Xandre
La lista viene doblada en cuatro, en papel cuadriculado de cuaderno de espiral, con un clip en la esquina de arriba y los flecos del margen todavía puestos, y el hombre que la trae la desdobla encima de la mesa de la nave con las dos manos y la alisa con el canto de la palma antes de decir buenos días.
— Buenos días. Delmiro Sanmartín.
— Brais Louzán.
— Voy a leer.
— Lea.
Y lee. Lee del uno al veintiséis sin levantar la cabeza, con esa voz de hombre que ha ensayado la lista en el autobús, y en la lista hay un aparador, seis sillas, un reloj de pared, dos alfombras, una máquina de coser, un juego de café de doce servicios y un armario de tres cuerpos.
Los veintiséis puntos los lee con el número delante.
Y cuando llega al doce, y el doce es una escupidera de porcelana, lo lee con la misma voz que ha usado para el aparador, y a mí eso me parece un hombre con principios.
Yo estoy en el escalón cuarto de la escalera de la nave comiendo un plátano, porque hoy entro a las tres y porque un lunes por la mañana en esta casa no hay nada mejor que hacer.
No pienso decir ni una palabra. Eso es lo que pienso a las nueve y cuatro de la mañana del veintitrés de noviembre.
— El veintidós de diciembre — dice Delmiro, doblando la lista — . A las siete de la mañana en la calle.
— El veintidós es martes.
— El veintidós es el último día. El comprador entra el veintitrés a las nueve con el notario.
— El veintidós es el último día que dan permiso de carga en el Casco Vello. A partir del veintitrés no entra ni un vehículo hasta el seis de enero.
— Entonces estamos de acuerdo.
— Estamos de acuerdo en la fecha. En el resto no sé.
Brais saca un impreso del cajón y empieza a escribir con el bolígrafo que pinta, y Delmiro se queda de pie mirándole escribir, con las manos en la espalda.
Y aquí es donde yo, que no tengo nada que ver con esta historia y que dentro de seis semanas estaré colgando arcos en otra provincia, debería haberme subido los diecinueve escalones con mi plátano.
— ¿Y su hermano? — dice Brais, sin levantar la vista del impreso.
— Mi hermano viene a las nueve y cuarto. Lo hemos organizado así.
— ¿Lo han organizado ustedes?
— Lo ha organizado el abogado de él, que es de Lugo y cobra por hora.
Fito Sanmartín llega a las nueve y ocho.
Entra por la puerta de personas con una carpeta de gomas y un anorak que le queda grande, se para en seco a metro y medio de su hermano y se pone colorado desde el cuello hacia arriba en dos segundos.
Ese tiempo de reacción no lo había visto yo en un hombre de sesenta años.
Delmiro no se da la vuelta. Delmiro mira la pared del fondo de la nave, la misma pared que mira Brais cuando dice cosas, y se queda ahí, con las manos atrás, y en esa pared no hay ningún cuadro.
— Perdone usted — me dice Fito a mí, que soy el que está más cerca — . Perdone por él. Es que él es así.
— Yo estoy comiendo un plátano.
— Pero perdone.
Llevan once años sin hablarse. Eso me lo cuenta Brais después, en dos frases y sin adornos, pero yo lo sé en el momento en que estos dos hombres se ponen en la misma nave, porque he visto pelearse a mucha gente y la gente que se ha peleado hace poco se mira, y la gente que se ha peleado hace mucho se coloca.
Estos se colocan. Delmiro se pone en el rincón de la mesa.
Fito se pone al lado de la persiana, a cinco metros, con la carpeta de gomas apretada contra el pecho.
Y en el medio hay un hombre con un impreso y un bolígrafo.
— Dígale a mi hermano que el aparador es mío — dice Delmiro.
— Su hermano está ahí.
— Dígaselo usted.
— Señor Fito, dice su hermano que el aparador es suyo.
— Dígale a mi hermano que el aparador estaba en el testamento de la parte de arriba y que la parte de arriba es la mía. Y perdone.
— Señor Delmiro, dice su hermano lo del testamento.
— Eso lo dice el abogado de Lugo.
— Dice que eso lo dice el abogado.
— Dígale que el abogado de Lugo no ha subido esa escalera en su vida.
Y así veintidós minutos, punto por punto, con las dos alfombras y con la máquina de coser que ninguno de los dos quiere y que los dos exigen que conste en el papel.
Las seis sillas se reparten en tres y tres, después de una negociación que a mí me parece un tratado internacional.
Del juego de café de doce servicios se llevan seis cada uno, y cuando Brais pregunta qué pasa con la bandeja, se hace un silencio de esos que no se arreglan y la bandeja se queda en la columna de nadie.
Y luego llega el reloj de pared.
— El reloj es mío — dice Delmiro.
— El reloj es de la casa — dice Fito.
— La casa se vende.
— Por eso el reloj es de la casa. Y perdone.
— Dígale a mi hermano que ese reloj lo daba mi madre todos los domingos con una llave que estaba encima del aparador.
— Dígale a mi hermano que la llave la tengo yo.
Brais no dice nada, no escribe nada, y se queda con el bolígrafo levantado dos centímetros del papel, y desde donde estoy yo se ve perfectamente que es la primera cosa de la mañana que le ha entrado por dentro. Luego escribe RELOJ en las dos columnas, con las mayúsculas de siempre, y sigue.
Brais lo va escribiendo todo. Lo va escribiendo de verdad, en dos columnas, una para cada hermano, con la letra de imprenta de las mayúsculas del papel del corcho, y no pone cara de nada.
En veinte minutos ha hecho de intérprete, de secretario y de tabique, y en veinte minutos yo me he comido el plátano y he empezado a reventar un trozo de plástico de burbujas que tenía en el bolsillo del pantalón desde el domingo pasado.
— ¿Y el armario de tres cuerpos? — dice Brais.
Silencio.
Es el primer silencio de la mañana y dura cuatro segundos largos. En esos cuatro segundos los dos hermanos aprietan los labios y miran al suelo con el mismo movimiento exacto, y por primera vez del día se parecen.
— El armario es mío — dice Delmiro.
— El armario es mío — dice Fito — . Y perdone.
— Está en las dos listas — dice Brais.
— Está en la mía en el número veintiuno.
— Está en la mía en el número cuatro.
— Está en las dos listas — repite Brais, y deja el bolígrafo en la mesa, y cuando este hombre deja el bolígrafo en la mesa la conversación cambia de categoría — . Y ese armario no baja por esa escalera.
Ahí levanto la cabeza.
Un armario de tres cuerpos, en un cuarto piso, en Rúa dos Cesteiros.
En esa calle se quedó este hombre atrapado el sábado del encendido, con la furgoneta cargada y un permiso caducado, y en esa escalera puse yo un nombre en su propia cocina hace una semana sin haberla visto.
Ese armario y esa escalera ya se conocen de otra vida.
Lo dice Brais con seis palabras y los dos hermanos se lo discuten a la vez, cada uno desde su rincón, y por primera vez en la mañana se dirigen al mismo sitio.
— Subió — dice Delmiro.
— Subió en el cincuenta y nueve — dice Fito — . Lo subieron cuatro hombres.
— Lo subieron cuatro hombres y una polea.
— Eso no lo sabes tú.
— Lo sé porque estaba yo.
— Tú no habías nacido.
Y entonces, y esto lo cuento con la vergüenza justa, me levanto del escalón y me meto en medio, y me meto porque llevo veinte minutos viendo a un hombre hacer de pared y me parece un desperdicio de hombre.
Me pongo entre los dos, a dos metros de cada uno, con las manos en los bolsillos y la cara de no saber nada, y esa cara me sale muy bien.
— Perdonad. ¿Ese armario tiene el fondo de madera o de cartón?
— De madera — dice Delmiro.
— De madera de tres cuartos — dice Fito.
— ¿Y los cuerpos van atornillados o encolados?
— Encolados.
— Encolados y con tacos de haya.
— ¿Y la luna del centro es de espejo?
— Es de espejo.
— Es de espejo biselado y lo hizo un hombre de Ourense.
Y la cosa curiosa de la mañana es que a mí me contestan los dos, en el orden correcto, sin insultarse y sin decir la palabra abogado, y a Brais no le habían contestado ni una vez en veinte minutos.
Yo no soy nada de esto. Yo no cargo, no cobro, no firmo, no tengo furgoneta y dentro de seis semanas no estoy.
Y precisamente por eso, que es lo que pasa siempre y en todas las provincias, yo soy el único al que no le tienen miedo.
— Ese mueble está haciendo el trabajo de un notario — digo.
— ¿Cómo?
— Nada. Que un armario que está en dos listas y que no baja por la escalera cobra menos que un notario y trabaja más.
Delmiro me mira. Fito me mira. Y los dos, cada uno desde su rincón y sin mirarse entre ellos, sueltan por la nariz la misma media risa de dos hombres que se reían de las mismas cosas, y la sueltan a la vez, y se cortan a la vez, y se ponen serios a la vez, y en esta nave se callan los cuatro durante tres segundos.
Brais coge el bolígrafo otra vez.
— Señal de doscientos euros cada uno. Hoy. Dos furgonetas, dos destinos, siete de la mañana. Y el armario baja si se puede bajar y no baja si no se puede.
— ¿Y si no se puede?
— Entonces el veintidós por la tarde el armario sigue en el cuarto y ustedes hablan con el comprador. Yo eso lo pongo por escrito y ustedes lo firman.
Lo firman. Firman los dos en el mismo impreso, en dos casillas, sin cruzarse las manos, y Fito le pide perdón a Brais por su hermano al firmar y Delmiro lee en voz alta la casilla que está firmando antes de firmarla.
Se van a las diez menos veinte, con diez minutos de diferencia, y el primero en salir es Fito, que sale de espaldas y da las gracias tres veces.
Cuando se cierra la puerta, Brais se queda un rato de pie delante de la mesa, ordenando los dos papeles y poniéndolos uno encima del otro, y luego los guarda en la carpeta y cierra la carpeta con la goma.
Yo bajo los cuatro escalones y le pregunto lo que le preguntaría cualquiera, que es si eso pasa mucho, y él me dice que pasa en una de cada cinco.
Yo le digo que una de cada cinco es muchísimo.
Él me dice que la gente no se muda cuando está bien.
— ¿Y tú te acostumbras?
— Yo no escucho.
— Llevas veinte minutos escuchando.
— Yo apunto. Escuchar es otra cosa.
Y se sube los diecinueve escalones con la carpeta debajo del brazo y con la señal de cuatrocientos euros en el bolsillo del pantalón, y yo detrás, y en el descansillo de la L me acuerdo de una cosa que se me había ido de la cabeza por completo.
Arriba, mientras tanto, hay gente en mi casa.
Hay gente porque el viernes le dije a Breo que se duchara aquí cuando la prima de Teis tuviera el termo roto, y el termo de la prima de Teis lleva roto desde el sábado, y esta mañana Breo ha llegado a las ocho con una toalla y con Fabio, y Fabio ha llegado con Ovidio, y Ovidio ha traído una radio pequeña porque hoy hay una etapa de algo.
Y cuando Brais sube los diecinueve escalones con el impreso firmado en la mano y la señal de cuatrocientos euros en el bolsillo, se encuentra a un chaval de veinticuatro años en su pasillo con una toalla en la cintura, a un hombre en su cocina calentando leche en su cazo, a un señor de setenta y cuatro sentado en su única silla con una radio en las rodillas y a mí de pie en el salón, con el trapo de la cocina en el hombro, explicándole a los tres que la máquina de tabaco del bar de abajo se llama la Tita.