Brais
— Los platos los metí yo.
— Se nota.
— Los metí muy bien.
— «Los metí muy bien» también lo veo.
La señora Ledicia Somoza ha metido treinta y dos platos en una caja de vino, de pie y sin un papel entre ellos. Ha cerrado la caja con cinta y ha escrito CUIDADO en los cuatro lados. La caja suena. Suena desde que la levanto del suelo y suena de una manera que se entiende sola.
— La abro aquí antes de subirla.
— Ábrala, hombre, ábrala. Están perfectos.
Están siete perfectos.
Yo tengo dos tipos de cliente y no he encontrado un tercero.
Hay el que lo ha empaquetado todo. Y hay el que cree que lo ha empaquetado todo.
Los dos son buena gente y los dos me dicen a las siete que están listos en diez minutos.
Con uno acabas a la hora prevista y con el otro acabas de noche, con un bocadillo apoyado en la aleta.
Ledicia se lleva las manos a la boca y se queda mirando los pedazos, y después dice la frase que dicen todas.
— Eran de mi madre.
— Los que están enteros van a llegar enteros.
— ¿Y los otros?
— Los otros los envuelvo también, y usted decide después. Hay gente que los pega.
— ¿Y usted pegaría los suyos?
— Yo no tengo platos de mi madre. Tengo la olla.
Los envuelvo uno a uno, los enteros y los roscos, con papel de librería y cinta de carrocero.
Tardo veinte minutos que no están en la hoja de ruta y que no le voy a cobrar, y Ledicia se sienta en una caja a mirarme.
Cuando acabo, me da un rosco de anís de una bolsa y me dice que su marido también envolvía así.
— ¿Su marido era del oficio?
— Mi marido era de la mar. Pero envolvía.
En la misma casa hay ocho cajas de libros y las ocho son cajas grandes.
Eso es el error clásico y no lo comete la gente tonta: lo comete la gente ordenada.
Una caja grande llena de libros pesa cuarenta kilos y no se coge por abajo, y una caja pequeña llena de libros pesa quince y se coge de cualquier manera.
Se lo explico y lo entiende a la primera, y me pregunta si vacío las ocho y hago dieciséis, y le digo que sí, y las hago.
Suso, mientras tanto, está en la calle discutiendo con un repartidor por un metro y medio de acera. Gana Suso. Suso gana esas siempre, y no gritando: gana quedándose.
Martes diecisiete, dos mudanzas. Miércoles dieciocho, dos.
Jueves diecinueve, dos y media, porque la última se parte en dos días.
Seis mudanzas en tres días con la pequeña, la mitad de furgoneta y por lo tanto el doble de viajes.
La grande está en el foso de Iria con la caja de cambios nueva puesta y sin apretar del todo, y vuelve mañana por la tarde.
Los tres días entran en la nave a las seis y salen de la nave a las diez de la noche.
La media mudanza del jueves es de un chaval que se va a Coia y que ha alquilado el piso nuevo sin verlo.
El piso nuevo tiene una puerta de sesenta y dos y él tiene una cama de matrimonio de las que no se desmontan.
Se lo digo por teléfono el miércoles. No me cree.
El jueves subimos la cama, la sacamos, la volvemos a bajar y la dejamos en el guardamuebles con un albarán a nombre suyo.
Ahora tiene una cama en mi jaula y un colchón en el suelo de Coia, y en marzo, cuando venda la cama, me llamará para bajarla.
Suso conduce de vuelta y me cuenta que el hotel de Portonovo tiene una terraza. Se lo cuenta a la ventanilla, más que a mí, y yo le dejo.
El miércoles, en Bouzas, hay un hueco de escalera que no cabe una lavadora de canto.
Es una casa de las de los pescadores, con la escalera pegada a la pared y el techo bajando encima, y la lavadora tiene que subir tres tramos.
Suso dice que por la ventana. La ventana da a la ría, está a nueve metros y tiene debajo una jardinera de plástico.
— Se sube de canto y girando en cada escalón.
— Eso son cuarenta minutos.
— Eso son cincuenta.
Son sesenta y cinco. El dueño nos mira subir desde el descansillo de arriba, con el móvil en la mano y grabándonos, y cada dos escalones dice que si queremos nos echa una mano.
No queremos. Cuando llegamos arriba nos da la mano de verdad, con las dos, y nos ofrece cerveza a las diez y veinte de la mañana.
En casa, mientras tanto, pasan otras cosas.
Estamos los dos en la misma casa y todavía no sabemos por dónde pasa el otro.
Es el primer día en una nave nueva: las esquinas se aprenden dándose con ellas.
La primera mañana coincidimos en el pasillo a las seis menos diez y los dos nos apartamos para el mismo lado.
La segunda mañana nos apartamos para el otro.
La tercera ya no nos apartamos, y funciona.
Xandre canta en el baño. Canta porque le dije que se cantaba, y lo dije de broma, y lleva tres días cantando con una voz que no es mala y un repertorio que da miedo.
— ¿Eso qué es?
— Un pasodoble.
— A las cinco y media.
— A las cinco y media es cuando mejor entra un pasodoble.
Deja las botas delante de la estufa de gas todas las noches, con el papel de periódico dentro para que suelten el agua.
Yo también. La diferencia es que él las deja en medio del pasillo y yo las dejo pegadas a la pared.
En tres noches he movido sus botas cuatro veces. En tres noches no le he dicho nada.
El jueves por la mañana están las mías en el medio.
No sé cuándo pasó eso ni quién lo decidió.
El baño no tiene pestillo y en tres días hemos montado un sistema entero sin hablarlo. El que entra deja la puerta entornada y tose. El que pasa por el pasillo contesta con otra tos. Es idiota y funciona, y el jueves, cuando toso yo y no me contesta nadie, me quedo un segundo parado en el pasillo.
En la cocina hay dos sitios y en tres días no nos hemos sentado los dos a la vez. Él come de pie. Yo como de pie. Uno de los dos se sienta cuando el otro no está, y el otro llega y se apoya, y así vamos.
De la nevera se ocupa él, y eso no lo hemos hablado.
Compra leche, compra huevos, compra pan de barra que a la mañana siguiente ya no sirve y lo compra igual.
El martes había en la nevera una cosa que yo no había visto en esa nevera, y era un tomate.
El jueves había cuatro tomates y una lechuga, y la lechuga ocupaba una balda entera.
— ¿Y esto?
— Es una lechuga.
— Sé lo que es una lechuga.
— Pues eso.
— ¿Y quién se la come?
— Yo. Y tú, si quieres, que hay mucha.
Señalo la lechuga con la mano abierta y levanto una ceja. Él me dice que sí con la cabeza y sigue con lo suyo. Corto un trozo y me lo como de pie, apoyado en la puerta, y sabe a lechuga.
Las mantas de mudanza están en la estantería del fondo, en la balda de arriba, y son veintidós.
Fueron veinticuatro en septiembre. Cada mudanza sale con seis o con ocho y vuelve con las que vuelvan, y una manta se queda debajo de un armario, en un rellano, en el maletero de un coche que ya se fue.
No hay ladrones de mantas. Hay mudanzas.
El martes por la noche cuento veintiuna.
Y no las busco, y no pregunto, y no lo escribo en el parte.
La cuento otra vez el miércoles y siguen siendo veintiuna.
Sé perfectamente dónde está la que falta, porque la puse yo el lunes por la noche encima de la cama de noventa, doblada en cuatro y a los pies.
Esa habitación no tiene calefacción y la ventana da a la cuesta.
Y no se lo he dicho. Y no pienso decírselo.
Él tampoco ha dicho nada, y él dice todo.
El jueves a las siete de la tarde, en la nave, aparece Sabela, la del bloque de arriba, con un carro de la compra y una lavadora en el rellano de su casa. Tiene una niña y una madre en Teis con un piso vacío donde la lavadora hace falta.
— Son diez minutos, Brais. De aquí a Teis.
— De aquí a Teis son doce minutos y una lavadora son dos hombres.
— Está mi hermano.
— Tu hermano estuvo la última vez y se fue al minuto ocho.
— Bueno, pero...
— Cuarenta y cinco euros, dos hombres, una hora. Y te lo escribo.
Y se lo escribo. Cojo un albarán de la mesa, escribo la línea y la dirección de Teis, le pongo la casilla de la firma y se lo doy en la mano.
Ella lo coge, lo mira, no lo firma y se lo queda.
Dice que lo va a pensar y se va con el carro y con el papel.
En la puerta se da la vuelta y me dice que su madre pregunta por mí, y le digo que le dé un beso.
Xandre está sentado en el escalón cuarto de la escalera de la nave, con una lata en la mano, y lo ha visto entero.
— Cuarenta y cinco euros.
— Con el papel y todo.
— Vive arriba.
— Vive arriba y su madre vive en Teis y la lavadora pesa lo que pesan las lavadoras.
— Yo no he dicho nada de la lavadora.
— Has dicho que vive arriba.
Baja los cuatro escalones y deja la lata en el suelo, y la pone de pie con cuidado. Y no discute.
— ¿Tú sabes lo que hacía mi padre? — le digo.
— No.
— Hacía eso gratis. Treinta y un años.
— Y le querían mucho.
— Le querían mucho.
Y ahí se para, con la mano en el pomo de la puerta de personas, y se le ve pensar una cosa y no decirla, y es la primera vez que le veo hacer eso. Luego abre la puerta y sale a la calle sin cerrarla, y desde la calle grita que va al Cordel y que si quiero algo. Le digo que no. Cierro la puerta yo.
A las nueve y media, cuando subo, la lavadora de Sabela no está en el rellano de arriba.
Lo veo al pasar. El rellano está vacío y hay dos marcas de agua en el suelo y una arandela de goma tirada en la esquina. En ese bloque no hay ascensor y son cuatro tramos.
Está en la cocina, comiendo de pie, con la espalda apoyada en la nevera y una mano en el plato.
— ¿Cómo la habéis bajado?
— Con dos correas y con Fabio.
— ¿Y a Teis?
— En el coche del suegro de Fabio, que se llama Ovidio, y ya lo sé desde el domingo pero no me lo habías preguntado.
— ¿Cabía?
— No cabía. Iba con el maletero abierto y una cuerda.
— Eso es una multa.
— Y me la pueden poner, sí.
Me quedo en la puerta de la cocina. Él sigue comiendo. Hay una lechuga entera detrás de él en la nevera y hay una lavadora en Teis que no estaba en la hoja de ruta. La suma de las dos cosas me da una respuesta que no me gusta, y por eso me la callo.
— ¿Lo has hecho por ella o por mí?
— Lo he hecho porque estaba en el rellano.
— Esa no es una respuesta.
— No — deja el plato en la pila y abre el grifo — . ¿Te ha molestado?
— Me ha molestado que sea gratis.
— ¿Y si te digo que me ha dado veinte euros y un bizcocho?
— ¿Te los ha dado?
— El bizcocho sí.
Y saca de la bolsa del pan medio bizcocho envuelto en un trapo de cuadros y lo pone en la mesa camilla del salón, al lado del televisor.
En esta casa no ha habido nunca un bizcocho en esa mesa.
Yo lo miro desde el pasillo mientras él corta dos trozos con el cuchillo de pan, uno grande y uno pequeño, y me da el grande.
Me quedo con el plato en la mano, señalando el respaldo de la silla, porque en esta casa no hay dónde poner un plato en el salón.
— Pon el culo en la silla y el plato en la mano.
— ¿Y tú?
— Yo me apoyo en la pared, que llevo la vida apoyado en paredes y ya tengo la postura.
Me siento. Me como el bizcocho en la única silla de mi casa, con un hombre apoyado en mi pared. Llevo seis mudanzas en tres días y treinta y cinco por hacer antes del veintidós.
— Mañana vuelve la grande — digo.
— ¿El Cachalote?
— La furgoneta.
— ¿Y qué hacemos con la pequeña?
— Nosotros no hacemos nada con la pequeña. La pequeña es mía.
— Digo el sábado. El sábado tengo la mañana libre y tú tienes un armario de tres cuerpos en Teis.
— ¿Cómo sabes que tengo un armario de tres cuerpos en Teis?
— Porque está escrito en la puerta de tu furgoneta y la puerta de tu furgoneta la lee cualquiera.
— Está escrito por dentro.
— Por dentro de tu furgoneta también se puede leer, Brais.
— ¿Y qué más has leído?
— Que el veintidós tienes el día entero en Cesteiros y que en la casilla de al lado no hay nadie escrito.
— Todavía.
— Todavía.
— ¿Y la última línea?
— La última línea la he leído y no la entiendo. Pone cuarenta y dos y no pone nada más.
— Es una mudanza.
— ¿De quién?
— Es una mudanza, Xandre.