Xandre
Rufo dice que los tramos se arreglan de noche porque de día la ciudad hace fotos, y a las once y veinte de la noche del jueves nos manda a cuatro a Urzáiz con la cesta y dos bobinas.
Un tramo de sesenta metros se ha quedado a media luz por una regleta que ha entrado agua, y una regleta con agua en diciembre es un trabajo de guantes y de linterna, y a uno no le avisan de que además va a tener a un señor debajo preguntándole si va a tardar.
El señor se llama Amancio y aparece a las doce menos veinte con un perro y una bufanda, y a las doce y media ya nos ha contado que él fue electricista de barco y que eso que estamos haciendo se hace de otra manera.
Cati es la que sabe de verdad y le da la razón y sigue haciéndolo a su manera, y Amancio se va contentísimo.
Eso yo no lo consigo, y a ella le sale de una elegancia enorme.
Yo llevo años trabajando de noche en calles que de día son de todo el mundo, y de noche son de tres tíos con una furgoneta y un cono.
A la una y cuarto se enciende el tramo entero, sin público y sin testigos, y Breo aplaude él solo con los guantes puestos, que suena a nada, y eso me hace más gracia que si aplaudiera media ciudad.
Llego a O Cotarelo a la una y media pasada y la luz de la cocina está encendida.
Se ve desde la calle, desde abajo, un cuadrado amarillo en el segundo con el vaho por dentro, y quien ha vivido en pensiones sabe reconocer una casa en la que alguien no se ha acostado.
Subo los diecinueve escalones con las botas en la mano para no hacer ruido, y es una tontería.
La luz está encendida y hay un hombre despierto dentro.
Brais está sentado a la mesa de la cocina con la carpeta abierta, un calendario de la ferretería y tres bolígrafos, y uno de los tres es de los que no pintan y aun así está ahí.
— ¿Y esto?
— La grande volvió esta tarde.
— Lo vi abajo.
— Con la caja nueva y las marchas duras. Hay que hacerle doscientos kilómetros para que entre bien.
— ¿Y a las dos de la mañana se le hacen kilómetros con un bolígrafo?
— A las dos de la mañana se reparten cuarenta y una mudanzas.
Me siento enfrente. Es la primera vez en cinco días que nos sentamos los dos a la vez en esta cocina, y lo noto en la nuca, que es el sitio exacto donde se notan estas cosas.
Él no levanta la cabeza del calendario. Yo cojo la botella de agua del centro de la mesa y bebo del gollete, y beber del gollete se aprende en las literas y en una casa ajena queda fatal, y él tampoco levanta la cabeza para eso.
— ¿Cuánto te falta? — pregunto.
— ¿Para qué?
— Para la caja. Dos mil novecientos cuarenta menos lo que tengas.
Ahí sí levanta la cabeza. Se me queda mirando el tiempo que tarda un hombre en decidir si contesta o si se levanta a fregar algo, y por una vez en cinco días gana la primera opción.
Coge el bolígrafo que no pinta, hace un garabato en la esquina del calendario para probarlo, comprueba que sigue sin pintar y lo deja otra vez donde estaba.
— Mil ciento ochenta tenía. Setecientos me diste tú. Setecientos sesenta me los deja Iria hasta enero.
— Eso son dos mil seiscientos cuarenta.
— Eso.
— Faltan trescientos.
— Faltan trescientos y los pagas tú el uno de diciembre, y por eso el uno de diciembre está redondeado con boli rojo en ese calendario, y es la única cosa redondeada de todo el mes.
Y lo dice sin vergüenza y sin pedir nada, poniendo la cuenta encima de la mesa de la misma manera que puso las condiciones el lunes, mirando el papel y no a mí.
Yo he conocido a mucha gente que debe dinero y a casi toda le cambia la voz cuando lo cuenta, y algunos se ríen y otros se enfadan con el que escucha.
Este hombre lo cuenta con el mismo tono con el que me dijo que el baño no tenía pestillo.
— ¿Y si el uno de diciembre yo no pago?
— Entonces el uno de diciembre yo tengo un problema.
— ¿Y qué me haces?
— Nada. Te lo digo el día dos, por la mañana, y me buscas otro sitio.
— Pues no hay otro sitio, ya te lo dije.
— Eso lo sé yo mejor que tú.
— Pues entonces no me lo digas los días dos.
— Te lo digo el día dos porque el día uno es cuando cobras tú y el día dos es cuando cobro yo.
— Eso lo has dicho como un hombre que lo ha pensado.
— Lo he pensado.
Y la diferencia entre él y todos los jefes que he tenido, y la digo sin adornarla, es esta: los otros te ponían la cuenta delante para que te sintieras mal, y este la pone delante para que los dos sepamos dónde estamos pisando.
En Zamora tuve un encargado que te enseñaba el albarán de tu propia dieta con la sonrisa puesta.
Este hombre no sonríe y por eso se le puede creer.
Se levanta y pone el cazo en el fuego de la izquierda de arriba, el que funciona, y saca dos vasos del armario porque en esta casa hay dos vasos exactamente.
Hace leche caliente a las dos y diez de la mañana sin darle la menor importancia, y hacer leche caliente a esa hora es la cosa más normal del mundo y no la hace ni Dios.
Yo me quedo sentado mirándole la espalda y el gorro, que no se lo quita ni dentro de casa.
— ¿Tú duermes con el gorro?
— No.
— ¿Seguro?
— Duermo con el gorro en la silla.
Trae los dos vasos y se sienta, y al sentarse deja la mano izquierda encima de la mesa, plana, con la palma para abajo, y en el dorso de esa mano hay una raja de dos centímetros que esta tarde no estaba.
Está seca y está mal cerrada y tiene alrededor la sombra del cartón.
Yo trabajo con bridas y con cable y me conozco las manos rotas de memoria, las mías y las de siete compañeros, y esa raja se la ha hecho con el canto de una chapa y no se la ha lavado.
— Dame la mano.
— ¿Qué?
— Dame la mano, hombre, que eso tiene cartón dentro.
Le doy la vuelta yo, cogiéndole por la muñeca, y él la deja, y ese es el primer detalle de esta noche: que la deja.
Le pongo el pulgar debajo de los nudillos y le abro un poco los dedos para ver el fondo de la raja, y desde el fondo de la raja me mira medio milímetro de cartón marrón, que era exactamente lo que yo decía.
Voy a la pila, mojo un trozo de papel de cocina y vuelvo, y en los tres pasos que doy hasta la mesa este hombre no ha movido la mano ni un centímetro de donde yo la dejé.
— Va a escocer.
— Escuece ya.
— Pues entonces no te pierdes nada.
Le saco el cartón. Le limpio la raja con el papel mojado, apretando un poco por los lados, y él aprieta los dientes y respira por la nariz y no dice ni una palabra, y yo tengo su mano izquierda quieta a un palmo de la mía y su antebrazo apoyado en la mesa entre los dos vasos.
Tiene una cicatriz vieja debajo del pulgar y dos dedos que no cierran del todo, y por lo de los dedos no le pregunto, porque hay preguntas que uno se guarda para el día ochenta.
En Ponferrada compartí litera dos meses con un hombre al que le faltaba media oreja y no supe de qué, y aquello lo llevé como una medalla de buena educación.
— Fuera el cartón.
— Gracias.
— Mañana te pones una tira.
— Mañana me pongo una tira.
No me suelta la muñeca cuando yo suelto la suya, o la suelta medio segundo después de lo que hace falta, y ese medio segundo se oye.
Yo estoy inclinado hacia delante sobre la mesa y él está inclinado hacia delante sobre la mesa, y entre su cara y mi cara queda la distancia que dejan dos hombres que se han pasado un vaso de leche, unos veinte centímetros, y veinte centímetros no son distancia.
Le veo la boca y le veo el pulso en el cuello, encima del cuello del jersey.
Le oigo respirar y sé perfectamente que él me oye respirar a mí, porque los dos hemos dejado de hacerlo bien al mismo tiempo.
Y no pasa nada.
No pasa nada porque los dos decidimos que no pase, cada uno por su lado y en el mismo instante, sin decírselo al otro y sabiendo los dos que el otro lo está decidiendo también.
No entra nadie por la puerta. No suena ningún teléfono.
No se acaba una canción, porque no hay canción puesta, y en esta casa a las dos y veinte de la mañana no hay nada más que una nevera zumbando y dos hombres inclinados encima de una mesa de cocina.
Nos echamos atrás los dos a la vez. Eso también se oye.
Y luego pasan unos segundos malísimos en los que hay que decir algo y en los que las dos únicas cosas que se pueden decir son una tontería o la verdad, y a esa hora un hombre cansado no está para una ni para la otra.
Él coge su vaso con las dos manos y bebe hasta el final sin parar, y beber así es una manera de irse de una habitación sin levantarse de la silla.
— Mañana a las seis — dice.
— A las seis estoy abajo.
— Buenas noches, Xandre.
— Buenas noches.
Y se va, y hay que reconocerle que se va bien, sin arrastrar la silla y sin decir las cuatro frases que dice la gente cuando se levanta de una mesa a la que no quería levantarse.
Yo, que me he despedido de hombres en muchos pasillos de pensión y sé cómo se hace eso con dignidad, me quedo sentado con el vaso en la mano y aprendiendo algo.
Coge su vaso, lo lava, lo pone boca abajo en el escurridor y se va por el pasillo.
Yo me quedo con el mío en la mano y con la mano en el aire, y oigo su puerta cerrarse, despacio, y después me levanto y me voy a mi habitación y cierro la mía, y la mía suena distinta, porque tiene la madera hinchada y hay que empujarla.
Las dos puertas se oyen desde cualquier punto de esta casa y las dos se han oído.
A las tres de la mañana llega el Cura. El Cura es el silencio que se pone en esta cuesta cuando dejan de subir coches, un silencio serio y con sotana, y da mucho respeto.
Yo llevo once años sin oírlo porque en una pensión con ocho hombres eso no entra.
Me siento en el borde de la cama de noventa, con la manta gris doblada a los pies, y me agacho a desatarme la primera bota.