Donde acaban las luces Xandre
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Xandre

El Cordel huele a lejía a las seis y media de un sábado, y una barra que huele a lejía a las seis y media de un sábado es una barra que ya ha decidido que hoy no.

Anoche pasó una cosa en la nave, a las once, entre muebles envueltos en plástico, y hoy no la ha nombrado ninguno de los dos, y el que menos yo, que le pongo nombre hasta al frío.

Puri friega con el cubo puesto justo en medio del paso y me deja entrar levantando el palo un palmo, y ese palmo es todo el recibimiento que hay hoy en este local.

— Están todos en Príncipe — dice, sin levantar la cabeza — . Con los críos, a ver las luces. Se fueron a las cinco y se fueron de pie en el autobús.

— ¿Todos?

— Todos. Y dice el de la farmacia que las de este año bajan más que las del año pasado, y que eso se lo has dicho tú.

— Yo no le he dicho eso.

— Pues alguien se lo dijo.

Me sirvo yo, porque ella tiene las dos manos en el palo, y me subo al taburete de siempre y miro el local desde ahí con una cosa nueva en el estómago.

Los seis taburetes vacíos, la mesa del dominó con las dos sillas puestas del revés encima del tablero, la televisión apagada y el mando encima de la caja registradora, donde lo deja Puri cuando ya no piensa encenderla, y la Tita desenchufada, porque cuando se cierra pronto se desenchufa hasta lo que no anda.

En la caja del dominó falta el seis doble desde septiembre, y Puri metió una ficha de otro juego, más clara y más gorda, y los dos hombres que juegan aquí la usan y ninguno lo ha dicho nunca en voz alta, y a mí eso me parece la cosa más fina que se hace en este barrio.

Hoy no juega nadie.

Y lo que hay que contar es esto: el barrio está vacío porque se ha ido al centro a ver las luces, y las luces las he colgado yo. Dos semanas subido a la cesta, ocho kilómetros de cable, y el resultado de mi trabajo es que a las seis y media de un sábado no tengo con quién hablar.

Entra Rufo, mira el local entero antes de sentarse, como mira todos los locales de todas las ciudades, y se sienta a mi derecha y pide un café con hielo, en noviembre, porque Rufo decidió hace años que el frío es una cosa que les pasa a los demás.

— ¡Ourense! — dice, y estoy a medio metro y me está mirando a la cara.

— Jefe.

— El puente lo tenemos fino. El martes ocho hay que repasar el arco grande de Príncipe, que hace la onda, y quiero arriba a alguien que no me esté bajando la cesta cada diez minutos.

— Ese soy yo.

— Ese eres tú — dice, y remueve el hielo con el dedo — . Y ya que estás, la otra cosa.

La otra cosa la suelta mirando la televisión apagada, con las dos manos en la taza y con el mismo tono con el que te cuenta el tiempo que va a hacer el jueves: la campaña que viene, y el verano, y la de después, tres años firmados de una vez, con las ferias y los escenarios de agosto metidos en el mismo papel.

Se firma el dos de enero, arriba, en la oficina de Vieitez, en esa mesa que huele a barniz.

— Sí — digo.

Lo digo antes de que acabe la frase. Lo digo como digo todo, con la boca por delante de la cabeza, y Rufo asiente una vez, se bebe el café con hielo en tres tragos y se levanta, porque vive en Pontevedra y a las siete y media quiere estar en la autopista. Ya somos tres años.

Puri no lo ha oído, porque estaba en el otro extremo con el cubo, y es la primera vez desde que yo entro aquí que en esta barra pasa algo y ella no está delante, y a mí eso me deja una pena tonta, porque las noticias hay que darlas encima de un mostrador y con gente al lado.

Y a las siete y veinte hago lo que hago siempre. Digo una frase.

— En mi casa hay una tele que se ve entera.

No es mi casa. Es una habitación de noventa en un piso que no es mío y que en este barrio se llama el piso de Brais en todas las conversaciones, incluidas las mías. Pero lo he dicho.

Y cuando yo digo una frase de esas la gente se levanta. Es un sistema que tengo probado en muchas ciudades y que no me ha fallado nunca: dices que hay una tele, o que hay sitio, y a los cuatro minutos tienes a cinco personas subiendo una escalera detrás de ti.

Hoy se levanta Puri, y se levanta para poner la última silla encima de la mesa.

— Yo mañana abro a las siete, hijo.

— Media hora.

— Media hora tuya son dos.

Y tiene razón. Y encima me lo dice con cariño, y encima me pone un plato de guiso tapado con otro plato para que me lo suba, y encima me acompaña a la puerta contándome lo de una sobrina que estudia en Santiago, y echa el cierre por dentro cuando yo estoy ya en la acera con el plato caliente.

Cuarenta segundos ha tardado en echarme y no se le ha notado.

Subo la Rúa do Cotarelo despacio, porque el guiso va hasta el borde.

Paso por delante del taller de Iria, cerrado, con el motor abierto que tiene puesto en el escaparate para que la gente se pare, y hoy no hay gente que se pare.

Paso por delante de la farola que apunta a la carretera en lugar de apuntar a la plaza.

Paso por debajo del balcón del hombre que sale en cuanto oye a dos personas juntas, y el hombre no sale, porque uno solo no hace ruido.

Cuatro minutos de cuesta y no me cruzo con nadie, y abajo el Cachalote está aparcado con el morro cuesta abajo, como lo deja él siempre.

Arriba está encendida la luz de la cocina y el resto de la casa a oscuras, y Brais está sentado a la mesa con la carpeta de los albaranes abierta y el gorro puesto dentro de casa, cosa que hace cuando tiene frío y no quiere gastar bombona.

— Guiso — digo, y dejo el plato.

— ¿De Puri?

— Para dos.

— Somos dos.

Y eso, dicho así, sin levantar la vista de un albarán, es lo más parecido a una conversación sobre lo de anoche que va a haber hoy en esta casa, y yo lo cojo y me lo guardo entero.

Le cuento lo de los tres años mientras saco los tenedores. Le cuento que se firma el dos de enero, que entran las ferias y los escenarios y que eso significa agosto trabajando, y él me escucha hasta el final, como escucha todo.

— ¿Y en agosto dónde estás?

— Donde caiga la feria.

— ¿Y eso quién lo decide?

— La empresa.

— Ya.

Y apunta una cosa en el albarán que no tiene nada que ver con lo que estamos hablando, o sí lo tiene, porque desde aquí lo que escribe es una fecha y no una cifra. Y no pregunta nada más.

Nos comemos el guiso de pie los dos, cada uno con su tenedor y el plato en medio de la mesa, y en la conversación entera hay tres frases y dos son sobre el pimentón.

Después se levanta.

Para salir de esta cocina hay que pasar por donde estoy yo. Y él, que mide lo que mide, se queda quieto delante de mí con las manos a los lados, esperando, sin pedírmelo con la boca porque este hombre lo pide todo así, y me da tiempo de sobra a apartarme y a no hacerlo.

Me aparto los veinte centímetros que hay, pasa, me da con el hombro en el hombro y no lo esquiva, y sigue por el pasillo, y se oye su puerta.

Y me quedo solo en la cocina con medio plato de guiso y con la costumbre de contarle a alguien lo de los tres años, y hoy no hay a quién, porque el barrio sigue en Príncipe, Rufo va por la autopista y Puri tiene el cierre echado, y lo único que se oye en esta casa es la cuesta y un coche cambiando de marcha debajo de mi ventana.

Lavo mi tenedor. Lavo el suyo. Lavo los dos platos de Puri, los pongo boca abajo en la pila y dejo el de tapar encima para acordarme de que hay que devolver los dos.

Apago la luz de la cocina desde la puerta y la vuelvo a encender.

Está mejor encendida.