Donde acaban las luces Brais
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Brais

Llevo cuatro minutos parado en el segundo tramo de una escalera de Lavadores con un colchón de matrimonio de canto y la espalda contra la pared.

Suso está debajo. La llave gira media vuelta y se para.

— Prueba otra vez.

— La he probado seis veces.

— Prueba girando y empujando.

— Brais, la he probado girando, empujando y rezando.

Un colchón mojado pesa el doble. Fuera cae la lluvia de la ría, la que viene de lado y moja las paredes en vez de la calle. Llevamos desde las siete de la mañana y son las cuatro y veinte de la tarde. Y el piso de destino tiene una cerradura que el dueño cambió el martes. No se lo dijo a nadie.

Bajamos el colchón. Bajamos el sofá. Bajamos las nueve cajas que ya habíamos subido y bajamos otra vez el armario pequeño. Y lo metemos todo en la caja de la furgoneta grande, mojado, en una acera estrecha y con un coche detrás tocando el claxon.

El coche de detrás toca el claxon once veces en cuatro minutos. Las cuento. El hombre del coche baja la ventanilla y la sube sin abrir la boca, y eso, en un viernes de noviembre y con esta lluvia, es de una educación que hay que reconocer.

Suso hace los diez últimos escalones con las nueve cajas en cuatro viajes. No opina de la ruta. No dice nada de nada. Cuando Suso se calla es que el día está roto de verdad.

Anselmo Riobó nos ve desde el portal, con el móvil en la oreja y un paraguas de golf.

— Es que mi cuñado tenía las llaves nuevas.

— Su cuñado tenía las llaves nuevas.

— Y mi cuñado está en Ourense.

— Su cuñado está en Ourense y su piso está aquí y sus muebles están en mi furgoneta.

— Hombre, tampoco es para tanto.

Sí es para tanto. Un día de trabajo son doce horas de dos hombres y cuatrocientos veinte euros.

Esas doce horas ya se han gastado y no vuelven.

Lo que se hace en estos casos lo tengo escrito en una hoja desde hace cuatro años.

Se devuelve la carga al almacén y se cobra el día completo.

Se cobra el almacenaje por días y se cobra la segunda subida cuando aparezca la llave.

Se lo digo en el portal, con la lluvia entrando de lado y el paraguas de golf abierto entre los dos.

— ¿Almacenaje?

— Doce euros al día. Desde hoy.

— Pero si la culpa es de mi cuñado.

— La culpa es de su cuñado. El almacén es mío.

— Yo el lunes le hago una transferencia y arreglamos.

— El lunes usted me hace una transferencia y yo el lunes le entrego los muebles. Antes, no.

Y saco el albarán y le escribo la línea del almacenaje delante de él, apoyado en la aleta, con el papel medio mojado y la letra corriéndose.

Su mujer está en la puerta con los brazos cruzados.

Su cuñado está al teléfono en Ourense y se le oye desde aquí.

Y en el segundo hay una señora asomada que lleva veinte minutos preguntando si vamos a tardar mucho.

Al final baja con un paraguas y una bolsa y me dice que ella tiene un frigorífico viejo en el rellano.

Y que si se lo puedo bajar ahora, que son dos minutos.

— Sesenta euros y lo bajo el jueves.

— Son dos minutos, hijo.

— Son dos minutos y sesenta euros.

— Vai chover máis, ¿eh?

— Va a llover más, sí.

Anselmo firma el albarán, y lo firma torcido y de mala manera, y mientras lo firma dice en voz alta, para que lo oiga su mujer, que a él le habían hablado muy bien de esta empresa. Le digo que a mí también. No se ríe nadie. Cierro las puertas de atrás y me subo a la cabina con las manos moradas.

Y así vuelvo a O Cotarelo, con un piso entero mojado en la caja, sin cobrar el día y con una señora del segundo que va a contar en su barrio que el de Louzán le pidió sesenta euros por dos minutos.

Y lo peor viene en el semáforo de Beiramar.

En el semáforo de Beiramar hago la cuenta de lo que habría hecho mi padre en ese portal.

La cuenta me sale entera y me sale rápido.

Mi padre habría bajado el frigorífico y habría dejado los muebles en el almacén sin cobrar.

Y habría vuelto el sábado con la llave nueva puesta de su bolsillo.

Todo el mundo en Lavadores le habría querido mucho.

Y en marzo de dos mil veintidós, cuando lo enterramos, había dieciocho mil cuatrocientos euros sin cobrar en una carpeta azul.

A las once de la noche estamos los dos en la nave.

Xandre ha bajado a las diez y cinco con la ropa de trabajo puesta y el pelo mojado. No ha preguntado si hacía falta: ha cogido un rollo de plástico y se ha puesto a mi lado. Un piso entero se envuelve en dos horas si hay dos personas y una de ellas sabe hacer una esquina.

Llueve sobre la uralita. Cuando llueve de verdad, eso es lo único que se oye aquí dentro: un tambor entero por encima de la cabeza, a cuatro metros y medio. Se habla a media voz y se oye todo, porque las paredes son de bloque y devuelven las palabras.

El suelo libre del centro de la nave está lleno. El colchón de Anselmo Riobó está de canto contra la estantería y el sofá está con las patas para arriba. Nueve cajas mojadas por una esquina y puestas en dos filas para que se sequen por el lado bueno.

— La esquina se hace con dos vueltas y un pliegue — digo.

— Lo he visto.

— Enséñame.

— ¿A ti te enseñó alguien o lo sacaste tú?

— Me lo enseñó mi padre en esta nave, con este rollo y con esta cinta.

— ¿Y a él?

— A él no le enseñó nadie. Él lo hacía mal y le salía bien.

Lo hace. Lo hace bien a la primera y me molesta un poco. Corta el plástico con el canto de la mano y no con los dientes, y aprieta la cinta con el pulgar en diagonal, y eso lo hace la gente que trabaja con cable.

— ¿Dónde has aprendido eso?

— Embalando arcos de bombillas en enero para que no se rompan en un almacén hasta noviembre.

— No lo había pensado.

— Nadie lo piensa. Es el mismo oficio con menos escaleras.

— ¿Y por qué no te dedicas a esto?

— Porque esto tiene dueño y esto es tuyo. Y porque en enero yo estoy en Ponferrada montando un escenario para una banda de gaitas.

— ¿En enero?

— El siete de enero. Todos los años. Es el día siguiente de Reyes y es el día que a la gente se le olvida que existe.

Y lo dice envolviendo una esquina, sin darle importancia, sin saber que acaba de decir una fecha que en esta nave tiene otro dueño. Yo aprieto la cinta y sigo. Cojo la caja de al lado y la pongo en la segunda fila.

Y a las once y veinte se acaba el plástico y se acaba el trabajo, y nos quedamos los dos en el hueco que queda entre el sofá y las cajas, con las manos sucias y con la faena acabada.

Y no nos vamos arriba.

Eso es lo que pasa. Que el trabajo se acaba, que ya no hay razón para estar en una nave a esa hora de un viernes, y que no sube los diecinueve escalones ni uno de los dos. Él se apoya en el brazo del sofá volcado. Yo dejo el rollo de cinta en el suelo.

— Ha sido un día de mierda — dice.

— Ha sido un día de mierda.

— ¿Cuánto has perdido?

— Cuatrocientos veinte y un cliente.

— ¿Y el frigorífico de la señora?

— El frigorífico de la señora lo bajo el jueves y me lo paga.

— Yo lo habría bajado.

— Ya lo sé que lo habrías bajado.

Se ríe. Se ríe corto, por la nariz y mirando al suelo. En dos semanas ya sé distinguir esa risa suya de las otras dos. Tiene una raya de grasa en la mandíbula, desde la oreja, y tiene el pelo aplastado por el casco y una marca roja en la frente donde le aprieta.

Y lleva dos horas envolviendo muebles ajenos un viernes por la noche, después de nueve horas colgado de una cesta, sin cobrar y sin que se lo pidiera yo.

Eso también lo he contado. Como el claxon.

Y yo llevo cuatro días con esto dentro.

Cuatro días desde la furgoneta de Teis. Cuatro días haciendo lo que hago siempre, la siguiente cosa de la lista, y la siguiente cosa de la lista ha funcionado siempre y esta semana no.

He cargado, he descargado, he cobrado, he discutido con un hombre por doce euros al día.

Y he pensado en esto en todos los semáforos de esta ciudad.

Doy un paso. Un paso son cincuenta centímetros y en esta nave cincuenta centímetros son todo.

Él levanta la cabeza. No se aparta y no se acerca. Se queda quieto con la mano en el brazo del sofá y la mandíbula un poco levantada, y en toda la nave lo único que se oye es la lluvia en la uralita y el gotero del canalón del taller de Iria.

— ¿Puedo?

Y me sale así, en dos sílabas, con las manos todavía a los lados y mirándole a la boca, y es lo más difícil que he pedido dentro de esta nave.

— Sí.

Le pongo la mano en la mandíbula, en el lado de la raya de grasa, con el pulgar debajo del hueso, y le beso.

Y sabe a lluvia y a metal, porque los dos llevamos todo el día trabajando y no se ha lavado la cara ni él ni yo.

Tiene la boca caliente y las manos frías, y las manos frías me las pone en el cuello, por debajo del cuello del jersey, y da un poco igual porque yo también las tengo así.

Me agarra la nuca. Se me cae el gorro y no lo cojo.

Es un beso largo y es un beso torpe, porque estamos entre un sofá volcado y una fila de cajas mojadas y no hay dónde ponerse.

A la mitad tengo que apoyar la mano en el respaldo del sofá para no llevarnos las cajas por delante.

Él se ríe dentro del beso. Yo no me he reído dentro de un beso en mi vida.

Luego me quita la mano de la cara y me la mira, y me la abre con los dos pulgares, y comprueba la raja del dorso, la del jueves, que ya está cerrada y ya tiene su tira. No dice nada de la tira. Vuelve a subir.

Cuando nos separamos, no nos separamos del todo. Se queda con la frente apoyada en mi hombro y las dos manos en mi cintura, respirando ahí, contra el jersey. Y no abre la boca en quince segundos enteros, y eso, en él, es un acontecimiento.

— Brais.

— Espera.

— No he dicho nada.

— Espera un segundo.

Me suelto. Le pongo la mano en el hombro un momento y se la quito, y me doy la vuelta y voy hacia la mesa del rincón, y le digo desde ahí que voy a dejar apuntada la línea del almacenaje antes de que se me olvide, porque si no lo apunto hoy se queda sin apuntar.

Eso no es mentira. Es otra cosa.

Enciendo el flexo de la mesa, saco la carpeta y escribo la línea del almacenaje de Anselmo Riobó.

Doce euros al día desde el veintisiete de noviembre.

Escribo la hora. Escribo mis iniciales al lado, y eso lo hago yo solo y para mí.

Y cuando cierro la carpeta, abro el cajón de abajo.

El sobre de la gestoría de Urzáiz sigue ahí, doblado, con la fecha escrita a mano en el borde.

El siete de enero este piso deja de ser mío. El edificio se vendió el uno de septiembre, la nave la renuevan cinco años y el piso lo sacan a turístico. Lo sé desde hace ochenta y siete días. No he mirado un anuncio. No se lo he dicho a mi madre. No se lo he dicho a Suso.

Y arriba, en la habitación del fondo, hay un hombre que se va el cuatro y que no lo sabe.

Cierro el cajón. Cojo las llaves del guardamuebles del clavo, cruzo la nave por detrás de la estantería y abro la reja.

Dentro está el piso de Fermín, envuelto desde el catorce de noviembre, y la cama de matrimonio del chaval de Coia, y dos cajas mías.

Entro y cierro la reja por dentro, sin echar el candado.

Cojo la caja de arriba, la que dice PAPELES, y la bajo al suelo, y luego la vuelvo a subir a la balda, y luego la vuelvo a bajar.

Desde aquí dentro se oye la lluvia y no se oye la nave. La reja hace un dibujo de cuadros en el suelo de cemento. Fuera, al otro lado de la estantería, hay un hombre de pie esperando en el hueco entre un sofá volcado y nueve cajas mojadas, y va a esperar un rato.

Le oigo cambiar el peso de un pie al otro. No dice mi nombre y no se va.