Donde acaban las luces Brais
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Brais

— Es que yo pensaba que era mañana.

— El permiso era hasta las diez y media de esta mañana.

— Pero si son las cinco y media.

— De la tarde.

El cliente se llama Fermín y tiene sesenta años y una gabardina buena. Ha desaparecido once horas y cuarenta minutos con las llaves de su propio piso en el bolsillo. Ha vuelto ahora, andando por Cesteiros cuesta arriba, tranquilo, comiendo castañas de un cartucho de papel. Me ofrece castañas.

Le digo que no con la cabeza y saco la cinta de la caja.

Rúa dos Cesteiros es estrecha y de piedra y sube.

En toda la calle no caben un coche y una persona a la vez.

Se entra por arriba y se sale por abajo, y no hay otra manera de salir.

Los portales son de los de mil ochocientos, con el arco bajo y el pasillo torcido.

Detrás de cada uno hay cuatro tramos de catorce escalones.

Yo he subido ochenta y tantas veces por esa calle y me sé los desniveles.

Fermín no sube a su casa: se queda en la calle, apoyado en la pared de enfrente, dirigiendo. Cada vez que salimos por el arco del portal con algo en las manos, nos dice por dónde. Nos lo dice desde tres metros y con el cartucho de castañas apoyado en la barriga.

— Eso de canto.

— Eso no va de canto.

— Mi mujer lo metió de canto.

— Su mujer lo metió por la ventana, señor Fermín, porque tiene los tornillos por fuera y se ve.

Suso ha venido conmigo porque es sábado y su madre juega a las cartas los sábados.

Lleva desde las cinco diciéndome que salgamos por abajo.

Lo dice cada vez que pasa por mi lado con una caja.

Cuando le contesto que por abajo es justo por donde vamos a salir, se queda pensando un momento. Luego dice que él ya lo había dicho.

El sofá de dos plazas es el mueble más traicionero que existe, porque parece que puede y luego no puede. Tres viajes de escalera hacen falta para uno de estos: uno para verlo, uno para intentarlo y otro para hacerlo bien. Calculo veinte minutos. Tardamos cuarenta.

En hora y media el piso de Fermín está en la furgoneta, atado y con las mantas puestas. A las siete y diez cierro las puertas de atrás y le doy el albarán. Firma con las castañas en la mano.

— Muchas gracias, hombre. Yo pensaba que era mañana.

— Me lo ha dicho.

— ¿Y esto me lo cobra igual?

— Se lo cobro igual y se lo cobro con la espera.

Arranco, meto la primera y bajo Cesteiros a dos por hora, con el retrovisor izquierdo plegado y la mano en la ventanilla para no llevarme una jardinera. Salgo a la Praza da Constitución y a los seis metros freno.

Y ahí está.

Una cesta elevadora amarilla, con las cuatro patas abiertas encima de unos tacos de madera.

Está plantada en el único hueco por el que se sale de esta plaza con un vehículo.

Tiene el brazo estirado en diagonal hacia una esquina y un cable colgando en el aire.

La calle está cortada con dos vallas y un cono con una cinta atada, y la cinta la ha atado alguien que sabe atar cintas.

Toco el claxon una vez, corto.

Del brazo de la cesta, a nueve metros del suelo, se asoma un tío en manga corta con un casco puesto y una brida entre los dientes. Se queda mirando la furgoneta desde arriba con las dos manos en la barandilla, muy cómodo y sin prisa.

— ¡Está cortado! — grita.

— ¡Estoy dentro!

— ¡Pues eso, que está cortado!

— Yo tengo un piso entero de un señor en la caja y ese señor mañana coge un avión.

— Y yo tengo cuatrocientos metros de tramo y esta noche encienden. ¿Quién crees que va a ganar?

Bajo de la cabina y me pongo debajo de él, con las manos en la cintura, mirando arriba. En esa postura no ha ganado una discusión nadie. Él sigue apoyado en la barandilla. La cesta hace un ruido hidráulico y baja diez centímetros ella sola, y él no se mueve.

— Baja eso y me dejas salir en dos minutos.

— Bajo. Bajo ahora mismo si tienes tanta prisa. Pero bajo con el cable en la mano.

— Sujétalo arriba.

— Si lo suelto arriba se descuelga el tramo. Y si se descuelga el tramo, a las siete y media no se enciende esta calle y la prisa pasa a tenerla medio Vigo. Tú decides, jefe.

Los dos tenemos razón. Eso es lo peor. Yo llevo catorce horas de trabajo y un permiso caducado por culpa de un hombre con castañas, y él lleva un cable en la mano y una ciudad detrás. Y los dos somos, ahora mismo, exactamente igual de insoportables.

— ¿Cuánto te queda?

— Veinte minutos.

— ¿Veinte de los tuyos o veinte de verdad?

— Veinte de los míos son quince. Los de verdad los pone otro.

Suso baja de la cabina, mira la cesta, mira el brazo, mira el hueco. Luego mira la calle de la que acabamos de salir, que sube y se acaba arriba, y hace la cuenta él solo.

— Por Beiramar habríamos salido antes.

— Suso, estamos dentro de la plaza.

— Digo desde el principio.

La Praza da Constitución a las siete y veinte de la tarde tiene cuarenta personas de pie con el móvil en la mano y esperando algo.

Una plaza con cuarenta personas esperando algo no se cruza ni andando.

Y en el medio hay una máquina amarilla de siete toneladas con las patas puestas encima de unos tacos de madera.

— Tengo el permiso caducado.

— ¡Yo no soy la policía! — grita, y se ríe arriba con la boca muy abierta, y la risa suena en la plaza vacía con el volumen de cuatro personas.

Me apoyo en la aleta de la furgoneta. Enfrente hay una farola con un arco de luces montado y sin encender, y en el arco hay una figura de dos metros que a esta hora, apagada y de perfil, parece un mueble mal envuelto.

Debajo, una mujer con mono azul saca cable de una bobina y no levanta la cabeza.

En la esquina, un chaval con cascos mueve la cabeza al ritmo de algo.

— ¡Ourense! — grita un hombre bajo y ancho desde la boca de la calle — . ¡El cinco y el seis!

— ¡Voy!

Ourense. Muy bien.

A las siete y media pasan tres cosas a la vez y ninguna las he pedido. Se apaga la luz normal de la plaza durante dos segundos enteros. Suena un ruido de gente muy lejos, del centro, como un estadio. Y después se enciende todo.

Se enciende el arco de encima de mi cabeza, y el de la calle siguiente, y los cuatrocientos metros que van hasta la Constitución.

La piedra de los edificios se pone de un color que no es un color de piedra.

La plaza pasa de estar apagada a estar en medio de una cosa.

Se me llena la caja de la furgoneta de luz azul por el hueco de las puertas.

El chaval de los cascos sube el volumen y ahora los villancicos se oyen desde aquí.

Y yo estoy debajo, con un piso ajeno atado a la espalda y un permiso caducado.

Arriba, el tío de la cesta se ha quedado quieto un segundo, con la brida en la mano, mirando el arco que acaba de encenderse a medio metro de su cara.

Después mira hacia abajo, hacia mí. Levanta la barbilla, señalando el arco, y no dice nada, y yo tampoco.

Es un segundo y medio. Luego se pone a apretar la brida otra vez.

A las ocho y cuarto quitan las vallas. Salgo por el hueco sin rozar la cesta, con un margen de nada a cada lado. Eso también lo hago mirando y no adivinando. Al pasar por debajo, él se asoma y golpea la barandilla con la palma.

— ¡Buenas noches!

No le contesto. Estoy contando la anchura.

Llego a O Cotarelo por Areal y Beiramar, con la furgoneta cargada y sin ganas de nada. Dejo el piso de Fermín en el guardamuebles, echo el candado y cruzo los cuatro minutos hasta la Praza do Bazar porque no he comido desde las siete de la mañana.

La esquina del Cordel es lo último de este barrio antes de la cuesta.

Hay un poste de hierro pegado a la fachada, verde, con un soporte vacío arriba.

Del poste a la puerta del bar hay once metros de acera y ni una bombilla en esos once metros.

Ese poste es el final del alumbrado municipal.

El resto del barrio se lo paga Puri con guirnaldas de bazar.

Está subida en un taburete cuando entro, atando la guirnalda del año pasado al hierro del toldo.

— Brais, meu. Dice Iria que se te ha roto la caja.

— Se me ha roto la caja.

— Dice que le has dicho que no hace falta.

— Se lo he dicho.

— Pues dice que hace falta.

— Puri.

— Yo repito lo que me dicen — baja un brazo, sube el otro y sigue atando — . Este año llegan.

— ¿Quién llega?

— Las luces. Este año llegan hasta aquí. El año pasado pararon en la farmacia, que es media plaza, y este año llegan.

— El año pasado pararon en el contenedor de la ropa.

— El año pasado llegaron a la farmacia. Y el jefe de los de las bombillas me dijo el jueves que este año el plano baja hasta el Bazar.

— ¿Te lo dijo a ti?

— Me lo dijo a un hombre que estaba a mi lado.

— Ah.

— Y el hombre me miró.

Veinte años lleva esa mujer con esta conversación y la tiene igual de nueva que el primer día.

Yo tenía quince cuando su marido puso el primer árbol de plástico en la puerta, y aquel árbol era marrón.

Ahora tiene dos, verdes, y una guirnalda de bazar con doscientas bombillas que se funden por tandas.

Me pone un plato con dos cosas y una servilleta debajo.

Come uno de pie en la barra, mirando el cristal, y por el cristal se ve el poste verde con el soporte vacío y detrás la cuesta subiendo hacia la nave.

Puri sigue en el taburete. Se le ha soltado un cabo de la guirnalda y lo tiene sujeto con la boca mientras busca la brida con la mano libre.

Levanto la mano hacia el toldo.

— Ni se te ocurra tocar el toldo.

Le paso la brida, que estaba en el mostrador, y ella la coge sin mirar y sigue.