Xandre
El papel está sujeto al corcho con una chincheta y una grapa, y el que puso la grapa lo hizo porque la chincheta le pareció poco compromiso.
Es un cuarto de folio escrito a mano con bolígrafo azul y letra de imprenta, todas las letras del mismo tamaño y todas de pie.
Parecen hechas de una en una por un hombre con muy pocas ganas de hacerlas.
Dice habitación, dice cincuenta noches, dice del dieciséis de noviembre al cuatro de enero, dice condiciones y dice preguntar en el once.
No dice precio, ni teléfono, ni si hay cocina, ni nada de lo que pone todo el mundo.
La palabra condiciones va sola en su línea y con un punto detrás.
Y a mí un punto detrás de una palabra en mayúsculas me parece un aviso y una invitación al mismo tiempo, según cómo tengas el domingo.
Llevo cuarenta minutos en este bar y ya me sé cinco nombres, que no es mérito mío sino de la gente que los dice en voz alta.
Puri es la que manda y la que seca vasos mientras manda, que son dos trabajos, y Andrés es el de la mesa del fondo, el que tiene un perro debajo de la silla y no lo esconde ni cuando entra alguien de fuera.
Los dos de la barra son Fabio y el suegro de Fabio, y al suegro de Fabio todavía no le he sacado el nombre.
Llevo cuarenta minutos, y eso en mí es un fracaso profesional que pienso corregir antes de las nueve.
— Ese papel lleva ahí tres semanas — dice Puri, secando un vaso.
— ¿Y no ha venido nadie?
— Vino una chica y le dijo que no. Vino un señor con un perro y le dijo que no.
— ¿Al perro o al señor?
— A los dos, hijo, a los dos — deja el vaso, coge otro — . Dice Fabio que tú eres el que estaba subido en la grúa ayer en la Constitución.
— Yo era.
— Dice que le pareciste un poco chulo.
— Fabio, ¿te parecí un poco chulo?
— Yo no he dicho eso — dice Fabio, sin darse la vuelta ni un centímetro.
La máquina de tabaco del rincón es la Tita, y la bauticé en el segundo café, porque no funciona y sigue enchufada igual con la luz de abajo encendida, y a mí eso me parece un detalle bonito por parte de alguien de esta casa.
Aquí es donde tengo que contar una cosa de mí para que se entienda todo lo demás, y la cuento rápido porque tampoco tiene mucho misterio.
Yo entro en un bar y a los cuarenta minutos me sé los nombres y las horas y lo que toma cada uno.
Y no lo hago por caer bien, lo hago porque no sé estar en un sitio de otra manera.
Hay hombres que entran en un bar y se sientan, y a mí eso me parece un talento raro, casi de artista.
Yo entro y me instalo, igual que un primo lejano que viene a pasar el fin de semana.
A los dos días ya sabe en qué cajón están las tijeras y te dice que las tienes mal puestas.
— ¿Y el once dónde está? — pregunto.
— Subiendo, la nave grande. Al lado del taller de Iria.
— ¿Y quién vive ahí?
— Ay, meu, pregunta tú allí y no me metas a mí.
El once es una nave de mudanzas con la persiana metálica echada y el nombre de la empresa medio borrado en la fachada.
Al lado tiene una puerta de personas pintada del mismo verde que el poste de la esquina de Puri, y en este barrio está claro que hubo un bote de pintura y se aprovechó.
Llamo y espero, y mientras espero se oye una pistola de impacto en el taller de al lado.
Luego un pestillo, y luego siete segundos largos que yo aprovecho para mirarme las botas y comprobar que están peor que ayer.
Abre el tío de la cesta.
Es más alto de lo que parecía desde nueve metros, y eso no me había pasado nunca.
Desde arriba la gente siempre parece más grande y no más pequeña, y este hombre va y me rompe la regla el primer día.
Lleva un gorro de lana metido hasta las cejas y las manos negras de grasa hasta las muñecas.
Se queda en la puerta sin abrirla del todo, con la mano puesta en el canto, y se le ve la cara ir de la sorpresa a la resignación en el tiempo exacto que tarda uno en decir buenas tardes.
— Vengo por el papel del bar.
— No.
— Todavía no he dicho nada.
— No hace falta.
— Hombre, por lo menos las condiciones. Que las has puesto en mayúsculas y con un punto.
Abre la puerta, y no la abre porque quiera.
La abre porque llevo el pie donde llevo el pie y porque en este barrio no se le da con la puerta en la cara a un hombre a las siete de la tarde de un domingo.
Dentro huele a cartón, a frío y a aceite de máquina, con un techo de uralita altísimo del que cuelgan dos tubos fluorescentes.
Hay una furgoneta pequeña metida en un lado y ocupa un tercio de la nada que hay ahí dentro.
Me deja esperando junto a una estantería de metal de cuatro baldas, y en el suelo, apoyados de pie como tres invitados incómodos, hay tres rollos de plástico de burbujas del ancho de un hombre.
— Espera aquí.
Yo tengo las manos malas para esperar, y esto me lo han dicho en cuatro provincias.
Le arranco un trozo de un metro al rollo de arriba, me lo enrollo en el puño y empiezo a reventar burbujas de tres en tres, con esa satisfacción que no se le explica a quien no la siente.
Voy por la catorce o la quince cuando vuelve, y vuelve sin hacer ruido, que para un hombre de ese tamaño tiene un mérito considerable.
— Eso es material.
— Eso es un metro de material.
— Ese metro cuesta cuarenta céntimos.
— Pues te lo pago y me lo llevo puesto.
Y entonces me hace la entrevista, y la entrevista es lo mejor que me ha pasado en toda la campaña, con noria y con árbol y con todo.
Se queda de pie, con los brazos cruzados, sin ofrecerme una silla que además no existe en toda la nave.
Y empieza a preguntar, y pregunta por orden.
Yo contesto a todo, aunque contesto a otras cosas, que es una técnica que me ha dado de comer y que a la gente ordenada la pone de los nervios.
— ¿A qué hora sales de trabajar?
— Depende. Rufo es el que decide y Rufo decide tarde. Mi madre me llama a las nueve y media todos los días, si eso te sirve de algo.
— No me sirve de nada. ¿Fumas dentro?
— Yo tengo un compañero de Ponferrada que se llama Amadeo y que fuma dentro de todo. Dentro de los coches de los demás, dentro de los ascensores, dentro de una tienda de campaña.
— ¿Fumas tú dentro?
— No.
— ¿Cuántos días a la semana trabajas?
— Seis. Y el séptimo estoy en un bar hablando con Fabio.
— ¿Y el sueldo?
— Mil cuatrocientos ochenta y las dietas. Y antes de que lo preguntes, lo cobro el día uno y no he fallado un uno.
Se me queda mirando cuatro segundos largos, y en esos cuatro segundos no pregunta lo que quiere preguntar: cuánta gente pienso meter en su casa.
Lo sé porque eso me lo pregunta todo el mundo, y porque este hombre lo tiene escrito en un papel en algún cajón de por aquí, y aun así no lo pregunta.
Se da media vuelta y va hacia el fondo, y al fondo, detrás de la estantería, aparece una escalera en L que no se ve hasta que la tienes encima.
— Diecinueve escalones — dice, subiendo, sin volverse.
— ¿Y eso por qué me lo dices?
— Porque los vas a subir con las botas mojadas.
Arriba hay un pasillo en L con una bombilla desnuda en el techo del recibidor.
A la izquierda, una cocina de dos metros por tres con la mesa pegada a la ventana, y al frente una puerta cerrada que no me abre y por la que no pregunto porque bastante tengo.
A la derecha hay dos habitaciones, y la del fondo es la que se alquila, y en cuanto entro me sale la cuenta de las habitaciones en las que he entrado, y esta es la más callada de todas.
Cama de noventa hecha con una manta gris y una silla de madera con las patas rectas al lado.
Y un armario de dos puertas vacío de verdad, con las perchas contadas y todas iguales, y eso solo lo hacen los hospitales y los hombres muy solos.
Y luego está la ventana, que da a la cuesta y tiene el cristal fino.
Por el cristal entra el ruido que voy a oír cincuenta noches seguidas: los coches atacando la Costa do Bazar y cambiando de marcha justo debajo, uno detrás de otro, con esa gama corta que en una cuesta del catorce por ciento suena a queja personal.
— El baño está al fondo — dice — . No tiene pestillo.
— ¿Y qué se hace?
— Se canta.
Es la primera cosa graciosa que le oigo y la dice sin mover un músculo de la cara, mirando la ventana, con las manos en los bolsillos del pantalón de trabajo, igual que un cura que suelta un chiste en un velatorio y sigue con lo suyo.
Yo me río solo, y él ni se entera o hace como que no se entera, y con este hombre voy a tardar seis semanas en aprender a distinguir una cosa de la otra.
— Me quedo.
— No.
— ¿Por qué no?
— Porque tú eres ocho.
— Yo soy uno.
— Tú eres uno de ocho. Lo vi ayer. Vosotros no vais a ningún sitio de menos de cuatro.
Y ahí tiene razón, y si yo fuera algo más listo me callaría.
Pero le explico, apoyado en el marco de la puerta de una habitación que todavía no es mía, que dormir con gente y dormir al lado de gente no es lo mismo.
Yo llevo once años haciendo lo primero y no tengo la menor idea de lo segundo.
Me sale más sincero de lo que tenía pensado, y eso me pasa a veces, y siempre en domingo, y siempre delante de alguien a quien no le he pedido nada.
Él mira la cama de noventa, y después mira el suelo, y después mira la puerta, y eso lo hace la gente justo antes de decir algo que no traía preparado.
— ¿Puedo pasar y cerrar la ventana? Que entra el aire.
— Es tu casa, hombre.
— Es la habitación.
Cierra la ventana y se queda con la mano en la falleba dos segundos más de los que hacen falta para cerrar una ventana, y luego baja los diecinueve escalones delante de mí sin abrir la boca.
Yo bajo detrás haciendo las cuentas de dónde duermo mañana, y las cuentas me salen a furgoneta.
Ya he dormido en furgonetas y se sobrevive, aunque en noviembre y en esta ría uno amanece doblado.
En el cuarto escalón desde abajo se para y se da la vuelta, y yo me tengo que parar dos por encima, y me quedo hablándole a la coronilla del gorro.
— Setecientos por adelantado y trescientos el uno de diciembre.
— ¿Mil?
— Mil por cincuenta noches. Y unas condiciones, que te las digo mañana.
— ¿Y por qué mañana?
— Porque hoy es domingo y no tengo el papel impreso.
Mil euros son veinte por noche, y veinte por noche en esta ciudad en diciembre es un regalo con la etiqueta puesta y el precio tachado, y yo llevo cobrando dietas desde los veintidós y sé lo que valen las camas.
Lo que no sé es lo otro, y lo otro es que un hombre que no quiere alquilar una habitación te baje el precio en un escalón después de haberte dicho que no, y encima te lo diga de espaldas.
En la calle, un chaval pasa con una moto que suena a lata de galletas y frena en la esquina sin motivo. Se queda ahí con un pie en el suelo, mirando el móvil, y desde el bar de Puri sale una tos de hombre mayor y el ruido de una silla que alguien arrastra.