Donde acaban las luces Xandre
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Xandre

Estoy metiendo la manta gris por debajo del colchón, por el lado de la pared, el que se olvida siempre y por el que se cuela el frío, y llevo veinte minutos solo en una habitación y no he dicho una palabra en voz alta, ni a la manta ni al colchón.

Cierro el armario de dos puertas con mis cosas dentro y las cosas ocupan una balda y media.

Después me quedo de pie en medio, mirando la silla de las patas rectas, y a la silla no se le ocurre nada tampoco.

Así que salgo al pasillo y me pongo a mirar la casa, que es lo que hace cualquiera.

Sesenta y dos metros cuadrados, un pasillo en L y un salón al frente con la puerta abierta ahora que ya soy de la casa.

Y en el salón hay una silla de madera, una mesa camilla con un tapete, un televisor apoyado encima de una caja de mudanza puesta boca abajo, y nada más.

Ni sofá, ni butaca, ni una estantería, ni una mesa baja.

Las cortinas son de flores pequeñas y son de otra época y de otra mujer, y eso se ve desde la puerta sin que te lo cuenten.

— ¿Y aquí dónde os sentáis? — pregunto.

— Ahí hay una silla.

— Una silla es donde te sientas tú.

— Sí.

— Digo si viene alguien.

— Aquí no viene nadie.

Y lo dice de la misma manera que diría que en esta casa no hay gas ciudad, sin queja y sin pena, poniendo un dato encima de la mesa camilla y volviendo a fregar el cazo.

Yo he vivido en literas, en furgonetas, en un local vacío de Ponferrada y en la trastienda de una ferretería de Astorga, y en todos esos sitios había siempre una silla de más para el que llegara.

Aquí no hay una silla de más, y este hombre lleva treinta y cinco años viviendo en esta casa.

Hay una manera de estar en una casa que se aprende de crío y que se le nota a la gente en las manos, y a este hombre se le nota que aprendió a estar en esta casa de una sola forma y no ha probado otra.

Un compañero que tuve en Astorga, un tío grande que se llamaba Nolo y que criaba conejos, tenía la casa igual de vacía y el frigorífico igual de ordenado, y aquello no era tristeza, aunque es lo primero que piensa la gente al entrar en una casa así.

Era un hombre que había decidido que las cosas se compran cuando hacen falta y a Nolo nunca le hizo falta nada.

Y entonces hago lo que hago siempre, y lo hago sin pensarlo, y esto es importante que lo sepáis de mí desde el principio: cojo el teléfono y escribo a la cuadrilla.

Cati y Breo llegan a las nueve menos cuarto con dos bolsas, cuatro cervezas, un paquete de pan de molde y una tortilla que ha hecho la prima de Breo en Teis y que viene todavía caliente en un plato tapado con otro plato.

Suben los diecinueve escalones haciendo un ruido que se oye desde la calle.

Breo trae los cascos colgando del cuello y se los quita en la puerta, que es lo más educado que le he visto hacer.

— ¿Y este es el piso? — dice Cati, desde el recibidor.

— Este es el piso.

— ¿Y esa es la silla?

— Esa es la silla.

— ¿Y nosotros?

Bajo a la nave a por sillas y me entero de que en la nave tampoco hay sillas, porque en la nave hay una banqueta de plástico, dos palés y una carretilla.

Subo la banqueta y un palé, y el palé lo pongo de canto contra la pared con una manta encima, y queda un banco que aguanta a dos personas si las dos personas se comportan. Nadie se comporta.

Antes de subir abro el cajón de abajo de la mesa buscando un sacacorchos, porque las cervezas son de chapa pero la botella de vino que ha traído Cati no.

En el cajón no hay sacacorchos. Hay una carpeta azul y un sobre doblado de una gestoría con una fecha escrita a mano en el borde, en enero, con el mismo bolígrafo del papel del corcho del bar.

Y me acuerdo de que de la nave no se toca nada, así que cierro el cajón y subo con la banqueta y el palé y sin sacacorchos.

La botella la abre Cati con un tornillo y la llave de una moto.

— ¿Y tú eres el de las mudanzas? — dice Breo, con la boca llena de tortilla.

— Yo soy el de las mudanzas.

— ¿Y cuántas cosas has roto?

— Un espejo, un acuario y una figura de porcelana.

— ¿Un acuario con peces?

— Con dos peces. Y los dos vivieron.

Y a partir de ahí la cena se pone buena, y se pone buena porque Brais empieza a contestar.

No habla mucho, habla exacto, y cada vez que dice una frase de nueve palabras la cocina se calla para oírla, y esa es una habilidad que yo no tengo y que envidio como se envidia una casa con ascensor.

Cati le pregunta por las calles cerradas y por los permisos, y Breo le pregunta si es verdad que la gente esconde cosas en las cajas, y él dice que sí y no dice qué cosas.

— Lo peor no son las cajas — dice — . Lo peor son las escaleras del Casco Vello.

— ¿Por qué?

— Porque hay una en Cesteiros con un hueco de setenta y dos centímetros y cuatro tramos. Y en el cuarto vive gente con armarios de tres cuerpos.

— ¿Y qué haces?

— Se gira el armario en el descansillo. Y el descansillo tiene un metro diez.

— O sea que no gira.

— Gira. Pero gira una vez.

La Bisagra. Esa escalera se llama la Bisagra desde este momento y para siempre, y todavía no la he visto, y no me hace falta verla porque un hombre me acaba de decir que gira una vez, y lo ha dicho como se dice una condena.

Se lo digo en voz alta. Cati repite el nombre y le da la risa.

Brais me mira con la cara del hombre al que le acaban de pintar la pared sin pedirle permiso.

— No se llama nada. Es una escalera.

— Todo se llama.

— Las cosas del trabajo tienen matrícula.

— La furgoneta grande es el Cachalote y la pequeña es la Pulga. Las he visto hoy las dos. La grande tiene el morro cuadrado y está enfadada, y la pequeña entra por todas partes y no le importa nada.

— La grande está sin caja de cambios.

— Y aun así impone.

La tortilla de la prima de Breo merece un párrafo aparte y se lo voy a dar, porque estaba hecha con cebolla pochada de verdad y con esa altura que ya no se ve.

Breo la corta en cuatro trozos exactos con un cuchillo de pan y reparte los trozos con las manos, y en esta cocina le parece bien a todo el mundo, porque a las nueve y media de un lunes de noviembre las normas de la mesa se relajan mucho.

Breo se ofrece a lavar los platos antes de saber cuántos platos hay, y hay dos, y los lava los dos y luego se ofrece a bajar la basura, que no la hay.

Cati habla veintidós minutos de la hipoteca de Cangas y del barco que se ve desde la cocina de un piso que todavía no ha comprado.

A las once y veinte se van, con los cascos, con los platos de la prima y con la promesa de volver, y esa promesa la hacen ellos y no yo, y eso quiero que quede claro.

Cierro la puerta. Y me doy la vuelta, y Brais está apoyado en el marco de la cocina con un trapo en la mano.

— Aviso antes — digo.

— No has avisado.

— He avisado a la cuadrilla.

— Has avisado a la cuadrilla — deja el trapo doblado en el respaldo de la silla, y lo dobla, y doblarlo es mucho peor que tirarlo — . Primera noche.

— Primera noche.

— Y ya has metido a dos y a una tortilla.

— Y sobra tortilla, que la he dejado en el plato de arriba de la nevera.

— Xandre.

— Que aviso, hombre. Que la próxima vez aviso.

No me contesta. Recoge la banqueta, baja el palé a la nave él solo, sin que le ayude, y sube otra vez los diecinueve escalones sin hacer ruido, y yo me quedo de pie en el pasillo escuchándole no hacer ruido.

Después se mete en su habitación y cierra la puerta, y la cierra despacio, y despacio es la manera más ruidosa que hay de cerrar una puerta.

En mi habitación, con la luz apagada y la manta gris metida por el lado de la pared, empieza a llover.

Empieza de golpe, sin aviso, con esa lluvia de aquí que no cae de arriba sino que viene de lado desde la ría y golpea el cristal como si tuviera algo que decirte.

Los coches siguen subiendo la cuesta y siguen cambiando de marcha debajo de la ventana, ahora con el sonido mojado, y a las doce y media pasa una moto que ya conozco.