Brais
Las siete y cinco de la mañana del sábado y el armario todavía está en el segundo.
Teis, una casa de dos plantas con jardín delante y una escalera decente.
Los clientes son un matrimonio joven que se va a Cabral y que ha hecho todo bien.
Han desmontado la cama, han quitado los cuadros y han metido los libros en cajas pequeñas.
Y en la habitación del fondo hay un armario de tres cuerpos de un metro setenta y cinco de ancho.
Ella se llama Xela y ha puesto gomets de colores en las cajas.
Amarillo es cocina. Verde es baño. Azul es lo que va al trastero y no se abre hasta abril.
Me da un papel con la leyenda de los colores y me lo da doblado en cuatro, y yo lo desdoblo y lo leo delante de ella, porque hay que leer los papeles delante de quien los escribe.
— ¿Y esto está bien? — pregunta.
— Esto está mejor que bien.
— Me dijo mi hermana que era una tontería.
— Su hermana no ha descargado nada en su vida.
— Eso se lo voy a decir.
— Dígaselo cuando yo no esté.
El marido baja con dos cafés en vasos de plástico y nos los da sin preguntar si queremos café, que es la manera correcta de dar un café a las siete de la mañana.
Suso se lo bebe de un trago. Yo lo dejo en el escalón y se me queda frío, igual que todos los cafés que me han dado en dieciocho años en el escalón de un portal.
En dieciocho años he visto siete casas con gomets y las siete acabaron a la hora prevista. La gente cree que la mudanza la hace el que carga. La mudanza la hace el que empaqueta, tres días antes, con un rotulador.
Un armario de tres cuerpos no es un armario, es tres armarios que se ayudan. Se desmonta si el que lo montó pensaba en esto, y el que lo montó no pensaba en esto. Este lleva las traviesas encoladas y los pernos ciegos. Este baja entero o no baja.
Van cuatro este mes. Este es el cuarto y es el más ancho.
Suso lo coge por abajo y yo por arriba y bajamos los dos tramos en once minutos, girando dos veces, con las mantas puestas y las esquinas protegidas con cartón.
En la puerta de la calle hay un escalón y una jardinera.
Xandre está en la jardinera desde las siete menos diez, con las manos en los bolsillos, mirando.
— ¿Ayudo?
— Cuando lo bajemos.
— ¿Y si me quedo aquí mirando?
— Mira. Pero desde ahí, que no se te puede caer nada encima.
Ha venido porque tiene la mañana libre y porque anoche dijo que venía. No cobra, no está en el seguro y no va a tocar el volante, y eso lo tengo pensado desde que se ofreció. Si le pasa algo, la que responde soy yo con mi nombre. Se lo digo. Dice que ya lo suponía y se sube a la jardinera.
La furgoneta grande tiene plataforma y la plataforma sube trescientos kilos. El armario pesa la mitad. El peso no es el problema. El problema es la altura: de pie no cabe dentro de la caja, y para meterlo tumbado hay que tumbarlo, y tumbarlo es la maniobra.
Se hace dentro. Se sube de pie en la plataforma, se mete de pie en la caja hasta el fondo, y allí, en el metro y medio que queda libre, se le pasan dos correas por el cuerpo y se baja despacio hasta el suelo, encima de tres mantas dobladas.
— Suso, cierra media persiana, que entra el sol de frente.
— ¿Y luego cómo veo?
— Luego no hace falta ver.
La caja de la furgoneta grande con la persiana a media altura es un sitio raro.
Hay luz por abajo, una franja larga en el suelo de madera, y arriba está oscuro.
Huele a manta vieja y a cartón. La calle se oye con el volumen de otro barrio.
Y en el fondo hay dos metros de ancho, un armario de pie y dos hombres.
Xandre se sube a la plataforma sin que se lo pida y sin preguntar. Pone un pie, pone el otro y ya está dentro. Yo llevo dieciocho años pidiendo permiso para entrar en sitios y este hombre entra en los sitios. Le señalo la correa de la izquierda con la barbilla.
— La coges por debajo del nudo. No por el nudo.
— Por debajo del nudo.
— Y cuando yo diga, sueltas la mano de arriba y dejas que el peso venga a ti.
— ¿Y si no viene?
— Viene.
Empezamos. Yo tengo la correa de la derecha con las dos manos y el hombro metido en el canto del armario. Él tiene la izquierda. El armario se separa de la pared de la caja diez centímetros y ya no está de pie, está viniendo. Un armario que viene es un armario que decide él.
Y a la mitad se para.
Se para porque una de las mantas del suelo se ha movido y ha hecho un pliegue, y la esquina de abajo del armario se ha metido en el pliegue y ahora el mueble está a cuarenta grados y no baja y no sube. Y el peso está en las dos correas. Y las dos correas están en cuatro manos.
Doce segundos.
Los cuento porque los cuento siempre, no por nada.
Doce segundos en los que ninguno de los dos suelta, porque si uno suelta el otro se lleva ciento cincuenta kilos por delante.
Estamos los dos debajo, en la penumbra, cada uno a un lado del mueble, con la cara a la altura de la cara del otro y a un palmo.
Le oigo respirar por la boca. Se le ha soltado el gorro y lo tiene torcido.
Tiene una gota de sudor en la sien y hace veinte minutos que no hace calor en ningún sitio de esta ciudad.
— ¿Aguantas? — digo.
— Aguanto.
— ¿Seguro?
— ¿Tú aguantas?
— ¿Toco?
Le pongo la mano derecha encima de la suya, en la correa, y con la mía por encima tiro para arriba y para mí, y el armario sube un poco y sale del pliegue. Eso es lo que había que hacer y por eso lo pregunté.
Y luego no la quito.
El armario ya está fuera del pliegue y va bajando solo, controlado, y no hace falta que mi mano siga en su mano.
Sigue. Sigue los últimos cinco segundos, los que el mueble tarda en llegar a las mantas, y en esos cinco segundos yo no pregunto nada y él no dice nada y los dos sabemos exactamente lo que está pasando y lo que no está pasando.
El armario toca el suelo. Suena a golpe sordo y a madera contenta.
Nos quedamos así. Yo con la mano encima de la suya, encima de una correa, en la penumbra de mi propia furgoneta, a las siete y treinta y ocho de la mañana de un sábado.
Él tampoco quita la mano. De las diez cosas que podría decir no dice una.
Y yo me quedo quieto, con la otra mano al costado, esperando.
— Brais.
— Dime.
— Tienes la mano en mi mano.
— Sí.
— No lo digo para que la quites.
Fuera, en la calle, alguien está hablando de rutas.
Se oye a Suso explicándole a la mujer del matrimonio joven que por Beiramar se llega antes a Cabral, y se oye a la mujer diciéndole que ella vive allí y que no.
Se oye una bicicleta y una persiana. Se oye lo normal de un sábado a las ocho menos veinte.
Aquí dentro hay una franja de luz en el suelo y un armario tumbado y dos hombres agachados que llevan cuarenta segundos callados.
Yo he estado en esta furgoneta miles de veces. Conozco el olor, conozco el eco y conozco la anilla suelta de la pared derecha que suena cuando frenas. Nunca me había pasado esto aquí y no tengo sitio donde ponerlo.
Le quito la mano de encima. Se la quito yo, y me sale bien, y me sale despacio.
— Hay que atarlo antes de arrancar.
— Átalo.
— Y hay que subir las cajas pequeñas.
— Súbelas.
— Xandre.
— ¿Qué?
— Nada.
Cojo la correa larga del gancho de la pared y la paso por encima del armario, la meto por la anilla del suelo y la aprieto con el tensor hasta que el mueble deja de tener opinión.
Después subimos las cajas pequeñas, y las subimos los tres, y las cajas pequeñas de una casa entera son cuarenta viajes de plataforma.
Xandre sube diecinueve. Los cuenta él en voz alta y los canta, y al doce Xela le pide que cante otra cosa.
En el jardín, mientras cargamos, el marido intenta darnos veinte euros de propina a cada uno y a mí me toca hacer lo de siempre: decirle que no, y decirle que no dos veces, y a la tercera cogerlo para que se quede tranquilo y meterlo en el bote de la nave que sirve para el gasóleo.
No sé explicar por qué eso me cuesta tanto.
Suso lo coge a la primera y le da las gracias, y Suso hace bien.
Cerramos a las ocho y media. Xela sale a la puerta con una bolsa de bollos y una foto del armario montado en la casa vieja, y me la enseña por si acaso, por si a la hora de montarlo se nos olvida cómo iba. Le digo que me la mande al móvil. Me la manda y luego me manda otras cuatro.
Después salgo por la plataforma a la luz de la calle y a las ocho y treinta y cinco, y la luz de la calle a esta hora del sábado es de un gris de fregona. Suso está apoyado en la aleta con las llaves en la mano.
Y Xandre, que sale detrás de mí, le da dos palmadas al costado de la caja, fuertes, con la mano abierta, y el hierro suena a hierro y suena dentro y sigue sonando cuando ya ha parado.