decidido que se cena hoy.
Cena arroz con cosas. Todo lo que hace es arroz con cosas y cada arroz es distinto.
Come de pie, apoyado en la encimera, con el plato en la mano, y habla del arco grande de Príncipe, que hace una onda que solo se ve desde la Alameda y que a Rufo le quita el sueño.
Yo me siento a la mesa y le dejo hablar.
Otros días le oigo y me pongo a mirar la pared. Hoy no me estorba. Hoy le miro a él.
Y después de cenar el día se sale de la hoja.
Xandre deja el plato en la pila, se seca las manos en el pantalón y se queda en la puerta de la cocina, en medio, con los dos brazos en el marco. No dice adiós. No se va a su habitación. Se queda ahí mirándome con esa cara de estar decidiendo si lo dice o lo hace.
— ¿Vienes? — dice.
— ¿A dónde?
— A tu habitación, hombre. Que es la que tiene la cama grande.
Se ríe él solo de su propio chiste y se va por el pasillo delante de mí, y a mitad de camino me coge de la muñeca y tira, y yo me dejo llevar por un pasillo que conozco desde los cuatro años.
Mi habitación tiene una lámpara de pinza en el cabecero que apunta a la pared. La enciendo. La dejo apuntando a la pared.
Xandre se sienta en el borde de la cama y me mira desde abajo, y yo me quedo de pie con las manos a los lados.
— ¿Puedo? — digo.
— Puedes.
Me agacho y le desato una bota. La otra se la quita él con el pie y la manda debajo de la silla. El calcetín izquierdo se queda a medias, colgando de los dedos, y ninguno de los dos hace nada por arreglarlo durante un rato largo, y luego yo se lo quito de un tirón y él dice que eso es traición.
Me pongo de rodillas en el suelo, entre sus piernas. El terrazo está helado. Me da igual. Le subo el jersey hasta las costillas y ahí me paro.
— ¿Te lo bajo? — digo, con las manos en el botón del pantalón.
— Me lo bajas. Y de paso te digo cómo se llama cada cosa, que tú eres de los que necesitan una etiqueta.
Se lo bajo. Se levanta un poco para ayudarme y el pantalón se le queda en los tobillos, atrapado, y él intenta sacar un pie y no sale, y tira, y termina medio tumbado hacia atrás con una pierna en el aire y el pantalón hecho un ocho, y se ríe tanto que se le va la fuerza y se cae del todo en el colchón.
Yo le saco el pantalón por el pie tirando del tobillo. Lo dejo en el suelo.
Está desnudo de cintura para abajo, con el jersey subido y torcido, y riéndose todavía.
— Sigue — dice.
— Dime por dónde.
— Por donde te dé la gana. Y esto se llama la rodilla, la buena.
Le pongo la boca en la rodilla que dice, y luego más arriba, en la cara de dentro del muslo, donde la piel está caliente y huele a jabón de casa.
La tiene dura desde antes de que yo llegue ahí.
Le paso la mano por encima, entera, despacio, y él se agarra a la sábana con las dos manos y se le va la cabeza hacia un lado.
— ¿Así?
— Así. Y eso que estás haciendo tiene nombre.
— No me lo digas.
— Te lo digo igual: se llama hacer el trabajo bien.
Me la meto en la boca y lo hago despacio, porque despacio es lo único que sé hacer, y Xandre suelta un ruido que no había oído en dieciocho días de convivencia.
Le sujeto la cadera con la otra mano para que no se me mueva.
Se mueve igual. Me da con la rodilla en la oreja y me pide perdón en medio, riéndose, y me dice que siga, y yo sigo, y el jersey, que se me ha olvidado quitarme, me está ahogando por el cuello.
Paro. Me lo saco. Se me queda enganchado en la nariz y en una oreja y tengo que sacarlo tirando de una manga.
— Esto es lo mejor que he visto en mi vida — dice, desde la cama.
— Cállate.
— Es que lo llevabas puesto del revés desde la cena.
Me subo a la cama. Nos ponemos de lado, uno frente al otro, con las rodillas chocando, y en esa postura no cabe nadie que mida lo que medimos nosotros dos, y lo probamos igual.
Me pasa el pulgar por la ceja. Le pregunto si le puedo poner la mano donde tengo la mano y me contesta que ya la tengo puesta.
Se la cojo. Nos la cogemos. Al principio va mal, porque él va rápido y yo voy despacio y ninguno se pone de acuerdo, y hay un momento en el que los dos brazos se cruzan y se estorban y nos quedamos quietos mirándonos.
— ¿Sigo?
— Sigue tú. Yo miro.
Sigo yo. Le miro la cara y no la boca. En la cara se ve. Le tiembla el muslo contra el mío, se le sube el pecho, dice mi nombre entero, Brais, y luego lo dice mal, partido en dos, y se corre en mi mano con la frente apoyada en mi hombro y los dedos clavados en mi brazo.
Se queda quieto tres segundos. Respira por la boca. No suelta el brazo. Luego levanta la cabeza y me besa mal, todo saliva y sin puntería.
— Ahora tú.
— No hace falta.
— No he preguntado si hace falta.
Me empuja del hombro hasta que quedo de espaldas y se pone encima, y ahí ya no pregunto yo nada porque no me deja hablar.
Me baja el pantalón con las dos manos y sin ceremonia.
Me la coge con la mano derecha, escupe, y me dice al oído que me calle y que le deje trabajar.
Tarda poco. Tardo poco. Me pone la mano libre en el esternón y aprieta hacia abajo, para que no me levante.
Le muerdo el hombro para no hacer ruido y él me dice que puedo hacer ruido, que la casa es mía, y me río con la boca en su hombro y me corro riéndome, que es una cosa que no me había pasado nunca.
Nos quedamos así, encima uno del otro, sudados, con el jersey suyo todavía puesto y arrugado en el cuello.
— El jersey — digo.
— El jersey se queda. El jersey ha trabajado mucho.
Se levanta a por papel y vuelve con un rollo de cocina entero debajo del brazo, y nos limpiamos con eso. La lámpara de pinza sigue apuntando a la pared. La habitación tiene la temperatura de una habitación sin calefacción en diciembre y no la notamos hasta que nos separamos.
No pasa nada más.
A las once nos vamos al salón, en calzoncillos y con calcetines, porque a Xandre le ha entrado hambre otra vez y en la cocina no queda nada. Nos sentamos en el suelo, con la espalda en la pared, debajo de la ventana, con una manta de mudanza doblada por debajo, que el terrazo está helado.
Xandre mira el salón desde ahí abajo. Lo mira despacio, girando la cabeza, y no se le ocurre ninguna gracia, y eso en él es raro.
— Brais.
— Dime.
— ¿Por qué no hay un sofá?
Podría contestarle lo que le contesto a mi madre, que es que un sofá bueno son ochocientos euros y que yo tengo la furgoneta.
Podría contestarle lo que le contesto a Iria, que es que por esa escalera no sube.
Por esa escalera sube. Yo he subido cosas peores por huecos peores y las he metido de canto y girando en el descansillo, y lo sabe cualquiera que me haya visto trabajar un martes.
— Porque un sofá no es un mueble, es una fecha.
— Explícame eso.
— Una silla la mueves. Una mesa la mueves. El sofá es lo que decide en qué salón vas a estar sentado dentro de cinco años. Se compra el último y se tira el primero.
Xandre no dice ni sí ni no. Se estira, coge el mando de la televisión que está en el suelo, y no la enciende. Solo lo tiene en la mano.
Y entonces le cuento lo de mi padre y los muebles, y se lo cuento sin adornos, porque así fue: en esta casa siempre hubo muebles de otros.
Un aparador que un cliente de Cabral no quiso llevarse.
Dos butacas de una señora de Lavadores que se fue a una residencia y le dijo a mi padre que se las quedara.
Una mesa de comedor con una pata unida con un tornillo pasado.
Mi padre entraba por esa puerta con cosas que no eran nuestras y decía que era una pena tirarlas, y mi madre le decía que en esta casa ya no cabía la pena de nadie más.
— Y cuando él murió, mi madre lo vació en una semana.
— ¿Todo?
— Todo. Vino un chatarrero. Yo cargué.
— ¿Y la mesa de la pata mala?
— La mesa se quedó.
— ¿Dónde?
— En el guardamuebles.
— ¿En la jaula esa de la reja?
— En la jaula, envuelta, con una etiqueta.
— ¿Con el nombre de quién?
— Con el mío.
Xandre se queda con eso un rato. La jaula tiene candado y dentro hay muebles de doce clientes. Once pagan el alquiler cada mes. El doce soy yo. Entro ahí cada semana y paso de largo por delante de la etiqueta, y la etiqueta la escribí yo a mano, y pone Louzán, y debajo pone una fecha de marzo.
— Yo he dormido en once ciudades y no tengo ni una silla — dice — . Tú tienes dos y estás peor que yo.
— ¿Peor en qué?
— En sitios donde sentarse por persona.
Le digo que eso no es una medida. Me dice que sí lo es, que se llama densidad de culo por metro cuadrado, y que él la ha calculado en cinco provincias.
Se levanta a por agua y vuelve con un paquete de galletas que yo no he comprado.
Parte una en dos y me da la mitad grande sin mirar, con el gesto de repartir herramienta. Luego se come la mía también.
— ¿Y tú qué mueble comprarías?
— Yo no compro muebles. Yo me siento donde hay.
— Eso no es una respuesta.
— Es la única que tengo. Pregúntame por camas y te hago una lista entera.
Y no le pregunto por camas.
Se está haciendo tarde y no nos movemos. El terrazo está frío por los bordes de la manta. Xandre tiene los pies encima de los míos, y así no tiene frío. Le he dicho que se ponga los calcetines. Los tiene puestos. Me lo contesta cada vez levantando un pie.
Xandre pone el mando en el suelo, boca abajo, con mucho cuidado, apoyándolo por los bordes.
— Y desde entonces no has comprado nada.
— No hacía falta.
— Brais, tienes una silla.
— Tengo dos. La otra está en tu habitación.
Se ríe. Se ríe con la cabeza contra la pared y la vista arriba, y me pasa el brazo por detrás del cuello y lo deja ahí, y en algún momento se queda callado del todo y yo miro la ventana.
Fuera se ve la mitad de la grúa del puerto y una raya naranja de la ciudad, y por la Costa do Bazar sube un coche cambiando de marcha.
La manta de mudanza que tenemos debajo lleva encima el olor de todas las casas por las que ha pasado: cartón, polvo seco, un poco de humedad de guardamuebles y algo dulce que viene de otra cocina.