Brais
Lunes dieciséis de noviembre, y el lunes dieciséis de noviembre yo tenía otros planes.
Tenía tres mudanzas pequeñas, una revisión del listado del Casco Vello y una hora sentado con la carpeta para repartir cuarenta y una mudanzas entre cinco semanas de calle cerrada.
Eso era el lunes. A las nueve y diez de la mañana llama a la puerta de personas un hombre con una mochila y una bolsa de deporte.
— Vengo por lo de anoche.
— Ya lo veo.
— Traigo el dinero.
— Y una bolsa.
— La bolsa la traigo por si acaso.
Le dejo pasar. Lleva la mochila en un hombro y la bolsa en la mano, y las dos cosas parecen pesar lo mismo. Todo lo que tiene cabe en un bulto de cabina y en una bolsa de gimnasio, y eso lo pienso sin querer.
Deja la mochila en el suelo, en medio de la nave, justo donde pasa la carretilla.
La cojo, la llevo dos metros y la apoyo contra la pata de la mesa. Pesa menos que la lámpara de Ramona y menos que casi todo lo que levanto en un día. Cuando la suelto, él sigue mirando la maniobra con la cabeza torcida. Le he hecho algo y me falta saber qué.
— ¿Qué?
— Nada. Que ya me la habría movido yo.
— Estaba en el paso.
— Digo que me lo podías haber dicho.
Y ahí tiene razón, y me fastidia bastante que tenga razón a las nueve y cuarto.
Saco el papel de la impresora. Lo tengo hecho desde el jueves, con el encabezado de la empresa arriba y dos firmas abajo.
No pienso leérselo, porque un papel leído en voz alta suena a juzgado.
Lo dejo encima de la mesa boca arriba y me apoyo en el canto.
Y digo las cosas mirando la pared del fondo.
Eso lo hago siempre que tengo que decir algo entero.
— Esto no es una casa compartida, es una habitación alquilada.
De la nave no se toca nada, ni una manta ni un rollo de plástico ni la carretilla.
Aquí no entra nadie sin avisarme antes, y avisarme antes es antes, no en la escalera.
La cocina se deja como estaba. Setecientos hoy y trescientos el uno de diciembre.
Y el cuatro de enero por la mañana, fuera, con la habitación como la has encontrado.
Silencio. Cuenta hasta tres él solo y después empieza.
— A ver si me he enterado. De la cocina no se toca nada.
— De la nave.
— De la nave no se toca nada, en la cocina no entra nadie sin avisar, y la carretilla se deja como estaba.
— No.
— ¿La carretilla no se deja como estaba?
— La carretilla no se toca.
— Ah. Entonces la que se deja como estaba es la cocina.
— Eso es.
— Y el cuatro de enero fuera. Con la nave como la he encontrado.
— Con la habitación.
— Con la habitación, sí, perdón. Y trescientos euros el cuatro de enero por la mañana.
— El uno de diciembre.
— El uno de diciembre por la mañana.
— El uno de diciembre, sin más.
— Pues eso he dicho.
Y me río.
Se me escapa por la nariz, corta, una sola vez, y suena en la nave con el eco de la uralita. En cuanto la oigo me pongo recto y me corto la risa a la mitad. Él no se ríe. Coge el bolígrafo, lo prueba en la esquina del papel para ver si pinta y firma abajo, donde le señalo.
Me molesta haberme reído. La risa ha salido antes de que yo decidiera reírme, y eso no me pasa desde hace años. Y me molesta que lo haya oído él y no la pared del fondo.
— ¿Tú te llamas cómo? — pregunto, con el papel en la mano.
— Xandre.
— Yo pensaba que te llamabas Ourense.
— ¿Cómo?
— El sábado. El de la calle te gritaba Ourense.
Y entonces se ríe él. Se ríe con toda la boca abierta y la cabeza atrás, apoyando una mano en la mesa de melamina. Esa mesa no está para eso. Se ríe once o doce segundos enteros. Yo espero con el papel en una mano y el bolígrafo en la otra, mirándole reírse de algo que no era un chiste.
— Ourense — dice, secándose un ojo — . Rufo llama a la gente por la ciudad donde la conoció. Yo soy Ourense, el de Lalín es Ponferrada, y Cati es Cangas desde antes de que se comprara el piso.
— ¿Y tú a Rufo cómo le llamas?
— Rufo.
— Qué descanso.
Saca el dinero de un sobre del bolsillo de dentro de la chaqueta.
Son catorce billetes de cincuenta y los pone en la mesa de uno en uno, contándolos en voz alta y despacio.
A la mitad se equivoca a propósito para volver a empezar.
Le firmo el recibo y le doy la copia. Se la guarda en el mismo sobre, dobla el sobre y se lo mete en el bolsillo del pantalón.
— Enséñame el guardamuebles.
— No hay nada que ver.
— Por eso quiero verlo.
Le enseño la jaula de reja del rincón, con el candado puesto y el piso entero de Fermín envuelto dentro.
Está esperando a que un hombre en Madrid decida una fecha, y puede estar así hasta marzo.
Le enseño el interruptor de la persiana y las dos cosas que hay que saber para no romperse una espinilla de noche.
— ¿Y esto? — dice, señalando el corcho de encima de la mesa.
— Permisos de carga.
— Hay diecinueve.
— Hay veintiuno. Dos están debajo.
Hay veintidós, y el que sobra no es un permiso.
Es un sobre de una gestoría de la Rúa Urzáiz que llegó el uno de septiembre.
Lo tengo pinchado ahí para acordarme, y en dos meses y medio he conseguido acordarme sin volver a abrirlo.
Lo despincho, lo doblo y lo meto en el cajón de abajo, donde está la carpeta azul que tampoco abro.
Le enseño la cocina antes de subir la bolsa, porque la cocina es la mitad de los problemas de una casa compartida.
De los cuatro fuegos funcionan dos, los de la izquierda.
El de arriba a la derecha hace un ruido y no calienta, y el de abajo a la derecha calienta y no lo parece.
Hay un cazo, una sartén y una olla, y la olla es de mi madre y se nota.
— ¿Y esto es todo?
— ¿Qué falta?
— Un colador. Una tabla. Una cosa para dar la vuelta a las cosas.
— Hay una cuchara de madera.
— Una cuchara de madera es para remover, no para dar la vuelta.
— Pues remueve.
Abre el armario de arriba y lo mira desde abajo, con la puerta en la mano y la esperanza puesta en un armario que no la merece. Dentro hay cuatro platos, dos vasos y un bote de sal. Lo cierra despacio y se apoya en el marco de la puerta.
— ¿Tú comes?
— Yo como en la calle.
— ¿Los treinta días?
— Los que hay.
Y ahí se calla y mira la ventana de la cocina, que da al patio y al muro del taller, y de las cuatro cosas que podría decir no dice una. Me lo apunto. Es la primera vez en toda la mañana que está quieto sin que le cueste.
— ¿Y arriba qué hago con las llaves?
— Eso lo decides tú.
— ¿Cómo que yo? Es tu casa.
— Digo si quieres una copia de la de abajo o solo la de arriba. Si tienes la de abajo entras por la nave a cualquier hora. Si tienes solo la de arriba, entras por el portal de al lado, que es más largo y tiene un escalón que se moja.
— Las dos.
Se las doy en un llavero de alambre que hago yo con la punta de las tenazas, porque en esta casa no hay llaveros. Las coge y se las queda un momento en la palma de la mano, mirándolas. Luego cierra la mano y se las mete en el bolsillo. Y se calla, y él no se calla nunca, y no le pregunto.
A las diez y cinco entra Iria por la puerta de personas con un tornillo en la mano y sin saludar, porque Iria no saluda. Ve a Xandre, ve el papel y ve el recibo. Y pregunta por otra cosa.
— Tú eres el de las luces.
— Yo soy el de las luces.
— Tú tienes las cervicales del que mira para arriba. Se te ve en el cuello cuando andas.
— Llevo años mirando para arriba.
— Pues tienes para doce de fisio — deja el tornillo en la mesa, coge otro del bote y se va — . Brais, la caja llega el jueves.
— El jueves.
— Por la tarde. Y no me pongas un papel.
Suso llega a las diez menos veinte con el pan y con una teoría nueva sobre la salida de Guixar. Ve a Xandre. Ve la mochila apoyada en la pata de la mesa. Ve el recibo encima del papel. Y hace lo que hace Suso: suma en voz alta.
— ¿Este se queda?
— Este se queda hasta el cuatro de enero.
— ¿Y dónde?
— Arriba.
— Ah — se rasca la nuca con el pan en la mano — . ¿Y tu madre lo sabe?
— Mi madre hace las facturas, Suso. No hace los alquileres.
— Yo solo pregunto.
— Y yo solo contesto.
Xandre está subiendo los diecinueve escalones con la bolsa de deporte y para de subir a la mitad, en el descansillo de la L, y se asoma por encima de la barandilla con media cara.
— ¿Tú eres el primo?
— Yo soy Suso.
— ¿Y tú por dónde sales para el centro?
— Por Beiramar.
— Ah, pues como yo.
Y se van los dos por Beiramar a las once, en la pequeña, a llevar dos cosas al centro antes de que cierren las calles.
Me quedo solo en la nave con el papel firmado y la impresora caliente, y por fin me siento con la carpeta y las cuarenta y una mudanzas.
Cinco semanas, treinta y dos días útiles, y catorce direcciones que están dentro del anillo cerrado.
Lo que se puede hacer de seis a diez y media se hace, y lo que no se puede hacer de seis a diez y media hay que meterlo en otro día.
Llevo tres direcciones colocadas y una goma de borrar gastada por un lado.
De la pared de Iria llega la pistola de impacto, con ese ruido de alguien abriendo el suelo.
Suena veinte segundos y para. Suena otros veinte y para.
Yo llevo treinta y cinco años oyendo ese ruido y sigo levantando la cabeza.
Escribo la línea del día en el parte a mano, con el bolígrafo que pinta, y la línea dice lo que tiene que decir.
Recibo número catorce. Setecientos euros. Dieciséis de noviembre. Una habitación, cincuenta noches, y una copia para cada uno.