Donde acaban las luces Xandre
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Xandre

— No te apoyes en la barandilla.

— ¿Por?

— Porque está puesta con dos tacos y buena voluntad.

Son las nueve menos diez de la mañana de un miércoles y estamos dentro del portal de Rúa dos Cesteiros, que más que un portal es una rendija con buzones, y este portal se te pone delante en el sitio exacto por donde tienes que pasar.

A esta escalera yo le puse nombre hace dos semanas sin haberla visto, desde la cocina de Brais, con un plato en la mano.

La Bisagra.

Y ahora la veo, y el nombre le queda corto, porque una bisagra por lo menos gira, y esto sube en cuatro tramos con descansillos que giran lo que les da la gana y luego se arrepienten a mitad de camino.

El hueco es de setenta y dos centímetros.

Eso lo ha dicho Brais abajo, con la cinta metálica y la linterna, antes de subir, con la misma cara con la que otra gente lee un parte médico.

— Setenta y dos — ha dicho.

— ¿Y eso es mucho o es poco?

— Es setenta y dos.

Subimos con la libreta, un metro de cinco, la linterna y dos cafés de máquina que nos hemos bebido en la calle, porque en el piso de una señora que ha muerto en octubre no se entra con un vaso en la mano.

Eso también lo ha dicho él, sin darle importancia, mientras cerraba la furgoneta, y luego ha subido los tramos por delante de mí, despacio, mirando el techo de cada rellano a ver qué le cuenta. Yo subo detrás mirándole la espalda.

Es una espalda con opiniones.

El cuarto izquierda huele a armario cerrado y a periódico viejo, y tiene cuatro habitaciones y una galería que da a la calle, y una luz de diciembre que entra de lado, muy baja, y se posa en el suelo con la confianza de una tía que viene tres días y trae maleta grande.

Y está todo como lo dejó ella. Eso es lo que no me esperaba.

Yo he entrado en pisos vacíos y en pisos a medio hacer y en pisos de gente que se muda con prisa, y este está a medio gesto: hay una taza sin lavar en el escurridor, hay un calendario de una farmacia abierto en octubre y hay dos zapatillas debajo de una silla, colocadas la una junto a la otra y exactas.

Brais no toca nada durante el primer minuto. Se queda en el pasillo con las manos a los lados y va mirando de puerta en puerta, y esto ya lo he visto desde que vivo en su casa: entra en las casas de otros y no se sienta, y no abre, y espera a que alguien le diga por dónde.

El armario de tres cuerpos está en la habitación del fondo, contra la pared de la galería, y es el mueble más grande que he visto dentro de una casa, y he estado dentro de bastantes.

Se agacha, engancha la cinta en el canto de la izquierda, la estira hasta el de la derecha, la deja quieta y lee.

— Uno ochenta y seis.

— ¿Y setenta y dos es menos?

— Menos.

Apunta el número en la libreta y hace una raya debajo, y luego se pone a hacer una cosa que yo no había visto hacer nunca, que es medir el aire: la puerta de la habitación, el codo del pasillo, el ancho del rellano, y va negando con la cabeza en cada sitio, y no niega enfadado: niega confirmando una sospecha que trae puesta desde el lunes veintitrés.

— No baja — dice.

— Pues se saca por la galería.

Lo digo sin pensarlo mucho, porque he pasado la vida colgando cosas de sitios altos y a mí un mueble en un cuarto piso no me parece un problema de escalera, me parece un problema de cuerdas y de un tío arriba que sepa dar cuerda.

Le explico que la ventana de la galería es más ancha que la puerta de la habitación.

Le explico que abajo hay acera de sobra y un escalón, y que un escalón se tapa con un tablero.

Le explico que con dos eslingas por debajo y una tercera de seguridad eso baja despacio y con todo el barrio mirando, y que yo lo he hecho con cosas peores y más caras.

Brais me escucha entero. Eso es lo bueno que tiene: te escucha hasta el final, sin ponerte cara, sin interrumpir, y cuando acabas parece que te va a dar la razón.

Y luego dice que no.

— Eso no es una mudanza, es una obra.

— Es el mismo mueble.

— Y es la pared de un rellano que no es mío. Si se raja, la pago yo.

— Si se raja se enfoscará.

— Si se raja hay dos hermanos que llevan once años buscando una cosa que echarse a la cara — dice, y cierra la libreta con el pulgar dentro.

Y antes de irse al salón hago yo la última tontería del día, que es abrir la ventana de la galería, sacar medio cuerpo al frío y mirar la acera de Cesteiros desde arriba, con la mano abierta midiendo el marco a ojo, que es como medimos nosotros y que a él le parece un escándalo.

La calle está en obras de adorno: hay una guirnalda cruzada de fachada a fachada, un poco por debajo de la ventana, y me da tiempo a pensar que ese cable lo apretó alguien de mi cuadrilla en noviembre y que se puede aflojar en veinte minutos.

Brais se queda en la puerta de la habitación. No entra. Desde ahí, sin acercarse a la ventana, me dice que la cierre porque se está yendo el calor de una casa que no es nuestra, y en ese momento la casa está a doce grados y él lo sabe tan bien como yo.

Se va al salón a mirar el aparador. Y yo me quedo en el pasillo tres o cuatro minutos, solo, que es una cantidad de tiempo que a mí se me hace muy larga, y por eso hago lo que hago.

Abro un cajón.

Ese cajón no está en las listas. Está en la cómoda del pasillo, la que se apoya en la pared pegada a la puerta del baño, y la cómoda tampoco está en las listas, porque en el papel de Delmiro pone «cómoda del dormitorio» y esta no es esa, y en el papel de Fito no aparece la palabra cómoda.

Y a mí un mueble que no está en las listas me pide que lo abra.

El cajón de arriba tiene llaves sueltas que no abren nada de esta casa, dos carretes de hilo, un carné de la biblioteca a nombre de una mujer y una cinta métrica de tela de las de coser, enrollada y sujeta con un alfiler.

El segundo tiene un papel.

Es un folio doblado en cuatro, con la letra grande y redonda de señora que aprieta mucho el bolígrafo y hace las eses como si fueran barcos.

Son veintidós cosas numeradas del uno al veintidós, y no hay ni una que valga dinero: una manta de cuadros, dos sillas de la cocina, la lámpara del pasillo, un juego de café con una taza menos, una radio, unas tijeras de podar, un felpudo nuevo que está todavía envuelto, un cesto.

En el número quince pone «la banqueta de la cocina, la buena».

Y arriba, en la esquina, a lápiz, con otra letra más temblona y más lenta, hay tres palabras.

Para o de abaixo.

Me quedo con el folio en la mano bastante más rato del que hace falta para leer veintidós cosas y tres palabras, y luego llamo a Brais, y viene desde el salón con el metro colgando de la mano y el pulgar todavía metido en la libreta.

— Esto no es de los hermanos.

Lo lee de arriba abajo y luego de abajo arriba, que es una manera muy suya de leer y que a mí me da una envidia enorme.

Le doy el folio. Lo dobla otra vez en cuatro, por los mismos pliegues, se lo mete en el bolsillo del pecho y se lo abrocha.

— ¿Y ahora qué?

— Y ahora vaciamos el veintidós. Lo que va a Vigo va a Vigo y lo que va a Lugo va a Lugo.

— Brais, hay una lista.

— Hay tres. Firmadas, dos.

En el salón, encima del aparador, hay un reloj de pared que no está colgado, está apoyado, mirando la habitación de lado como un padrino de bautizo al que han sentado lejos de la mesa buena.

Aparece en el papel de Delmiro con el número trece y en el de Fito con el número dos, y eso yo lo sé porque tengo los dos papeles en el móvil desde el lunes veintitrés, y a Brais le sienta fatal que yo tenga en el móvil papeles de clientes suyos.

Bajamos a las diez y cuarto, antes de que cierren la calle. En el portal me cruzo con una mujer que sube con un carro de la compra y le pregunto si le echo una mano, y ella me dice que no y me dice cómo se llama, y yo me lo aprendo a la primera, porque para eso tengo la cabeza que tengo.

Y en el rellano del tercero hay un hombre en la puerta de la izquierda.

Está en zapatillas, con una rebeca abrochada hasta arriba y un trapo en la mano, y no ha salido a mirar, porque ya estaba ahí cuando hemos empezado a bajar.

Me mira las botas primero y la cara después, y en ese orden le mira a uno la gente que ha trabajado.

Desde ese rellano se oye todo lo que se dice en el de arriba.

Todo. Lo compruebo yo mismo dos escalones más abajo, cuando Brais dice mi nombre desde el portal y aquí se oye lo mismo que en el rellano de arriba. Yo le doy los buenos días al hombre.

Él contesta a otra cosa.

— La señora bajaba a las nueve. Todos los días a las nueve, con la bolsa de tela, y me llamaba desde la puerta para que le abriera el portal. Ahora a las nueve no baja nadie y yo me sigo levantando a las nueve menos veinte.